El obrero al que espié desde el andamio
Llevaba tres semanas a cargo de la construcción del tanque de reserva en la hacienda. Era marzo, el sol caía a plomo sobre la costa y los trabajadores se rotaban entre la sombra del almendro y el área de mezcla. Cuando llegó el peón nuevo, le eché un vistazo de reojo y no le di mucha importancia. Flaco, dientes grandes, boca ancha, el pelo lacio cortado al ras y unas cejas tan tupidas que parecían pintadas con carbón. Veinte años recién cumplidos. Nada que llamara la atención.
Se llamaba Damián. No hablaba con nadie. Pasaba los descansos pegado al celular, con un auricular metido en la oreja y la cabeza moviéndose apenas al ritmo de algo que solo él escuchaba. El típico chico de pueblo, pensé. Vendría, sudaría dos meses y se largaría con la primera plata a comprarse un par de zapatillas nuevas.
Esa semana teníamos plazos apretados y la cocinera, doña Mirta, llegó con su hija para que la ayudara en la cocina improvisada que habían armado bajo una carpa. Se llamaba Yuli. Maciza, bajita, con un pecho que se le adelantaba dos pasos antes que ella. Pelo largo, negro, enrulado hasta la cintura. Usaba un jean roto en los muslos y una camiseta tan ajustada que se le marcaba todo. Apenas pisó la obra, repartió sonrisas y miradas como si estuviera repartiendo dulces.
Los muchachos se babearon. Era inevitable. En ese rincón de la costa no había otra mujer en kilómetros, los obreros bajaban al pueblo cada quince días y ella era una bocanada de carne fresca caminando entre tablones y bolsas de cemento. Yuli lo sabía. Se sacaba selfies en la sombra del almendro, movía las caderas más de lo necesario y se inclinaba para recoger una cuchara con una lentitud calculada. En un momento, el jean se le ajustó tanto entre las piernas que se le marcaba la entrepierna como un dibujo a lápiz. No fui el único que lo notó.
Al segundo día empecé a perder la paciencia. La piba se paseaba por el área de trabajo sin razón, oliendo a algo dulce y a sudor joven, mezclando ese perfume barato con el aire pesado de la obra. Y Damián, el que supuestamente no hablaba con nadie, ya no le quitaba los ojos de encima. Le seguía las caderas con la mirada, se humedecía los labios, y yo, desde el segundo nivel donde estábamos colando una losa, lo miraba a él.
Lo miraba a él.
Esa fue la novedad.
Al promediar la tarde, cuando el sol bajó lo suficiente, los muchachos se sacaron las camisetas. Pasaba siempre. Era la pausa que se daban antes del último empujón. Pero esa vez fui yo el que se quedó con la boca seca. Damián se sacó la camiseta sudada de un tirón y, debajo, apareció un torso que no le pertenecía a esa cara aniñada. Pectorales marcados, tetillas oscuras y duras, una línea fina de vello negro que le bajaba por el centro del abdomen y se hundía debajo del jean. Bajo los brazos asomaban dos matas de vello tupido, brillantes de sudor. Olía a hombre, un olor agrio y caliente, denso como el aire del mediodía.
El jean le quedaba flojo en la cintura y yo, desde arriba, no podía dejar de adivinar lo que se le movía adentro cada vez que se inclinaba a palear. Una forma gruesa, alargada, que se acomodaba a un lado del muslo. Cuando se paraba derecho y caminaba, el bulto se sacudía con un peso que no era el de un chico de veinte años común.
Me obligué a mirar para otro lado. Tenía obreros que vigilar, planos que revisar, un tanque que terminar antes de las lluvias. Pero cada vez que volvía la cabeza, ahí estaba él, con el sudor cayéndole en gotas gordas por la espalda, brillando como si lo hubieran aceitado.
No me lo esperaba.
De los veinte tipos que tenía en esa obra, justo este, justo el flaco sin gracia del primer día, era el que me había revuelto el estómago.
***
Después del almuerzo cambié los frentes. Mandé a casi todos al sector de la cisterna y dejé a Damián solo, rellenando una zanja en el costado de la casa principal. Me dije que era por organización. Era mentira y lo sabía. Lo dejaba solo porque quería ver qué hacía. Quería verlo desde arriba, sin que él supiera que lo miraba.
Subí al segundo nivel con el rollo de planos bajo el brazo y me acomodé en una esquina donde la sombra de la viga me tapaba lo suficiente. Desde ahí veía toda la obra en abanico: el sector de la cisterna a la derecha, la zanja al frente, la carpa de la cocina detrás. Damián paleaba con la cabeza gacha, sin saber que yo lo seguía con los ojos.
No tardó mucho en aparecer Yuli.
Salió de la carpa con una jarra de limonada que nadie le había pedido, miró a todos lados, no me ubicó arriba —yo estaba en sombra— y caminó directo hacia donde estaba él. Por la cara que puso Damián cuando levantó la vista, supe que iba a tener un asiento de palco para algo que no debía ver.
Estuve a punto de pegar un grito desde arriba para que volvieran cada uno a lo suyo. No lo hice. No sé bien por qué no lo hice. Tal vez porque la sangre ya me había bajado a otra parte. Tal vez porque me ganó la curiosidad. Tal vez porque sabía, sin terminar de admitírmelo, que si los frenaba me iba a quedar sin ver lo que quería ver.
Damián se relamió los labios. Le dijo algo y ella se rió, echando la cabeza hacia atrás. Él dio un paso más cerca, le rozó el brazo y le susurró algo al oído. Yuli miró la jarra como si se le hubiera olvidado para qué la había traído. Después miró hacia atrás, hacia la cocina, después hacia el costado, y caminó pegada a él hasta el rincón estrecho que quedaba entre la pared lateral de la casa y un arbusto grueso de flores rojas.
Si hubiera elegido yo el escondite, no habría encontrado uno mejor. Desde la zanja, nadie podía verlos. Desde la cocina, tampoco. Desde el segundo nivel, donde yo estaba con los planos olvidados en una mano, los tenía justo en el centro del cuadro.
***
Lo primero que hizo Damián fue acorralarla contra la pared, sin sutileza, con las dos manos en la cintura. Yuli se rió bajito y dejó la jarra en el piso. Él le metió la lengua en la boca como si la estuviera buscando desde la noche anterior. Se la comía. Le mordía el labio, le bajaba la lengua por el cuello, le subía la mano por debajo de la camiseta. Yuli soltó un sonido grave, contenido, que casi no alcanzaba a salir.
Damián le levantó la camiseta hasta el pecho. Le sacó una teta del corpiño con un tirón y le clavó la boca en el pezón. La mamaba con un hambre que no se aprende, esa hambre nueva que tienen los chicos cuando todavía no se cansaron de nada. La mordía, le pasaba la lengua y volvía a chupar. La piba se le enredaba los dedos en el pelo corto y le empujaba la cara contra ella, con una urgencia que se le notaba hasta en la respiración.
Yo, arriba, con la garganta seca, no sabía dónde poner los ojos. Quería ver la teta, sí. Quería ver el culo de Yuli pegado contra la pared. Pero los ojos se me iban una y otra vez a la espalda morena de Damián, al músculo que se le tensaba debajo de la piel cada vez que se inclinaba, al jean que se le bajaba un par de dedos en la cintura mostrando que no llevaba ropa interior, a esa línea de vello que ahora descubría seguir hasta donde había imaginado.
Damián empezó a restregarse contra ella. Le agarró las nalgas con las dos manos y le hundió la entrepierna contra la suya. Yo le veía el bulto desde mi ángulo: una serpiente gruesa, dura, apretada contra el jean, que él movía adelante y atrás con un ritmo lento de macho que sabe lo que está haciendo. Yuli, cerrando los ojos, le devolvía cada empuje como si quisiera atravesarse el jean ella sola.
Él le abrió el botón. No me lo perdí. Le metió la mano por adentro y por la cara que puso ella, le había metido más que un dedo. Yuli se quedó quieta, como congelada, con la boca abierta y los ojos cerrados. El antebrazo de Damián trabajaba, despacio, en círculos. La piba se mordió el puño para no gritar.
Yo apreté el rollo de planos como si fuera otra cosa. Sentía el calor en los muslos, la respiración pesada, una vena latiéndome en algún lugar de la cabeza. Si en ese momento alguno de mis obreros me hubiera hablado, no habría sabido contestar.
***
Y entonces sonaron las voces.
Dos peones bajaban desde el sector de la cisterna pegando un grito por una pala que les faltaba. Damián saltó como si le hubieran tirado un balde de agua fría. Sacó la mano del jean de Yuli, se acomodó la verga dentro del suyo —se le marcaba como un palo— y se largó hacia la zanja sin mirar atrás. Yuli se subió el jean a las apuradas, se acomodó la camiseta, agarró la jarra del piso y volvió a la cocina caminando rápido, con esa pose tiesa de la mujer que acaba de bajar de algo que no quería bajarse.
Yo bajé del segundo nivel cuando me aseguré de que no se notara nada en mi cara. Llegué hasta donde estaba Damián justo cuando él trataba de disimular el bulto bajando la pala enfrente. No lo conseguía. Esa cosa le quedaba tan parada que se le marcaba como una rama gruesa atravesando el jean.
Me paré a su lado. Lo miré a los ojos. Él me devolvió la mirada con la cara colorada y una gota de sudor cayéndole por la sien. No supo qué decir. Yo tampoco. Pero no me hacía falta decir nada. Me hice el tonto, le pedí que terminara la zanja antes del oscurecer y le palmeé el hombro con la mano abierta. Sentí, debajo de la piel sudada, el músculo tenso, caliente, vivo.
—Mañana te quiero conmigo arriba —le dije, sin mirarlo, mientras me daba vuelta—. Tengo algo para que me ayudes.
Él no contestó. No le hizo falta. Vi cómo, al bajar yo del lado, levantaba apenas la cabeza para seguirme con los ojos hasta que doblé la esquina.
Me alejé caminando despacio, con una promesa rumiándome adentro. Esa verga, antes de que terminara la obra, iba a ser mía. No sabía cómo ni cuándo. Pero el chico de carita fea del primer día, el flaco sin gracia que paleaba arena bajo el sol de marzo, me había dejado claro que tenía mucho más debajo del jean de lo que cualquiera en esa hacienda podía adivinar.
Y yo no era cualquiera.
Yo era el que mandaba.
Yo era el que iba a estar arriba con él en el segundo nivel al día siguiente, lejos de Yuli, lejos de los planos, lejos de cualquier mirada. Solos. Y ese chico, que apenas hablaba, que pasaba los descansos pegado a su celular, que se creía a salvo detrás de su cara aniñada, no tenía ni idea de lo que le esperaba. No tenía ni idea de que el patrón gringo y maricón al que apenas miraba lo había estado mirando a él durante dos días enteros. No tenía ni idea de que esa misma tarde, mientras se restregaba contra una piba, había firmado, sin darse cuenta, otra cosa.
Porque yo lo había visto.
Y lo que había visto no me lo iba a poder sacar de la cabeza hasta que esa verga, esa serpiente gruesa que se le marcaba en el jean, estuviera entre mis manos. O entre mis labios. O donde a él se le antojara, con tal de dármela.
No me lo esperaba, pensé otra vez, mientras volvía a mi camioneta a buscar un trago de agua. De verdad, no me lo esperaba. Pero ahora que lo había visto, ya no había manera de desverlo.
Y mañana, mañana iba a ser otro día en la obra.