Volví a buscarlo después de aquella pelea
Estábamos desnudos, sudados, rodeados de la oscuridad blanda de mi terraza. El viento de octubre nos acariciaba la piel mientras los faros lejanos dibujaban líneas blancas en el cielo. Tariq se incorporó del suelo, todavía con la respiración entrecortada, y le pegó un sorbo largo al refresco que le había acercado durante la videollamada con su madre. Aquella llamada había sido el escenario de nuestra última travesura: hablar con ella desde un supuesto bar mientras nuestros cuerpos rodaban por las baldosas.
—No estoy seguro de que tu madre hubiese aprobado nuestro «bar» —bromeé, todavía con el sabor de su piel en mis labios.
—Te aseguro que a ella no te la hubieses ganado así —se rió, pegando su miembro contra el mío, los dos ya en reposo—. Pero a mí me tienes a punto de caramelo.
Tariq se apoyó en la barandilla y me ofreció el vaso. Su piel oscura brillaba bajo la luz de las farolas, una mezcla de sudor y reflejos amarillos. El frío le había endurecido los pezones y se los acariciaba con la mano libre mientras bebía. Lo miré con esa especie de hambre tranquila que aparece después del sexo, cuando ya no hay urgencia y solo queda el querer estar.
—¿Cuánto hace que no ves a tu madre en persona? —pregunté abrazándolo por detrás.
—Casi dos años. Por eso hablamos tanto por teléfono. Mi idea es ahorrar bien y pagarle el billete para que venga a verme. No quiere vivir aquí, allí tiene a sus hermanas, sus amigas, su iglesia. Pero quiero que conozca esto.
—Es lógico que no quiera dejar su vida —empecé a decir, intentando suavizar la melancolía que se le había metido en la voz.
—No pasa nada —me cortó—. ¿Le has visto la cara cuando te ha visto a ti?
Lo dijo con una energía falsa, esa que se usa para tapar otra cosa.
—Esos son los ojos que quiero que tenga cuando venga. Por eso aguanto lo que aguanto. Y gracias por ayudarme.
Esto último lo soltó mirando al horizonte, con el mismo hilo de voz con el que me había hablado la primera noche, cuando tampoco se había atrevido a sostener la broma del contrato y aquella cláusula imaginaria que hablaba de mí. Le di una palmada en el culo desnudo, sonora y juguetona, para devolverlo a la terraza.
—Podríamos haber sacado dos vasos en lugar de compartir el mismo —dije.
—Sí, pero compartido sabe mejor.
Me miró con una ternura rara, casi infantil, como si temiera que el momento se rompiese en cualquier instante. Me lancé a su boca antes de que la idea cuajara. Tariq me correspondió, metiendo su lengua entre mis labios, y el vaso frío contra mi costado me arrancó un escalofrío. Dejé de besarlo solo para hundir la nariz en su cuello y olerlo despacio.
Las campanas de la iglesia rompieron el momento. ¿En qué instante se había hecho tan tarde? Tariq me dijo que tenía que irse: al día siguiente trabajaba y no podía aparecer con la ropa que tenía esparcida por mi dormitorio.
Nos vestimos. Cogió el retrato que le habían hecho en la feria medieval y lo acerqué a su casa en el coche. Aparqué con suerte cerca del portal y, aunque al principio no pensaba bajar, lo hice. Quería abrazarlo una vez más antes de despedirnos. El cuerpo me lo pedía y yo le hago caso al cuerpo.
—Lo que me faltaba. Oye, negro, ¿sabes que has dejado la cocina con un olor asqueroso a la mierda que cocinas?
La voz venía de nuestras espaldas. Me giré despacio, todavía con la mano apoyada en el hombro de Tariq.
—Buenas noches, Adrián. Perdona, abrí todas las ventanas y puse el extractor —empezó a excusarse él.
—¡Y una mierda! Estoy harto de ti.
El tipo se acercaba con una botella de cerveza en la mano y un balanceo que delataba el alcohol. Tendría veintisiete años como mucho, no muy alto, pero con esa cara de quien busca pelea solo para sentir algo. Adrián, según supe después, era uno de los compañeros de piso. Y, por desgracia, el piso era de mi hermano, que se lo había alquilado sin saber con quién estaba tratando.
—No hace falta montar un espectáculo en la calle —le dijo Tariq con una calma que asustaba.
—Tú a mí no me dices lo que puedo o no puedo montar. ¿Te enteras, negro?
Cada palabra subía de tono. Bajé la voz para que solo Tariq me escuchara.
—¿Este quién es?
—Es Adrián, uno de los del piso. Está pasando una mala racha y se le va.
No entendía nada. Me gustaba la parte empática de Tariq, pero esto no era empatía. Aquel tipo lo insultaba con un desprecio que no se improvisa.
—Nos vemos mañana —me dijo Tariq sin mirarme, los ojos fijos en Adrián—. Súbete al coche.
—¿Cómo me voy a ir? Va bebido y la ha tomado contigo.
—Por favor —se giró y me sostuvo la mirada—. No pasa nada. Bebe y se pone así. Luego te escribo para que sepas que estoy bien.
El «por favor» era firme. Intenté resistirme con los ojos unos segundos, pero su mirada también lo era. Le di una palmada en la espalda y me subí al coche. Cuando salía del aparcamiento, vi cómo Adrián se acercaba más a él. La discusión seguía y los brazos se movían como aspas. Tariq dio dos golpecitos al techo del coche para que me marchara de una vez. Me cago en todo. Me fui a mi pesar.
***
Durante el trayecto no pude pensar en otra cosa. Cuánto aguantaba aquel hombre. Lo de emborracharse y pagarla con él no parecía un accidente sino una costumbre. Una situación inadmisible. Tal vez pudiera hablar con mi hermano, contarle lo que pasaba en su piso a diario y conseguir que lo echara a la calle. «Está pasando una mala racha», me había dicho Tariq. No, no puedes ser tan bueno siempre.
En cuanto llegué a casa puse el móvil a cargar y me di diez minutos. Si en ese tiempo no me escribía, lo llamaría yo. Aquel tipo llevaba una botella de cristal. Qué gilipollas había sido dejándolo allí.
La llamada llegó antes del plazo.
—Buenas noches, capitán —dijo en un intento de broma—. Perdona la hora, pero así te quedas tranquilo y yo oigo que estás en casa.
—¡Que le den a la hora! ¿Qué ha pasado?
—Nada, hemos discutido un poco. Hoy venía más bebido que de costumbre.
—Define «un poco» —lo corté.
—Eso, hemos discutido, pero ya está en su cama durmiendo la mona.
Le colgué y le hice una videollamada al instante. Tardó en aceptarla y, cuando lo hizo, no se le veía precisamente contento.
—Habéis llegado a las manos, ¿verdad? —tenía el labio inferior ensangrentado.
—Sí. Pero esto se pasa en nada.
—¿Pasa mucho? —preferí ignorar su respuesta porque me estaba poniendo de mala leche.
—No, no, no te preocupes —Tariq levantó la mano para gesticular y vi una venda alrededor de los nudillos.
—Eh, eh, para. ¿Qué tienes en la mano? Cuéntame lo que ha pasado. La verdad. No intentes maquillar nada, ¿vale?
Su cara tampoco era de fiesta. Pero yo no podía permitir que ese imbécil le hubiese pegado y que encima saliera él en su defensa.
—Cuando te fuiste se me encaró. Normalmente lo paro con dos frases; es de los que gritan y se agachan en cuanto les sostienes la mirada. Pero entonces vio el retrato, el de la feria, y lo tiró de un golpe. Lo pisoteó gritándome sus lindezas.
Tariq se calló y apartó la cara de la pantalla antes de seguir.
—Me enfadé y lo empujé para que lo soltara. Él me pegó un puñetazo en el labio y yo le devolví otro. Acabamos en el suelo hasta que empezó a llorar pidiendo perdón. Lo subí a la habitación, no podía con su cuerpo, y lo dejé durmiendo.
Pareció leer mi cara en la pantalla antes de que pudiera abrir la boca.
—Mira, sé lo que vas a decir. De verdad te agradezco que te preocupes, sobre todo tú —lo último lo dijo con un hilo de voz—. Pero sé controlar esto. Adrián tiene muchos problemas y bebe porque no sabe encararlos. Mañana se disculpará. No es mal chico, solo le falta madurez. Yo he estado donde está él, y lo último que necesita son más golpes.
«Confía en mí», decía. Le había partido el labio y yo tenía que confiar. Yo sí que le daba más palos a ese cabronazo, una paliza que mañana no pudiera ni levantar el codo para beber, y luego lo dejaba en la puta calle. Pero Tariq estaba al otro lado, callado, esperando una respuesta.
—Me jode mucho. Por mí, ese cabrón estaría mañana en la calle. Puedo llamar a mi hermano y contarle lo que hace uno de sus inquilinos —mi rabia salía sola. Bajé el tono—. Pero estás tú. Dices que has estado donde él. No me lo pones fácil. Voy a confiar por esta vez. Pero como te ponga la mano encima otra vez…
—No metas a tu hermano, te lo pido por favor —me cortó—. Este chico no lo va a hacer más. Te juro que agradezco tu reacción, pero déjame hacer las cosas a mi manera.
Sentí un punzón pequeño en el pecho. Entendía lo que me pedía. Era un hombre adulto, había pasado por lo suyo, no necesitaba que nadie le solucionara la vida porque él ya había aprendido a hacerlo. Pero no era menos doloroso, aunque supiera que no iba contra mí.
—Yo no quería meterme. Solo ha sido un arrebato —acerté a decir.
—Mírame. Hoy ha sido uno de los mejores días desde que estoy en España. A veces me cuesta expresarme y sonó brusco. Eres un tío muy especial y me haces sentir especial. No tendría que haber acabado así.
—Mañana será diferente, pirata —intenté quitarle peso con el mote que había nacido en la terraza—. Lo importante es que, quitando el labio y los nudillos, estás entero. Y para mí también ha sido un gran día. No siempre uno tiene la suerte de oír esas canciones que te cantas en la ducha.
Seguimos hablando un rato más, en un tono más suave. Tariq recuperó esa sonrisa de niño grande, y, aunque me pesaba, sabía que tenía razón. No debía meterme en sus cosas. Por ahora.
***
Cuando desperté fui directo a la ducha. Si Tariq se hubiera quedado, lo más probable es que hubiese llegado tarde al trabajo. Habríamos tardado mucho en salir del baño, aunque sin duda se hubiese ido más contento.
El mercadillo medieval había levantado el campo, pero el artista que nos había hecho el retrato me pasó al móvil la foto de la que partió. Esa foto me dio una idea para reparar lo que Adrián había roto la noche anterior.
Terminé de organizar la casa, fui a la compra y, al volver, llamé a un estudio de fotografía del centro. Quería un retrato grande, montado sobre tabla. La chica que me atendió fue amable: me orientó con los acabados, me dio precio y me pidió que le enviara la foto por WhatsApp. Me citó por la tarde para recoger.
Hice tiempo paseando por el parque. Estas vacaciones siempre me dejan un poco a la deriva; no sé qué hacer con las horas. Sentado en un banco, vi a un grupo de tres chavales de veintipocos pasándose una botella, gritando, riéndose demasiado fuerte. Me recordaron a Adrián. «Yo he estado donde está él ahora», me había dicho Tariq. Me costaba imaginármelo así. Estaba claro que todos tenemos nuestros demonios, pero aquello sonaba a otro Tariq que yo no conocía. Quizá lo entendí mal y se refería a otra cosa.
Casi era la hora. Recogí el retrato envuelto en papel de regalo. «Sois una pareja muy tierna», me dijo la chica al verlo. Yo no había pensado en eso de «pareja» hasta ese momento. Tariq me gusta. Apenas nos conocemos, hay conexión, hay un montón de cosas en común, pero ¿pareja? Dudé un instante. Y entonces decidí ir a verlo, sin más.
Toqué el timbre y me abrió Adrián. No me reconoció: apenas me había visto la cara la noche anterior, Tariq me había metido en el coche antes de que pudiera mirarme bien.
—Buenas tardes, ¿puedo ayudarle?
Era otro. La voz, la postura, los hombros caídos. Casi tímido.
—Busco a Tariq.
—Está en su habitación. ¡Tariq, te buscan!
Me hizo pasar. El gigante apareció descalzo, con un pantalón verde militar ancho y una camiseta negra con el logo de un videojuego que esta vez no terminé de reconocer. El labio seguía un poco hinchado y amoratado. En cuanto me vio cruzó el pasillo a zancadas y me envolvió con sus brazos. Olía a su jabón habitual y al calor que siempre desprendía. Le hundí la nariz en el cuello. Él se giró buscando mi boca y, allí, delante de Adrián, nos besamos.
—Huy, mejor me voy a dar una vuelta y os doy intimidad —dijo Adrián cogiendo unas llaves.
—Adrián —Tariq se separó solo para nombrarlo.
—Lo sé, hermano. No llevo dinero. Gracias por preocuparte —su voz arrastraba un arrepentimiento que parecía real.
La puerta se cerró. Me separé un momento, saqué el paquete del retrato y se lo puse en las manos. Lo abrió allí mismo. Vi cómo a aquel gigante se le iluminaba la cara igual que a un niño al que le acaban de regalar la consola que llevaba meses pidiendo.
Me cogió de la mano y me llevó a su habitación. Colgó el cuadro en la pared retirando otro, que pasó al mueble. En ese mismo mueble seguían los restos del retrato de la feria. No los había tirado. Había intentado pegarlos, pero el destrozo era demasiado.
—¿Qué te parece? —dijo orgulloso, mirando desde lejos—. Ya ni ventana ni nada. Lo primero que mire al despertar será esto.
No respondí. Lo besé. Mi lengua buscó la suya y se frotaron despacio. Le aprisioné la lengua entre los labios y se la succioné mientras sus manos me agarraban del cuello. De tanto beso me emocioné y le mordí el labio. Soltó un quejido. Había olvidado por completo la herida.
—Perdona, me dejé llevar. Déjame ver.
Lo senté en la cama y le examiné el labio. Un cortecito que le iba a dar guerra unos días. Le cogí la mano: nudillos arañados. Lo miré para regañarlo, pero su gesto ya respondía, y lo dejé pasar.
Me senté sobre sus muslos y empecé a comerle el cuello mientras le subía la camiseta. Su pecho peludo, ancho, me esperaba debajo. Le levanté un brazo, marcándome con la lengua la ruta que iba a recorrer. Lamí cuello, pecho, y hundí la cara en su axila. Olía a jabón y a su propio aroma, ese que me convierte en animal. Mientras mi nariz se quedaba allí, mis manos le apretaron los pezones duros, rodeados de vello negro y áspero.
Sus manos se colaron por debajo de mi camiseta, buscando los míos. Sentado sobre él, lo notaba crecer entre mis nalgas. Me aparté un poco sin bajarme, deslicé la mano por su ombligo y le agarré la entrepierna sobre la tela. La cabeza se le echó hacia atrás. Me mordí el labio al verlo así.
Cuando regresó a mi boca, su lengua entró despacio, cálida, y salió aún más despacio. La mía la siguió a su ritmo. La habitación se llenó del ruido húmedo de nuestras lenguas separándose y volviéndose a juntar.
Me movió para que me pusiese de pie y, de un tirón, me arrancó el pantalón y la ropa interior. Me subió a la cama, me sacó la camiseta y empezó a morderme los pezones con la presión justa para que le agarrara la cabeza y se la pegara más al pecho. Sus dedos se perdieron entre mis nalgas, las separaba, las apretaba, y de vez en cuando un dedo dibujaba la ruta hasta mi ano.
Sin soltarme, se fue reclinando en la cama y me llevó poco a poco hasta que me senté sobre su pecho. Cuando se tumbó del todo, me agarró las muñecas y me ayudó a sentarme sobre su cara. Tuve que apoyarme con las manos en la pared para no caerme cuando sentí su lengua entrar en mí. Sus manos enormes me separaban las nalgas mientras su lengua raspaba, succionaba, sin despegarse ni un milímetro. Los escalofríos eran tan fuertes que las manos en la pared dejaron de ser opcionales.
Noté cómo su boca se alejaba y escupía sobre mi ano. Luego volvió a devorarlo. Su lengua consiguió pasar la primera puerta. Mis gemidos subieron y mi cadera empezó a pedir más. Tariq liberó una mano y me la acercó a la cara, acariciándome los labios. Me incliné y le lamí los dedos como si fuesen su polla. Se los metí hasta donde la postura permitía, los empapé en saliva, los recorrí enteros.
Cuando consideró que era suficiente, mi ano —todavía con su lengua dentro— recibió la visita del primer dedo. Entró bañado en mi saliva. Luego el segundo. Y un tercero. Lo notaba frotarse, alcanzar mi próstata mientras su lengua se quedaba en la puerta y bajaba hasta mis testículos, que olía, besaba y metía con suavidad en su boca.
Sin previo aviso me tumbó boca arriba en la cama, volvió a introducirme los dedos, y esta vez sí, esta vez golpeaba la próstata de pleno. Me agarré a sus hombros desnudos e hice malabares para mantener las piernas levantadas. Y entonces su boca se tragó mi polla entera. Notaba su garganta succionar mientras sus dedos me palpitaban dentro.
Sacó mi polla despacio, recorriéndome el tronco con los labios, y se quedó solo en el glande. Empezó a succionar la punta como quien bebe de un biberón. En pocos segundos noté algo que no había sentido en la vida. Me entró un poco de pánico y le avisé entre gemidos para que se apartara, pero no lo hizo. Con la mano libre alargó el brazo y empezó a darme palmaditas suaves en el estómago mientras sus dedos seguían trabajando.
Exploté. No fue semen. Al principio pensé que me estaba meando, pero todo era producto de la fricción en la próstata. Salió un líquido que le mojó la cara y me llegó al pecho. Tariq levantó la vista con una sonrisa enorme y dejó salir mi polla de su boca.
Se tumbó sobre mí, también empapado, y me metió la lengua en la boca para compartir el sabor: ligeramente dulce, definitivamente no era semen.
—Tranquilo, capitán, no te has meado —dijo agarrándome la polla, todavía más dura que antes—. Tu pirata te ha desenterrado un tesoro que estaba muy bien escondido.
Me guiñó el ojo y volvió a besarme. Esta vez fue él quien me mordió el labio, y yo gemí, pero no de dolor.
Intenté quitarle el pantalón mientras nos besábamos, pero no llegaba y lo terminó él. Su rabo duro se frotaba contra el mío. Con el líquido todavía resbalando entre los dos, todo era más cálido, más fluido.
—Métemela, por favor —le susurré al oído mientras parábamos a tomar aire.
Estaba tan dilatado que entró sin esfuerzo. Sentir su vello púbico contra mis nalgas era una gozada, pero nada comparado con lo que vino después: me sujetó la cara con las manos para que no le retirara la mirada, se apoyó sobre las rodillas y empezó a taladrarme a puro movimiento de cadera. Intenso. Profundo. Morboso. Se relamía el labio, bufaba como un animal.
Mis manos recorrían sus caderas estrechas. Sus ojos fijos en los míos. Nuestras caras estaban tan cerca que notaba su aliento, su respiración, su sudor cayéndome en la frente. En la habitación solo se oían nuestros bufidos. El aire era denso y húmedo.
—Me voy a correr —bufó.
—Hazlo. Márcame el punto del tesoro, pirata —le respondí mientras me agarraba la polla para acompañarlo.
Su pene entraba y salía dejándome un vacío profundo que se llenaba al instante, hasta el máximo, ocupando todo. Sus testículos golpeaban contra mí. Eso me calentaba más.
Sentí cómo crecía dentro. Un último empujón lo dejó clavado y su cara soltó un suspiro animal, los ojos en blanco. Calor, mucho calor. Me estaba regando por dentro. Esa sola idea, sumada a la imagen de sus ojos perdidos, me hizo explotar a mí también. Tres latigazos llenaron su piel oscura con mi leche blanca y espesa.
Tariq se derrumbó sobre mí. Empapados en sudor, en semen y en ese líquido extraño que aún no sabía cómo nombrar pero que me había llevado a un sitio que desconocía.
Recuperando el aliento, nos besamos despacio, mirándonos. Parecíamos dos críos que acaban de hacer una travesura. Cada vez que nuestros ojos se cruzaban se nos escapaba una risa tonta, sin motivo, al unísono.