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Relatos Ardientes

Acepté el trabajo de limpieza en casa de los primos

Después de que terminó lo mío con Alejandro caí en una depresión que me arrastró durante semanas. Dejé de presentarme en el trabajo, dejé de contestar mensajes, dejé incluso de cocinar para mí mismo. A los pocos días me llamaron de la oficina para confirmarme lo que ya intuía: estaba despedido. Dos meses encerrado en mi cuarto, comiendo apenas y mirando el techo, fueron suficientes para que el banco empezara a mandarme avisos y el casero a tocar la puerta con cara de pocos amigos.

Una madrugada, sin poder dormir, abrí una página de citas gay solo para sentir que alguien al otro lado de la pantalla todavía existía. Entre perfiles, fotos y mensajes vacíos, apareció un anuncio modesto, casi tímido entre tanta provocación: «Se busca chico joven para tareas de limpieza, cama adentro, pago justo».

Lo escribí más por curiosidad que por necesidad. Me respondió enseguida, antes de que pudiera arrepentirme.

—¿Tu opción sexual? —fue lo primero que me preguntó.

Me sorprendió la franqueza. Lo pensé un momento y respondí con la verdad.

—Pasivo. Pero me interesa el trabajo, no otra cosa.

—El trabajo es real —contestó—. Tengo una casa grande, alquilo cuartos. Necesito a alguien que limpie pasillos y el primer piso. Eso es lo importante. Lo demás lo conversamos en persona.

Me dio una dirección al otro extremo de la ciudad. Aceptar fue casi un acto reflejo. Tenía un mes de alquiler pendiente, la nevera vacía y el orgullo por el piso. Cama adentro significaba un techo asegurado. Lo demás… ya vería.

Armé una mochila, dejé las llaves al casero con una excusa cualquiera y subí al autobús. Llegué cerca de las ocho de la noche. La casa era amplia, vieja, con una reja oscura y un patio interior con plantas medio descuidadas. Toqué el timbre. Me abrió un tipo alto, de unos treinta y pico, pelo corto, ojos oscuros.

—Tú debes ser el chico nuevo —dijo, y me miró de arriba abajo sin disimulo—. Pasa.

Atrás, en la sala, había otro hombre parecido a él. Mismo tipo de cara, misma sonrisa lenta. Me explicaron que eran primos. Marco era el que me había escrito; Iván vivía con él en el primer piso. Me presentaron como si fuera invitado de una fiesta y no el chico que iba a barrer sus pasillos al día siguiente.

—Te aclaro algo antes de que dejes la mochila —dijo Marco, sirviéndome un vaso de agua—. Aquí los dos somos activos. No te ofrezcas si no quieres. El trabajo es el trabajo. Pero si te interesa la otra parte, la casa es discreta.

No respondí enseguida. Me senté en el sofá, dejé la mochila al lado y miré a uno y al otro. Hacía dos meses que nadie me tocaba. Dos meses que ni siquiera me había mirado al espejo con ganas. La piel me picaba por debajo de la ropa.

—Empiezo a limpiar mañana —dije, y bebí un sorbo de agua—. Esta noche todavía no es trabajo.

Marco se rio bajito. Iván se acercó al sofá y se quedó parado frente a mí. Tenía las manos en los bolsillos y la camiseta blanca un poco transpirada del calor. Marco se sentó al otro lado.

—Entonces no te molesta si nos ponemos cómodos —dijo Iván.

Negué con la cabeza. Lo dije casi sin voz.

Se desnudaron ahí mismo, sin apuro y sin show. Iván primero, dejando la ropa doblada sobre la silla como si fuera lo más natural. Marco después, con esa lentitud que algunos hombres tienen cuando saben que están siendo mirados. No eran gimnastas ni modelos. Eran cuerpos reales: hombros anchos, pelo en el pecho, panza apenas marcada por un cinturón que se acababa de quitar. Y tenían dos pijas que me hicieron tragar saliva sin querer.

La de Marco era larga, gruesa hacia la base, con una curva leve hacia arriba. La de Iván era algo más corta pero ancha como un puño cerrado. Las dos a medio crecer, todavía sin pedirme nada.

—¿Quieres? —preguntó Marco.

Me arrodillé en la alfombra sin contestar.

Lo primero que probé fue la de Iván. Me la metí entera de a poco, sintiendo cómo se ponía dura dentro de mi boca. Marco se acercó por el costado y me puso la mano en la nuca, sin empujar, solo apoyándola. Cambié de uno al otro, sin prisa, lamiendo los lados, tomando aire, volviendo. Hacía meses que no hacía eso y me di cuenta de cuánto lo había necesitado. No era solo placer. Era una manera de volver a estar dentro de mi propio cuerpo.

—Te gusta —dijo Iván. No era una pregunta.

Mientras seguía con la boca, Marco se bajó al piso, se puso detrás de mí y me bajó los pantalones de un tirón. Sentí su mano grande abriéndome los glúteos. Su barba me raspó la piel cuando pasó la lengua por ahí, lento, de abajo hacia arriba. Se me escapó un sonido que no había hecho en mucho tiempo.

—Tiene un culo demasiado lindo para que esté desaprovechado —murmuró contra mi piel.

Lo que vino después fue mi único error de la noche. Iván, demasiado caliente, decidió no esperar. Lo sentí apoyarse, empujar y entrar de golpe, sin nada, sin un escupitajo siquiera. Me arqueé hacia adelante como un animal herido y se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Para, para, para —dije bajito, casi sin voz—. Así no.

Iván se quedó quieto en el acto. Se retiró con cuidado y se sentó al lado mío en la alfombra. Marco se levantó de un salto y desapareció dos minutos. Volvió con un frasco de crema lubricante. Me la untaron entre los dos, primero con los dedos, después con la pija, hasta que me sentí flojo y resbaloso y volví a respirar normal.

—Despacio —dijo Marco contra mi oreja—. Esta noche no se rompe nada.

Esta vez fue otra cosa. Iván volvió a entrar, pero milímetro a milímetro, esperando que mi cuerpo cediera. Cuando estuvo completamente dentro me besó el hombro como pidiendo disculpas por antes. Empezó a moverse, todavía suave, hasta que mi respiración se fue acomodando a su ritmo.

Marco se ubicó frente a mí y me ofreció la pija para que volviera a mamarla. Estaba durísima ahora, hinchada, con una vena que latía contra mi labio. Me la metí entera mientras Iván me lo hacía despacio por detrás. Se turnaron así un buen rato, intercambiándose, hablándome bajo, casi al oído.

—Te queda perfecto —me dijo Iván.

—Te lo mereces —me dijo Marco.

No sé cuánto tiempo pasó. La pija de Marco era la que más me afectaba, la que me hacía perder el control. Cuando me dio la vuelta, me apoyó contra el sofá y entró desde atrás, tuve que morderme el brazo para no gritar. Era distinto. Tocaba un punto adentro que parecía conectado directamente con mi cerebro.

—Tranquilo —dijo, sosteniéndome la cintura con las dos manos—. Tenemos toda la noche.

Lo hicimos en varias posiciones. Boca arriba en el sofá, con las piernas sobre los hombros de Marco. De costado en la alfombra, con Iván detrás y Marco besándome la boca como si fuéramos pareja de hace años. De rodillas contra la mesa baja del salón. Me besaban el cuerpo entero, los dos, en cualquier lugar al que llegaran. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía que alguien me tocaba con ganas y no por costumbre.

En un momento, Marco se separó, jadeando, y me miró con una sonrisa que no me había mostrado antes.

—¿Has hecho alguna vez doble? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—No creo que entren las dos —dije, todavía agitado.

—Lo intentamos —dijo Iván desde atrás, besándome el cuello—. Si no, paramos. Aquí no se obliga a nadie.

***

Me senté arriba de Marco, encajándome despacio en su pija como si fuera la única cosa segura del mundo. Estaba duro como una piedra. Me había acostumbrado a su forma sin darme cuenta, y mi cuerpo lo recibió sin protestar. Lo cabalgué un rato, con las manos apoyadas en su pecho, sintiendo cada subida y bajada como una corriente.

Iván se acercó por detrás. La suya, sin embargo, estaba a medio camino. Se le había bajado en algún momento entre cambio y cambio, quizás por los nervios, quizás por la concentración. Lo probó dos, tres veces, intentando ubicarla. Cada vez resbalaba al costado, demasiado floja para entrar.

Me incliné hacia atrás sin levantarme de Marco y le pedí que me la diera en la boca. Se la mamé con dedicación, llevándomela entera, jugando con los testículos, mientras Marco seguía bombeando desde abajo. La sentí endurecerse contra mi lengua de a poco, como un metal calentándose en la fragua.

—Ya está —dijo Iván después de un rato—. Ahora sí.

Se posicionó detrás de mí, apoyó la punta justo donde Marco ya estaba dentro y empezó a empujar con paciencia. Sentí que algo en mí se abría más de lo que creía posible. Marco me besó la boca como anestesia, mientras Iván buscaba el ángulo.

Justo cuando estaba por ceder, Marco gimió largo, como un animal sin aire, y se vino dentro de mí con una fuerza que no esperaba. Sentí los espasmos, el calor escapándose por los costados, y, de la sorpresa, lo perdí. Su pija salió y la de Iván, que había encontrado por fin el camino, ocupó todo el espacio sola.

Iván aprovechó el envión. Me empujó con cuidado boca abajo sobre el sofá y empezó a embestirme con una intensidad nueva, sin dejarme respirar entre golpe y golpe. Marco, agotado, se arrastró a un costado y se quedó mirándonos, una mano sobre su pija blanda, la otra acariciándome el pelo.

—Así, así —repetía Marco, como un mantra—. Así.

Iván se vino dentro de mí con un grito sordo, mordiéndome el hombro. Sentí la segunda descarga sumándose a la primera, y un calor extraño bajando por mis piernas mientras él se quedaba inmóvil encima.

***

Quedamos los tres tirados en el sofá grande, uno encima del otro, sin fuerza para movernos. Marco a mi izquierda, Iván a mi derecha. Me besaron en mejillas opuestas casi al mismo tiempo, sin coordinación, y los tres nos reímos.

—¿Cómo estás? —preguntó Marco.

—Adolorido —dije—. Pero bien. Bien de verdad.

Iván se rio bajito y me besó otra vez, esta vez en la sien.

—Eres el mejor culo que hemos probado en mucho tiempo —dijo Marco, sin pose, como si fuera un dato técnico—. En serio.

—Y el primero que nos pide despacio —agregó Iván—. Eso también vale.

Subimos al primer piso abrazados, los tres desnudos, sin acordarnos siquiera de la cena que no habíamos comido. La cama era enorme, con una colcha que olía a jabón limpio. Me ubicaron en el medio. Marco apagó la luz. Iván me pasó un brazo por la cintura.

Estaba cansado, vacío, recién usado, y, sin embargo, no recordaba haberme sentido tan tranquilo en meses. Pensé en Alejandro, en lo lejos que estaba aquella versión mía que lo lloraba todas las noches.

—Mañana empiezo a limpiar a las nueve —murmuré, medio dormido.

—Mañana duermes hasta el mediodía —dijo Marco—. La limpieza puede esperar.

Cerré los ojos. La casa era grande, la cama estaba caliente y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ningún miedo a lo que venía.

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Comentarios (4)

GuilleR

jajaja no me esperaba ese giro, tremendo relato!!

LectorSinDormir

Por favor una segunda parte, me quede con muchas ganas de mas

Carlitos_Cba

Muy bien escrito, se nota que el autor sabe como crear tension desde el principio. Me gusto bastante.

CuriosoMdQ

¿Hay continuacion? Se corto justo cuando mas interesante se ponia

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