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Relatos Ardientes

Camila me llamó y volví a entregarme en su cuarto

Había pasado más o menos un mes desde aquella tercera vez en que me había entregado como pasivo. Estaba en mi casa, tirado en el sillón pasando canales sin enganchar con ninguno, cuando el celular vibró sobre la mesa. Un número conocido. La voz que escuché al otro lado me hizo enderezarme de golpe.

—Hola, soy Camila. ¿Ya te olvidaste de mí?

El tono era suave, casi cantado, como si supiera de antemano que la respuesta iba a ser un no. Le contesté que cómo se le ocurría pensar algo así, que claro que la recordaba. Ella se rió bajito y me dijo que tampoco se había olvidado de mí, que por eso se había tomado el atrevimiento de marcar. Que esperaba no haberme molestado.

Le dije que para nada, que ya tenía ganas de verla. Quedamos en eso. Colgué con el corazón un poco acelerado y la sensación rara de tener un secreto recién despertado dentro del pecho.

Dos días después, el celular volvió a sonar. Era ella otra vez, pero el tono había cambiado. Esta vez sonaba más seria, más concreta.

—¿Tienes tiempo hoy? Te espero donde siempre. Tengo algo importante que decirte y quiero decírtelo en persona.

—¿No me lo puedes adelantar?

—No. En persona.

Hubo una pausa en la que solo escuché su respiración del otro lado. Le dije que me daba unos minutos para cambiarme y salía para allá. Me puse algo cómodo, una remera negra y un jean, y bajé las escaleras del edificio casi a los saltos. En el camino me imaginé veinte cosas distintas, todas malas: que estaba enferma, que se mudaba, que no quería volver a verme, que había contado lo nuestro a alguien. No se me ocurrió la posibilidad más simple. La que, en el fondo, sin admitirlo, era la que más quería.

Llegué al banco de la plazoleta donde nos habíamos visto las otras veces, y ella ya estaba ahí, sentada con una pierna cruzada sobre la otra, el pelo recogido en una cola alta. Llevaba una chaqueta corta y unos jeans ajustados. Apenas me vio, se levantó y caminó hacia mí. Me abrazó largo, sin importarle quién pasara por al lado, y me dijo al oído que me había extrañado un montón. Me agarró de la mano y me llevó casi tirando hacia su edificio. Su mano apretaba la mía con una urgencia que no había visto antes en ella.

—¿No me ibas a decir algo importante? —le pregunté en la escalera.

—Sí. Ya te lo digo arriba.

Subimos los tres pisos rápido. Abrió la puerta con esa misma prisa, me hizo pasar empujándome apenas con la palma en la espalda, y cerró detrás de mí. No alcancé a girar cuando ya estaba encima, las manos en mi cara, la boca buscando la mía. El beso fue largo y caliente, con la lengua jugando despacio, y entonces sus manos bajaron y me agarraron las nalgas por encima del jean.

—Te extrañé muchísimo —susurró sin separarse del todo—. Desde aquella vez no dejé de pensar en ti.

—¿Y eso era lo importante?

Se rió contra mi cuello.

—Sí. Discúlpame por inventar el dramatismo.

No me molestaba para nada.

—Está bien, esta te la paso. Pero no me asustes así otra vez —le dije, fingiendo un poco de enojo.

Como respuesta, me besó de nuevo, esta vez sin pausa, mientras sus manos empezaron a recorrer mi torso por debajo de la remera. Yo le saqué la chaqueta y le bajé el jean, dejándola en una bombacha femenina blanca por la que asomaba la silueta de su verga, todavía no del todo dura. Verla así me prendió de una manera que no esperaba.

Ella aprovechó mi quietud para sacarme la remera de un tirón y empujarme hacia la cama. Caí de espaldas sobre el colchón y, antes de que pudiera moverme, sus manos me agarraron las dos piernas y me las cargaron sobre sus hombros. De un tirón me bajó el jean y el calzoncillo. Quedé desnudo, con los pies cruzados al aire, y ella mirándome como si fuera a comerme.

***

Soltó una de mis piernas, se llevó los dedos a la boca y los ensalivó bien. Después bajó la mano hasta mi entrada y empezó a frotar despacio.

—Tenía ganas de tener este culito —dijo en voz baja, casi para sí misma—. Está demasiado rico.

Su dedo se abrió paso con menos resistencia de la que yo esperaba. Lo metió y lo sacó con paciencia, lo retiró, volvió a ensalivarse y lo metió de nuevo. Después fue un segundo dedo, y ya con dos me sentía abrir de a poco. Solté un gemido largo que no pude reprimir. Ella sonrió sin dejar de moverse.

—Eso me encanta —dijo—. Que se te escape.

Cuando consideró que estaba listo, me hizo girarme. Acomodó una almohada bajo mi vientre y me pidió que dejara el pecho contra la cama. Quedé en una posición que me obligaba a entregarle todo. Sentí cómo me abrió las nalgas con las dos manos y empezó a besarme ahí, primero los costados y después con la lengua justo en la entrada. Lengua, dedos, lengua otra vez. Yo apretaba la almohada con los puños.

—Qué lindo se está abriendo —dijo, casi con orgullo.

Después se enderezó y sentí la punta de su verga contra mí. Apoyó, hizo presión, retiró. Apoyó otra vez. La tercera fue la que me abrió. Soltamos los dos un gemido fuerte, casi al mismo tiempo, y ella no paró. Empujó hasta hundirse entera, se quedó así unos segundos, hablándome bajito.

—Extrañaba esta sensación. Estar dentro tuyo.

Empezó a salir despacio, hasta sacarla del todo. Me abrió las nalgas, escupió sobre mí y volvió a entrar hasta el fondo. A partir de ahí, fue un vaivén constante, cada vez más profundo. Yo no podía dejar de gemir contra la almohada y ella tampoco se contenía. Cada embestida le sacaba un suspiro corto.

***

Se inclinó sobre mi espalda y me habló al oído.

—Ahora quiero verte la cara.

Salió de mí, me hizo girar boca arriba y me colocó la almohada bajo la cadera. Me levantó las piernas, me las cargó otra vez sobre sus hombros y, con una mano, se guió hasta volver a meterse. Con la otra me cruzó los pies, uno sobre el otro. Empezó a moverse con un ritmo lento al principio, después más rápido.

—Qué rico me aprietas —murmuró—. En serio extrañaba sentirte así.

En un momento se detuvo entera dentro, después salió despacio hasta dejarme vacío. Me tomó la mano libre y me la llevó a mi propia entrada. Me hizo meter dos de mis dedos. Yo abrí los ojos despacio.

—Mira cómo te queda de abierto —me dijo, con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

Después me soltó las piernas, me agarró por los brazos y me hizo levantarme. Se puso detrás de mí y empezó a frotarse entre mis nalgas, mientras me besaba el cuello y me daba una nalgada que sonó fuerte en el cuarto. Me llevó otra vez a la cama, esta vez en cuatro patas. Volvió a meterse de un solo movimiento, hasta el fondo. La sensación me arrancó un grito que casi no reconocí como mío.

Con una mano me agarró de la cadera. Con la otra empezó a masturbarme al ritmo de sus embestidas. Yo le pedí que parara, que así no iba a aguantar, pero no paró. Al contrario, aceleró. Sentí un calor que me subía desde abajo y, al poco rato, terminé sobre las sábanas, en chorros largos, mientras ella seguía dentro de mí sin moverse.

—Qué rico te viniste —me dijo al oído cuando bajé—. Ahora me toca a mí.

Empezó a empujar con un ritmo más fuerte, más bestial. Yo escuchaba sus bufidos en mi nuca. De repente salió, me tomó de la cintura y me hizo arrodillarme delante de ella. Se masturbó frente a mi cara unos segundos antes de soltar varios chorros calientes sobre mis labios y mi mentón. La vi terminar de cerca, con la respiración entrecortada y las mejillas rojas.

—Me hiciste correrme rico —dijo, mirándome a los ojos sin parpadear.

***

Me alcanzó papel para limpiarme. Me pasé la mano por la cara mientras ella se sentaba en el borde de la cama, respirando profundo. Me preguntó si me había gustado y yo, todavía con la voz tomada, le dije que sí, que me había encantado.

Se acercó otra vez. Me besó despacio, ahora sin urgencia, con las manos en mis nalgas. Me las masajeó, me las abrió, me dio una nalgada más, más suave. Después me hizo girar y me abrazó por la espalda. Empezó a pasar su verga entre mis nalgas, con un movimiento lento, casi distraído. Yo la sentía endurecerse de nuevo contra mí.

Me habló al oído.

—Creo que no te voy a poder dejar ir tan rápido. Prepárate para lo que sigue.

Me llevó otra vez a la cama. Me hizo apoyar el cuerpo entero sobre el colchón, con las piernas estiradas. Me abrió las nalgas, me escupió encima, me metió dos dedos. Después los sacó y entró ella, de un solo movimiento, hasta el fondo. Sentí sus huevos chocar contra los míos. Empezó el vaivén otra vez, esta vez más profundo, más firme. Me masajeaba la espalda mientras se movía, me daba alguna nalgada, sacaba la verga del todo solo para abrirme las nalgas y mirarme.

—Me encanta cómo te queda —repetía—. Me encanta esto contigo.

Pasaron varios minutos así. Yo perdí la noción del tiempo. En un momento se detuvo, me giró la cara hacia ella y me besó con la lengua entera, con un beso que sabía a algo prohibido. Salió, me dijo que me pusiera de pie. Yo obedecí. Me abrazó de frente, me besó otra vez, y entonces me tiró sobre la cama boca arriba.

Me agarró las piernas, se acomodó encima y entró de un empujón. Empezó a moverse más rápido, gimiendo con la boca abierta. En un momento sacó toda la verga, se quedó mirándome la entrada como si quisiera grabársela, y volvió a entrar entera.

—Te voy a llenar —dijo, con la voz quebrada—. Quiero dejarte mi leche dentro.

Empezó a empujar cada vez más rápido, más corto, más profundo. Yo me agarré de las sábanas. La escuché soltar un bufido largo y se quedó quieta de golpe, hundida hasta el fondo, latiéndome por dentro. Sentí algo caliente que se expandía y me llenaba. Ella respiraba pesado sobre mí, con los ojos cerrados, mientras yo absorbía cada palpitación.

Cuando salió, me bajó las piernas con cuidado. Me tomó la mano y me la llevó a la entrada. Me hizo tocar lo que escurría.

—Otra vez me hiciste terminar rico —susurró—. Qué culo tienes.

***

Después fue todo más lento. Me pasó papel, me limpié, ella se limpió. Nos vestimos sin apuro, intercambiando alguna sonrisa cómplice. Cuando estuvimos los dos listos, me abrazó largo, sin hablar, y me dio un beso suave en los labios.

—Espero verte de nuevo pronto —me dijo, mirándome con una calma que no había tenido al principio de la tarde—. La estoy pasando muy bien contigo.

—Yo también —le contesté—. Avísame cuando quieras.

Bajé las escaleras del edificio despacio. Salí a la calle y caminé varias cuadras sin dirección, con la sensación todavía caliente entre las piernas y una idea dando vueltas que no me terminaba de animar a pronunciar.

Que esto me estaba empezando a gustar más de lo que yo creía.

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Comentarios (5)

Marquitos_92

tremendo este relato!!! me enganche desde el principio y no pude parar hasta el final

LauraCba2020

Por favor seguilo, quede con ganas de saber que pasa despues. Que va a hacer ahora?

RobertoMdz

Muy bien narrado. Se nota que hay algo sentido detras, ese ritmo no se finge. Felicitaciones

Fede_Cba

jajaja lo de 'sabia que iria apenas escuchara su voz' es tan real, a todos nos ha pasado de alguna forma jaja

Santy_BA

Me gusta como construis la tension antes de llegar al momento central. No es solo accion, hay historia

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