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Relatos Ardientes

El belga del piso vacío me cambió la mañana

Era una mañana de julio y llevaba un par de horas dando vueltas por la app sin demasiada fe. La mayoría de los perfiles eran los de siempre, fotos viejas, conversaciones que se quedaban en el «hola, qué buscas». Pero entonces apareció él. Un hombre maduro, con los hombros muy anchos y un cuello grueso, la clase de cuerpo que no se construye solo levantando pesas, sino con años de obsesión. Pedía conocer gente sin más. Esa forma vaga de pedir las cosas que en realidad significa todo lo contrario.

Le escribí y la conversación arrancó rápido. Frases cortas, directas, sin floritura. Era un tío agradable, pero estaba claro que no había abierto la app para hablar del clima. Tenía ganas de follar, lo escribía sin disfrazarlo, y a mí me gustaba que no lo disfrazara. Quedamos para dentro de un par de horas en un barrio popular de las afueras, uno de esos donde las calles huelen a pan y a cebolla a las once de la mañana. Le iba a costar llegar, me dijo. No me importó esperar.

El mejor momento de esa app, lo digo siempre, es el rato entre el «vale» y el portal. Esos minutos en los que te montas la película tú solo, repasando cada cosa que has escrito: que te gusta mamar pollas, que te gusta abrir las piernas, que te gusta el cerdeo, el morbo, los tríos, los desconocidos que no te van a llamar al día siguiente. La cabeza dispara más fuerte que la realidad. Yo iba en el metro mirando por la ventana y se me notaba en la cara, supongo, porque un par de chavales me sostenían la mirada con esa sonrisa que es a la vez complicidad y burla.

Bajé en mi parada, caminé tres manzanas y reconocí el portal por la descripción que me había mandado. Llamé al timbre y un zumbido respondió sin que nadie preguntara nada por el interfono. Subí cuatro pisos por una escalera estrecha con baldosas hidráulicas gastadas. La pared olía a humedad. En el descansillo del cuarto había una puerta entreabierta. A veces, mientras subo escaleras así, me pregunto en qué me estoy metiendo. La cabeza se llena de imágenes feas, de noticias que no quieres recordar. Pero se me pasa rápido. Confío en la bondad de la humanidad, o eso me digo, y sobre todo confío en que tengo la polla a punto de saltar de los calzoncillos y el corazón latiendo en la garganta.

Empujé la puerta con dos dedos.

—Ciérrala —dijo una voz desde el fondo del pasillo.

Hice lo que me pedía. Apenas había girado la llave cuando lo vi salir del pasillo. Más bajo que yo, mucho más bajo, lo que de entrada me desinfló porque en las fotos parecía más alto. Pero también mucho más fuerte, eso compensaba con creces. Llevaba el torso desnudo, en realidad lo llevaba todo desnudo, los muslos como dos jamones serranos y la polla tiesa contra el ombligo, ya en posición de ataque. No saludó. Solo me hizo un gesto con la barbilla para que lo siguiera.

El piso estaba prácticamente vacío. Las paredes desnudas con marcas de cuadros que ya no estaban, las ventanas sin cortinas, un olor encerrado de sitio que nadie habita. Me llevó a una habitación que solo tenía un colchón directamente sobre el suelo, un armario antiguo con espejo en la puerta y, en un rincón, un montón de cajas amontonadas como si alguien las hubiera dejado ahí pensando en volver y no hubiera vuelto. Era verano y el calor entraba por la ventana, pero no incomodaba. Tenía ese aire pesado, cargado, que invita más que estorba.

Me quité la ropa sin esperar a que me lo pidiera. La camiseta primero, los vaqueros después, los calzoncillos al final. Mi polla saltó hacia fuera con esa alegría tonta que tiene cuando lleva demasiado rato apretada. Él me miraba desde el otro lado del colchón sin decir nada. Le brillaba el pecho de sudor a pesar de que acababa de salir de la ducha, lo notabas en el pelo todavía mojado.

—¿Te gusta besar? —me preguntó al fin.

Tenía un acento extraño, suave, con las erres arrastradas. No era de allí, eso estaba claro, pero no le pregunté de dónde era hasta mucho después.

—Más que besar me gusta lamer —respondí—. Y morder. Y gemir.

Se rió por lo bajo. Nos acercamos hasta que nuestras pollas se tocaron. Le agarré la suya con una mano y la mía con la otra y empecé a masturbarlas juntas, despacio, mirándolo a los ojos. Era más gruesa que la mía, eso lo noté enseguida. La piel le tiraba hacia atrás cuando subía y la cabeza se asomaba húmeda. Le pasé la lengua por el cuello, por la clavícula, le mordí el pectoral con cuidado y él soltó un suspiro que sonó a aprobación.

Pero no era eso lo que él había venido a buscar. Lo entendí enseguida por la forma en la que me apartó las manos, casi con desinterés, como quien deja una herramienta en el suelo porque va a usar otra.

—Siéntate ahí —dijo, señalando la cabecera del colchón.

Obedecí. La espalda contra la pared, el culo en el suelo, las rodillas dobladas. Él se arrodilló frente a mí sobre el colchón y, sin previo aviso, me metió la polla en la boca hasta el fondo. No tuve tiempo de tomar aire. La cabeza dura empujó contra la garganta y noté las lágrimas saltándome a los ojos por puro reflejo. Una mano gruesa me agarró la nuca y me sujetó allí, como si quisiera asegurarse de que no iba a escaparme.

Estaba entre su polla y la pared. No podía huir ni apartarme, y por un segundo eso me asustó. Pero solo por un segundo. El miedo se transformó casi enseguida en otra cosa, esa especie de rendición caliente que es lo que en realidad busco cuando subo a un piso así. Empezó a follarme la boca con un ritmo cabrón, sin descanso, sin preguntarme si podía, sin disimular las ganas. Yo solo podía tragar saliva y todo lo demás, abrir más la garganta, intentar no atragantarme. Me lloraban los ojos. Me caía un hilo de baba por la barbilla cuando él sacaba la polla para que tomara aire y volvía a meterla.

—Buen chico —murmuraba con su acento raro—. Buen chico.

***

Cuando decidió que ya era suficiente, me soltó la nuca y dio un paso atrás. Yo me dejé caer hacia un lado del colchón, jadeando, con la garganta en carne viva y la polla más dura todavía que cuando había llegado. Pensé que igual me dejaba descansar un minuto. No fue así.

—Date la vuelta —dijo.

Me puse a cuatro patas en el colchón, mirando hacia el armario. Y entonces caí en la cuenta del espejo. Estaba colocado exactamente en el ángulo correcto. Si levantaba la vista, lo veía todo. Me veía a mí, con el culo en pompa y la espalda arqueada. Lo veía a él detrás, escupiendo sobre los dedos para mojarme, abriéndome con dos a la vez sin demasiada delicadeza. Vi el momento exacto en el que apoyó la cabeza de la polla contra mí y empezó a empujar.

La primera embestida fue lenta, casi educada, dándome tiempo a acostumbrarme. La segunda ya no. La tercera me dejó claro que no iba a tener piedad. Apoyó las dos manos en mis caderas, clavó los dedos en la carne y empezó a moverse como si llevara meses guardando esa rabia para alguien. El colchón se desplazaba debajo de nosotros, las sábanas resbalando, mis rodillas raspándose contra la funda. Cada empujón me arrancaba un sonido de la garganta que no sabía que tenía dentro.

Y yo, mientras tanto, no podía dejar de mirar el espejo.

Verlo trabajar era parte del placer, casi tanto como sentirlo. Los músculos de su espalda contrayéndose, el sudor cayéndole por la nuca, los dientes apretados, la concentración bestia de alguien que está haciendo una sola cosa en el mundo. Y yo en el centro de esa cosa. El culo me ardía de gusto, una especie de quemazón limpia que subía por las lumbares y se asentaba en algún sitio detrás del esternón.

—Mírame —me ordenó al darse cuenta de que yo lo miraba en el reflejo.

Levanté más la cabeza y nos cruzamos los ojos en el espejo. Él me sostuvo la mirada un par de segundos y luego sonrió de medio lado, una sonrisa torcida y satisfecha. Aceleró el ritmo. Yo intentaba sujetarme al colchón con las manos, pero no había agarre posible. Empezó a soltar pequeños gruñidos, después gemidos más largos, y al final un rugido sordo cuando se vino. Lo sentí latir dentro y, durante unos segundos, no se movió. Solo respiraba muy fuerte sobre mi espalda mojada.

Salió despacio. Me dejé caer de costado y él se tumbó a mi lado un momento, recuperando el aire. Después se puso a horcajadas sobre mis muslos y me metió la polla, la mía, en su boca. Me chupó con paciencia, sin urgencia, como si quisiera saborear el premio. Me sacó la leche en tres minutos y no la dejó caer fuera. La acompañó hasta el fondo y se la tragó con gusto, mirándome a los ojos por si me iba a perder ese detalle.

***

Nos quedamos un rato tumbados en el colchón, sudando como posesos, recuperando el ritmo de la respiración. Él se incorporó sobre un codo y me miró con una expresión más blanda que la de antes. Hasta entonces no habíamos hablado, en realidad. Solo habíamos jadeado.

—Lucas —dijo, ofreciéndome la mano con un formalismo absurdo dadas las circunstancias—. Soy belga, de Bruselas. Llevo aquí cinco años.

Le estreché la mano sin levantarme y le dije mi nombre. Le pregunté de quién era el piso, porque ese ambiente de abandono no le pegaba a alguien que parecía tan ordenado y tan limpio. Me contó que era de su madre. Lo había heredado hacía unos meses y todavía no había decidido qué hacer con él. Por ahora lo usaba para esto, dijo encogiéndose de hombros sin ningún pudor. Para esto y poco más.

—No está mal el sitio —comenté, mirando el techo manchado.

—Para follar con un activo fuerte y salido, es una maravilla —dijo él, y se rió bajito.

Me ofreció agua y la acepté. Bebimos los dos del mismo botellín, sentados en el colchón, con las piernas estiradas y los hombros tocándose. Después me vestí. Él se quedó desnudo, tirado boca abajo, leyendo algo en el móvil. Antes de irme le pregunté si lo de quedar era cosa de un solo día o si solía repetir. Me miró por encima del hombro, con esa sonrisa torcida que ya le había visto antes.

—Depende del chico —dijo—. A ti te escribiré.

Bajé las escaleras con las piernas un poco temblorosas y la sensación tonta de estar más vivo que cuando había subido. En la calle hacía un calor pegajoso de mediodía. Me metí en un bar de la esquina a tomar una caña. Mientras esperaba el cambio, me llegó un mensaje al móvil. Era él. Solo decía: «la semana que viene».

No contesté en el momento. Tampoco hizo falta. Los dos sabíamos que iba a subir otra vez por esas escaleras estrechas, que iba a empujar otra vez la puerta entreabierta, que iba a mirarme en ese espejo desde otra postura. Pagué la caña, salí a la calle y caminé hasta el metro con una sonrisa que no me cabía en la cara.

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Comentarios (5)

PabloNocturno

excelente!!! uno de los mejores que lei en un buen tiempo

el_tano_22

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber mas de ese belga jaja

Nordic_lector

Lo que mas me gusto es como transmitis la tension antes de entrar al piso. No hace falta decir mucho para que se entienda todo.

DiegoQuilmes

tremendo relato, no me esperaba ese arranque

GonzaLect

Me recordo a algo que me paso en un viaje hace años, esa adrenalina previa que describis es muy real. Muy bueno.

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