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Relatos Ardientes

Tres hombres me esperaban detrás de la persiana

Marcos me escribió su número apenas terminamos de chatear en la aplicación. Decía que prefería hablar por mensaje directo, que las pantallas de los perfiles le ponían nervioso y que necesitaba saber con quién iba a quedar antes de citarse. Me pareció una buena señal. Significaba que no era de los que escriben tres frases y desaparecen.

Empezó con preguntas. Muchas preguntas. Mis gustos, mis límites, lo que estaba dispuesto a hacer y lo que no. Todo estaba ya escrito en mi perfil, pero no me molestaba repetirlo. Era su manera de comprobar que el chico de las fotos coincidía con el que respondía al otro lado del teléfono. Yo también le pregunté lo mío. Lo que esperaba de mí. Cuántos seríamos. Si me llevaba a un sitio seguro o si era de los que improvisan en el coche. Sus respuestas fueron claras y no había ninguna discordancia entre lo que él quería y lo que yo buscaba esa tarde.

—Te espero en la plaza del Olivar a las seis —me escribió—. No tardes. Tengo el sitio cerca y los otros ya están allí.

Los otros. Esa palabra se me quedó pegada al estómago todo el viaje en metro.

Llegué cinco minutos antes. Lo reconocí enseguida por la barba. La tenía muy cuidada, recortada al milímetro, y un tatuaje le subía por el cuello hasta perderse detrás de la oreja. Vestía pantalón cargo y una sudadera vieja con manchas de pintura, ropa de quien acaba de salir de trabajar con las manos. Nos saludamos con dos besos rápidos y un apretón corto en el hombro, como si nos conociéramos de antes.

—Vamos —dijo sin más—. Está a la vuelta. No te preocupes por nada, todo va a salir como te conté.

Caminamos en silencio dos calles. Marcos me iba mirando de reojo, midiéndome, y yo iba mirando los portales para tratar de adivinar a dónde me llevaba. Doblamos una esquina y nos paramos delante de una persiana metálica medio bajada. Él se agachó, la subió un palmo más, y me hizo un gesto con la cabeza para que pasara primero.

—Tú delante. Soy caballero —dijo, y la sonrisa le dejó ver el colmillo.

El local era un taller pequeño. Olía a serrín y a barniz. Había una mesa de carpintero al fondo, herramientas colgadas de una pared y, sobre unos tablones apilados a modo de banco, dos hombres sentados que levantaron la cabeza al verme entrar.

Uno era bajo, de piel muy oscura y mirada fija, no debía pasar de los veinticinco. El otro tenía pinta de haber cumplido los cincuenta hacía rato: barriga blanda apretada contra la camisa, barba canosa, los ojos pequeños y muy juntos. Ninguno sonrió. Solo me miraron como se mira a un encargo que por fin llega.

—Estos son Tono y el Jorgeta —dijo Marcos señalándolos con el pulgar—. Tono es el callado. El Jorgeta es el que llevaba semanas dándome la lata para que le buscara a alguien. Chicos, este es el que dije que vendría.

El Jorgeta resopló por la nariz, como si todavía no terminara de creérselo. Tono se limitó a separar las piernas y a llevarse la mano a la entrepierna por encima del pantalón.

—Bueno, no perdamos tiempo —cortó Marcos—. Tengo que estar en casa antes de las nueve.

Se bajó la cremallera y se sacó la polla sin más preámbulo. La tenía a medio crecer, gorda en la base, con el capullo asomando por debajo del prepucio. Me arrodillé sin que me lo pidiera. Era lo acordado y no había nada que negociar.

La cogí con la mano y me la llevé a la boca despacio, primero la lengua por el frenillo, después tragándomela hasta donde podía. En segundos pasó de blanda a dura. Marcos soltó un sonido corto, entre suspiro y risa, y me apoyó la mano en la nuca sin presionar, solo marcando el ritmo.

Al lado, Tono se había puesto en pie. Se bajó el pantalón hasta los muslos y se quedó así, con la polla oscura en la mano, mirándome trabajar a su amigo. No decía nada. Esperaba su turno como quien espera a que se desocupe un baño.

El Jorgeta seguía sentado. Se desabrochó el botón del pantalón pero no se levantó. Era el tercero. Era el que me iba a follar. Lo supe sin tener que preguntarlo.

—Date la vuelta y bájate los pantalones —me dijo de pronto. Tenía la voz ronca, de fumador antiguo.

Le obedecí. Me bajé el vaquero hasta las rodillas y apoyé los antebrazos en la mesa de carpintero. Oí el ruido de sus botas al levantarse, el chasquido de la hebilla del cinturón, y de repente sentí sus manos abrirme las nalgas sin ningún miramiento. Su lengua llegó después. Caliente, gruesa, ensalivándome el ojete con una insistencia que me hizo bufar contra la madera.

Mientras tanto Marcos me había vuelto a apoyar la polla en los labios. La chupaba sin orden, los tres pidiendo al mismo tiempo, los tres metiéndomela y sacándomela según le venía a cada uno. Tono se acercó y me la puso al lado de la de Marcos. Las tenía las dos delante de la boca, intentando alternar lametones, mientras detrás el Jorgeta seguía con la lengua dentro de mí.

Cuando el viejo se incorporó, oí cómo se escupía en la mano y se la pasaba por la polla. No vi de qué tamaño la tenía hasta que la noté apoyada en mi ojete. Más ancha de lo que yo había calculado. Empujó sin avisar y se me escapó un grito ahogado contra el muslo de Marcos.

—Aguanta, aguanta —murmuró Marcos por encima de mí—. Respira. Ya está.

El Jorgeta se quedó quieto, hundido hasta el fondo, dejándome adaptarme. Yo respiraba por la boca, con la frente apoyada en la madera, los puños cerrados. Notaba cada latido suyo dentro de mí, el pulso del rabo expandiendo lo que no estaba listo todavía para que lo expandieran.

—¿Te mola? —preguntó Marcos levantándome la barbilla con dos dedos. La pregunta sonaba a juego. Sabía perfectamente la respuesta—. ¿Era esto lo que esperabas?

—Es mucho —conseguí decir.

—Culo que se folla, culo que queda dolorido. Es la regla. Relájate.

El Jorgeta empezó a moverse. Lo hacía a su ritmo, sin atenderme. Yo no era una persona en ese momento, era el agujero por el que iba a descargar lo que llevaba semanas guardándose, y tampoco fingía otra cosa. Cada embestida me empujaba dos centímetros contra la mesa. Marcos volvió a colocarme la cabeza en su sitio y a meterme la polla hasta la garganta.

Tono fue el primero en perder la paciencia. Me cogió la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca a fondo, sin atender a las arqueadas. Yo babeaba sobre los tablones y agarraba con la mano libre la polla de Marcos para no perder el equilibrio.

—Joder, qué bien —murmuró Tono. Era casi la primera vez que le oía hablar—. Joder. Me corro. Me corro ya.

Se descargó en mi garganta con dos embestidas más. No me dio tiempo a apartarme ni quise. Tragué lo que pude y lo que se me escapó me cayó por la barbilla. Cuando sacó la polla, se la lamí entera y abrí la boca para enseñarle el resto. Pareció gustarle. Asintió una vez, se subió el pantalón y se sentó otra vez sobre los tablones, agotado, como si acabara de venir de correr.

***

Marcos se acercó y me dio dos golpecitos en la mejilla con la polla.

—Ahora yo. No te me vayas todavía.

Empecé a chupársela despacio, recuperando el aliento entre cada movimiento. Detrás, el Jorgeta seguía dándome con una constancia mecánica que ya no me dolía. Mi cuerpo había cedido. Lo notaba abrirse a cada embestida, mojado por la saliva del viejo y por su propio sudor.

—Yo me corro fuera —dijo Marcos—. Abre la boca y saca la lengua.

Le hice caso. Se sacó la polla justo a tiempo y se la sacudió a dos dedos de mi cara. Los dos primeros chorros me dieron en el paladar y me hicieron toser. El resto me cayó en la lengua, espeso, caliente. La volví a coger todavía dura y me la tragué entera, una última vez, antes de soltarla. Marcos sonrió y se apartó, jadeando.

—Te queda el plato fuerte —dijo, y miró por encima de mi hombro al Jorgeta.

El viejo había cambiado de ritmo. Ahora empujaba duro, sin pausa, y mascullaba cosas entre dientes que yo no terminaba de entender. Algo de preñarme. Algo de no soltarme hasta que aprendiera. La mesa crujía bajo nosotros y yo dejé de aguantar el sonido. Empecé a gemir bajo, a mover las caderas hacia atrás para salir a su encuentro. Algo se había soltado dentro de mí. Ya no era el sometimiento del principio, era otra cosa.

—Toma —gruñó el Jorgeta de pronto—. Toma ya. Toma.

Sentí cómo se descargaba dentro. Tres latidos largos, profundos, mientras me clavaba las manos en las caderas. Se quedó así un buen rato, sin sacarla, recuperando el aire. Cuando por fin se retiró, oí el silbido húmedo de su polla saliendo de mí y un quejido bajo, casi de queja, por tener que separarse.

—Quédate como estás —ordenó—. Que te haga una foto Marcos. Quiero ver lo que te he dejado ahí dentro.

Marcos cogió el móvil. No protesté. Mantuve la postura mientras él enfocaba, oí el clic, y solo entonces me levanté con las piernas temblorosas y me apoyé en la mesa para no caerme. El Jorgeta me dio una palmada en una nalga, satisfecho, y se sentó a buscar el tabaco.

—Hay un retrete al fondo si quieres soltar lo que llevas dentro —me dijo Marcos pasándome un rollo de papel.

Cuando salí del baño, los tres habían encendido un cigarrillo y hablaban de fútbol como si yo hubiera venido a arreglarles el grifo. Marcos me ofreció uno. No fumo, pero acepté. Le di una calada corta y se lo devolví.

—¿Qué tal? —me preguntó—. ¿Demasiado bruto?

—Un poco —reconocí—. Pero era lo hablado. Me ha gustado.

—Al Jorgeta sobre todo. Llevaba semanas sin mojar. Ya le decía yo que tenía paciencia.

—Se ha notado.

Me despedí de Tono con la cabeza y del viejo con un apretón corto. Marcos me acompañó hasta la persiana. Antes de salir, me pasó las fotos al móvil. Eran dos. En la primera estaba doblado sobre la mesa, con el rastro de su amigo bajándome por la cara interior del muslo. En la segunda, solo el primer plano. Las miré una vez y bloqueé el teléfono.

—Si quieres repetir, escribe —me dijo dándome una nalgada de despedida.

—Y tú, si se tercia algo —contesté.

Salí a la calle y respiré hondo. El aire frío me espabiló. Caminé hasta la boca de metro despacio, sintiendo todavía la presión del Jorgeta en cada paso, satisfecho de haber salido sin promesas que no quería cumplir. Era lo que habíamos hablado. Ni un beso, ni un preámbulo, ni una palabra de más. Solo lo que estaba en el guion, ejecutado sin adornos. Y a mí, esa tarde, era exactamente lo que necesitaba.

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