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Relatos Ardientes

La noche que mi hermana abrió la puerta sin avisar

Tengo una hermana menor que ahora tiene veinticinco años, pero en aquella época apenas había cumplido los veintiuno. Siempre fue la juiciosa de la casa, la que mis padres ponían como ejemplo y la que jamás aceptaba una fiesta si tenía clase al día siguiente. La clase de chica que estudiaba los sábados por la tarde mientras yo me escapaba a bailar con mis amigos.

Por aquel entonces ella estaba presentando el curso de preparación para entrar a la universidad pública. Las clases las daban en un instituto que quedaba a tres cuadras del apartamento donde yo vivía con Mateo, mi pareja desde hacía casi tres años. Mis padres viven en otra ciudad, así que cuando supieron que mi hermana iba a tener que viajar todos los días desde casa, la idea de que se quedara unas semanas conmigo les pareció el plan obvio.

—Cuídala —me dijo mi madre por teléfono, como si todavía tuviera doce años.

—Tranquila —le contesté riendo—. Aquí va a estar mejor que en una residencia.

Mateo siempre se llevó bien con ella. Demasiado bien, según yo, porque cada vez que venía a visitarnos terminaban los dos tirados en el sofá jugando al Call of Duty hasta las tantas, mientras yo les llevaba pizza y los miraba con una mezcla de ternura y envidia. Mi hermana se reía con esa risa nerviosa que se le escapaba cuando perdía una partida, y Mateo le tomaba el pelo sin parar.

El primer día que ella se instaló en nuestro apartamento fue un domingo por la tarde. Llegó con una maleta enorme, dos libros gruesos de cálculo y una mochila llena de cargadores. Le dimos la habitación de huéspedes, que estaba justo al lado de la nuestra, separadas solo por una pared delgada y una puerta que no cerraba del todo bien.

Aquella primera noche cenamos los tres juntos. Hablamos de la universidad, de los profesores, de un chico que le gustaba en clase y al que no se atrevía a hablarle. Mateo, con una copa de vino en la mano, le aconsejaba con la seriedad de un consejero matrimonial.

—Si te gusta, díselo —le decía—. Lo peor que puede pasar es que te diga que no, y entonces ya está, problema resuelto.

—Eso lo dices porque a ti nadie te ha dicho que no —contestó ella, mirándome con una sonrisa cómplice.

Me reí. No le iba a contar que sí, que más de uno me había mandado a paseo antes de conocer a Mateo.

***

El tercer día empezó todo. Habíamos cenado temprano porque mi hermana quería repasar termodinámica antes de dormir. Sobre las once, se metió en su cuarto con la luz encendida y el portátil abierto. Mateo y yo nos quedamos un rato más en el salón, viendo una serie que ninguno seguía con atención. Le miraba la nuca mientras él pretendía leer el móvil, y sabía perfectamente lo que estaba pensando.

Llevábamos cuatro días sin tocarnos. Cuatro días me parecían una eternidad después de tres años acostumbrados a tener intimidad cada vez que nos apetecía. Y Mateo, que tiene la paciencia justa, ya estaba al borde del límite.

—Vamos a la cama —dijo al fin, sin despegar los ojos de la pantalla.

—Tengo sueño —mentí.

—Yo no.

Nos cepillamos los dientes uno al lado del otro frente al espejo del baño. Él tenía esa expresión que yo conocía demasiado bien: la mandíbula relajada, los ojos un poco entrecerrados, una sonrisa apenas dibujada en la comisura. Me dio una palmada en el muslo cuando salimos al pasillo y yo le aparté la mano.

—Ni se te ocurra —le susurré.

—¿Qué? —dijo él con cara de inocente.

—Lo que estás pensando.

—No estoy pensando nada.

Nos metimos en la cama con la luz apagada. La habitación de mi hermana estaba a tres metros de la nuestra y, por debajo de su puerta, se veía todavía la franja amarillenta de su escritorio. Yo me giré hacia la pared, cerré los ojos y traté de dormirme. Mateo se acomodó detrás de mí, en cucharita, con la mano apoyada en mi cintura.

No duró ni dos minutos esa mano quieta. Empezó a deslizarse hacia abajo, despacio, recorriendo la curva de la cadera, bajando por la nalga, apretando con esa firmeza que él sabe que me desarma. Yo le aparté la mano otra vez.

—Mateo. No.

—Solo te toco.

—Para.

—Te lo meto en silencio —me susurró al oído—. Ni siquiera se va a enterar.

Le iba a decir que estaba loco. Le iba a decir que no, que no era el momento, que de verdad mi hermana podía oír cualquier cosa desde el otro lado de esa pared delgada. Pero ya tenía la boca en mi cuello y los dientes rozándome justo donde sabía que yo iba a perder el argumento. Lo conocía demasiado.

—Cinco minutos —le pedí, escapándome de la cama—. Voy al baño y vuelvo.

Cerré la puerta del baño con cuidado, encendí solo la luz del espejo y me agaché en la ducha para hacerme una limpieza rápida. No fue la mejor que me había hecho nunca, la verdad. Tenía prisa, me temblaban las manos y solo pensaba en que mi hermana podía levantarse al baño en cualquier momento. Me sequé, me eché un poco de agua fría en la cara y volví a la habitación.

Mateo estaba apoyado en un codo, esperándome. La sábana le tapaba justo lo necesario para resultar más provocador que si hubiera estado desnudo del todo. Me quité el bóxer en silencio y volví a meterme bajo las cobijas.

***

Empezó por la espalda. Me besó la nuca, después los hombros, después la zona entre los omóplatos. Sentí la respiración tibia recorriéndome la columna mientras una mano me acariciaba el muslo desde atrás. Volvimos a la cucharita, y esta vez no le aparté nada. Saqué el lubricante del cajón de su mesilla con la mano derecha y se lo pasé sin mirarlo.

Lo escuché destaparlo. Sentí el frío del gel y un dedo entrando despacio, probando, abriendo camino. Mateo nunca tiene prisa para eso. Le gusta tomarse el tiempo, ver cómo se me va relajando el cuerpo, escucharme respirar de otra manera. Cerré los ojos y enterré la cara en la almohada para que ningún sonido se escapara.

Cuando entró, lo hizo despacio. Centímetro a centímetro, esperando a que yo me acostumbrara, su mano izquierda apretándome la cintura para mantenerme contra él. La cama no crujió. La respiración suya, junto a mi oído, era el único sonido que me llegaba. Me mordí el labio inferior y le apreté la mano que tenía sobre mi vientre.

Estuvimos así un rato. Cucharita, sin movimientos bruscos, sin gemidos, solo con la respiración acompasada y el calor compartido bajo las cobijas. Empezaba a olvidar dónde estábamos.

Mateo me empujó la cadera para que me pusiera de rodillas. La cama tembló un poco al cambiar de posición y los dos nos quedamos quietos un segundo, escuchando. Nada. Solo el silencio del pasillo. Apoyé la frente en la almohada, levanté las caderas y separé un poco las rodillas. Él me agarró por la cintura con las dos manos, me apretó las nalgas y entró otra vez, esta vez con un poco más de impulso.

Ahí ya no era un calentamiento. Ahí ya era serio. Notaba cómo aumentaba el ritmo, cómo se le tensaban los dedos en mi piel, cómo se inclinaba sobre mi espalda para llegar más profundo. La almohada me tapaba la boca y yo le clavaba las uñas en el antebrazo cada vez que él daba un empujón más fuerte.

Y entonces los oí.

Pasos. Cortos, lentos, dudando. En el pasillo.

—Para —le dije, agarrándole la muñeca—. Mateo, para.

—No es nada —me susurró.

—Te digo que pares.

Me incorporé apenas lo suficiente para apartarlo, le saqué con la mano y me quedé de rodillas sobre la cama, escuchando. Los pasos se habían detenido. Pensé que quizá había sido el frigorífico, o las cañerías. Esa casa era vieja y por las noches hacía ruidos raros.

—Te lo dije —murmuró Mateo, pegándose otra vez a mi espalda—. Es la casa. Sigamos.

Me dejé caer otra vez sobre las manos y las rodillas. Él se acomodó detrás de mí, me apretó la cadera y volvió a entrar.

Y ahí pasó.

***

La puerta se abrió de golpe.

Sin un toque, sin un «¿se puede?», sin un susurro. Mi hermana entró directamente con la mano en el picaporte y la mirada todavía buscando la luz. Yo levanté la cabeza al mismo tiempo que Mateo se quedaba congelado encima de mí.

Nuestros ojos se cruzaron.

Yo, de perrito en mitad de la cama. Mateo, arrodillado detrás de mí, agarrándome la cintura, con la cara desencajada. Y ella, mi hermana, parada en el umbral en pijama, con un vaso vacío en la mano.

El tiempo se detuvo durante dos segundos eternos. Fueron tan largos que recuerdo cada uno como una imagen aparte. La luz amarilla del pasillo entrando por su espalda. Su pelo recogido en un moño desordenado. La forma en que parpadeó dos veces, como tratando de comprender lo que estaba viendo. Y después, sin decir nada, sin un grito ni una disculpa, cerró la puerta otra vez. Despacio. Como si no quisiera hacer ruido.

Mateo y yo nos quedamos exactamente igual unos segundos más. Yo con la cara contra la almohada y él todavía agarrándome la cintura, paralizado.

—Dime que no acaba de pasar lo que creo —susurré.

—Acaba de pasar —dijo él.

Me dejé caer de costado y me tapé la cara con las manos. Quería reírme y llorar a la vez. Quería desaparecer. Mateo se acostó a mi lado y se quedó mirando el techo, con las manos cruzadas sobre el pecho como si estuviera en un velorio.

—Voy a hablar con ella —dije.

—¿Ahora?

—No. Ahora no.

Mateo apagó la lamparilla. La habitación se quedó completamente a oscuras y yo me di la vuelta hacia la pared, escuchando el silencio del apartamento. Pensé en levantarme y golpear la puerta de mi hermana. Pensé en escribirle un mensaje. Pensé en mil cosas que decirle al día siguiente. No dormí en toda la noche.

Mateo, por supuesto, sí durmió. Roncaba a los diez minutos. Yo lo miraba de reojo y entendía perfectamente por qué la gente a veces le tira la almohada al de al lado.

***

Al día siguiente mi hermana se levantó temprano, como siempre. La escuché preparar café en la cocina y dudé un buen rato antes de salir. Cuando entré, ella estaba sentada en la barra con una taza humeante y el libro de cálculo abierto a su lado. Levantó la mirada y me sonrió como si no hubiera pasado nada.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días —contesté yo, sirviéndome un café que no me apetecía—. Oye…

—No.

—¿No qué?

—No vamos a hablar de eso —dijo, cerrando el libro—. Es tu privacidad. Yo no tendría que haber abierto la puerta sin tocar. Punto.

Me quedé parado en mitad de la cocina con la cafetera en la mano. No supe qué decirle. Ella siguió hablando, sin mirarme, removiendo el café con una cuchara.

—Mira, vives con Mateo. Sois pareja. Hacéis lo que hacen las parejas. No tengo nada que opinar. Y lo último que quiero es darle a esto más importancia de la que tiene, ¿vale? Respeto lo tuyo, respeto la manera en que vivís, y se acabó.

—Es que…

—Es que nada. Se acabó.

Asintió, dio un sorbo y volvió a abrir el libro. Me senté frente a ella en silencio y la observé estudiar durante diez minutos. Después le pasé la mano por encima de la mesa, le di un golpecito en el dorso y le dije gracias en voz muy baja. Ella solo levantó la vista, sonrió, y siguió leyendo.

Mateo se levantó dos horas después, cruzó la cocina arrastrando los pies y se sirvió un café sin saludar. Mi hermana levantó la mirada del libro, lo observó un segundo y le dijo, con la cara más seria del mundo:

—La próxima vez, ponle pestillo a la puerta.

Mateo se atragantó. El café le salió por la nariz. Yo me reí por primera vez en doce horas.

Han pasado cuatro años desde aquella noche. Mi hermana terminó su carrera, se mudó a su propio apartamento y nunca, nunca, volvió a abrir una puerta sin golpear antes. Mateo y yo seguimos juntos. Y de todas las anécdotas que tenemos los tres, esa es la única que jamás contamos en voz alta cuando nos sentamos a cenar.

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Comentarios (4)

Marcos_sf

buenisimo!!! me tiene re enganchado

Titi_cba

Por favor continua, no podes dejarnos asi!! Necesito saber que paso despues

RobertoQuilmes

La tension de ese momento es brutal. Se siente que el tiempo se paraliza y todo se detiene. Muy bien logrado.

LocoXleer

jaja la situacion que se armo... el corazon a mil leyendo eso. Sigue escribiendo que tenes talento

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