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Relatos Ardientes

Volvió a buscarme seis años después de la tormenta

Agosto de 2017.

Era medianoche cuando, después de varias rondas de cerveza y un par de botellas de tequila, mis mejores amigos y yo juramos convertir aquello en una tradición. «Cada fin de verano volveremos a este bosque, miraremos juntos el atardecer y el amanecer, y cargaremos las baterías para todo el año», dijo Lucas levantando el vaso. La fogata crepitaba, la risa de Sebastián se mezclaba con las voces de los demás, y por un instante creí que el tiempo iba a detenerse para nosotros.

Junio de 2023.

La vida adulta pesaba más de lo que recordaba. Llevaba dos años fuera de la universidad, tenía un puesto decente en una consultora del centro y, sin embargo, los lunes y los jueves se confundían en una sola línea recta. Mi grupo de amigos se había transformado en compañeros de trabajo con los que tomaba alguna cerveza después de las seis o jugaba al fútbol los sábados con el equipo de la empresa. Nada se sentía auténtico, y lo peor era que ni siquiera me quedaba energía para preguntarme por qué.

Siempre fui de carácter optimista, pero últimamente me sorprendía recordando demasiado el pasado. Tenía la fea costumbre de extrañar lo que en su momento no supe disfrutar.

Esa tarde, saliendo de la oficina, el celular vibró con un número que no tenía guardado. Lo ignoré. Más tarde, ya dentro del coche, abrí el mensaje.

«He estado pensando en ti».

«¿Quién eres?», respondí.

«Sebastián. Asumí que aún tendrías mi contacto».

«¿Sebastián qué?»

«Secundaria. Juramos ser amigos para siempre, ¿te acuerdas? Hasta que… olvídalo. Solo quería saber si estabas bien».

Dejé de contestar. No supe explicarme a mí mismo por qué. Una parte de mí necesitaba volver a oír su voz; otra prefería seguir fingiendo que lo había superado. Esa noche, después de cenar, el teléfono volvió a vibrar. Esta vez era una llamada, y reconocí el número de inmediato.

—¿Hola? —dije apenas.

—Necesito verte. Quiero hablar contigo —su voz sonreía, y eso me molestó más que cualquier otra cosa.

—La verdad es que estoy bastante ocupado.

—Sábado a las seis. La Trastienda —me cortó antes de que pudiera inventar nada—. No te atrevas a fallarme, Mateo.

—Bueno, voy a revisar mi agenda…

—Demasiado tarde —se rio—. ¿Quién carajo tiene agenda a los veintiocho?

—Yo…

—El sábado me lo explicas. Ahí te espero.

El resto de la semana transcurrió con una lentitud dolorosa. Cada vez que pensaba en el sábado se me cerraba el estómago. Aun así, no falté.

Me puse unos jeans oscuros y un polo negro, y llegué con quince minutos de adelanto. Lo vi sentado solo, con una pierna cruzada sobre la otra y la mirada perdida en la calle. Seguía siendo guapo de esa forma incómoda que sentía como un golpe en el pecho.

—Vaya, tú no cambias —dijo levantándose con una sonrisa amplia—. Ven aquí.

Me envolvió en un abrazo cálido que duró un segundo más de lo necesario. Olía a una colonia distinta, más adulta, pero por debajo seguía estando él.

—Hola —murmuré.

Pedimos una cerveza, después otra. La conversación arrancó por donde arrancan estas cosas: el trabajo, los padres, la ciudad. Hablamos de todo menos de parejas. No sé si fue casualidad o cortesía. Yo lo agradecí.

—Quiero hacerlo otra vez, Mateo —dijo de pronto.

—¿Hacer qué?

—El viaje. Como cuando éramos niños.

—No sé, Sebastián. La última vez…

—Ya lo sé. Pero escúchame, de verdad lo necesito. Creo que todos lo necesitamos.

—¿Todos?

—He estado hablando con los demás. Lucas también está dentro.

—Discúlpame —dije con la voz quebrándose un poco—. Yo ya no pertenezco a ese grupo.

Sebastián se llevó las dos manos a la boca. Cuando habló, su voz salió temblorosa.

—Sé que lo que hice estuvo mal. No, espera, no es eso. No me arrepiento de lo que hicimos, no contigo. Me arrepiento de cómo me comporté después.

Sus ojos verdes me sostuvieron la mirada. La pierna le temblaba bajo la mesa.

—Mira, Sebastián —me acomodé en la silla—, lo que pasó ya está en el pasado.

—Mateo, por favor. Me importas. Aún me importas. Te quise. Y te quiero. Fui un idiota y un cobarde. Me asusté porque sentí algo, y porque por más que lo deseaba, también me daba terror.

Me quedé en silencio. Los ojos me ardían. La cabeza se me llenó de aquella otra noche.

***

Agosto de 2017.

La brisa del bosque chocaba contra el calor de la fogata. Era la primera noche del campamento, y Lucas, líder por consenso, estaba contando una historia de terror con voz dramática, gestos exagerados y silencios calculados. Los cinco lo escuchábamos sin pestañear, tanto que ninguno notó la tormenta formándose sobre nuestras cabezas. En el clímax, un trueno reventó el cielo iluminando todo el campamento. Segundos después, la lluvia empezó a caer en serio.

—¡Refugio! —gritó Lucas dramatizando—. ¡Corran, miserables!

Sebastián y yo corrimos a la tienda que compartíamos. Llegamos calados hasta los huesos, riendo, jadeando.

—Qué frío, joder —dijo abrazándose a sí mismo.

—Qué poco aguantas —gruñí—. Quítate eso, vas a mojarlo todo.

Empezó a desvestirse delante de mí, sin pudor. Se sacó la sudadera empapada y la camiseta de debajo. Su cuerpo había cambiado mucho en los últimos meses. Más vello en el pecho, más músculo en los brazos, una sombra de barba que antes no tenía. Yo lo estaba mirando, y los dos lo sabíamos.

—¿Te vas a quedar ahí parado, o también te vas a cambiar? —dijo burlón—. Estás dejando un charco.

—Eh, sí. Ya voy.

Sebastián era mi mejor amigo. Todos lo eran, pero él era distinto. Era mi lugar seguro, y yo el suyo. Llevaba un tiempo sintiendo cosas que no sabía cómo nombrar. En privado siempre fue más afectuoso conmigo que con los demás, pero yo no había encontrado el valor para decir nada. El miedo a perderlo pesaba más que cualquier deseo.

Me desvestí también. Quedé en bóxer y me metí debajo de mi cobija. Él se dejó una camiseta blanca de tirantes y los calzoncillos negros, y se metió en la suya, a un brazo de distancia. La lluvia golpeaba la lona con un ritmo hipnótico.

—Mateo —susurró.

—¿Sí? —dije girándome hacia él.

—¿Combinamos las cobijas?

—¿Cómo?

—Una arriba y otra abajo. Hace frío de verdad.

—Vale.

Se levantó, hizo el acomodo y volvió a meterse. Esta vez quedamos pegados, sin un centímetro de aire entre los dos. Sentía su respiración tibia en la nuca.

—¿Tienes sueño? —preguntó en un tono que ya no era el de un amigo cualquiera.

—Un poco. Las tormentas me ponen nervioso.

—A mí también. ¿Puedo abrazarte?

Su pregunta me cayó encima como otro trueno. Llevaba meses imaginándolo, y de repente él lo pedía con la naturalidad con la que pediría un vaso de agua. Asentí sin hablar. Su brazo me rodeó la cintura y su pecho se pegó a mi espalda. Olía a sudor, a humo de fogata y a algo más, algo que reconocí porque lo había deseado mil veces.

Sentí sus labios cerca de mi cuello. No me besó al principio. Solo respiraba ahí, como si estuviera juntando coraje. Después fue una caricia. Una boca apoyada contra la piel. Después otra, más arriba, detrás de la oreja.

—Sebastián —susurré.

—Si me dices que pare, paro.

No le dije nada.

Me giré despacio hasta quedar frente a él, bajo las dos cobijas, con la lluvia rugiendo afuera. Lo besé yo, finalmente, con el miedo y el deseo enredados en la misma respiración. Su boca era cálida y sabía a cerveza. Sus manos bajaron por mi espalda y se aferraron a mi cintura como si llevaran años esperando ese momento.

Aquella noche, en silencio para que el resto del grupo no nos escuchara, nos descubrimos. Le quité la camiseta y reconocí cada lunar con los dedos. Él me bajó la ropa interior y me tocó como nadie me había tocado nunca, con una mezcla de torpeza y devoción que me partió por dentro. Su mano envolvió mi sexo despacio, midiéndome, aprendiéndome. Yo hundí la cara en su cuello para no gemir.

Después fui yo quien lo recorrió a él. Bajé con la boca por el esternón, por el vientre, hasta la línea de vello que se perdía bajo el elástico. Lo escuché soltar el aire entre los dientes cuando lo tomé en la boca por primera vez. Tenía el sabor salado de la lluvia y de las horas que llevábamos sin hablar de esto. Le aguanté la mirada mientras lo hacía, y él me sostuvo el pelo con una ternura que no encajaba con lo que estábamos haciendo.

Hicimos lo que en otra vida habríamos hecho desde mucho antes, lo que llevábamos años postergando con miradas, abrazos y silencios. Fue mi primera vez con un hombre, y la única con él.

Cuando terminamos, con la frente apoyada contra la mía, me dijo «te quiero» en una voz tan baja que aún hoy dudo si la escuché o me la inventé. Me dormí con su brazo encima y la lluvia disminuyendo afuera.

Al día siguiente no me miró a los ojos. Tampoco al siguiente. Para cuando bajamos del bosque, ya había vuelto a ser un amigo más, y a las pocas semanas se mudó de ciudad sin despedirse.

***

Junio de 2023.

Salí del bar con un nudo en la garganta y los ojos cargados. Cuando subí al coche, las lágrimas empezaron a rodar solas. ¿Cómo se atrevía a aparecer después de seis años? ¿A reabrir una herida que yo había aprendido a tapar con trabajo, rutina y silencios? ¿A pedirme, encima, que jugara otra vez al mismo juego?

A la mañana siguiente había un mensaje de Sebastián esperándome. Todavía no había guardado su número, como si negarme a teclear su nombre en la agenda fuera una forma de mantenerlo afuera. Hice lo que cualquier adulto responsable habría hecho: metí el celular en el maletín y lo dejé ahí toda la jornada.

No estaba evadiendo nada, me dije. Era una situación de la que yo ya había salido. No tenía interés en contestar, ni en volver a verlo, ni en escuchar otra vez su «te quiero» a media voz para después verlo huir.

Pero por la noche, antes de dormir, abrí el mensaje.

«Sé que dijiste que no. Pero esta vez no me voy a ir».

Lo leí tres veces. Apagué la luz y me quedé mirando el techo, sintiendo en la nuca el fantasma de un aliento tibio y el ruido lejano de una lluvia que ya no caía en ninguna parte.

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Comentarios (5)

epsilon22

increible!! me dejo sin palabras

LuchoMdz22

Por favor una segunda parte, como termino eso??? Quede con ganas de mas!

BrunoLector

Muy bien escrito, se nota que viene del corazon. Esas historias que tienen espera son las mejores.

Miriam_GDL

Me recordo tanto a algo que viví hace años... las historias que duermen seis años y despiertan de golpe son las mas intensas. Gracias por compartir esto.

NachoPrieto

jaja la tienda de campaña y la cobija... clasico jajaja. Muy bueno

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