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Relatos Ardientes

La noche que mi mejor amigo se quedó a dormir

Esta historia que cobró forma una sola noche nació diez años atrás, en un aula de primaria con olor a tiza y cuadernos sin estrenar.

Iván era el chico ruidoso, el que hacía reír al profesor sin querer y el que tenía a media clase pendiente de su próxima ocurrencia. No le importaba decir lo que pensaba en voz alta y poseía esa rara facilidad para que cualquiera se sintiese cómodo a su lado a los cinco minutos.

Daniel era todo lo contrario. Acababa de llegar a la ciudad desde un pueblo del norte y ese primer día se sentó al fondo, pegado a la ventana, intentando hacerse pequeño detrás de la mochila.

Eran opuestos en todo y quizá por eso, esa misma mañana, esta historia empezó a escribirse sin que ninguno lo supiera.

—¡Me encanta este sitio! Va a ser nuestra zona secreta, los profes no nos van a ver desde aquí —le soltó Iván dejándose caer en la silla de al lado—. Soy Iván. Vamos a ser amigos.

Y lo fueron. Donde iba uno, el otro iba detrás. Iván se apuntó a baloncesto, Daniel también, aunque odiase correr. Daniel se enganchó a los libros de fantasía, Iván se sentaba a su lado fingiendo que leía mientras le miraba el perfil de reojo.

Las familias acabaron haciéndose amigas porque no les quedó más remedio. Los dos pasaban más tiempo en casa del otro que en la propia.

Los años pasaron y la amistad no se rompió. Aprendieron a hablarse con miradas que el resto del grupo no entendía, a tener bromas privadas que duraban semanas, a quedarse hasta las tantas hablando sin decir nada importante.

Entonces apareció Lucía. Compartía con Daniel el club de lectura y, con cada semana que pasaba, él la traía más veces al grupo, hasta que una tarde la presentó como su novia.

Iván supo aquella tarde lo que era el amor. En realidad lo sabía desde hacía años, solo que nunca se había atrevido a ponerle nombre. Tuvo que escuchar a su mejor amigo describir lo que sentía por una chica para entender que él sentía lo mismo, pero por Daniel.

No dijo nada. Tragó. Empujó eso a un rincón oscuro de la cabeza y siguió siendo el mejor amigo de siempre, el que se reía de los chistes malos y el que le hacía los deberes de matemáticas a cambio de comida.

Le tocó incluso pegarse por él. Una noche, en una fiesta, Daniel pilló a Lucía besándose con otro en el baño. Daniel, que jamás se había metido en una pelea seria, le devolvió el primer puñetazo. El otro era más grande y la cosa se torció. Iván vio cómo lo tiraban al suelo y algo dentro de él reventó. Acabó la madrugada con los nudillos en carne viva y el otro tipo con el tabique desviado.

La relación con Lucía terminó esa misma noche. Daniel estuvo unos meses apagado, como un coche al ralentí. Después, poco a poco, volvió a ser él.

Una tarde estaban tirados todo el grupo en el sofá del bar de siempre. Daniel acabó tumbado con la cabeza sobre las piernas de Iván, como hacían de críos.

—Qué bueno está siempre tu sándwich —dijo Daniel después de robarle un bocado al de atún—. Lo echaba de menos.

—Lo que echabas de menos era que yo te diera de comer en la boca, listo —Iván le acercó otro pedazo y Daniel lo mordió.

—¿Sabes? A Lucía le ponía nervioso esto —dijo masticando—. Decía que era raro, que dos amigos no se abrazan tanto.

—Ya, ya, claro.

—A mí me sale solo. Te quiero mucho. Y a tu sándwich también.

Iván se rio y le revolvió el pelo, que Daniel llevaba un poco largo. Por dentro pensó que Lucía no se había equivocado tanto. Para Daniel quizá era afecto puro. Para él, hacía años que era otra cosa.

***

Esta historia nos lleva a esa noche, que pudo haber sido una más. Iván se quedó a dormir en casa de los padres de Daniel, como tantas otras veces.

Cenaron pizza, vieron media película y subieron al cuarto a jugar a la consola. Daniel era malísimo. Iván le ganaba partida tras partida sin esforzarse y Daniel se enfadaba con esa rabia de mentira que siempre le hacía reír.

En una partida pareció que iba a ganar por fin. Iban empatados hasta el último segundo y entonces Iván sacó un movimiento sucio de los suyos y le robó la victoria.

—¡Cabrón, qué suerte tienes, qué puta suerte! —gritó Daniel sentándose de golpe en la cama.

—Suerte. Claro. Cuando lleva diez horas sin ganarme una, lo llama suerte.

Daniel se lanzó sobre él para quitarle el mando. Iván, tumbado de espaldas, estiró los brazos por encima de la cabeza y sostuvo el mando colgando por fuera de la cama. Daniel se subió encima, le hacía cosquillas en las costillas, intentaba alcanzarlo apretando todo su cuerpo contra el suyo.

Y entonces el objetivo se torció.

Daniel se quedó quieto a medio camino, con la cara muy cerca, y los labios se le rindieron sobre los de Iván. Fue un beso brevísimo, apenas un contacto, pero el tiempo se paró igual. Algo que Iván llevaba años deseando y que Daniel, sin saberlo, no se había atrevido nunca a hacer.

Se quedaron así, sin moverse. Las bocas pegadas, la respiración acelerada, el mando cayéndose al suelo desde la mano floja de Iván.

El golpe del mando contra el parquet rompió el hechizo. Daniel se incorporó rojo hasta las orejas y empezó a balbucear una disculpa, intentando separarse. Iván lo agarró por la cintura y no lo dejó.

—Perdóname tú a mí —dijo con la voz temblando—. Por no haber tenido el valor que has tenido tú.

Daniel se quedó sentado sobre su regazo, mirándolo. Iván le subió una mano por la espalda hasta la nuca y, muy despacio, le acercó la cara. El corazón se le iba a salir del pecho. En la habitación solo se oía la respiración entrecortada de los dos.

El segundo beso fue suyo. Torpe al principio: era el primer beso real que daba. Cuando Daniel notó la lengua del otro, le abrió la boca y le hizo de anfitrión. Jugaron, se conocieron de esa otra manera. Daniel le mordió suavemente el labio inferior y lo miró a los ojos. No hacían falta palabras. Llevaban diez años hablando con miradas.

Iván se separó un instante solo para mirarlo. Aquel chico delgado, de piel muy blanca, ojos verdes enormes y pelo negro algo revuelto. Cuántas veces había soñado con besarlo, con acariciarle el pecho que tantas veces había visto en la playa fingiendo mirar al mar.

Apoyó la frente contra su hombro y lo besó otra vez, con ternura, acariciándole el pelo de una forma distinta a las cien mil veces anteriores. Ya no era una broma. No quería despeinarlo. Quería que ese momento durase toda la noche.

Daniel, con las manos de su amigo bien sujetas a las caderas, se sintió seguro. Iván siempre había tenido ese don, hacer fáciles las situaciones difíciles. Notó cómo el cuerpazo que tenía abrazado temblaba contra él. Le acarició la barba corta con la que tantas veces se había metido y le buscó la boca otra vez, ahora con más calma, con más control.

Iván aprovechó la postura para subirle la camiseta y sacársela por la cabeza. Pasó las manos por el torso desnudo, por el vello suave que conocía de memoria de tantos veranos. Le besó el cuello, alternando lametones y mordiscos pequeños, hasta que Daniel le apretó la cabeza contra la piel para que no parara.

Ese gesto le devolvió a Iván la confianza que se le había escapado al principio. Bajó las manos hasta el abdomen, jugó con los pezones entre los dedos mientras la lengua seguía dejando marcas en el cuello. Subió por los brazos hasta las muñecas, se las juntó por encima de la cabeza y lo tumbó de espaldas en la cama, cayendo encima.

Se quedaron mirándose. Daniel se mordía el labio sonriendo, intentó atraerlo con las piernas. Iván negó muy despacio con la cabeza, sin soltarle las muñecas.

Se sentó sobre él. Daniel empezó a mover las caderas por debajo, frotándose, suplicando sin decir nada. Iván bajó a un pezón, lo lamió, lo recorrió con los dientes con cuidado. Pasó al otro y volvió, restregando la cara por el vello del pecho. Cuando los gemidos de Daniel se hicieron más fuertes, le volvió a la boca y se besaron como si respirar dependiese de ello.

—Cabrón, suéltame, déjame toc… —empezó Daniel, los ojos brillantes.

Iván lo calló con un «shhh» muy bajo en el oído y movió la pierna para impedirle seguir frotándose.

Le lamió los labios, le mordió la barbilla, le recorrió el cuello entero hasta la clavícula. Mordió ahí también, escuchó cómo Daniel se quejaba intentando soltarse. Bajó por el pecho, siguió con la lengua el camino de vello del estómago hasta el elástico del pantalón.

Se paró. Miró a Daniel a los ojos y pegó la cara contra la dureza marcada en la tela. Inspiró fuerte, exagerándolo. Daniel asintió con la cabeza, sin aire. Iván le mordió la cintura del pantalón y empezó a bajárselo. Tuvo que soltarle al final las muñecas para terminar de quitárselo. En cuanto las manos quedaron libres, Daniel se las hundió en el pelo y lo apretó otra vez contra su cuerpo, queriendo más.

Iván volvió a empezar el camino, pero esta vez por encima del calzoncillo, donde había una mancha grande de humedad. La olió. Sacó la punta de la lengua y lamió la tela, muy despacio, asegurándose de que Daniel lo miraba.

El bufido que dio Daniel se oyó en toda la habitación.

Una mano empezó a masajearle los testículos por encima del algodón mientras la lengua seguía con la tela. La otra se coló por la cintura del calzoncillo por detrás, agarrándole una nalga. Iván le acarició la entrada con la yema de un dedo, sin entrar, solo rozando.

—No seas malo, tío, me tienes a… —intentó decir Daniel.

Iván se lanzó otra vez a su boca para callarlo. Le puso un dedo en los labios y le susurró un «shhh» pegado a la oreja. Después le metió ese mismo dedo en la boca para que lo mojara bien.

Cuando lo creyó suficiente, volvió abajo. Bajó el calzoncillo de un tirón. La polla de Daniel saltó libre, dura, marcada de venas, con la punta brillante. Iván le acercó la boca sin tocarla, dejando solo el aliento caliente rozándola.

—No seas malo —lloriqueaba Daniel, intentando guiarle la cabeza.

Iván le apartó la mano sin dejar de mirarlo. Lo dejó suplicar un poco más. Entonces lamió desde la base hasta la punta, jugó con la lengua en el frenillo, le besó la cabeza con cuidado y se la metió entera, despacio, dejándola toda mojada. A la vez, el dedo húmedo bajó hasta la entrada y empezó a hacer círculos, abriéndola poco a poco.

Daniel se aferró al pelo de Iván como si el mundo se acabase. Sintió la lengua, el dedo, la garganta, todo a la vez, y supo que no iba a aguantar mucho así. Tiró del pelo hacia arriba para detenerlo.

—Espera. Sube. No quiero correrme todavía.

Iván volvió a su altura. Se besaron sin prisa, mirándose entre beso y beso. No hacían falta palabras. Era lo que llevaban años queriendo, y por fin era esa noche.

Daniel le arrancó la camiseta del pijama. El cuerpo de Iván, marcado por el trabajo físico, le tentaba desde hacía años. Le mordió los pectorales, bajó a los pezones, fue más suave ahí. Le bajó el pantalón y se lo dejó solo en unos calzoncillos grises que se le pegaban a una erección bastante más gruesa que la suya.

Lo lamió por encima de la tela, igual que había hecho Iván antes. Después le dio la vuelta, lo puso boca abajo, le abrió las piernas y le besó las nalgas duras. Le dio un azote sin demasiada fuerza y se rio bajito cuando vio cómo Iván levantaba un poco el culo, pidiendo más.

Le bajó el calzoncillo hasta las rodillas, separó las nalgas y se hundió ahí con la lengua. Lamió desde el perineo hasta la entrada una y otra vez, escupió, masajeó con un dedo hasta que entró, y volvió a sustituir el dedo por la lengua, metiéndola, moviéndola, succionando como si fuera otra boca.

Iván perdió el equilibrio. Se le escapó un gemido grave y empujó el culo contra la cara de Daniel pidiendo más.

Daniel lo soltó solo para girarlo otra vez y por fin verle la polla, la que tantas veces le había mirado de reojo en los vestuarios del gimnasio. Era oscura, más oscura que el resto de la piel, gruesa, con los testículos pesados. Le mordió los muslos hasta llegar a ella y se la tragó. Le costó. Casi se le saltaron las lágrimas. Iván intentó separarlo y él le apartó las manos. Consiguió bajar la nariz hasta el pubis y se quedó ahí, succionando, igual que él le había hecho antes.

Los bufidos de Iván eran cada vez más fuertes.

Daniel paró para coger aire. Iván aprovechó para levantarlo y sentárselo encima. Su polla húmeda quedó atrapada bajo el peso de Daniel, palpitando contra él. Daniel se levantó un poco, la posicionó contra su entrada, la dejó ahí, jugando, mientras se besaban como animales.

Se incorporó, empujó a Iván de espaldas contra el cabecero y se puso de pie sobre la cama. Le agarró la cara y le acercó la polla a la boca. Iván no podía estar más excitado. Le agarró el culo con las dos manos y se la metió hasta el fondo, ayudándolo a embestir, manteniéndosela dentro, succionando como Daniel le había hecho antes.

Un dedo de Iván volvió a buscar la entrada de Daniel. Empezó a entrar y salir mientras le follaba la boca. Daniel se sintió cerca del límite y se apartó. Sin decir nada, se giró, apoyó las manos contra la pared y le bajó el culo a la boca a Iván.

Iván empezó a comerle la entrada de una forma brutal. Lengua larga, dura, entrando, saliendo, presionando. Daniel tenía que morderse el dorso de la mano para no gritar y despertar a toda la casa. La polla le bailaba con cada lametón.

Las piernas le fallaron. Cayó hacia delante, entre las piernas de Iván, con el culo en pompa. Iván se incorporó, lo abrazó por la espalda, le mordió el cuello, le pellizcó los pezones, le pasó la mano por el abdomen, le agarró la polla. Se llenó la mano de su líquido y lo usó para untarse a sí mismo y la entrada de Daniel.

Lo abrazó muy fuerte. Apuntó la punta contra la entrada y empezó a empujar, despacio, parando, frotándose, hasta que entró.

Daniel apretó la mano que tenía sobre la de Iván. Aguantó. Se quedaron quietos un rato, Iván besándole la espalda, la nuca, las orejas. Hasta que fue el propio Daniel quien empezó a moverse contra él, marcando el ritmo, gimiendo bajito, mordiéndose el dorso de la mano para no hacer ruido.

Iván se volvió más salvaje con cada embestida. Le apretaba las caderas como si quisiera fundirse en él para siempre. La follada fue subiendo, más rápida, más fuerte, hasta que no pudo más y se corrió dentro de él, un latigazo que lo dejó sin aire. Cayó rendido sobre la espalda de Daniel.

Salió despacio y se dejó caer a su lado. Se abrazaron y se besaron, mirándose la cara de muy cerca, como si la estuvieran viendo por primera vez.

Daniel lo giró en posición de cuchara, le levantó una pierna y empezó a empujar contra él. Iván giró el cuello, buscándole la boca. Cuando Daniel entró, los dos estaban en un beso muy húmedo.

La follada de Daniel fue lenta, casi tierna. Entraba, salía casi del todo, volvía a entrar, se quedaba dentro un rato. Iván empezó a mover las caderas siguiéndole el ritmo, sin gemidos, ahogados por los besos.

Después se puso a cuatro patas, miró a Daniel por encima del hombro y se separó las nalgas con las manos. Daniel entendió. Se colocó detrás, lo agarró por las caderas y le clavó la polla larga hasta el fondo. Empezó a moverlas él, llevando el ritmo.

El sudor les corría por la espalda. Los gemidos de Iván salían convertidos en bufidos contra la almohada. Cuando Daniel explotó, lo hizo como no había explotado nunca. Se dejó caer encima y los dos rodaron hasta quedarse abrazados, desnudos, en la misma cama donde de niños habían dormido cien veces hablando hasta las tantas.

Iván le besó la frente. Daniel sonrió y le buscó otra vez la boca.

Esa noche les iba a marcar la vida. Un amor que había nacido en un aula de primaria con olor a tiza y que se había hecho esperar diez años para encontrar la forma exacta de decirse en voz alta.

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Comentarios (4)

MatiasVz

excelente!!! quiero mas de esto

Iker

muy buen relato, se siente autentico. La tension del principio esta muy bien lograda

SantiagoB_

Por favor una segunda parte!!! quede con ganas de saber como siguio todo

PedroM_89

Me recordo a una situacion parecida con un amigo del colegio, esas noches uno nunca las olvida. Muy bueno el relato

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