El instalador de muebles que se quedó hasta tarde
Hace algunos meses por fin compré mi primer piso. Después de casi una década pagando alquileres que jamás iban a ser míos, conseguí reunir el dinero suficiente para hacerme con un ático pequeño pero luminoso en un barrio que llevaba años queriendo habitar. Tenía un balconcito al sur, suelos de madera maciza y un silencio extraño para estar tan cerca del centro. Era mío, y nadie iba a decirme cómo pintarlo ni dónde colgar los cuadros.
Como me apasionan el diseño y la decoración, me lo tomé como un proyecto personal. Visité tiendas durante semanas, pedí presupuestos, comparé maderas, calculé centímetros con la cinta métrica en la mano. Disfruté cada paso. También disfruté, no voy a mentir, de algún que otro dependiente guapo que me mostraba el catálogo de sofás con una sonrisa profesional. Pero ahí se quedaba la cosa.
Mi tipo no es el chico de gimnasio depilado, ni el camarero joven con la camiseta ajustada. Nunca lo fue. A mí me gustan los hombres viriles, los que tienen barba de tres días y pelo en el pecho, los que parece que llevan toda la vida cargando cosas pesadas. Esos hombres rara vez se cruzan con uno en las tiendas de muebles, y cuando lo hacen, casi nunca se interesan por alguien como yo. O eso pensaba.
El sofá que elegí venía con un par de módulos auxiliares que había que ensamblar en el salón. La tienda incluía el servicio de montaje y quedamos para una tarde en la que yo libraba. Comí algo ligero, recogí mi cocina recién estrenada y me senté en el suelo del salón con un libro mientras esperaba. Eran casi las seis cuando sonó el portero.
Subieron dos. Uno delgado, espigado, con cara de no haber dormido lo suficiente, y otro al que recuerdo perfectamente desde el primer segundo. Hernán —lo supe después por la chapa del uniforme— rondaba los cuarenta y pico, era de hombros anchos, moreno de piel y de pelo, con una perilla bien recortada y una mata oscura asomándole por el cuello de la camisa. Llevaba dos botones desabrochados y, por debajo, se intuía un pecho que era exactamente la clase de pecho que me hace perder la cabeza.
Subieron las cajas en dos viajes. Eran muchas piezas. Cuando terminaron de descargar todo en el salón, Hernán le dijo al joven que se volviera al almacén con la furgoneta, que él se encargaba del montaje y luego se buscaría la vuelta. El chico no protestó. Cerró la puerta detrás de sí y, de pronto, nos quedamos los dos solos en mi piso vacío.
Hernán abrió una bolsa de deporte y, sin avisar, empezó a desabrocharse la camisa del uniforme.
—Perdona —dijo sin mirarme—. Lo de la oficina es de etiqueta. Para trabajar prefiero algo que pueda manchar.
Asentí como si la cosa no fuera conmigo, pero no aparté los ojos. La camisa cayó sobre la bolsa y descubrió justo lo que había imaginado: un pecho ancho, fuerte, cubierto de pelo negro y espeso que le bajaba hasta el ombligo y se perdía después bajo el cinturón. Los brazos eran del mismo paisaje. Tardó unos segundos en ponerse una camiseta de tirantes vieja, y esos segundos fueron suficientes para que se diera cuenta de que lo estaba mirando demasiado. No dijo nada. Solo levantó una ceja y siguió a lo suyo.
Empezó a montar el primer módulo con una calma que daba envidia. Yo fingí que tenía cosas que hacer en la cocina: abrí cajones, ordené especias que ya estaban ordenadas, llené un vaso de agua. En realidad lo único que me interesaba era encontrar excusas para volver al salón y verlo agacharse, estirar el brazo, tensionar la espalda. Cada vez que se incorporaba, la camiseta se le subía un palmo y dejaba al descubierto una franja de piel oscura y peluda en la cintura.
—¿Te gusta cómo va quedando la casa? —le pregunté en algún momento, por decir algo.
—Mucho —respondió—. Tienes buen ojo. Lo único que le falta es alguien con quien disfrutarla.
Levantó la vista del tornillo que estaba ajustando y me miró con una sonrisa medio torcida.
—Doy por hecho que tu mujer o tu novia llegará en un rato a darte la bienvenida —añadió.
—Ni mujer ni novia —contesté—. No es algo que ahora mismo me quite el sueño.
Volvió a clavar la mirada en el tornillo, pero esta vez tardó un segundo de más en hablar. Yo me di la vuelta hacia la cocina porque sentí que la cara me estaba ardiendo.
***
Un rato después me pidió permiso para ir al baño. Le indiqué el pasillo. Cuando volvió, le ofrecí algo fresco, una cerveza o un refresco, lo que prefiriera.
—La empresa no nos deja aceptar invitaciones —dijo—. Pero ya que tampoco nos deja usar el cuarto de baño del cliente y eso ya lo he hecho… supongo que da igual saltarse las normas dos veces.
—Yo no pienso chivarme —le contesté.
Y le guiñé un ojo con una inocencia que no engañaba a nadie. En realidad estaba pensando que, si quería saltarse las normas de otra manera, tampoco diría yo nada.
Nos quedamos en la cocina, uno frente al otro, separados por un par de metros de baldosa. Él bebía a sorbos cortos. Yo no sabía qué hacer con las manos.
—Las clínicas de depilación láser harían el agosto contigo —solté, sin pensarlo demasiado.
Soltó una carcajada corta y se miró el brazo.
—Alguna vez lo he pensado —admitió—. Pero me da no sé qué quedarme lampiño de repente. Llevo así desde los quince años. Sería como afeitarme la cabeza. En cambio tú estás muy bien así. Tampoco hace falta que todos vayamos como osos.
—Yo me saco con la pinza los cuatro pelos que me salen en el pecho —dije, encogiéndome de hombros—. A veces he pensado que me habría gustado tener más, la verdad.
—No te hacen falta. Estás bien así.
Nos quedamos callados. Él dio otro sorbo a la cerveza. Yo no me atreví a mirarlo a los ojos.
—Supongo que con las mujeres tendrás mucho éxito —dije al final, porque el silencio se me estaba haciendo insoportable.
—Hoy se llevan más los chicos de revista —respondió—. Pero a otros tipos de personas les gustan los hombres como yo. Y te diré una cosa: yo creo que tú eres de esos.
Se acercó despacio, sin prisa, como midiendo cada paso. Me cogió la mano derecha con una suavidad que no encajaba con sus dedos gruesos y la apoyó sobre el centro de su pecho. La camiseta era fina y el pelo se sentía debajo, tupido, caliente. No retiré la mano. Él tampoco.
—¿Voy bien? —preguntó en voz baja.
—Vas perfecto.
Subí la mano hasta su cuello y la otra le rodeó la cintura. Él se inclinó y me besó en la boca de una manera que me dejó sin aire. Hacía meses que no me besaba nadie, y desde luego nadie me había besado nunca con esa mezcla de fuerza contenida y paciencia.
***
Le saqué la camiseta de un tirón. Le pasé las manos por todo el torso, por los hombros, por la espalda. El pelo era exactamente como me lo había imaginado: espeso, suave en algunas zonas, más áspero en otras, vivo. Él, mientras tanto, me metió las manos por debajo de mi camiseta y me acarició la piel desnuda del pecho y la espalda. Era un contraste raro, su mano peluda contra mi piel lampiña, y a mí me gustaba esa diferencia tanto como el pecho de él.
Me quitó la camiseta y se agachó para morderme con cuidado el pezón izquierdo. Bajó por el costado, subió por el cuello, volvió a la boca. Yo ya tenía la respiración entrecortada y la polla durísima dentro del pantalón. Le agarré las nalgas con las dos manos y lo apreté contra mí. La suya estaba en el mismo estado, y por el bulto del vaquero supe que íbamos a ir bien servidos.
Me bajó el chándal y el calzoncillo de un solo gesto. La erección quedó al aire de golpe. Él dio un paso atrás, me miró sin disimulo y sonrió.
—Eso te lo guardabas tú bien.
Le devolví la mirada y le desabroché el cinturón con dedos torpes. El vaquero cayó al suelo. Me agaché a por su calzoncillo, lo bajé despacio y se la vi por primera vez: gruesa, circuncidada, oscura por la base, claramente más grande que la mía. No lo pensé. Le besé el glande primero, después abrí la boca y empecé a mamársela con una dedicación que hasta a mí me sorprendió. La perilla me hacía cosquillas en la cara cada vez que él se inclinaba a mirarme. Le costaba estarse quieto. Me puso una mano en la nuca, sin empujar, solo guiando.
—Para —me dijo al cabo de un rato—. Para o me corro de pie.
***
Me indicó que me tumbara en el suelo. El parqué estaba fresco pero no helado; era julio y la tarde aún apretaba. Se tumbó encima de mí con todo su peso encima del mío. Sentir aquel pecho contra mi pecho, piel con piel, pelo con piel, fue una de las sensaciones más concretas de placer que recuerdo. Era reconfortante y cachondo a partes iguales, como estar a la vez en casa y completamente fuera de mí.
Fue bajando el cuerpo. Su cara llegó a la altura de mi polla y se la metió entera en la boca, sin previo aviso. La perilla me rozaba la ingle, la lengua estaba caliente, sabía exactamente lo que estaba haciendo. Aguanté lo que pude.
—Para tú ahora —le dije—. Si no, te aviso, esto se acaba en treinta segundos.
Levantó la cabeza, me sonrió y me cogió por debajo de las rodillas. Me dobló las piernas hacia arriba y me lamió despacio entre los glúteos. Estuvo un buen rato así, con paciencia, lubricándome con la lengua, dejándome que me relajara. Yo había cerrado los ojos. Sabía perfectamente lo que iba a venir y por una vez no quería pensar en nada más.
—Espera —le dije, incorporándome a medias—. Tengo algo aquí cerca.
Me arrastré dos pasos hasta un cajón de la cocina donde, ridículamente, guardaba una caja de preservativos sin abrir desde la mudanza. No era el sitio, pero era el primer cajón vacío que había encontrado el día que vacié bolsas. Saqué uno y se lo lancé. Él lo abrió con los dientes y se lo puso con una soltura que no le dejaba en muy buen lugar respecto al cumplimiento de las normas de la empresa, pero que a mí me vino estupendamente.
Volví a tumbarme. Se colocó encima, me levantó las piernas otra vez y empezó a empujar despacio. Iba con un cuidado que agradecí muchísimo, porque su tamaño daba un poco de respeto. No me dolió. Me costó un par de minutos abrirme del todo, y a partir de ahí solo hubo placer. Cuando se hubo metido entero, esperó. Me miró a los ojos y me preguntó sin palabras si estaba bien. Le dije que sí también sin palabras, con una mano en su nuca.
Empezó a moverse despacio. Después con más ritmo. Después se recostó sobre mí, sin dejar de embestir, y volví a tener su pecho aplastado contra el mío. Aquel pelo, la barba contra mi mejilla, el peso de él, el olor a sudor limpio y a colonia de farmacia barata. Le habría dado las gracias por nacer.
Cuando notó que yo no iba a aguantar mucho más, se incorporó un poco, me agarró la polla con su mano grande y empezó a masturbarme al mismo ritmo de sus embestidas. Me corrí encima de mi propio pecho de una manera bestial, casi a borbotones. Él tardó pocos segundos más en correrse dentro, con un gruñido sordo, sin dejar de mirarme.
Se quedó un rato encima de mí, recuperando el aire, antes de salirse con cuidado. Después me ayudó a levantarme y nos metimos juntos en la ducha de mi flamante baño nuevo, donde el agua tibia se llevó dos sudores muy distintos por el mismo desagüe.
***
Como podrán imaginar, aquella tarde no terminó el montaje. Los módulos quedaron a medio armar en el salón. Necesitó dos tardes más para acabar el trabajo. Cada una de esas dos tardes tuvo su correspondiente «pausa», cada vez más larga, cada vez menos justificable ante sus jefes.
Hoy escribo esto en el sofá que acabó montando bien tarde el tercer día. Hernán está al otro lado, descalzo, leyendo, con el pecho desnudo porque le sigue dando calor incluso en mayo. Lleva viviendo aquí casi un año. La caja de preservativos sigue en el cajón de la cocina, ahora ya por costumbre.