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Relatos Ardientes

Mi compañero de hostel aprovechó que dormía solo

Granada en julio es un infierno. El sol pega contra las fachadas blancas del Albaicín hasta la una de la tarde, y a partir de ahí no queda más remedio que rendirse: cerrar las persianas, beber agua fría y esperar a que el aire se ablande.

Yo llevaba tres días en el hostel de la calle Elvira. Una habitación pequeña con tres literas, suelos de baldosa fría y un ventilador de techo que más bien movía el calor de un lado al otro. Mis dos compañeros de cuarto eran un sueco que se pasaba el día en la piscina pública y un chico llamado Mateo, de Valencia, que había llegado el mismo día que yo.

Con Mateo nos habíamos cruzado las miradas más de la cuenta. No habíamos hablado mucho —«hola», «hasta luego», «¿usas tú el baño primero?»— pero esas pausas tenían algo. Cuando se desvestía para ducharse, yo apartaba la vista a propósito demasiado tarde. Cuando él entraba en la habitación, buscaba mi cara antes que cualquier otra cosa. Era un código que nunca habíamos puesto en palabras.

Aquella tarde, después de comer en un bar de la Pescadería, volví al hostel con el cuerpo pegajoso por el sudor. Me metí en la ducha del pasillo, dejé correr el agua fría sobre la nuca durante diez minutos largos y volví a la habitación envuelto solo en una toalla. No había nadie. El sueco se había ido a la piscina y a Mateo lo había visto salir antes de comer con su cámara colgada del hombro.

Bajé las persianas hasta dejar la habitación en una penumbra azulada. Tiré la toalla a los pies de la cama y me tumbé boca abajo sobre la sábana. La almohada estaba fresca. Cerré los ojos pensando que la siesta duraría una media hora, lo justo para recuperar fuerzas antes de salir otra vez al atardecer.

Estaba en ese estado intermedio en el que uno todavía oye los ruidos de la calle pero ya no los interpreta, cuando escuché el chasquido de la cerradura.

Pasos sobre las baldosas. Lentos. Se detuvieron a tres metros de la cama.

Hubo un silencio largo. Luego un suspiro contenido.

No me moví. Podía haber sido el sueco buscando algo. Podía haber sido Mateo, que volvía antes de lo previsto. Podía haber sido cualquiera, incluso un huésped equivocado de habitación —el cierre de las puertas era flojo y a veces se abrían con un empujón. Yo tenía los ojos cerrados y las nalgas al aire, y no quería abrir los ojos para saberlo.

Los pasos se acercaron de a poco, como midiendo cada baldosa. Sentí el peso de una mano apoyándose en el colchón, a la altura de mi cadera. No bajó. No tocó. Solo se apoyó allí, sosteniendo a alguien que se inclinaba sobre mí.

Sentí la mirada antes que el contacto. Esa cosa rara que tiene la piel desnuda cuando sabe que alguien la observa muy de cerca. Se me erizaron los vellos de los antebrazos.

Una mano me rozó la pantorrilla. Apenas. Un dedo subiendo despacio por la parte interna de la rodilla hasta el muslo. Después la otra mano, igual de suave, recorriendo la curva del gemelo opuesto. Dos manos, una en cada pierna, midiendo el terreno.

Yo seguía boca abajo. Que siga, que siga, que no se asuste.

El colchón se hundió. Alguien se subió a la cama, una rodilla primero, luego la otra. Las manos remontaron por mis muslos hasta el comienzo de las nalgas y se quedaron allí, abriéndolas y cerrándolas con una cadencia tranquila, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Mi polla, atrapada entre el colchón y mi vientre, empezó a endurecerse. Apreté la pelvis contra la sábana sin querer.

Una respiración cálida cayó sobre mi piel. Después una lengua.

Empezó por la base de la espalda, justo donde termina la columna. Una lamida ancha, lenta. Luego bajó por el surco de las nalgas, sin tocar todavía nada concreto, dibujando un mapa. Mis manos agarraron la almohada. Tuve que morderme el labio para no soltar un sonido.

Cuando la punta de su lengua llegó por primera vez a mi entrada, me recorrió un escalofrío de la nuca a los pies. Apenas un toque. Una promesa. Después subió de nuevo, pasó por el costado, mordió suavemente la cadera y volvió a bajar.

La segunda vez se quedó. Trabajó con la punta primero, dibujando círculos, y después con la lengua entera, empujando para abrirme. Mi respiración se volvió ruidosa. Solté un gemido sordo contra la almohada que no pude contener.

Lo que iba a ser una siesta de media hora se había convertido en otra cosa. Un desconocido —o no tan desconocido— me chupaba el culo con una paciencia que no parecía improvisada.

Sentí un dedo. Mojado de saliva, entrando por primera vez con una lentitud casi cruel. Un nudillo, dos. Mi cuerpo lo recibió sin resistencia. Salió y volvió a entrar. Después un segundo dedo, abriéndome más, presionando hacia delante hasta encontrar el punto exacto que me hizo arquear la espalda contra su mano.

—Te voy a coger —dijo entonces, en voz baja, casi un susurro pegado a mi nuca.

Reconocí la voz. Era él.

Mateo se bajó de la cama. Oí caer su pantalón al suelo, el ruido seco de la hebilla del cinturón contra la baldosa. Yo seguía boca abajo, con la cara contra la almohada, sin atreverme a darme la vuelta todavía. Lo escuché caminar hasta la cabecera de la cama. Se paró ahí.

Levanté la cabeza por primera vez en todo el rato. La penumbra de la habitación me permitió verlo: estaba de pie junto a mí, con la camiseta puesta y todo lo demás fuera. Tenía la polla erecta, gruesa, apuntando hacia mí.

Estiré la mano y la rodeé con los dedos. Caliente. Lo miré a la cara. Él me sostuvo la mirada sin decir nada, esperando.

—Ven —murmuré.

Me incorporé sobre los codos y abrí la boca. Entró despacio, dejándome marcar el ritmo. Tenía un sabor amargo y salado, mezclado con un toque dulce de jabón reciente. Lo recibí entero, hasta el fondo de la garganta, y volví hacia atrás, midiendo. Después aumenté el ritmo. Su mano se apoyó en mi nuca, sin empujar, solo sintiendo el movimiento.

—Joder —dijo en algún momento, apretando los dientes.

Cuando notó que iba a acabarse si seguía así, me sacó la polla de la boca con cuidado y se inclinó a por algo en el bolsillo del pantalón tirado en el suelo. Sacó un preservativo. Lo abrió con los dientes mientras yo me daba la vuelta y me ponía boca abajo otra vez. Oí el ruido del látex, lo oí escupir en la mano, y después sentí el peso de su cuerpo sobre el mío.

Me lamió el cuello, debajo de la oreja. Me mordió el lóbulo.

—Llevo dos noches mirándote la espalda —murmuró—. Pensé que no se iba a dar nunca.

No tuve tiempo de contestar. Empujó. Despacio, con una paciencia que contradecía la tensión de su voz. La punta entró primero, abriéndome con una presión firme. Me obligué a soltar el aire y a recibirlo. Entró un poco más, paró, esperó. Mi cuerpo cedió. Entró del todo.

Me dejó respirar. Apoyó la frente entre mis omóplatos. Luego empezó a moverse.

Las primeras embestidas fueron largas, contenidas. Salía casi del todo y volvía a entrar entero, dejándome sentir cada milímetro. Yo gemía contra la almohada, con los dedos clavados en la sábana. La penumbra de la habitación hacía que los sonidos parecieran más fuertes: el roce de las pieles, el crujido del colchón viejo, su respiración cortada cerca de mi oído.

El ritmo subió. Sus manos me agarraron las caderas y me levantaron unos centímetros, lo justo para entrar más profundo. Empujaba con el peso entero del cuerpo. Cada embestida me arrancaba un gemido que ya no intentaba contener. Si el sueco volvía de la piscina ahora, nos encontraría así. No me importaba.

—Más fuerte —pedí.

Obedeció. Las palmadas de sus muslos contra mi culo se hicieron secas, rítmicas, sin tregua. Mi polla rozaba contra la sábana con cada empujón. Sentí que iba a acabar sin tocarme.

—Voy a... —avisé.

—Hazlo —contestó sin parar.

Me corrí así, con él dentro, apretándolo con todo el cuerpo. Sentí mi semen empapar la sábana debajo de mí. Solté un gemido largo, ronco, que se ahogó contra la almohada.

Él no se detuvo. Esperó a que terminara mi última contracción y siguió, ahora más despacio, dejándome sentir cada empuje sobre la piel sensible. Era casi insoportable y al mismo tiempo no quería que parara.

Cuando notó que estaba cerca, me dijo al oído:

—¿Dónde quieres?

—En la boca —pedí—. Sácatelo y ven.

Salió con cuidado, se quitó el preservativo de un tirón y se subió por el costado de la cama hasta poner una rodilla a cada lado de mis hombros. Yo me había puesto boca arriba. Abrí la boca y lo recibí otra vez, ahora apurado, sintiendo en la lengua el calor de su polla a punto de estallar. Bastaron unos segundos. Su mano se apoyó en mi pelo. Soltó un quejido largo y un chorro caliente me llenó la boca; el segundo me cayó en el labio inferior; el tercero apenas alcanzó a salir.

Lo dejé entero adentro, lo tragué, lo limpié con la lengua hasta que él se rió y me apartó por las cosquillas.

Se dejó caer a mi lado, jadeando, con la camiseta todavía puesta y la frente brillante de sudor. Miramos el ventilador de techo que seguía moviendo el aire caliente en círculos lentos.

—¿Y si vuelve el sueco? —pregunté.

—Que mire —dijo Mateo, y se rió bajito.

Me giré hacia él, le pasé un brazo por encima del pecho y cerré los ojos. La siesta, al final, sí iba a llegar. Solo que ahora la haríamos los dos.

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