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Relatos Ardientes

El regalo que mi hijo me dio el día de mi cumpleaños

El verano en Sevilla había vuelto a convertirse en un horno sin tregua, y aquella semana, en particular, era distinta. Era la semana de mi cumpleaños. Cuarenta y ocho años, y sin embargo, cuando me miraba en el espejo del baño antes de abrir la carnicería, el cuerpo seguía respondiendo como si tuviera quince menos: hombros anchos, pecho cubierto de vello rubio y una barba que las clientas decían que parecía sacada de un anuncio nórdico.

La carnicería La Brasa había estado a tope todo el día. El barrio entero se pasó a felicitarme: amas de casa, jubilados, las dependientas de la tienda de al lado. Algunas se quedaban más tiempo del necesario, apoyadas en el mostrador, mirándome de arriba abajo mientras yo cortaba solomillo o pesaba pechugas.

—Andrés, qué bien te conservas, hombre. ¿Cuál es el secreto? —me preguntó Marta, la del kiosco, con una sonrisa que me dejaba claro que no le interesaba en absoluto la receta.

—Carne roja y ejercicio, guapa —contesté guiñándole un ojo.

Si supierais lo que de verdad me mantiene tan despierto, no os ibais a casa con la cesta llena.

Cada piropo me dejaba con una semilla de calentura clavada entre las piernas. Llevaba meses así, desde el divorcio. Mi exmujer se había llevado a sus padres, sus cojines y media vida, pero al menos me había dejado al chaval. Iván tenía veintidós años y vivía conmigo desde la separación. Era nadador, alto, con esa espalda en uve que ponen los chavales que pasan horas en piscina. Se ponía moreno rápido y, cuando salía del agua, olía a cloro y a sol.

Aquella noche, cuando bajé la persiana de la carnicería a las nueve, lo encontré esperándome en el sofá del salón. Tenía una caja envuelta sobre las rodillas y una sonrisa que no le había visto antes. Era una sonrisa cómplice, casi nerviosa, como si llevara horas ensayándola frente al espejo.

—Felicidades, papá —dijo levantándose para abrazarme.

Olía a recién duchado. Yo todavía apestaba a cuchilla, a hueso y a sudor de doce horas.

—Voy a ducharme antes de tocar nada, anda. Huelo a matadero.

Iván se rio y me empujó suavemente hacia el pasillo.

—Pero date prisa, que esto no espera.

Me quité la ropa de trabajo a tirones. En el espejo del baño me detuve un segundo. La verdad es que el cuerpo no se había rendido. El pecho seguía firme, las piernas, gruesas de cargar canales todo el día. Y entre las piernas, esa polla que nunca había sabido quedarse quieta. Llevaba seis meses sin tocar a una mujer y la mano derecha empezaba a parecerme una vieja conocida.

***

Salí de la ducha en calzoncillos, secándome la barba con una toalla. Iván seguía en el sofá, esta vez con dos cervezas frías abiertas sobre la mesa. Llevaba unos pantalones cortos de chándal y una camiseta blanca que dejaba ver el cuello bronceado y la línea del pectoral.

—Siéntate, papá. Va, abre el regalo.

Me senté a su lado. El sofá era de tres plazas, pero él se había acomodado en el sitio del medio y yo no tuve más remedio que pegarme a su muslo. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía el calor de otro cuerpo tan cerca del mío.

Cogí la caja. Pesaba menos de lo que esperaba. El envoltorio era discreto: papel rojo, lazo torpe. Lo desgarré con las uñas y, dentro de una caja de cartón sin marcas, había otra caja más pequeña, de plástico transparente. Cuando entendí lo que era, me quedé quieto.

Era un molde de silicona color rosado, con la forma exacta de un sexo de mujer. Una vulva entera, con sus labios, su entrada y todo lo demás, suave al tacto, blandita, casi tibia. Venía con un sobre de lubricante a juego.

—Joder, Iván —murmuré, sin saber dónde meter los ojos.

—Llevas meses solo, papá. Y yo te oigo por la noche, no creas que no. —Se mordió el labio—. Pensé que igual te venía bien algo así. Para desahogarte sin tener que ligar con cualquiera.

Lo miré de reojo. El chaval tenía las mejillas rojas, pero no apartaba la vista. Y por debajo de los pantalones de chándal, le había crecido un bulto que no se podía ignorar.

Mi hijo me ha comprado un coño de goma y se ha empalmado contándomelo.

El pensamiento me golpeó en el estómago. Lo siguiente que noté fue cómo, por debajo de mis calzoncillos, la polla empezaba a tensarse contra la tela. La sangre se me concentró abajo de golpe, como si llevara horas esperando una orden.

—Eres un cabrón, hijo —dije con la voz más áspera de lo que pretendía.

—Lo sé. —Sonrió, pero no se movió—. Pruébalo.

—¿Aquí? ¿Delante de ti?

—¿Por qué no? Cuando éramos críos te bañabas conmigo en la playa sin problema. ¿Ahora vas a hacerte el pudoroso?

Me quedé callado. La cabeza me decía que aquello era una línea que no se cruzaba. El cuerpo me decía otra cosa, y el cuerpo, esa noche, gritaba más alto.

***

Iván abrió el sobre de lubricante y me lo tendió. Sus dedos rozaron los míos al pasarme el plástico y noté que le temblaba el pulso. Era el mismo temblor que tenía yo.

—Va, papá. Es tu cumpleaños.

Me bajé los calzoncillos despacio, sin mirarlo. Mi polla saltó hacia fuera como si llevara horas esperando aire. Estaba ya dura, gruesa, marcada por una vena que recorría toda la cara superior. Oí cómo Iván tomaba aire de golpe a mi lado.

—Hostia, papá —susurró—. Pues sí que estabas para desahogarte.

—No digas tonterías, anda.

Pero sonreí. Y, sin pensarlo demasiado, abrí las piernas. La izquierda quedó pegada al muslo de Iván. Su pierna ardía a través de la tela del chándal.

Eché lubricante encima del molde, despacio, dejando que el líquido se deslizara por las paredes interiores. Coloqué la silicona sobre mis muslos y guie la punta de mi polla hacia la entrada. Cuando empujé por primera vez, el material se abrió alrededor del glande con una resistencia perfecta. Apreté los dientes.

—Joder —gruñí—. Cómo aprieta.

Iván no decía nada. Lo notaba inmóvil a mi lado, casi sin respirar. La mano derecha la tenía clavada en el muslo, como si se la estuviera obligando a quedarse quieta.

Empecé a moverme. Subía y bajaba la silicona con la mano izquierda mientras con la cadera empujaba desde abajo, despacio al principio, buscando el ángulo. El sonido húmedo del lubricante llenó el salón. Se oía mi respiración cada vez más entrecortada y, debajo, otra respiración: la de mi hijo, que se aceleraba al mismo ritmo que la mía.

—Dale más fuerte, papá —dijo al fin, con la voz quebrada—. No te cortes por mí.

Lo miré. Tenía los ojos clavados en mi polla, en la forma en que entraba y salía del molde, brillante de lubricante. La verga se le marcaba descaradamente debajo del chándal. Ya no intentaba disimular.

—Eres un guarro, chaval —murmuré.

—Como tú, papá.

***

Aceleré. La cadera me iba sola. Cada embestida hacía que el sofá crujiera, que el cuerpo de Iván, pegado al mío, se moviera con la sacudida. Sentí cómo se me apoyaba en el hombro, como si no se atreviera a alejarse. La silicona apretaba, friccionaba, soltaba pequeños chasquidos cada vez que la atravesaba hasta el fondo.

—Joder, mira cómo se la traga, papá —susurró Iván en mi oreja.

—Cállate o me corro antes de tiempo.

—Pues córrete. Que se entere el coño este de lo que es un hombre.

Aquello me hizo perder el último resto de control. Empujé hacia arriba con todo lo que tenía, dos veces, tres, una más. Y entonces, en la cuarta, oí un sonido seco, distinto. La silicona se había partido por dentro. El glande, en la siguiente embestida, atravesó el molde de lado a lado y salió por el otro extremo, brillante y latiendo.

—La he reventado, hostia. —Me reí, sin aliento—. Iván, hijo, la he reventado.

Iván soltó una carcajada nerviosa, pero no se rio del todo. Tenía los ojos muy abiertos. Y entonces, sin que me diera tiempo a avisarle, el orgasmo me golpeó como un puñetazo.

—Me corro —gemí—. Me corro, joder.

El primer chorro salió en arco. No iba dirigido a ningún sitio, pero el sofá quedó debajo y la cara de Iván, demasiado cerca, encima. La segunda descarga le atravesó la mejilla. La tercera le pintó los labios. Yo cerré los ojos, sacudido, y dejé que mi cuerpo terminara de vaciarse encima del salón.

Cuando volví a abrirlos, Iván estaba sentado a mi lado con la cara salpicada de blanco. Una gota le colgaba de la barbilla, otra le brillaba en la pestaña. No se la limpió. Se quedó así, mirándome, con los labios entreabiertos.

—Lo siento, hijo —balbuceé—. No quería…

—Tranquilo. —Su voz sonaba ronca—. Yo también me he corrido.

Miré sus pantalones. En la entrepierna del chándal había una mancha oscura, húmeda, que se extendía despacio. No se había tocado ni una vez. Le había bastado verme.

***

Nos quedamos callados un rato larguísimo. El silencio del salón era distinto al de antes. Era denso, como si el aire pesara más. El molde reventado seguía colgando de mi polla, todavía dura, manchada de lubricante y lefa. Lo retiré despacio y lo dejé caer al suelo.

Iván se pasó el dorso de la mano por la mejilla. Se miró los dedos, mojados. Y, sin decir nada, se los llevó a la boca.

—Iván.

—Estaba rico, papá —dijo, sosteniéndome la mirada.

Yo no supe qué contestar. No había manual de cumpleaños para aquello. Le pasé el brazo por encima del hombro y lo atraje hacia mí. Su pelo todavía olía a champú, a cloro, a sol de la mañana. Sentí, contra mi costado, el calor del bulto húmedo entre sus piernas.

—El próximo año —dije, intentando que no se me notara el temblor— igual te pido algo más resistente.

—O quizás —susurró— algo que no se rompa.

Lo dejé caer en mi pecho. El verano seguía pegado a los cristales, las farolas pintaban naranjas las paredes, y en algún punto de la noche, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, los dos entendimos que el regalo de cumpleaños no se había terminado todavía.

Que aquella era solo la primera caja.

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Comentarios (6)

RubioNight

tremendo relato, me atrapo de principio a fin. No pude parar de leer

Marcos_Uy

cortisimo!!! necesito una segunda parte ya

ConnieLect

Me gusto mucho como lo contaste, se siente autentico sin ser burdo. Sigue así!

LaLola91

jaja no me lo esperaba asi... muy bueno!! Seguí escribiendo

GaboLector

¿va a tener continuacion? me quede con muchas ganas de saber que paso despues

LucioFern

Excelente redaccion, se nota que tenes talento para esto. Gracias por compartir

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