Esteban entró al baño desnudo y supe lo que venía
Me desperté con el cuerpo destrozado. No era una metáfora ni una exageración: cada músculo, cada articulación, cada centímetro de piel parecía recordarme lo que había pasado la noche anterior. Sobre todo el culo. Sentía como si me hubieran abierto en dos y cerrado mal, con los bordes encajando a contrapelo.
Me incorporé despacio, apoyándome en el codo, y la sábana me raspó la espalda. Esteban dormía a mi lado boca abajo, con el brazo derecho colgando fuera del colchón y la respiración pesada de alguien que no tiene nada que reprocharse. Lo miré un segundo, ese cuerpo enorme y tranquilo, y pensé que era injusto que él durmiera así mientras yo apenas podía moverme.
Fui al baño caminando como un anciano. Cerré la puerta sin hacer ruido y me senté en el inodoro con las manos sobre las rodillas, mirando los azulejos blancos de la pared sin ver nada en particular. Me dolía respirar. Me dolía pensar. Me asustaba haberlo aguantado y me asustaba todavía más haber querido aguantarlo.
¿Cómo entró eso dentro de mí?
Esa era la pregunta que me daba vueltas en círculo. No había forma física de que aquello cupiera, y sin embargo había cabido. Recordaba la noche anterior por destellos: una mano en mi nuca, su voz al oído, el sabor metálico del miedo mezclado con algo más espeso que no quería nombrar. Y ahora, a la mañana siguiente, mi cuerpo era el recibo de todo aquello.
La puerta del baño se abrió sin que yo me hubiera enterado de pasos.
Esteban entró desnudo, sin pudor y sin prisa. Su polla colgaba pesada entre las piernas, todavía flácida, todavía intimidante. Me miró desde arriba con esa expresión calmada que había aprendido a temer y a buscar al mismo tiempo, y se acercó hasta quedar justo delante de mí.
—Buenos días —dijo, con una voz tranquila, como si me hubiera encontrado leyendo el diario.
No le contesté. Tenía la garganta seca.
—Mámame —pidió, sin agresividad. Lo dijo del mismo modo en que se pide un café.
Lo miré a los ojos, le miré la polla, volví a mirarlo a la cara. Le obedecí. Le rodeé la base con la mano y me la metí en la boca, despacio, sintiendo el peso de la piel suave y el calor que despedía. Estaba blanda, pero al cabo de un minuto ya empezaba a llenarse, a alargarse contra mi lengua. La sentí crecer dentro de mí y por primera vez en toda la mañana me olvidé del dolor.
—Así me gusta —susurró, y me acarició el pelo.
***
Cuando terminó —no terminó del todo: solo me apartó con suavidad antes del final, como si reservara algo para más tarde— salí del baño y volví a la cama. Me arrastré bajo las sábanas con un short de algodón gris y me hice un ovillo del lado de la ventana. Pensaba dormir un rato más. Pensaba olvidarme del cuerpo. Pensaba muchas cosas que no iban a pasar.
Esteban se quedó en el baño abriendo y cerrando cajones. Le oí toser, escupir, abrir el grifo. Cerré los ojos. El sueño me arrastraba con una fuerza casi vergonzosa, como si el cuerpo hubiera decidido por mí que necesitaba escapar a otro lado durante unas horas.
No pude.
Sentí su peso primero. El colchón se hundió detrás de mí y supe sin abrir los ojos que estaba ahí. Después sentí sus manos: una sobre mi cadera, otra deslizándose por el elástico del short, bajándolo despacio hasta dejarlo a la altura de los muslos. La piel se me erizó por completo.
—Qué rico culo me he comido anoche, mi amor —dijo, muy cerca de mi oído.
Me quedé inmóvil. La frase me llegó como un golpe seco en la nuca. No por la vulgaridad de las palabras —ya estaba acostumbrado al vocabulario de Esteban— sino por la calma con que las dijo, como si estuviera evaluando un postre.
—Esteban… —murmuré.
—Calla.
Sentí su polla, ya dura, golpear contra mis nalgas. No me penetraba todavía, solo me la pasaba por encima, una y otra vez, recordándome lo que tenía y lo que pensaba hacer con ello. La sangre se me subió a las orejas. El miedo y la curiosidad se me pelearon en el pecho durante unos segundos y, como casi siempre, ganó la curiosidad.
—Es verdad lo que me contaste anoche, ¿no? —pregunté en voz muy baja, sin darme la vuelta.
Hubo un silencio.
—¿Qué cosa?
—Lo de la fiesta de Navidad. Lo de los otros.
—Es verdad.
Lo dijo sin pestañear, como quien confirma la hora. La noche anterior me había contado, entre besos y empujones, que había estado en una orgía la semana previa, en casa de unos amigos suyos a los que yo no conocía. Cuatro hombres, una sola habitación, dos horas. Me lo había contado mientras me la metía. Yo le había pedido que se callara y me había agarrado más fuerte. Esa parte la recordaba bien.
Me di la vuelta. No sé bien por qué. Quería verlo a la cara. Quería que me viera él.
Esteban tenía los ojos clavados en mí, oscuros y serios, y la boca apretada en una línea recta que solo a veces se le suavizaba. Le pasé la mano por la mejilla, sin saber muy bien qué estaba haciendo, y él me besó. Fue un beso lento, con la lengua entrando despacio, sin las prisas de la noche anterior. Me besaba como quien firma un papel.
Mi polla, pequeña al lado de la suya, se le frotó contra el muslo. La suya estaba tan dura que me dolía el contacto.
—Abre —dijo.
Abrí las piernas. No fue una decisión: fue una obediencia. Y al hacerlo me di cuenta de que esa palabra —obediencia— se me había instalado en algún rincón nuevo, uno que no sabía que tenía.
Me la metió poco a poco, con paciencia, mirándome a los ojos. Yo cerré los míos en cuanto sentí la punta empujar. El culo todavía me dolía de la noche anterior y ahora se abría otra vez, esta vez más lento, esta vez con una resistencia que él no estaba dispuesto a respetar pero tampoco a romper de golpe.
—Respira —me ordenó.
Lo intenté. El aire me entraba y salía a sacudidas. Me concentraba en su cara, en su frente perlada de sudor, en la forma en que él contenía la respiración cada vez que avanzaba un centímetro. Cuando me la metió entera sentí que algo dentro de mí, un órgano que no sabía nombrar, cedía y se acomodaba a la fuerza.
—Ya está, ya está —dijo, casi para sí mismo.
Empezó a moverse. Lento al principio, después más rápido, después como si se hubiera olvidado de mí. Cada vez que la sacaba casi del todo y volvía a meterla hasta el fondo, yo daba un salto involuntario sobre el colchón. Mis manos buscaban las suyas, sus hombros, su nuca, cualquier punto de apoyo para no sentirme como un trapo zarandeado.
—Auch —se me escapó—. Esteban, por favor… acaba.
—Todavía no.
—Me duele.
—Lo sé.
Y siguió. No con saña, sino con esa concentración suya que daba miedo. Yo lloraba sin darme cuenta. Las lágrimas me caían por las sienes hacia las orejas y mojaban la almohada. No sollozaba, no protestaba. Lloraba en silencio mientras él me embestía, y no sabía bien si era de dolor, de impotencia o de algo más raro y más antiguo que no quería identificar.
—No llores —dijo.
—No estoy…
—No llores.
Lo dijo con una voz distinta, más dura. Y antes de que yo pudiera contestar nada, sentí una bofetada seca en la mejilla derecha. No fuerte, no del todo. Lo suficiente para que me callara, para que la cara se me enrojeciera, para que abriera los ojos de golpe y lo mirara con sorpresa.
Me ha pegado.
Esteban se quedó quieto un segundo, mirándome. Y entonces se inclinó y me besó otra vez, despacio, con cuidado, como si el beso fuera una disculpa que no pensaba pronunciar. La cachetada y el beso eran la misma cosa. Lo entendí en ese mismo momento, y algo dentro de mí —algo que llevaba años pretendiendo ser otra cosa— se rindió por completo.
Me besó hasta que se me pasó el ardor de la mejilla. Y cuando se me pasó, retomó el movimiento, ahora más profundo, ahora más mío.
***
Sentí cuando acabó. Lo sentí antes de que él mismo se diera cuenta, por la forma en que se le apretó la mandíbula y le tembló el muslo derecho. Después vino la inundación —caliente, densa, larga— y mi cuerpo entero se llenó de algo que no era solo semen sino también una especie de derrota dulce.
Esteban se quedó dentro de mí un rato más, sin moverse, con la frente apoyada en mi cuello. Yo lo abracé. No sé bien por qué lo abracé, pero lo hice. Le pasé los brazos por la espalda y lo apreté contra mí como si fuera él quien necesitaba consuelo.
Después se retiró despacio. Me puso al borde de la cama, boca arriba, con las piernas todavía abiertas, y me observó. Yo sentí su semilla salir poco a poco de mí, deslizarse por la cara interna del muslo hasta manchar la sábana. No tuve fuerzas para taparme.
—Qué hueco más rico —dijo, en voz baja, con una sonrisa que no era exactamente una sonrisa—. Anoche te lo abrí al máximo, ¿eh?
Me llevé la mano hacia atrás, entre las nalgas, casi por curiosidad. Estaba blando, abierto, caliente. No reconocí del todo lo que tocaba. Era mi cuerpo y a la vez era una cosa nueva, un terreno modificado por otra persona.
—Sí —dije.
Fue lo único que se me ocurrió decir.
Esteban se incorporó, se puso unos calzoncillos negros y salió de la habitación. Le oí abrir la nevera, golpear una taza contra la encimera, encender la cafetera. Sonidos cotidianos, sonidos de alguien que ya no estaba dentro de mí pero seguía en mi casa, en mi cocina, en mi vida.
Me tapé con la sábana. La piel me ardía, los músculos me temblaban, los ojos se me cerraban solos. Pensé en levantarme, en pedirle que se fuera, en cerrar con llave la puerta del cuarto antes de volver a dormirme. No hice nada de eso. Me quedé escuchándolo moverse por la cocina, escuchando cómo se hacía dueño del lugar con un naturalidad que me daba miedo y, peor todavía, que me gustaba.
Antes de dormirme, lo último que pensé fue que no sabía si me dolía más el cuerpo o saber que iba a quedarme.