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Relatos Ardientes

La noche que me entregué en el cuarto oscuro

Mi pulgar se deslizaba sin descanso por la pantalla del móvil. Llevaba la app abierta desde que cerré el portátil del trabajo y otro miércoles encerrado en casa me había dejado con esa urgencia que conozco bien, la que pide salir por algún lado. Entre avatares borrosos y descripciones casi idénticas apareció un perfil sin foto pública, solo un alias: Damián, 33.

Me había mandado un fueguito y contesté por inercia. La foto privada que llegó después me hizo cerrar la conversación un segundo para respirar. Moreno, ancho de espaldas, mandíbula marcada, mirada de tipo que sabe perfectamente lo que quiere. La conversación se calentó rápido: lo que me gustaba, lo que le gustaba, lo que él haría conmigo si nos viéramos. En menos de diez minutos ya tenía un punto de encuentro propuesto, el cuarto oscuro de un sexshop a veinte minutos de mi portal, en una calle del barrio que conocía solo de pasar.

No lo pensé mucho. Me cambié los calzoncillos, me eché colonia en el cuello y bajé las escaleras antes de que la cabeza tuviera tiempo de arrepentirse.

Damián me esperaba apoyado en la pared del local, con un cigarrillo a medio consumir entre los dedos. Sonrió en cuanto me vio y, sin presentarse del todo, me posó la mano abierta entre los omóplatos. Esa palma firme me deshizo el nudo de la garganta de golpe.

—Llegaste —dijo con una voz grave que parecía estudiada—. Vamos adentro, que es para lo que viniste.

Me pasó el brazo por la cintura como si llevara meses haciéndolo y me condujo hacia el mostrador. Mientras el dependiente nos miraba de arriba abajo, Damián se inclinó hacia mi oreja y dejó caer una promesa que me bajó directa al estómago:

—Imagínate. Tú a cuatro patas, yo abriéndote ese culo apretado mientras me suplicas más. O igual te paso a un par de tíos para que te llenen todos los agujeros hasta que chorrees.

Sentí la cara arder, los vaqueros tirantes, las piernas un poco menos sólidas. Asentí sin contestar y dejé que pagara las dos entradas. El pasillo que daba al cuarto estaba iluminado por una bombilla roja al final del techo. La música, lejana, sonaba como si llegara desde otra habitación. El aire olía a sudor, a tabaco frío y a algo más denso, algo que reconocí sin querer reconocerlo.

—Eso es, guapo —murmuró Damián deslizándome la mano desde el hombro hasta la nuca—. Lo estás haciendo muy bien. ¿Te va gustando?

Mi mente iba demasiado rápido para responder. Sus dedos me peinaron el pelo en un gesto a la vez paternal y posesivo. En la oscuridad rojiza se distinguían siluetas inmóviles, otras moviéndose contra una pared, otras de rodillas. Los sonidos bajos de los encuentros se mezclaban con mi propia respiración. Cuando noté la presión hacia abajo en mi hombro, me arrodillé sin discutir, ahí mismo, a pocos pasos de la entrada.

—Recuerda —dijo deteniéndose un segundo—, vas a obedecer sin preguntar. Cuando estés listo me dices «sí, señor» y te llevo con tu primer cliente. Lo que él quiera hacerte te va a encantar.

Cliente. La palabra me extrañó al principio, pero el cuerpo no preguntó. Tenía la polla medio dura apretándome el calzoncillo y un hilo de líquido ya manchaba la tela.

—Sí, señor —susurré.

De entre las sombras salió un hombre mayor, cincuenta y muchos, complexión gruesa, cabello canoso. No era el tipo al que habría escrito por la app, ni de lejos. Tenía algo rudo, con olor concentrado a sudor de día entero, y verano fuera no ayudaba. Damián me acarició la cabeza otra vez y, con un «es todo tuyo», me empujó suavemente hacia él. Las manos del hombre me agarraron por la cadera y me apretaron contra su entrepierna.

—De rodillas, puta —gruñó con voz ronca.

Ya lo estaba, así que solo bajé la cabeza. Se bajó la cremallera y lo que salió era enorme, una polla gruesa y circuncidada brillando por el líquido que la cubría. Se me hizo la boca agua sin que yo quisiera, y eso fue lo que más me sorprendió. La tomé entre los labios y empecé despacio, casi con cuidado, calentándolo, sintiendo cómo se me estiraba la mandíbula con cada centímetro. Él no esperó mucho. Las manos se aferraron a mi pelo y me marcaron el ritmo, embistiendo hasta el fondo de la garganta. Me atraganté dos, tres veces seguidas.

—Joder, traga como la puta que eres —rugía con los testículos golpeándome la barbilla—. ¿De dónde has sacado a esta zorra? —preguntó por encima de mi cabeza.

No escuché la respuesta de Damián, solo su murmullo de aprobación, pero ese murmullo me bastaba. Cada elogio bajo me cerraba un poco más al mundo de fuera. El ritmo subió, cada vena de aquella polla palpitando contra mi paladar, hasta que un último empujón me dejó sin aire y me llenó la boca de un líquido salado y caliente. El hombre me sujetó la nuca para que no me apartara y, con un gesto duro, me obligó a tragar hasta la última gota. Soltó una risa baja, se subió los pantalones y desapareció por donde había venido.

***

Damián se acercó sin prisa. Llevaba la polla fuera, asomando por la cremallera, hinchada pero todavía sin liberarse del todo. Me posó la mano en la coronilla. Yo seguía en el suelo, sin atreverme a levantarme sin orden. Una parte de mí —pequeña, lejana— me preguntaba hasta dónde iba a llegar la noche; la otra estaba pendiente del pulgar que me acariciaba la mejilla.

—Esta noche eres mío, ¿verdad? —dijo.

Asentí frenéticamente. Lo dije además, «soy tuyo», y nunca le había dicho eso a nadie. La puerta de uno de los privados crujió en ese momento. Salió otro hombre, esta vez bastante más joven, treinta y algo, musculado, con el torso desnudo y una polla ya fuera, gruesa y venosa, recortándose contra el pasillo iluminado de rojo. Tenía cara de bruto, una de esas caras que decides si quieres o no quieres mirar.

—Él es el siguiente, nene —dijo Damián con voz firme—. Hazme sentir orgulloso. Hazme quedar bien.

Dudé un segundo. Aquel rabo era todavía más grande que el anterior. ¿Y de verdad estos tíos no se habían puesto de acuerdo antes? ¿«Clientes» quería decir literalmente clientes? Damián me acarició la cabeza otra vez y la duda se evaporó como se evapora todo cuando una mano firme decide por ti.

Me incliné y froté los labios contra la punta. Otro sabor, esta vez no era solo polla, había algo más, no quise pensar dónde había estado antes. Las manos callosas me agarraron la nuca y, sin la suavidad del primero, empujaron a fondo. Me dilató la garganta hasta arrancarme lágrimas. Cada centímetro era una pared de carne caliente que palpitaba contra mi lengua, y los susurros de Damián a un lado —«eso es, así, qué bien lo haces»— me empujaban a abrirme más, a no resistir.

Este no aguantó tanto como el primero. Y, a diferencia del anterior, sí me dejó saborear. Dos chorros gruesos me llenaron la boca, salados, amargos, y los tragué como un buen chico obediente. Me apartó de un empujón que casi me sienta de culo, se dio la vuelta y se fue por la misma puerta por la que yo había entrado un rato antes. Ya había perdido la cuenta del tiempo.

***

—Parece que el juguete nuevo todavía tiene pilas para otra ronda —dijo una voz a mi espalda.

Cuando me giré me di cuenta de que se había formado un semicírculo a mi alrededor. No sabía cuántos eran. Cinco, seis, quizá más. Damián estaba en uno de los extremos. Frente a mí, un tío de unos cuarenta, sonrisa tranquila, ojos que parecían divertidos más que hambrientos. Tenía la polla en la mano, curvada hacia arriba, balanceándose mientras la acariciaba. No tenía la urgencia de los dos primeros.

—Hola, guapo —me susurró agachándose hasta mi altura—. Tu amigo me ha dicho que eres un buen chico. Vamos a ver si es verdad.

Empezó por las cosas pequeñas. Me trazó círculos con los dedos en el interior del muslo. Me mordió el cuello suavemente, dejándome marcas de saliva caliente que se enfriaban al instante. Bajó la lengua hasta uno de mis pezones y me lo chupó largo, despacio. Cuando metió un dedo en mi culo apenas tuvo que forzar.

—Joder, estás estrecho —se rió mientras curvaba el dedo y daba con ese punto que hacía que mi propia polla diera saltos sola.

Metió un segundo, después un tercero. Los abría por dentro, dilatándome con paciencia. Alrededor, los demás se masturbaban mirando, algunos sin disimulo. Mis gemidos llenaron el cuarto sin que pudiera contenerlos. Damián observaba apoyado en una columna, con esa sonrisa de propietario satisfecho que ya me tenía completamente cogido.

Cuando sacó los dedos me sentí vacío de una manera ridícula. Apoyó la punta de la polla justo en mi entrada. Era más gruesa que la del segundo, aunque más corta, y solo de notarla ahí supe que al día siguiente iba a estar para no levantarme.

—Suplícalo, puta —me escupió, frotando la punta resbaladiza alrededor del agujero, mezclando su líquido con los restos de las corridas anteriores.

—Por favor, fóllame, lo necesito —se me escapó antes de poder pensarlo. Era casi lo primero que decía en voz alta en toda la noche.

Empujó centímetro a centímetro. Me ardía, me dolía, y aun así empujé hacia atrás. Cuando estuvo dentro del todo se quedó quieto un segundo, dejando que me acostumbrara, y después empezó a moverse. Al principio con vaivenes lentos, después con embestidas profundas que sonaban contra mi piel. Mi propia polla golpeaba mi vientre sin que nadie la tocara, dejando un hilo brillante en el suelo.

—Toma rabo, putita de mierda —gruñía.

—Lo estás haciendo muy bien, nene —murmuraba Damián a la vez, acercándose para acariciarme la mejilla mientras el otro me destrozaba. La mezcla de los dos tonos, el bruto y el cariñoso, me estaba volviendo loco.

El ritmo se hizo frenético. Las palmadas húmedas, el olor a sexo, el círculo de hombres masturbándose en silencio. Una parte mía intentaba seguir pensando: «te estás dejando usar por completos desconocidos, alguien podría grabar esto, alguien podría reconocerte mañana». La otra parte solo quería que Damián siguiera satisfecho. Quería ser el mejor. Quería que me siguiera acariciando.

Damián se inclinó y me besó profundamente, mezclando con su saliva los restos amargos de los dos anteriores. Eso fue el límite.

—Eres mío para compartir, pero siempre se te recompensa —me susurró al oído.

Y me rendí del todo. Empujaba hacia atrás para recibir cada embestida del otro. Él soltaba gruñidos guturales, ya casi sin frases enteras: «joder, tu culo me está dejando seco». Cambió el ángulo y golpeó algo dentro de mí que me hizo gritar. Damián, sin levantar la voz, le ordenó:

—Pajéale mientras te lo follas.

El hombre obedeció. Me agarró la polla y empezó a bombearme al ritmo de sus embestidas. Sus dedos resbalaban por el líquido que llevaba media noche acumulado. La presión se hizo insoportable. Mi culo se apretó alrededor de su rabo rítmicamente, sin que yo decidiera nada, y, con una última embestida profunda, sentí el chorro caliente derramándose dentro. Cuatro, cinco impulsos, no los conté bien. Yo me corrí después, casi de inmediato, sin haber tenido que esforzarme nada. La mano del hombre seguía bombeando suavemente mientras se vaciaba dentro de mí.

—Has estado perfecto —murmuró Damián besándome la frente.

Pero la noche no había acabado.

Antes de que recuperara el aliento, Damián me dio la vuelta y me agarró por las caderas. Me hundió su polla de una sola embestida en el culo ya dilatado, ya lleno, ya tembloroso, hasta el fondo.

—Tómalo todo, zorrita —gruñó cerca de mi oído, con la misma voz dominante de la entrada.

No era tan gruesa como la del anterior y, además, encontró el camino lubricado por todo lo que llevaba acumulado dentro. Mis testículos se contrajeron solos al notarlo, y en pocos minutos sentí cómo el calor inundaba mi interior de nuevo, mezclándose con lo que ya estaba allí, marcándome desde dentro. Me corrí por segunda vez sin que nadie me tocara, solo por el peso de su cuerpo sobre el mío y por sus dedos clavados en mis caderas.

Cuando se retiró, lo hizo despacio. Una mano me cayó plana en una nalga, fuerte, pero sonó más a sello que a castigo.

—Ahora eres mío —susurró—. Vete a casa, que ya hablaremos.

Se subió los pantalones, me besó otra vez en la frente y se fue por la puerta por la que habíamos entrado juntos. Me dejó ahí, en el suelo, con la mandíbula dolorida, las rodillas marcadas, todo dentro de mí goteando lentamente hacia fuera y el círculo de hombres alrededor que seguía masturbándose mirándome, sin que ninguno se acercara. Bajé la cabeza, cerré los ojos un segundo y, sin saber muy bien por qué, sonreí.

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Comentarios (5)

elNoctambulo

de los mejores que lei en mucho tiempo, que relato!!!

DiegoNocturno

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber que pasó después. Excelente!

NocheOscura77

Me dejó sin palabras, se siente tan real. Me enganche desde el primer párrafo y no pude parar de leer.

Fede_libre

brutal, brutal, brutal!!! que manera de contar esto

PabloCba91

Esto me recordó algo que viví hace unos años, esa sensación de dejar que todo pase sin pensar demasiado. Muy bien escrito, transmite exactamente lo que querés decir. Sigue publicando.

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