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Relatos Ardientes

El secreto que nació entre los pinos

4.7 (33)

Dormí poco y mal aquella noche. No fue insomnio de verdad, de esos donde uno se queda mirando el techo sin conseguir cerrar los ojos. Fue algo peor: me dormía y me despertaba, me dormía y me despertaba, y cada vez que volvía a quedarme dormido encontraba el mismo sueño roto esperándome. Una mezcla rara de miedo y de otra cosa que no sabía muy bien cómo nombrar todavía.

Me levanté con el cuerpo pesado. Me duché, desayuné sin hambre y llegué al polideportivo con veinte minutos de antelación por primera vez en mucho tiempo, aunque no sé bien por qué. Para alejarme de las paredes de casa, quizás.

En el entrenamiento no di una. El técnico me llamó la atención dos veces y la tercera ya ni se molestó. Cada vez que Damián pasaba cerca de mí, algo en mi interior se tensaba como un cable que lleva demasiada carga. Él no hizo nada especial. No buscó mi mirada, no me habló más de la cuenta. Entrenó como entrenaba siempre: bien, sin aparente esfuerzo, con esa calma suya que resultaba casi irritante.

Cuando sonó el silbato final, me duché deprisa y salí por la puerta lateral sin esperar a nadie. El camino al bosque lo hacía ya de memoria: doblar a la derecha detrás del aparcamiento, cruzar la franja de césped que nadie cortaba, entrar entre los pinos por donde la valla estaba rota. La tarde tenía esa luz baja y dorada que entra en diagonal entre los troncos, y el suelo olía a tierra húmeda y a resina.

Damián ya estaba allí.

De pie, con las manos en los bolsillos del chándal, mirando hacia los árboles sin hacer nada en particular. No dijo hola. Yo tampoco.

Sacó el tabaco y el mechero. Encendió un cigarrillo con un solo movimiento, aspiró despacio y soltó el humo hacia arriba. Luego me lo tendió.

Lo cogí. Esta vez no tosí. El humo me raspó la garganta igual, pero ya empezaba a conocer ese sabor áspero que se queda pegado en los labios.

—Ya no toses —dijo.

—Me estoy acostumbrando.

—Mal asunto.

Se lo devolví y él lo tomó sin prisas, mirándome con esa calma que siempre me ponía algo nervioso. Tenía la costumbre de bajar la vista cuando pensaba. Lo vi hacerlo entonces: mirar hacia el suelo, hacia mis zapatillas.

—Oye —dijo.

—¿Qué?

—Pon el pie al lado del mío.

—¿Para qué?

—Para comprobar algo.

No protesté más. Acerqué la zapatilla a la suya. Eran casi del mismo número, eso saltaba a la vista, pero Damián se agachó levemente y deslizó la punta del pie contra la mía con una lentitud completamente innecesaria, milímetro a milímetro.

—Cuarenta y tres —dijo.

—Yo también.

Se incorporó. Me miró.

—Ahora el brazo.

Aquí vamos, pensé, pero no dije nada.

—¿También lo vas a comparar?

—Hay que hacerlo bien.

Giró el codo y alineó su antebrazo con el mío desde el hombro hasta la punta de los dedos. Desde esa distancia podía oler el jabón de la ducha mezclado con algo más cálido, más suyo. Me costó mantener el hilo de lo que se supone que estábamos haciendo.

—Quieto —murmuró.

Mantuvo el brazo pegado al mío más tiempo del que hacía falta para cualquier comparación real. Cuando giró la cara hacia mí, la tenía tan cerca que vi una gota seca en la base del cuello, de la ducha todavía. No sé por qué me fijé en eso.

—El mío es algo más largo —dijo.

—Un poco.

—Habrá que ver las manos.

Lo dijo con esa calma exasperante, como si aquello fuera la cosa más normal del mundo. Levantó la mano entre los dos y esperó. Yo dudé un segundo. Luego levanté la mía.

Nuestras palmas se encontraron abiertas, primero con algo parecido a la timidez y después del todo. Damián no retiró la mano. La dejó ahí, y con los dedos fue acomodando los míos con una lentitud metódica, como si de verdad necesitara medir algo. Me tocó la yema del índice. Luego el anular. Bajó después hasta la base de la palma y apretó apenas, lo justo para que yo notara el latido en mis propios dedos.

—No la tienes tan pequeña como pensaba —dijo, y sonrió de lado.

Quise responder. Decir algo ligero, devolverle la broma, protegerme detrás de una frase que no comprometiera nada. No me salió nada. Solo tragué saliva.

Damián lo notó. Estoy seguro de que lo notó, porque en ese momento su forma de mirarme cambió. Se volvió más quieta, más directa. La media sonrisa desapareció de sus ojos.

Cogió el cigarrillo con la misma mano con que me había acomodado los dedos y dio una calada sin soltarme del todo. Luego me lo acercó a la boca. Yo aspiré con la mano todavía atrapada bajo la suya. El humo salió despacio y se mezcló entre los dos en el aire frío del bosque.

Fue entonces cuando levantó la mano libre y me rozó la boca con el pulgar.

No fue un gesto brusco ni impaciente. Solo el paso lento de la yema por el borde del labio inferior, pausado y preciso, como si acabara de encontrar la última medida que le faltaba comprobar.

—Nos falta esto —dijo.

No pregunté a qué se refería. Lo sabía.

El cuerpo se me quedó paralizado. Damián volvió a tocarme el labio, esta vez con una atención tan cuidadosa que me temblaron las rodillas. Me miraba mientras lo hacía: no a la boca sino a los ojos, como si quisiera confirmar que yo seguía ahí, que no iba a echarme atrás.

—A ver si tienen el mismo grosor —murmuró.

Levanté la mano casi sin darme cuenta. Él la tomó por la muñeca y la guió hasta su boca. Sentí el calor de sus labios antes de rozarlos siquiera. Eran más blandos de lo que había imaginado, más llenos, más vivos. Pasé apenas la yema del dedo y él no se movió. Solo abrió un poco la boca al respirar, lo justo para que el calor me alcanzara la mano entera.

Damián soltó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la suela sin apartar los ojos de mí. Luego se acercó. Ya no quedaba espacio entre nosotros. Noté el calor de su pecho, la humedad tibia de su respiración en la cara, el olor del tabaco mezclado con su piel recién lavada. Tuve tiempo, con una claridad casi cruel, de pensar que ese era el último momento en que todavía podía retroceder.

No retrocedí.

Fue él quien terminó de cruzar la distancia.

Primero me rozó la boca, apenas un contacto que podría haber sido un accidente si no hubiera vuelto a hacerlo un segundo después. La siguiente vez ya no fue un roce: fue un beso entero, decidido, con una resolución que me borró de golpe todas las dudas que había estado fabricando desde la noche anterior. Sentí sus labios sobre los míos y durante un instante me quedé sin reacción, no porque no quisiera, sino porque mi cuerpo no sabía todavía cómo sostener algo que había imaginado tantas veces sin llegar a creer que pudiera ocurrir de verdad.

Damián sí sabía. Me sujetó suavemente por la nuca y profundizó el beso con esa calma ardiente que tenía para todo, como si llevara tiempo pensándolo, como si hubiera ido construyendo ese momento desde el humo del día anterior.

Entonces reaccioné. Lo agarré por la cintura, torpe al principio, y él respondió acercándome más, hasta que el beso dejó de ser sorpresa y se convirtió en otra cosa. Su lengua rozó la mía y un temblor limpio y brutal me recorrió entero. No había nada suave en lo que me pasaba por dentro, aunque el gesto de él sí lo fuera. Era intensidad pura: un incendio lento que me iba encendiendo de dentro hacia fuera. Cada vez que me faltaba el aire, Damián se apartaba apenas lo justo para respirar sobre mi boca y volver a besarme, como si quisiera mantenerme suspendido en ese borde donde todo era demasiado y al mismo tiempo no bastaba.

No sé cuánto duró. El tiempo entre los pinos se había vuelto otra cosa.

Damián sonrió con los labios todavía húmedos y me miró como si acabara de confirmar algo que ya sabía.

—No los tenemos iguales —dijo en voz baja.

Me salió una risa corta y rota, mezclada con la emoción y el miedo y algo mucho más físico que lo atravesaba todo. En ese momento noté que acercaba sus caderas a las mías. Empezamos a movernos despacio, con las telas del chándal frotándose. Sentí su dureza contra la mía a través de la tela y eso terminó de vaciarme la cabeza de cualquier pensamiento que no fuera él.

***

—Habría que ver quién la tiene más grande —dijo, con la misma naturalidad con que había dicho todo lo demás.

No puede estar diciéndome esto en serio.

—¿Cómo? —logré articular.

—Que a ver quién gana. El otro día en el vestuario noté que te quedabas mirando.

—Damián, yo no…

—Que no pasa nada —dijo, y sonrió abierto, por primera vez sin el filtro de la calma—. En serio, que no pasa nada.

No sé por qué obedecí. Pero obedecí.

Nos bajamos el pantalón a la vez, allí entre los árboles, con la luz todavía colando en diagonal. Lo que vi me dejó sin palabras: totalmente erecto, largo y grueso, con una presencia que no había podido intuir detrás de la tela del chándal. Damián no se movió. Solo sonrió levemente mientras sus ojos bajaban hacia mí.

Nos acercamos para comparar. Él me ganaba con claridad: le sacaba varios centímetros y también en grosor. Yo tenía apenas lo suficiente para no sentirme ridículo, aunque en ese momento la verdad es que eso me importaba bastante poco.

—¿Puedo tocarte? —preguntó—. Quiero saber cómo se siente.

La voz me temblaba cuando dije que sí.

Rodeó con la palma de su mano toda mi erección y me temblaron las piernas. No de vergüenza: de lo contrario exacto de la vergüenza. De lo bien que se sentía aquella mano cerrándose alrededor, cálida y firme, sin ninguna prisa.

—¿Y tú quieres tocar la mía?

—Sí —dije, sin intentar disimular la ansiedad.

Fue la sensación más intensa que había tenido en mi vida hasta ese momento. Cálida, dura, palpitante en mi mano. Damián empezó a moverse despacio con la pelvis, con una cadencia segura, usándome la mano. Yo empecé a corresponderle, subiéndola y bajándola mientras nos mirábamos a los ojos. Él había dejado de agarrarme para llevar las manos a mi cara y a mi pelo, acariciándome con una suavidad que contrastaba con todo lo demás.

Me besó de nuevo. Sus labios sobre los míos, su lengua encontrando la mía, su mano izquierda en mi nuca apretando despacio. Luego esa misma mano empezó a hacer presión hacia abajo.

Entendí lo que quería.

Me arrodillé en el suelo húmedo. Las hojas crujieron bajo mis rodillas. Levanté la vista y me encontré con sus ojos mirándome desde arriba, oscuros y tranquilos.

Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, saboreando el calor salado de su piel. Besé la punta. Luego abrí la boca y lo recibí entero, dejando que se deslizara hacia adentro.

Sentí sus dedos moviéndose por mi pelo mientras yo encontraba el ritmo. Mis labios lo apretaban, mis manos lo acompañaban, y él crecía en mi boca con cada movimiento, más duro, más caliente, llenándome cada vez más. Chupé fuerte y lo sentí temblar de arriba abajo.

—Para —dijo entre dientes—. Que me corro.

—Quiero que te corras —dije, y volví a meterlo.

Sus ojos se abrieron de par en par. Yo aumenté la intensidad. Lo chupé una vez, dos, tres veces más, la lengua notando cómo se contraía, y de repente Damián aferró mi pelo con los dedos y dejó escapar un sonido grave que no le había oído antes. El primer golpe de calor llegó al fondo de mi garganta. Me lo tragué todo, seguí hasta que no quedó nada más, y después lo limpié despacio con la lengua.

Cuando me puse de pie, las piernas me respondían de nuevo, apenas.

Damián tardó un momento en hablar. Se subió el pantalón y me miró.

—Esto tiene que quedar entre nosotros —dijo—. Nadie puede saberlo. Júramelo.

—Será nuestro secreto. Te lo juro.

—Mañana hablamos —dijo, y me besó una última vez, con una suavidad que no había tenido ninguno de los besos anteriores.

Después se fue entre los pinos, y yo escuché sus pasos alejarse hasta que el bosque los tragó.

Me quedé allí de pie, con el sabor del tabaco y el suyo mezclados en la boca. El aire entre los árboles olía a tierra húmeda, a resina y a algo más que no tenía nombre todavía, pero que ya sabía que iba a cambiarlo todo.

Damián. Solo Damián.

Ya nunca iba a poder mirarlo de la misma manera.

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4.7 (33)

Comentarios (9)

Nico_rdp

increible, me atrapo desde la primera linea!!!

TobyDrake

Me recordo a algo que me paso hace años en un viaje con amigos. Esos momentos donde no sabes bien lo que esta pasando pero tampoco queres que pare. Muy bueno.

LucianoOK

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas

PatoLect

Bien escrito, con calma y sin apuro. Se agradece ese estilo

Queequeg

tremendo final, no me lo esperaba para nada

RaulMx22

Se nota que quien escribio esto lo sintio de verdad. Tiene algo especial que no encuentro en muchos relatos de aca

SantiagoVP

jajaja el titulo me confundio al principio pero despues entendi todo. Muy bueno!!

NocheDeVinos

De esos que te dejan pensando un rato largo despues de terminarlos. Espero tu proximo relato

Carlita_BA

Me encanto como construiste la tension sin apurarte. Diferente a lo que se lee normalmente por aca, en serio

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