El secreto que nació entre los pinos
Dormí poco y mal aquella noche. No fue insomnio de verdad, de esos donde uno se queda mirando el techo sin conseguir cerrar los ojos. Fue algo peor: me dormía y me despertaba, me dormía y me despertaba, y cada vez que volvía a quedarme dormido encontraba el mismo sueño roto esperándome. Una mezcla rara de miedo y de otra cosa que no sabía muy bien cómo nombrar todavía.
Me levanté con el cuerpo pesado. Me duché, desayuné sin hambre y llegué al polideportivo con veinte minutos de antelación por primera vez en mucho tiempo, aunque no sé bien por qué. Para alejarme de las paredes de casa, quizás.
En el entrenamiento no di una. El técnico me llamó la atención dos veces y la tercera ya ni se molestó. Cada vez que Damián pasaba cerca de mí, algo en mi interior se tensaba como un cable que lleva demasiada carga. Él no hizo nada especial. No buscó mi mirada, no me habló más de la cuenta. Entrenó como entrenaba siempre: bien, sin aparente esfuerzo, con esa calma suya que resultaba casi irritante.
Cuando sonó el silbato final, me duché deprisa y salí por la puerta lateral sin esperar a nadie. El camino al bosque lo hacía ya de memoria: doblar a la derecha detrás del aparcamiento, cruzar la franja de césped que nadie cortaba, entrar entre los pinos por donde la valla estaba rota. La tarde tenía esa luz baja y dorada que entra en diagonal entre los troncos, y el suelo olía a tierra húmeda y a resina.
Damián ya estaba allí.
De pie, con las manos en los bolsillos del chándal, mirando hacia los árboles sin hacer nada en particular. No dijo hola. Yo tampoco.
Sacó el tabaco y el mechero. Encendió un cigarrillo con un solo movimiento, aspiró despacio y soltó el humo hacia arriba. Luego me lo tendió.
Lo cogí. Esta vez no tosí. El humo me raspó la garganta igual, pero ya empezaba a conocer ese sabor áspero que se queda pegado en los labios.
—Ya no toses —dijo.
—Me estoy acostumbrando.
—Mal asunto.
Se lo devolví y él lo tomó sin prisas, mirándome con esa calma que siempre me ponía algo nervioso. Tenía la costumbre de bajar la vista cuando pensaba. Lo vi hacerlo entonces: mirar hacia el suelo, hacia mis zapatillas.
—Oye —dijo.
—¿Qué?
—Pon el pie al lado del mío.
—¿Para qué?
—Para comprobar algo.
No protesté más. Acerqué la zapatilla a la suya. Eran casi del mismo número, eso saltaba a la vista, pero Damián se agachó levemente y deslizó la punta del pie contra la mía con una lentitud completamente innecesaria, milímetro a milímetro.
—Cuarenta y tres —dijo.
—Yo también.
Se incorporó. Me miró.
—Ahora el brazo.
Aquí vamos, pensé, pero no dije nada.
—¿También lo vas a comparar?
—Hay que hacerlo bien.
Giró el codo y alineó su antebrazo con el mío desde el hombro hasta la punta de los dedos. Desde esa distancia podía oler el jabón de la ducha mezclado con algo más cálido, más suyo. Me costó mantener el hilo de lo que se supone que estábamos haciendo.
—Quieto —murmuró.
Mantuvo el brazo pegado al mío más tiempo del que hacía falta para cualquier comparación real. Cuando giró la cara hacia mí, la tenía tan cerca que vi una gota seca en la base del cuello, de la ducha todavía. No sé por qué me fijé en eso.
—El mío es algo más largo —dijo.
—Un poco.
—Habrá que ver las manos.
Lo dijo con esa calma exasperante, como si aquello fuera la cosa más normal del mundo. Levantó la mano entre los dos y esperó. Yo dudé un segundo. Luego levanté la mía.
Nuestras palmas se encontraron abiertas, primero con algo parecido a la timidez y después del todo. Damián no retiró la mano. La dejó ahí, y con los dedos fue acomodando los míos con una lentitud metódica, como si de verdad necesitara medir algo. Me tocó la yema del índice. Luego el anular. Bajó después hasta la base de la palma y apretó apenas, lo justo para que yo notara el latido en mis propios dedos.
—No la tienes tan pequeña como pensaba —dijo, y sonrió de lado.
Quise responder. Decir algo ligero, devolverle la broma, protegerme detrás de una frase que no comprometiera nada. No me salió nada. Solo tragué saliva.
Damián lo notó. Estoy seguro de que lo notó, porque en ese momento su forma de mirarme cambió. Se volvió más quieta, más directa. La media sonrisa desapareció de sus ojos.
Cogió el cigarrillo con la misma mano con que me había acomodado los dedos y dio una calada sin soltarme del todo. Luego me lo acercó a la boca. Yo aspiré con la mano todavía atrapada bajo la suya. El humo salió despacio y se mezcló entre los dos en el aire frío del bosque.
Fue entonces cuando levantó la mano libre y me rozó la boca con el pulgar.
No fue un gesto brusco ni impaciente. Solo el paso lento de la yema por el borde del labio inferior, pausado y preciso, como si acabara de encontrar la última medida que le faltaba comprobar.
—Nos falta esto —dijo.
No pregunté a qué se refería. Lo sabía.
El cuerpo se me quedó paralizado. Damián volvió a tocarme el labio, esta vez con una atención tan cuidadosa que me temblaron las rodillas. Me miraba mientras lo hacía: no a la boca sino a los ojos, como si quisiera confirmar que yo seguía ahí, que no iba a echarme atrás.
—A ver si tienen el mismo grosor —murmuró.
Levanté la mano casi sin darme cuenta. Él la tomó por la muñeca y la guió hasta su boca. Sentí el calor de sus labios antes de rozarlos siquiera. Eran más blandos de lo que había imaginado, más llenos, más vivos. Pasé apenas la yema del dedo y él no se movió. Solo abrió un poco la boca al respirar, lo justo para que el calor me alcanzara la mano entera.
Damián soltó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la suela sin apartar los ojos de mí. Luego se acercó. Ya no quedaba espacio entre nosotros. Noté el calor de su pecho, la humedad tibia de su respiración en la cara, el olor del tabaco mezclado con su piel recién lavada. Tuve tiempo, con una claridad casi cruel, de pensar que ese era el último momento en que todavía podía retroceder.
No retrocedí.
Fue él quien terminó de cruzar la distancia.
Primero me rozó la boca, apenas un contacto que podría haber sido un accidente si no hubiera vuelto a hacerlo un segundo después. La siguiente vez ya no fue un roce: fue un beso entero, decidido, con una resolución que me borró de golpe todas las dudas que había estado fabricando desde la noche anterior. Sentí sus labios sobre los míos y durante un instante me quedé sin reacción, no porque no quisiera, sino porque mi cuerpo no sabía todavía cómo sostener algo que había imaginado tantas veces sin llegar a creer que pudiera ocurrir de verdad.
Damián sí sabía. Me sujetó por la nuca y profundizó el beso con esa calma ardiente que tenía para todo, como si llevara tiempo pensándolo, como si hubiera ido construyendo ese momento desde el humo del día anterior. Su lengua me abrió los labios sin preguntar y entró en mi boca como si ya conociera el camino, y yo dejé que la mía se enredara con la suya, torpe y hambrienta a la vez.
Entonces reaccioné. Lo agarré por la cintura, torpe al principio, y él respondió acercándome más, hasta que el beso dejó de ser sorpresa y se convirtió en otra cosa. Un temblor limpio y brutal me recorrió entero. No había nada suave en lo que me pasaba por dentro, aunque el gesto de él fuera medido. Era intensidad pura: un incendio lento que me iba encendiendo de dentro hacia fuera. Cada vez que me faltaba el aire, Damián se apartaba apenas lo justo para respirar sobre mi boca y volver a besarme, mordiéndome el labio inferior, chupándomelo, tirando de él con los dientes antes de soltarlo para volver a entrar con la lengua.
No sé cuánto duró. El tiempo entre los pinos se había vuelto otra cosa.
Damián sonrió con los labios todavía húmedos y me miró como si acabara de confirmar algo que ya sabía.
—No los tenemos iguales —dijo en voz baja.
Me salió una risa corta y rota, mezclada con la emoción y el miedo y algo mucho más físico que lo atravesaba todo. En ese momento noté que acercaba sus caderas a las mías. Empezamos a movernos despacio, con las telas del chándal frotándose. Sentí su polla dura contra la mía a través de la tela y eso terminó de vaciarme la cabeza de cualquier pensamiento que no fuera él. Se me escapó un gemido bajo, algo que no había planeado soltar, y Damián lo cazó con la boca y me lo devolvió mordiéndome el cuello despacio, con los dientes justo debajo de la oreja, mientras seguía apretando la pelvis contra la mía en un vaivén lento que me tenía a punto de correrme dentro del pantalón como un crío.
Metió una mano por debajo de mi sudadera y me subió la camiseta hasta las costillas. Me pasó los dedos por el estómago, por el pecho, y cuando me pellizcó un pezón se me escapó otro gemido más fuerte. Él se rio bajito contra mi cuello.
—Qué sensible eres —murmuró—. Vamos a tener que aprovecharlo.
Su mano bajó por el vientre, se metió por dentro del elástico del chándal y del calzoncillo y me agarró la polla sin preámbulos. La cerró entera en su puño y apretó. Cerré los ojos y solté el aire de golpe. Empezó a bombeármela despacio, con la palma seca al principio, buscándose el ritmo, y cuando notó que yo ya no podía ni pensar, se llevó los dedos a la boca, los ensalivó y volvió a bajarlos. La segunda pasada, con la mano húmeda, me arrancó un gemido largo que se me escapó contra su hombro.
—Así —dijo—. Así.
Me la trabajaba entera, subiendo hasta la punta, apretando el glande con el pulgar, bajando otra vez hasta la base. Yo no sabía dónde meter las manos. Se las metí por debajo del chándal a él también y le agarré el culo con las dos, apretándoselo, tirándolo contra mí. Damián soltó un jadeo ronco y me mordió la mandíbula.
***
—Habría que ver quién la tiene más grande —dijo, con la misma naturalidad con que había dicho todo lo demás, aunque la voz le salía ya un poco ronca.
No puede estar diciéndome esto en serio.
—¿Cómo? —logré articular.
—Que a ver quién gana. El otro día en el vestuario noté que te quedabas mirando.
—Damián, yo no…
—Que no pasa nada —dijo, y sonrió abierto, por primera vez sin el filtro de la calma—. En serio, que no pasa nada.
No sé por qué obedecí. Pero obedecí.
Nos bajamos el pantalón y el calzoncillo a la vez, allí entre los árboles, con la luz todavía colando en diagonal. Lo que vi me dejó sin palabras: la tenía totalmente empalmada, larga y gruesa, con las venas marcadas a lo largo del tronco y el glande hinchado y brillante, ya con una gota de líquido pretransparente asomando en la punta. Los cojones se le veían pesados, colgando debajo, con esa piel tirante que solo tienen cuando un tío está a punto. Damián no se movió. Solo sonrió levemente mientras sus ojos bajaban hacia mi entrepierna y se detenían ahí, calibrándome sin ninguna vergüenza.
Nos acercamos para comparar. Él me ganaba con claridad: me sacaba varios centímetros y también en grosor. Yo tenía apenas lo suficiente para no sentirme ridículo, aunque en ese momento la verdad es que eso me importaba bastante poco. Las juntó, las puso una al lado de la otra, y hasta se agachó para ponerlas en paralelo. La suya me pasaba casi dos dedos por encima. Se irguió lamiéndose los labios.
—¿Puedo tocarte? —preguntó—. Quiero saber cómo se siente.
La voz me temblaba cuando dije que sí.
Rodeó con la palma toda mi polla y me temblaron las piernas. No de vergüenza: de lo contrario exacto de la vergüenza. De lo bien que se sentía aquella mano cerrándose alrededor, cálida y firme, sin ninguna prisa. Deslizó la piel hacia atrás dejando el glande al aire, se escupió en la palma y volvió a cerrar el puño. La segunda pajada fue distinta: húmeda, ajustada, con una torsión de muñeca al llegar a la punta que me hizo doblar las rodillas.
—Joder —solté sin querer.
—Está buena —dijo él, mirándomela—. Muy buena. Y bien dura.
—¿Y tú quieres tocar la mía?
—Sí —dije, sin intentar disimular la ansiedad.
Fue la sensación más intensa que había tenido en mi vida hasta ese momento. Cálida, dura, palpitante en mi mano. Pesaba. La verga entera le llenaba el puño y todavía sobresalía por arriba y por abajo. Le corrí la piel del prepucio despacio, se la bajé del todo y le vi el glande liso y morado, con la punta mojada. Recogí la gota con el pulgar y la extendí por toda la cabeza, resbalándola, y Damián soltó un jadeo grave que me llegó al estómago.
—Así, con las dos manos —dijo—. Una arriba y otra abajo.
Le hice caso. Le abarqué la polla con las dos, una encima de la otra, y empecé a moverlas en direcciones opuestas, torciendo, deslizando. Él empezó a moverse despacio con la pelvis, con una cadencia segura, follándome las manos. Yo empecé a corresponderle, subiendo y bajando mientras nos mirábamos a los ojos. Él había dejado de agarrarme para llevar las manos a mi cara y a mi pelo, acariciándome con una suavidad que contrastaba con todo lo demás.
Me besó de nuevo, más sucio esta vez, con la boca abierta y la lengua entrando hasta el fondo. Sus labios sobre los míos, su lengua encontrando la mía, su mano izquierda en mi nuca apretando despacio. Luego esa misma mano empezó a hacer presión hacia abajo.
Entendí lo que quería.
Me arrodillé en el suelo húmedo. Las hojas crujieron bajo mis rodillas. Levanté la vista y me encontré con sus ojos mirándome desde arriba, oscuros y tranquilos, y con la polla apuntándome a la cara, a la altura justa de mi boca. Se la agarró por la base y me la acercó a los labios sin decir nada, dándome el mando pero recordándome también quién estaba de pie.
Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, saboreando el calor salado de su piel. Le hice un recorrido entero, desde donde le nacía el pelo del pubis hasta la corona del glande. Repetí por el otro lado. Le lamí los huevos, se los chupé uno por uno metiéndomelos enteros en la boca, y noté cómo se le tensaban las piernas encima de mí. Volví a subir por el tronco a lametazos largos, cerrando los labios sobre la piel y tirando un poco con la boca, dejándole regueros de saliva que le bajaban hasta la base.
Besé la punta. Le di un beso largo, con lengua, jugando con la ranura, recogiendo el líquido salado que le salía. Luego abrí la boca y lo recibí entero, dejando que se deslizara hacia adentro, sintiendo cómo el glande me empujaba el paladar y bajaba hacia el fondo de la garganta. Me atraganté un poco al principio y él me sujetó el pelo con una mano.
—Tranquilo —murmuró—. Con calma. Respira por la nariz.
Hice lo que me decía. Respiré, tragué saliva alrededor de la verga y me la metí otra vez, esta vez más adentro. Sentí sus dedos moviéndose por mi pelo mientras yo encontraba el ritmo. Mis labios lo apretaban, mi lengua le rodeaba el tronco por debajo, mis manos lo acompañaban lo que no me cabía en la boca, y él crecía con cada movimiento, más duro, más caliente, llenándome cada vez más. Empecé a bombear con la cabeza, adelante y atrás, chupando fuerte al subir, dejando que se me hundiera al bajar. Se me llenó la boca de saliva y le empezó a caer un hilo por la comisura hasta la barbilla. Damián lo vio y soltó un gruñido.
—Joder, qué bien la chupas —dijo con la voz rota—. Como si llevaras haciéndolo toda la vida.
Empujó las caderas un par de veces, follándome la boca despacito, cuidando de no forzar. Le sostuve la mirada desde abajo con la verga hundida entre los labios y él soltó otro gemido más largo. Le apreté los huevos con una mano mientras seguía chupando, se los masajeé, y le sentí el tronco palpitando contra mi lengua. Chupé fuerte y lo sentí temblar de arriba abajo.
—Para —dijo entre dientes—. Que me corro.
—Quiero que te corras —dije, sacándomela apenas de la boca para hablarle contra el glande, y volví a metérmela hasta que la nariz me tocó la piel del pubis.
Sus ojos se abrieron de par en par. Yo aumenté la intensidad. Aceleré, me la sacaba casi entera y me la volvía a hundir hasta el fondo, apretándole la base con el puño para acompañar. Le pasé la lengua por debajo del glande, en ese punto blando de la corona, y noté cómo se le contraía todo. Lo chupé una vez, dos, tres veces más, la lengua notando cómo se contraía, y de repente Damián aferró mi pelo con los dedos, me sujetó la cabeza sin dejarme apartar, y dejó escapar un sonido grave, animal, que no le había oído antes. El primer chorro me golpeó el fondo de la garganta, caliente y espeso. Vino el segundo, y el tercero, llenándome la boca de un sabor denso y salado que se me quedó pegado en el paladar. No me aparté. Aguanté con los labios apretados alrededor mientras él temblaba y seguía descargándose, y me lo tragué todo, con los ojos cerrados, sintiéndolo bajarme por la garganta. Seguí hasta que no quedó nada más y me la mantuvo unos segundos más adentro, con la mano todavía en mi pelo, respirando hondo. Después lo limpié despacio con la lengua, chupando la punta hasta la última gota, dejándole el tronco brillante de saliva.
Cuando me puse de pie, las piernas me respondían de nuevo, apenas. La tenía dura pegada al vientre y una mancha húmeda me había atravesado el calzoncillo. Damián lo vio.
—Ahora tú —dijo—. Ven.
Me empujó suavemente hasta apoyarme la espalda contra el tronco de un pino. Se puso de rodillas y sin más preámbulo se metió mi polla entera en la boca. No fue un beso ni una lamida ni ningún tanteo: fue directamente hasta el fondo, con los labios apretados y la lengua trabajándome por debajo. Me arqueé contra la corteza y se me escapó un grito bajo que reboté con los dientes cerrados. Damián me la chupó con hambre, la sacaba y la volvía a meter marcando un ritmo que subía, me pasaba la lengua alrededor del glande, me metía la mano libre entre los cojones y me los masajeaba a la vez. Con la otra mano me sujetaba la cadera para que no me moviera.
—Damián —jadeé—. Me voy a correr, para.
Él no paró. Al revés: apretó los labios, aceleró, y me clavó los ojos desde abajo con la polla enterrada en su boca. Eso me acabó de rematar. Me corrí en su boca con un temblor que me sacudió las piernas enteras, agarrado a los hombros de él para no caerme, notando cómo cada chorro le llenaba la garganta y cómo él tragaba sin dejar de chuparme. Se la mantuvo dentro hasta que dejé de temblar, y me la fue soltando poco a poco, chupándomela hasta la punta como para no dejar rastro. Me limpió el glande con un último beso y se levantó lamiéndose los labios.
—Ya estamos empatados —dijo con media sonrisa.
Me quedé apoyado en el pino, sin aire, mirándolo. Él se acercó y me besó otra vez, y me sentí a mí mismo en su boca, mezclado con él. Fue un beso largo, sucio y tranquilo a la vez.
Damián tardó un momento en hablar. Se subió el pantalón y me miró.
—Esto tiene que quedar entre nosotros —dijo—. Nadie puede saberlo. Júramelo.
—Será nuestro secreto. Te lo juro.
—Mañana hablamos —dijo, y me besó una última vez, con una suavidad que no había tenido ninguno de los besos anteriores.
Después se fue entre los pinos, y yo escuché sus pasos alejarse hasta que el bosque los tragó.
Me quedé allí de pie, con el sabor del tabaco y el suyo mezclados en la boca. El aire entre los árboles olía a tierra húmeda, a resina y a algo más que no tenía nombre todavía, pero que ya sabía que iba a cambiarlo todo.
Damián. Solo Damián.
Ya nunca iba a poder mirarlo de la misma manera.

