El vecino del sexto B y aquella tarde de agosto
Aquel agosto en Valencia se quedó pegado a mi piel como una de esas humedades que no se van con la ducha. Lo recuerdo con esa mezcla de cariño y vergüenza que uno reserva para las cosas que hizo a solas, sabiendo que algún día iba a contarlas. La ciudad estaba vacía, Russafa parecía un decorado abandonado y yo era uno de los pocos idiotas que se había quedado a trabajar en un contrato de prácticas de tres meses.
Había terminado tercero de carrera con notas decentes, pero quería sumar experiencia antes de la última recta, así que mandé currículums hasta que una consultora a las afueras me llamó. Cubría las vacaciones de toda la plantilla por un sueldo simbólico, ocho horas de jornada y un trayecto en metro que era lo peor del día. Mis compañeros de piso colgaban fotos en Cabo de Gata, en Cerdeña, en cualquier sitio menos en aquella ciudad de persianas bajadas.
El metro a mediodía olía a sudor y a aire acondicionado averiado. Yo, por ese cuerpo andrógino que siempre tuve —caderas estrechas pero algo de pecho, piel sin un solo vello, pelo largo hasta los hombros—, me acostumbré pronto a las miradas. No las buscaba, pero tampoco las espantaba. Había aprendido a colocarme en los vagones del fondo, donde la gente iba apretada, y a soportar sin moverme los roces que no eran del frenazo. Manos anónimas que se quedaban un segundo más de la cuenta sobre mis nalgas, dedos que tanteaban el borde del pantalón. Lo soportaba, sí, pero también me daba algo. En medio de aquellas semanas vacías, esos contactos clandestinos eran lo único que me devolvía un poco de chispa al cuerpo.
Aquel martes llegué al piso con la camisa pegada a la espalda y la sensación de que toda la línea cinco se me había restregado encima. Me desnudé en el pasillo, dejé la ropa formando un reguero hasta el baño y me metí bajo el agua fría. Cerré los ojos y dejé que el chorro arrastrara el día. El recuerdo de los dedos del metro, en cambio, no se iba: seguía latiendo en algún sitio bajo la piel mojada.
Salí del baño con el pelo chorreando y me puse solo el tanguita de encaje blanco que me había comprado en una de aquellas tardes solitarias y aburridas. Nadie iba a venir. Nadie iba a verme. La casa entera era mía hasta septiembre, y esa libertad sin ropa empezaba a parecerme la única ventaja real de haberme quedado solo en agosto.
Abrí el portátil en el sofá y dejé que el algoritmo hiciera lo suyo. Conocía mis gustos mejor que yo: hombres morenos, brazos gruesos, escenas en vestuarios y cabinas. Me dejé llevar sin prisa. Empecé acariciándome el cuello, bajé por el esternón, palpé los dos montículos blandos que mi ginecomastia leve me había regalado en la adolescencia. Los apreté con las palmas, los pellizqué hasta que se me escapó un suspiro. Mi miembro, pequeño y blando como siempre cuando no había un hombre delante, no necesitaba protagonizar nada. El placer me venía por arriba: por el pecho, por el cuello, por la nuca.
Estiré el brazo hasta la mesa baja y agarré el bote de crema hidratante que había bajado del baño. Vertí un chorro generoso sobre el cuello de una botella de cerveza vacía que me había quedado de la noche anterior. La crema resbaló por el cristal hasta dejarlo brillante, casi obsceno bajo la luz amarilla de la lámpara. Me abrí de piernas en el sofá y posicioné el cuello del cristal abajo, justo en el centro. El primer contacto frío me arrancó un jadeo entrecortado. Después fui hundiéndomelo despacio, imitando el vaivén que había imaginado tantas veces, sintiendo cómo el cristal entraba con una firmeza que mis dedos nunca podían darme.
Con cada empuje arqueaba la espalda contra el respaldo, y los pezones me rozaban las palmas en un ritmo cada vez más torpe. Estaba a punto, con la respiración rota y la sensibilidad a flor de piel, cuando algo golpeó seco en el pasillo del rellano. Un portazo, pasos. Me quedé inmóvil dos segundos, mirando la puerta de la entrada como si fuera a abrirse sola, con el cristal todavía dentro y la crema corriéndome por el muslo.
Saqué la botella con un cuidado ridículo, la dejé en la alfombra y agarré la primera prenda que tenía a mano: una camisa blanca de algodón, dos tallas grande, que llevaba abandonada sobre el brazo del sofá desde la mañana. Me la puse a la carrera, abroché tres botones del centro y dejé que el bajo me cayera hasta media pierna. El pelo, todavía mojado, empapó los hombros de la prenda al instante, y la tela se volvió translúcida sobre el pecho. Justo entonces sonó el timbre. Fui descalzo hacia la puerta, intentando que la respiración bajara antes de tirar del pomo.
***
Al otro lado había un hombre que no había visto en mi vida. Alto, de piel oscura y dorada por el sol, con una barba bien recortada y unos ojos negros que no parpadearon. Llevaba una toalla al hombro y un neceser pequeño en la mano. Se quedó callado un segundo, con la boca medio abierta, mientras sus ojos bajaban por mi cara, por el cuello, por el bulto suave que la camisa mojada no escondía, hasta las piernas desnudas.
—Hola… perdona que te moleste —dijo por fin, sin moverse del umbral—. Creo recordar que aquí vivía un chico. No esperaba que su novia me abriera.
Le miré desde abajo, con esa cara mía que se pone más inocente cuanto más nervioso estoy. Las mejillas seguían rojas del calentón interrumpido.
—No soy su novia —le dije bajito—. Soy el chico que vive aquí. Estoy solo este mes, soy becario y me ha tocado cubrir las vacaciones. ¿Buscabas algo?
Su mirada se oscureció. Sin disimulo se llevó la mano al chándal gris y se apretó el bulto que se le marcaba bajo la tela, una vez, dos, como quien se acomoda algo y a la vez avisa.
—Soy Idris, el vecino del sexto B —dijo con la voz ronca—. Me he quedado sin bombona y dentro de dos horas tengo una entrevista de trabajo. ¿Me dejarías ducharme aquí? Yo te lo agradezco como sea.
Hizo una pausa, me volvió a mirar de arriba abajo, y no consiguió frenar lo que pensaba.
—Joder, no puedo evitarlo. Con esos pelos largos y la camisa así pareces una chica. Y una chica muy guapa, muy follable, perdóname. Me he quedado bloqueado.
Lo dijo casi avergonzado, sin soltarse de la entrepierna, como si el cuerpo le mandara más que la educación. Yo asentí despacio. No tenía la cabeza fría, era obvio. Y la honestidad del hombre, dicha así, sin malicia evidente, me desarmó.
—No pasa nada —murmuré, dándome la vuelta—. Ven, el baño está por aquí.
Caminé delante de él por el pasillo estrecho. Notaba la camisa balanceándose sobre las nalgas y la tira del tanguita asomando con cada paso. No hice nada por estirar la tela.
Al llegar a la puerta del baño me apoyé en el marco, de frente. La camisa se había abierto un poco más por el calor, y los dos relieves del pecho empujaban la tela mojada con cada respiración. Los pezones se marcaban, oscuros, contra el algodón fino.
Idris carraspeó. Sus ojos volvieron a recorrerme, esta vez sin disimulo: el pecho, el bajo de la camisa, los muslos, el filo del tanguita.
—En mi cultura no es habitual —dijo con voz más baja— ver a un chico vestido así en su casa. —Tragó saliva—. Pero te queda bien. Muy bien.
Sonreí con esa sonrisa que se me pone cuando no sé qué hacer con las manos.
—¿Necesitas algo más, o te dejo ya solo? —pregunté, con un hilo de voz.
Soltó una risa nerviosa que no engañaba a nadie. Se rascó la entrepierna por encima del chándal, donde el bulto se había hecho ya imposible de ignorar.
—La verdad, ahora mismo estoy un poco nervioso —admitió, mirándome con un descaro creciente—. Eres muy distinto a lo que imaginaba al subir. Si no fuera por la entrevista, te metía dentro de la ducha conmigo y descubría qué más escondes debajo de esa camisa.
Dijo en voz alta lo que estaba pensando, y eso lo hizo más peligroso. Yo abrí mucho los ojos, pero no me moví ni un milímetro. No había maldad en su tono, había deseo, y el deseo de un hombre así, dicho a las claras, me dejó pegado al marco de la puerta.
—Idris… —susurré, con la voz temblona—. Yo no esperaba esto. Yo no buscaba esto.
Sonrió de medio lado. Sin dejar de mirarme, soltó la mano de su entrepierna, agarró la mía y la guió, despacio, hasta su bulto. La sentí caliente, dura, viva debajo del chándal. Me obligó a moverla, arriba y abajo, dos veces, tres.
—Tenemos tiempo —murmuró, mirándose el reloj de la muñeca con una sonrisa cómplice—. La entrevista no es hasta dentro de una hora.
Su otra mano subió al primer botón de mi camisa y empezó a desabrocharlos, uno a uno, sin prisa, como si quisiera disfrutar también de eso, del descubrimiento. La tela fue cediendo. Cuando llegó al último abrió la camisa del todo y soltó un sonido a medio camino entre la admiración y el insulto.
—Joder. —Sus ojos se quedaron clavados en mi pecho—. Mira esto. Tienes unas tetas tan suaves… tan bonitas… —Pasó una mano grande por debajo de uno de mis senos, sopesándolo, casi incrédulo—. En mi país, pensar siquiera en tenerte así sería pecado. Imagínate poseerte.
Lo dijo sin reírse. Yo me di cuenta de que, en su tierra, por algo así lo encerraban o algo peor. Aquí, en una tarde de agosto en Valencia, simplemente me lo decía con la mano todavía debajo de mi pezón.
Me quitó la camisa del todo y la dejó caer al suelo. Me quedé solo con el tanguita blanco, los brazos un poco cruzados por instinto. Él me apartó las muñecas y me llevó las manos a sus hombros.
—Quédatelas ahí —dijo.
Sus pulgares empezaron a girar sobre mis pezones, primero suaves y luego más firmes, hasta que me los pellizcó con un gesto seco que me arrancó un gemidito involuntario. El sonido rebotó en los azulejos del baño y me dio vergüenza, pero también me dio más ganas.
—Idris… espera… —murmuré, con las mejillas ardiendo—. Yo no soy de esos. No suelo hacer estas cosas. Solo te dejé pasar porque necesitabas ducharte.
Intenté apartarme un palmo. No me dejó. Sus manos siguieron amasando mis pechos, apretándolos juntos hasta deformarlos un poco entre los dedos, mirando con fascinación cómo respondían a cada presión.
—Shhh, tranquilo —dijo, con la voz grave y persuasiva—. No te pongas nervioso ahora. Mira lo duros que se te han puesto los pezones. Te gusta que te toque aquí, ¿verdad? Tienes unas tetitas tan ricas. Eres tan follable.
Negué con la cabeza, débilmente, mordiéndome el labio. El cuerpo me traicionaba sin remedio. Mi miembro había tomado el tamaño que toma siempre que tengo un hombre cerca, pequeño y blando, mojando apenas la tela del tanguita con un hilo de líquido. Los pezones, en cambio, eran un escándalo entre sus dedos.
—No… de verdad… yo no… —intenté decir, con la voz cortada.
Idris me miró a los ojos sin sonreír.
—Escúchame —dijo, bajito pero firme—. Estás tan cachondo como yo. Se te nota. No me digas que no quieres esto. Te voy a enseñar lo que se siente de verdad, y tú te vas a portar bien.
Bajó la mano hasta mi vientre y siguió hablando, sin separar los ojos de los míos.
—A las chicas españolas no les basta un hombre como yo —dijo, con un punto de rencor que me dio morbo—. Se acercan, te miran, te buscan en la calle, pero pocas dan el paso de abrirse de piernas. Tengo la polla con telarañas. Es hambre, hambre de verdad. Y resulta que vas a alimentarme tú.
Me puso una mano en el hombro y empujó hacia abajo. No con fuerza, pero con una decisión que no admitía réplica.
—Arrodíllate —dijo.
Dudé un segundo. La cabeza me iba más despacio que el cuerpo, y el cuerpo ya estaba diciendo que sí. Doblé las rodillas y bajé hasta quedar de cara a su entrepierna, en el suelo frío del baño, con el pelo todavía húmedo cayéndome sobre los hombros. Sus manos volvieron a mi pecho desde arriba, amasándolo con más ganas, hasta arrancarme un gemido nuevo.
—Joder, qué tetas más perfectas —gruñó.
—Idris… por favor… yo no soy de esos —insistí en voz baja, intentando no parecer en aquella postura lo que ya parecía sin remedio.
Me apoyó una mano en la sien y otra en el hombro. Su voz bajó otro tono.
—Quizás no lo seas —dijo, mirándome desde arriba con esa media sonrisa segura—. Pero con un poco de práctica vas a aprender. Y nos quedan cincuenta minutos.
Aquella tarde de agosto en Valencia ya no era mía. Tampoco la entrevista de Idris, que iba a llegar con la ropa arrugada y una sonrisa nueva. La camisa blanca seguía tirada a un lado, el tanguita ya empezaba a estorbar, y yo seguía de rodillas, esperando que el cordón de su chándal cediera de una vez.