Mi amante casado vino con un desconocido esa tarde
Esa tarde aprendiste que podías compartirme con cualquiera y yo iba a dejarme hacer. Como siempre.
Estaba a cuatro patas sobre el colchón, con tu polla en la boca y a tu amigo embistiéndome el culo por detrás. Una raja de luz de finales de invierno se colaba por la persiana entornada y caía justo sobre las sábanas. Tú jadeabas, mirabas de reojo hacia la ventana y volvías a clavar los ojos en mí. Te divertía pensar que tu mujer estaba viendo la televisión en el piso de enfrente, a veinte metros escasos, sin sospechar que estabas dándote un festín con la boca y el culo de aquel vecino raro al que ella miraba con mueca de asco cuando coincidíamos en el portal.
Tenías la verga durísima. Las venas se marcaban contra mi lengua y palpitaban al ritmo de tu respiración. El sabor era una mezcla rara de sudor, gel barato y restos que ni quería identificar. Yo la lamía sin apartar la vista de tu cara, cerraba los labios sobre el glande y los deslizaba por todo el tronco hasta hozarte los testículos peludos. Cuando levantaba los ojos te encontraba con esa sonrisa tuya, condescendiente y afilada, que tan poco me gustaba.
La polla del otro no era grande, pero la usaba con saña. Entraba y salía de mi ano con un chasquido húmedo, sus dedos clavados en mis caderas, sus huevos gordos chocando contra los míos. De vez en cuando la cabeza de su rabo acertaba —por casualidad, supongo— a rozar un punto interno especialmente sensible que me erizaba la espalda y me hacía dar pequeños respingos.
Habría gemido de placer en cada uno de esos respingos. Habría aullado. Pero tú no me dejabas.
En cuanto notabas que mi cuerpo se sacudía con una ráfaga de gusto, empujabas las caderas hacia adelante y hundías tu miembro hasta el fondo de mi garganta. Me ahogabas el gemido. Te lo guardabas para ti. Se me escapaban hilos de baba que caían sobre tus testículos y luego sobre las sábanas. Volvías a sonreír.
Esa misma sonrisa nos habías regalado unos minutos antes, cuando tu colega y yo te lamíamos la polla de rodillas, turnándonos con una torpeza ansiosa que hacía que nuestras lenguas se estorbasen y nuestras caras se rozasen. Te había sonado el móvil en pleno trabajo y te habías permitido el lujo de contestar como si nada, hablando con quién sabe quién —¿tu hija?, ¿un proveedor?, ¿tu hermano?— mientras nos mirabas a los dos arrodillados, pasándonos tu rabo de una boca a la otra como si fuese un caramelo compartido.
No me extrañaría que hubieras programado la llamada para hacer ese número. Igual de seguro estoy de que aquel supuesto amigo era, en realidad, un chapero al que habías pagado por la tarde. Era difícil creer que un tipo de unos treinta y tantos, al que yo no había visto nunca por el pueblo, fuese amigo de un cincuentón calvo, bajito y arrogante como tú.
A saber. Siempre fuiste un hijo de puta retorcido. Y a mí, vaya uno a saber por qué, me atraías de una forma fatal e irremediable que me mortificaba y me ponía a partes iguales.
***
Desde el día en que empezaste a tirarme los tejos por la aplicación, con esa mezcla tan tuya de falsa simpatía y auténtica vanidad, había algo en ti que me desencajaba. No sabría decir qué. Cuando al fin cedí y te dejé venir a verme a casa —con discreción, claro, eras casado— y te vi allí, en el rellano, calvo, bajito, más bien feo, vestido con ese aire de rico de pueblo y con esa sonrisa que tanto detesto, estuve a punto de cerrarte la puerta en la cara.
Entonces te abalanzaste sobre mí, me sobaste, me lamiste los pezones con una avidez de animal hambriento, y se me cayó la determinación a los pies. Recuerdo haberme preguntado cómo demonios habías averiguado tan pronto cuál era mi punto débil. Sigo sin saberlo, pero el caso es que lo supiste a la primera.
Desde entonces, siempre estaba disponible cuando se te antojaba echar un polvo o que te mamasen la polla. Discreto, paciente, contando las horas y los días. Incluso cuando se te bajaba a medio camino, o te corrías en treinta segundos dejándome con las ganas, yo me sentía extrañamente feliz a tu lado, acurrucado contra tu pecho velludo, con la cara manchada de tu semen, escuchando los latidos lentos de tu corazón mientras me decías toda clase de mentiras más falsas que un billete de Mortadelo. Que me querías. Que yo era tu mujer. Que algún día dejarías a la otra.
Cuando te ibas, me quedaba vacío. Hocicaba las sábanas como un perro en celo, buscando tu olor. Da vergüenza recordarlo ahora, pero entonces no me daba ni cuenta.
No sé qué demonios me hiciste, pedazo de cabrón, pero me tenías a tus pies. O será que en el fondo me va la marcha mucho más de lo que estoy dispuesto a reconocer, y por eso me dejaba liar cuando se te ocurrían ocurrencias como la de presentarte sin avisar acompañado de un supuesto amigo para compartirme con él.
Como aquella tarde.
***
Yo, como ya dije, estaba a cuatro patas con tu rabo en la boca, y a los pocos minutos las embestidas de tu amigo se hicieron más rápidas, más violentas, más rudas. Sus gruñidos se hicieron más roncos, su respiración se cortó en jadeos largos. Sus dedos se hundieron tanto en mis caderas que estuve seguro de que iba a llevarme las marcas durante días.
—Ya no puedo más… ya… no puedo… másss… aaaah…
Y sentí cómo se sacudía dentro de mí, cómo su verga se convulsionaba contra las paredes de mi ano, cómo su semen tibio se derramaba en mi interior. Supongo que también fue idea tuya que me follara a pelo a traición, y hubiera debido arrancarte la polla de un mordisco por permitirlo, pero solo alcancé a sacármela de la boca y decir, con la voz hecha gravilla:
—Córrete en mi culo, que me encanta.
Y volví a engullirte.
La facilidad con la que me convertías en una zorra arrastrada me sigue asombrando a día de hoy.
El otro, una vez vaciado dentro de mí, se vistió a toda prisa y se largó alegando que tenía cosas que hacer. Supongo que, una vez cumplido el trabajo por el que le habías pagado, no tenía nada más que hacer allí. Le acompañé desnudo hasta la puerta y le despedí con un beso apresurado.
Cuando volví al dormitorio te encontré de pie junto a la cama. Tu silueta rechoncha se recortaba contra la luz tenue de la tarde, tu polla más dura que en ningún momento anterior, su cabeza pringosa y brillante de mi saliva y de tu líquido preseminal. Me mirabas con ojos turbios y ardientes, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de tu agitada respiración.
Eras, más que un hombre, un animal en celo. Y esa brutalidad que emanabas en momentos como aquel me llenaba de excitación: yo era tu presa, tu juguete, y a estas alturas no voy a negar que me gustaba serlo. No tuviste ni que hablar. Me arrodillé y volví a comerte la polla con una devoción que ahora me sonroja.
Sabía lo que querías y yo deseaba más que nada complacerte. Menos mal que no se te ocurrió en ese instante pedirme que te chupara el ojo del culo, ni que te besara los pies, ni que me arrastrara, porque lo habría hecho. Lo habría hecho, maldita sea, y encima lo habría disfrutado. Habría aceptado que te mearas encima de mí, y te habría dado hasta las gracias. Así de desquiciado me tenías.
Te miré la cara y vi que disfrutabas de la mamada. Entonces empezaste a contarme no sé qué porquerías de cómo y dónde habías conocido a tu amigo, y otras andanzas tuyas que no voy a reproducir aquí. Recuerdo que me dieron asco. Recuerdo también que ese mismo asco me excitó de una forma monstruosa, incomprensible. Necesitaba sentirte dentro. Necesitaba que me ensuciases todavía más.
—¿No quieres follarme?
—¿Quieres que te folle, mi amor?
—Sí… lo estoy deseando.
—Pídemelo, zorra mía.
—Fóllame, amor mío…
—Pídemelo por favor…
—Por favor, fóllame… rómpeme el culo…
Te gustaba que te suplicase. Te encantaba ver a un tipo que te sacaba un palmo de altura convertido en una zorra sumisa que te rogaba que lo follaras, que te corrieras en su cara, que le dieras azotes. Y yo, aunque ahora me dé reparo escribirlo, estaba feliz de darte ese gusto y de que me usaras como se usa a una muñeca hinchable o a un pañuelo con el que uno se limpia el semen después de correrse.
***
Cuando consideraste que ya había suplicado lo bastante, me hiciste ponerme otra vez a cuatro patas sobre la cama. Te enfundaste el condón —tú sí te protegías, cabronazo— y me metiste la verga entera de un empujón. Ya tenía el culo abierto por la follada del otro y entraste hasta los huevos sin esfuerzo. La recibí con un chillido a mitad de camino entre el placer y la protesta. El vello se me erizó. Se me escapó la baba por la comisura.
No la tenías muy grande, no, pero no sé cómo te las arreglabas para clavarme la cabeza del glande en un punto interno que al ser estimulado me aflojaba las piernas y me nublaba la cabeza. Sigue siendo un misterio que no sé si quiero resolver.
Me follaste sin miramientos, ayudado por la lubricación extra que el semen del otro le daba a tu rabo para deslizarse dentro y fuera de mi ano, dejando correr por la cara interna de mis muslos venillas de leche todavía caliente. Me azotaste el culo con saña y yo te pedí más. Me llevaste delante del espejo del armario, me agarraste del pelo y me follaste de pie obligándome a mirar nuestros reflejos: tú detrás, sudoroso, con la cara congestionada de placer; yo delante, con los ojos vidriosos y la baba caída en la barbilla. Me tumbaste patas arriba y me follaste como se folla a una mujer, mientras me apretabas el cuello con una mano y te relamías con la otra.
Cuando se te aflojó otra vez, me la volví a comer, recién salida de mi culo, hasta revivirla. Después me senté encima de ti y te cabalgué con rabia mansa, mientras me estrujabas los pezones y me llamabas «puta mía». Me jodiste en todas las posturas que se te antojaron hasta cansarte, y luego caíste sobre la cama como un fardo, sudoroso, jadeante, visiblemente feliz de haber hecho conmigo lo que habías querido, como siempre.
***
Yo me recosté con la cabeza sobre tu pecho, abandonado a la caricia de tu vello en la mejilla, al sonido rítmico de tu respiración, a la sensación de dolor palpitante que me subía desde el ano, a la cálida felicidad de estar así junto a ti, acurrucados en el aire caliente y viciado de la habitación.
Me besaste. Me prometiste otra vez quién sabe cuántas cosas. Me pusiste cachondo de nuevo, y cuando yo ya estaba a punto de pedirte la repetición de la jugada, miraste el reloj y dijiste que se te había hecho tarde, que tu mujer podía mosquearse. Te despedí en la puerta con un beso largo y desesperado. Cuando cerraste y bajaste las escaleras, sentí, sin saber muy bien por qué, que una parte de mí mismo se iba detrás de ti para no volver.
No quedé más contigo. No quise. Me suplicaste, me llamaste a horas raras, me plantaste una vez en el portal con una botella cara. Tuve que amenazarte con contárselo todo a tu mujer para que aflojases la presa. Cuando por fin entendiste que iba en serio, dejaste de escribir.
Gané en tranquilidad.
Pero desde aquella tarde, cada vez que quedo con un tipo casado, algo mayor que yo, que se presenta en mi casa en secreto y con prisas, no puedo evitar portarme como una zorra en celo dispuesta a aceptar de buen grado cualquier cerdada que se le ocurra. Y cuando aparecen acompañados de un travesti chapero para hacer un trío, o cuando se largan dejándome el culo abierto y la cara empapada de semen o de meado, no puedo evitar acordarme de ti.
Y todavía no sé si maldecirte o darte las gracias.