Tres meses chateando con un hombre antes de animarme
Nos cruzamos por una página de contactos hace casi cuatro meses. Al principio solo intercambiábamos mensajes dentro del sitio: frases sueltas, fotos a medias, fantasías que ninguno se animaba a poner por escrito hasta el final. Después saltamos a WhatsApp y la conversación cambió de tono.
Damián, así me dijo que se llamaba, era casi un calco de mi propia vida. Para todo el mundo, un hombre heterosexual: casado, con una mujer a la que de verdad amaba, sexo casi todas las noches, planes de futuro. Para mí también era así. Y aun así, los dos teníamos esa misma comezón debajo de la piel, ese deseo de estar con otro hombre que no se podía explicar al resto.
—Lo que más me asusta —me escribió una madrugada— no es desearlo. Es no parar de desearlo.
Yo sentía exactamente lo mismo, solo que no había encontrado las palabras.
Tres meses estuvimos así, hablando de lo que haríamos si nos viéramos. Cómo nos besaríamos, dónde, en qué cama, en qué orden. Llegamos a coreografiar la primera noche en mensajes de voz que escuchaba dentro del auto antes de entrar a mi casa. Pero ninguno daba el paso. El miedo de que nuestras parejas se enteraran nos paralizaba.
Hasta que un viernes Damián escribió algo simple:
—¿Y si nos vemos en un lugar donde sea imposible que pase nada? Solo para conocernos.
Aceptamos vernos en el centro comercial del microcentro. Bien a la vista. Patio de comidas, dos bebidas, una charla normal entre dos tipos cualquiera. Nada que un vecino pudiera fotografiar y mostrar después.
***
Lo reconocí apenas crucé el pasillo de las escaleras mecánicas. Era más bajo de lo que parecía en las fotos y tenía la mandíbula más marcada. Llevaba una chaqueta oscura y se le notaba que no había dormido. Yo tampoco había dormido.
Pedimos dos limonadas y nos sentamos en una mesa pegada al ventanal. Las primeras frases fueron las que esperaba: el tráfico, lo difícil que era estacionar, el frío que estaba haciendo. Después él bajó la voz.
—No vine para hablar del tráfico —dijo.
Me reí, nervioso, y le pregunté en qué pensaba.
—En que si te toco la mano por debajo de la mesa, no me la voy a poder sacar de la cabeza en una semana.
Me la tocó. Apenas dos dedos sobre los nudillos. Sentí que se me apretaba todo. Hablamos así durante una hora, en voz baja, contándonos exactamente lo que queríamos hacer y cómo. La conversación más caliente que había tenido en mi vida la tuve en un patio de comidas, rodeado de familias comiendo papas fritas. Cuando se levantó para ir al baño no fue una casualidad: los dos lo necesitábamos, y los dos sabíamos para qué.
***
El baño del centro comercial estaba vacío. Lo seguí treinta segundos después. Cada uno entró en un cubículo distinto. Cuando salí a lavarme las manos, él ya estaba afuera, esperándome contra la pared. Cerró la puerta de chapa con el pie y me besó.
Fue un beso torpe al principio, porque ninguno de los dos había besado a otro hombre con esa hambre. Pero a los pocos segundos era otra cosa: lengua, mordida, manos buscando por debajo del cinturón. Le agarré la verga por encima del jean y la sentí dura, casi caliente al tacto. Él me hizo lo mismo. Por un instante pensé que ahí, en ese baño público, íbamos a terminar todo.
La puerta principal se abrió y entró alguien arrastrando los pies. Nos separamos como dos chicos. Salí primero, él un minuto después, y nos cruzamos la mirada cerca de la fuente de agua sin decir nada. No hacía falta.
—Vamos al auto —me dijo, y caminó delante.
***
Ya era de noche cuando salimos del estacionamiento. Encendí un cigarrillo, abrí la ventanilla y me quedé pensando un rato. Damián miró el reloj del tablero y sonrió.
—Mi mujer entra al hospital a las once. Turno entero. No vuelve hasta mañana al mediodía.
Le dije que la mía estaba con turno noche en la fábrica. Tampoco volvía hasta el desayuno.
Nos miramos. No hicieron falta más palabras. Manejé hasta un motel del lado norte, uno de esos donde la cochera tiene cortina y el portero no te mira a los ojos. Pedimos una habitación con hidromasaje. La encargada nos pasó la tarjeta sin preguntar nada.
***
Subimos sin encender la luz grande. Damián tiró la chaqueta al sillón, yo dejé las llaves en la mesa y, antes de que nos quitáramos los zapatos, ya estábamos sobre la cama. Esta vez no había nadie afuera, no había puerta que pudiera abrirse, no había ni siquiera un reloj que mirar.
Nos besamos largo, con los ojos cerrados, rodando de un lado al otro del colchón. Le saqué la remera, él me sacó la camisa, y cada pieza que caía al piso era una excusa para volver a tocarnos. Le pasé la mano por la espalda, por la cadera, le agarré las nalgas y le metí un dedo despacio. Estaba listo, lo sentí en cómo me apretó la pierna con la suya.
Se arrodilló y bajó la cara hacia mi entrepierna, pero le corrí la cabeza con la mano. Le dije que todavía no, que quería tomarme tiempo.
—Tenemos hasta el amanecer —le murmuré—. No corras.
Terminamos de desnudarnos despacio, cada uno mirándole los detalles al otro: una cicatriz en la cadera, un tatuaje pequeño en el omóplato, las venas marcadas en los antebrazos. Llené el hidromasaje y entramos juntos. Nos sentamos uno frente al otro al principio; después él pasó al mismo lado, se acomodó contra mi pecho y dejó que le pasara las manos por todo el cuerpo bajo el agua. Nos abrazamos un rato largo, como dos enamorados que no podían permitirse serlo en ningún otro lado.
***
Volvimos a la cama mojados, sin secarnos del todo. Damián me empujó con suavidad para que me acostara boca arriba y se acomodó en sentido contrario al mío, con la cabeza a la altura de mi cadera. Lo entendí enseguida y me giré para devolverle la postura.
Me lo metió en la boca con calma y empezó a chuparme con un ritmo que no parecía de primera vez. Yo hice lo mismo. La sensación de tenerlo entre los labios y, al mismo tiempo, sentir su lengua girando alrededor de mí, me desarmó. Lo agarré de los muslos y aceleré. Él gimió con la boca llena, lo cual me terminó por descontrolar.
Sin avisarnos, terminamos casi al mismo tiempo. Yo le dejé todo dentro de su boca y él me hizo lo mismo. Nos quedamos un segundo sin movernos, recuperando el aire, con la cara, el pecho y los labios marcados de un modo que en cualquier otra situación me habría dado vergüenza. Esa noche no me dio nada.
***
Nos limpiamos con una toalla, abrazados, y nos acomodamos de costado, mirándonos. Él se dio vuelta, pegó la espalda a mi pecho y acomodó las nalgas contra mí. Lo abracé desde atrás y nos quedamos así, en silencio, hasta que el cansancio nos venció.
Habremos dormido una hora cuando sentí su cadera moverse despacio contra la mía. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Me apoyó la mano abierta sobre el muslo y me arrastró la palma hasta colocarla sobre su vientre. Después, sin dejar de moverse, se inclinó hacia adelante y me ofreció todo lo que yo había estado esperando desde la primera vez que escribí su nombre.
Lo puse boca abajo. Le abrí las nalgas con las manos y bajé la cara. Pasé la lengua por donde nadie de su mundo lo habría imaginado y lo sentí estremecerse entero. Empezó a pedirme que entrara. Le hice caso despacio: primero un dedo, después dos, y por último me acomodé detrás de él, le puse una almohada bajo la cadera y empujé apenas, esperando que el cuerpo se le abriera por sí solo.
Cuando me sintió completo dentro, gimió tan fuerte que pensé que el de la habitación de al lado nos iba a escuchar. No me importó. Empecé a moverme con un ritmo lento que después se fue volviendo más profundo. Le agarré los hombros, le besé la nuca, le mordí el cuello. Él se sostuvo en cuatro y me siguió en cada embestida.
Estuvo así un rato largo. En cuatro, después de costado, después arriba, cabalgándome. Cada postura era una manera distinta de mirarnos. Hasta que él se inclinó sobre mi pecho, me besó y me pidió a mí lo mismo que yo le había pedido a él. No tuve que pensarlo.
Me puse en cuatro y dejé que me lubricara con la lengua tan despacio como yo lo había hecho con él. Cuando entró, lo hizo de un movimiento firme que me arrancó un grito que él me cortó con la boca pegada a la mía. No me dolió. Me sorprendió. Le pedí que no parara.
Me lo puso de cucharita, después me sentó encima, después me tiró de espaldas y me levantó las piernas hasta sus hombros. Su cadera chocaba contra la mía y yo gemía cosas que jamás había dicho en una cama. Cuando terminó dentro de mí, me lo dijo al oído, y sentí cómo se vaciaba con el cuerpo entero pegado al mío.
***
Vi el reloj del techo. Faltaba poco para las seis. Le quedaba calor todavía, y yo estaba duro como si nada hubiese pasado. Lo empujé contra el colchón, le abrí las piernas y le devolví, despacio al principio y después con ganas, todo lo que él me había dado. Estaba tan abierto que casi no había resistencia, solo placer, solo el ruido del cuerpo contra el cuerpo. Le dejé adentro lo último que tenía mientras él se reía bajito, como un chico al que acaban de mostrarle algo nuevo.
Cuando paré, se dio vuelta, me besó largo y me dijo dos cosas. La primera:
—La próxima reservamos antes.
Y después, más bajo:
—Y la próxima es esta semana.
Nos duchamos juntos. Verlo de espaldas otra vez bajo el agua fue suficiente para que se me parara una vez más. Lo pegué contra los azulejos y le terminé de chupar la verga hasta que volvió a venirse en mi boca. Esta vez ni siquiera me avisó, simplemente me llenó hasta los labios y yo lo tragué entero.
***
Salimos del motel a las siete en punto. Lo dejé a tres cuadras de su casa para que nadie nos viera bajar juntos del mismo auto. Antes de que abriera la puerta, lo agarré de la nuca y le di un beso que duró más de la cuenta. Después me fui a mi casa, me hice un café y esperé a mi mujer como si nada hubiera pasado.
Damián y yo seguimos viéndonos cada fin de semana desde entonces. Reservamos la misma habitación cuando podemos. A veces ni siquiera hablamos demasiado; otras veces nos pasamos horas comiendo y riéndonos en la cama. Nuestras parejas no lo saben, ni queremos que lo sepan. Las amamos. Hacemos el amor con ellas también. Pero hay un pedazo nuestro que solo existe ahí, dentro de ese cuarto, entre dos hombres que no quisieron seguir guardándoselo más.
A veces pienso que un día se nos va a escapar todo y se nos va a venir el mundo encima. Otras veces, las más, pienso que cuanto más cuidemos esa puerta cerrada, más tiempo vamos a poder seguir abriéndola en secreto.
Por ahora, eso me basta.