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Relatos Ardientes

Mi primo me esperó despierto en el cuarto del fondo

Mi nombre es Damián. Tengo diecinueve años. Lo que voy a contar pasó hace casi dos veranos, cuando todavía pensaba que conocía mis propios límites.

Llegué a la casa de mi abuela un viernes a media mañana. Cumplía años el tío abuelo Eduardo y la familia entera estaba en plena preparación de la fiesta. Mesas armadas en el patio, sillas plásticas amontonadas contra la pared, mi tía Lucrecia gritándole al carnicero por teléfono. El caos habitual.

Saludé a mis primos chicos, que ya estaban corriendo entre los rosales, y me senté un rato en la cocina. Venía con tres horas de viaje en el bus. Tenía el cuello duro y la espalda partida. Me quedé escuchando a los grandes hablar de política y de precios, y cada minuto me pesaba más.

A eso de las dos, después del almuerzo, mi tía Lucrecia me miró y se rió.

—Estás dormido parado, Damián. ¿Por qué no te vas a recostar un rato a la casa del frente?

—¿No molesto?

—Para nada, mi cielo. Tomá la llave. Sebastián también está allá. Acomodate en cualquier cuarto.

Crucé la calle con el bolso al hombro. La casa de mi tía estaba en silencio, con todas las persianas cerradas para mantener el fresco. Apenas entré, escuché unos gemidos suaves y la cama crujiendo en algún cuarto del fondo. Me quedé parado en el pasillo, sin saber si avanzar o volver atrás.

Avancé. La puerta de la habitación de mi primo estaba entornada. Lo vi tirado boca arriba, en bóxer, mirando algo en su teléfono con los auriculares puestos. Cuando sintió mi sombra, levantó la cabeza, vio la pantalla, vio mi cara, y se le escapó una risa nerviosa mientras tiraba el celular sobre la almohada.

—Forro, me asustaste —dijo.

—Disculpame. No quise…

—Vení, pasá. Está libre el cuarto del fondo. Si querés cargo Netflix en el televisor de allá.

Me quedé un segundo en el marco. Tenía la cara colorada, no sé si por mí o por lo que estaba mirando. Sebastián era dos años mayor que yo, jugaba al rugby en un club del pueblo, y siempre me había caído bien. Esa tarde, sin embargo, lo miré distinto. Tenía los muslos pesados, marcados, y el bóxer ajustado le quedaba un poco corrido.

—Otra cosa —agregó antes de que me fuera—. Esta noche dormimos juntos en el cuarto del fondo. Tío Aníbal se queda en el mío. ¿No te molesta?

—No, normal. Voy a tirarme un rato.

Me metí en el cuarto del fondo y cerré la puerta. Me saqué la remera y los pantalones, y me dejé puesto el short y una camiseta blanca. La cama estaba fresca. Antes de cerrar los ojos, pensé en lo que había visto en su teléfono y me di cuenta de que el corazón me latía mucho más rápido de lo que me convenía.

***

Me desperté con la luz baja. Eran más de las once de la noche. El cumpleaños seguía afuera, lejano, con la música arrastrándose por la ventana. Mis tíos ya estaban borrachos, los primos chicos dormían amontonados en otro cuarto, y yo no tenía sueño.

Sebastián golpeó la puerta y entró con dos latas frías.

—Si querés vemos algo. Yo tampoco me banco a los viejos.

Puso una película cualquiera. Apagó la luz del techo y dejó solo el reflejo azul del televisor. Yo estaba bajo la sábana liviana, él se metió del otro lado, y entre los dos quedaba apenas un palmo. Me hice el dormido a los veinte minutos. No estaba dormido. Estaba esperando algo sin saber qué.

Sentí su mano primero en mi cintura. Quieta, como dejándola caer. Después, un movimiento mínimo: un dedo bajo el elástico del short. Yo no me moví. No respiré. La sábana se levantó apenas y sentí su cuerpo pegándose al mío por detrás. Estaba duro. La tela del bóxer no disimulaba nada.

Empezó a frotarse despacio contra mi cola. Las caderas suyas describían un círculo torpe, paciente, como si quisiera que yo me animara a frenarlo. No lo frené. Una mano me sostenía el hueso de la cadera y la otra fue bajándome el short y el bóxer hasta los muslos. El aire frío me golpeó la piel y sentí cómo el bulto de su pene se acomodaba entre mis nalgas.

—¿Estás despierto? —susurró.

No le contesté. Apreté los ojos. Le dejé hacer.

Su pene era duro, caliente, más grueso de lo que yo había imaginado. Me lo deslizó entre las nalgas sin penetrarme. Solo se frotaba, una y otra vez. Después sentí el dedo: lo había mojado con saliva y apretaba la punta contra mi entrada cerrada. No me la metió. Solo me la rondaba. Yo seguía haciéndome el dormido y mi propia erección me estaba doliendo entre el colchón y mi vientre.

De pronto se detuvo. Pensé que se había arrepentido. Y entonces sentí algo tibio recorriéndome desde el final de la espalda hasta los testículos. Era su lengua. Larga, pesada, sin apuro. La pasó tres veces, cuatro, hasta que un líquido caliente me salpicó la cola. Subió el short de un tirón, se acomodó del otro lado de la cama y me dio la espalda. Tardé una hora en dormirme con su semen secándose entre mis piernas.

***

A la mañana siguiente, los grandes salieron en dos autos a recorrer las cascadas del pueblo. Yo había dicho que tenía que ver a una compañera de la facultad que vivía cerca. Mentira. Quería estar a solas con él.

Me bañé con la puerta cerrada. Salí envuelto en una toalla y me vestí en el cuarto del fondo. Estaba buscando las zapatillas, agachado debajo de la cama, cuando sentí dos manos en mi cintura. Sebastián me levantó como si yo no pesara nada y me puso en cuatro sobre el colchón.

No dijo una palabra. Yo tampoco. Algo en el silencio me dejó claro que ya no había vuelta atrás.

Me bajó el pantalón y el bóxer, y se hincó detrás de mí. Sentí su boca primero. La lengua subiendo y bajando, los labios cerrándose alrededor de mi entrada, la barba de tres días pinchándome la piel sensible. Me lamió largo, sin prisa, hasta que tuve que morder la almohada para no gemir alto. Después me dio vuelta, me sentó en el borde de la cama y se puso parado frente a mí.

—Abrí la boca —dijo.

Era la primera vez que alguien me decía algo así. Lo hice.

Su pene mediría unos catorce centímetros, gruesa la cabeza, marcada la vena del costado. Me lo metió despacio y me sostuvo la nuca con una mano firme. Aprendí en pocos segundos a tragarme la saliva, a respirar por la nariz, a mirar para arriba cuando él empujaba un poco más. Me lo sacaba para que tomara aire y volvía a meterlo. Cada vez más adentro.

Después me dio vuelta otra vez y me puso boca abajo. Escupió. Sentí el primer empujón y el ardor me bajó por las piernas. Me clavé las uñas en la sábana. No quería que parara. Me dolía mucho, pero le dije que siguiera, que no la sacara, que aguantaba.

—Te estás portando bien —me dijo al oído, y me besó el cuello con una ternura que me descolocó—. Mirá cómo me agarrás.

Me cogió varios minutos. Despacio al principio, después con más ritmo. Yo apretaba la cara contra la almohada y sentía cómo cedía algo dentro mío, algo que ya no iba a volver a cerrarse de la misma forma. Cuando estaba por terminar, me agarró las caderas con fuerza y se hundió hasta el fondo. Acabó adentro. Me quedé quieto sintiéndolo retroceder, lleno y caliente, mientras él buscaba un papel sobre la mesa de luz.

—Te embaracé —dijo, riéndose, mientras me limpiaba.

Pensé que era un idiota. Pensé que estaba enamorado. Pensé las dos cosas al mismo tiempo.

***

A la tarde, antes de que los grandes volvieran, abrió un cajón del placard de su madre y sacó una tanga negra de hilo. Me la tiró encima.

—Ponete esto y no te lo saques hasta mañana.

La tela era suave, casi nada. Me la puse delante del espejo y me sentí distinto. Más liviano. Más sometido a algo que todavía no sabía nombrar. Él me miró desde el marco de la puerta y me sonrió como si me hubiera ganado un premio.

—Linda, Damián. Te queda mejor a vos que a la dueña.

Cenamos los dos solos. Volví a sentir el hilo apretado en la cola durante toda la mesa. Mi tía me preguntó por la facultad. Le contesté con frases cortas y se fue conforme. Yo tenía la cabeza en otra parte.

A las once me hizo una seña y bajamos al fondo del patio, detrás del tinglado de las herramientas. La luz no llegaba hasta ahí. Olía a tierra húmeda y a jazmín. Me empujó contra la pared y me besó por primera vez. Fue un beso con dientes, sin paciencia, mientras me bajaba el pantalón. Encontró la tanga, se rió bajito y me la corrió a un lado.

—Arrodillate.

Me arrodillé. Le mamé el pene contra la pared rugosa, con las rodillas hincadas en el cemento. Él me agarraba la cabeza y movía las caderas como si yo le perteneciera. Después me hizo darme vuelta. Me apoyó las manos contra los ladrillos, me arqueó la espalda y me cogió ahí mismo, al aire libre, con la música de la fiesta llegando lejana.

Acabó adentro otra vez. Me dijo que me dejaba marca. Cuando volvimos a la casa, me encerré en el baño y me grabé con el teléfono cómo el semen me caía despacio entre las piernas. Borré el video al rato, pero no antes de mirarlo dos veces.

***

Esa noche, ya en el cuarto del fondo, no fingí dormir. Lo esperé. Vimos otra película con la tanga puesta y su mano metida adentro, jugándome con los dedos cada vez que aparecía una escena erótica. Cuando empezó a besarme la nuca, yo ya estaba empinando la cola sin que me lo pidiera.

Me cogió por tercera vez esa noche, y esta vez sí me gustó del todo. Sin dolor confuso, sin sorpresa. Le clavaba las uñas en los antebrazos para que entrara más profundo. Le pedí que no parara. Le pedí que me dijera de nuevo lo que me había dicho a la mañana, y él lo dijo, una y otra vez, hasta que yo también terminé contra la sábana sin tocarme.

Volví a mi ciudad el domingo a la noche con el hilo guardado en el bolsillo del bolso y un mensaje sin leer en el teléfono. Lo abrí en el bus: era una foto suya, en el espejo del baño, sin remera, con la mano metida adentro del short. Abajo decía: «la próxima venís vos a buscarme».

Fui. Volví. Y volví otra vez. Esa fue la primera. Hubo muchas más.

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Comentarios (6)

Marcos_Tuc

Tremendo relato, me dejo sin palabras. Gracias!!!

NachoDRiver

Me quede con ganas de mas, necesito la continuacion por favor!

SergioMdq

Ay dios mio... como lo contaste me parecio tan real. Muy bueno

pampero1979

Me recordo a algo que vivi hace anos en casa de un familiar, esas cosas que uno no olvida nunca. Muy bien escrito.

NordikLector

Lo que mas me gusto es como describiste la tension previa, ese momento en que uno no sabe bien si avanzar o no. Se nota que escribis desde un lugar autentico y eso hace toda la diferencia. Sigue compartiendo!

SebasQ

jaja el titulo lo dice todo y aun asi uno sigue leyendo hasta el final

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