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Relatos Ardientes

Acepté la cita con un hombre por pura curiosidad

Mateo había sido un hombre de hábitos toda su vida. Despertador a las seis, café cargado, treinta minutos de gimnasio antes de la oficina, cena temprano, una serie en silencio y a dormir. A los veintiocho años nadie habría dicho que aquel arquitecto de proyectos pequeños cargaba con una pregunta que no se atrevía a contestar.

La pregunta era simple y le hervía despacio desde la adolescencia: ¿cómo sería estar con un hombre? ¿Cómo sería tener una polla ajena en la boca, en la mano, dentro? ¿Cómo sería que otro tío se lo follara?

Nunca le había dado vueltas en voz alta. Había salido con mujeres, le gustaban las mujeres, ninguno de sus amigos sospechaba nada raro. Pero los domingos por la noche, cuando el departamento se quedaba demasiado silencioso, abría perfiles en el móvil y los miraba con la misma curiosidad con la que un niño levanta la tapa de una caja que no debería tocar. Se la cascaba mirando fotos de hombres desnudos, de vergas duras, de bocas abiertas alrededor de otras vergas, y después borraba el historial como si eso bastara.

Una madrugada de marzo lluviosa abrió la aplicación y, en vez de cerrarla a los dos minutos, escribió. No supo bien por qué eligió a Iván. Quizás por los ojos, verdes y un poco cansados, o por la frase del perfil: «Si te suenan los argumentos, no escribas». Le sonaron todos. Escribió igual.

Iván respondió a los siete minutos. No le hizo preguntas tontas. No le dijo «hola guapo» ni «¿qué buscas?». Le contó que había salido del baño, que estaba secándose el pelo, que el invierno le mataba la piel. Mateo se rió solo, con el teléfono pegado a la cara.

—¿Llevas mucho dándole vueltas? —escribió Iván tres mensajes después.

Mateo se quedó mirando el cursor parpadear durante un minuto largo.

—Bastante —respondió al fin.

—Sin presión —escribió Iván—. Hablamos. Si un día quieres vernos, me avisas.

Hablaron durante casi tres semanas. Iván tenía treinta años, trabajaba en un estudio de diseño gráfico y vivía solo con un gato gris al que llamaba Bruno. No mandaba fotos atrevidas, no presionaba, no preguntaba más de la cuenta. Mateo se descubrió esperando los mensajes con una mezcla de ansiedad y alivio.

El jueves de la cuarta semana, Iván le pasó la dirección de un hotel céntrico, uno discreto con entrada por un callejón.

—Si no apareces no pasa nada —escribió—. Si apareces, también.

Mateo leyó la frase tres veces.

—El viernes a las nueve —contestó antes de apagar el teléfono.

***

El viernes se le hizo eterno. Hizo el trabajo en piloto automático, comió algo sin saber qué, se duchó dos veces. A las ocho y media estacionó a dos cuadras del hotel y se quedó sentado en el auto con las manos sobre el volante. Tenía la camisa pegada a la espalda y el corazón golpeándole en los oídos.

—Es una sola noche —se dijo en voz alta—. Si no me gusta, me voy.

Bajó del auto antes de pensarlo más. La entrada era una puerta de madera oscura sin cartel. El recepcionista, un hombre mayor que ni siquiera levantó la vista, le entregó la llave y le señaló la escalera. Habitación 207.

Subió. La puerta estaba entreabierta.

—Pasa —dijo la voz desde dentro.

Iván estaba descalzo, con una camisa blanca abierta hasta el tercer botón y un vaso con whisky en la mano. La habitación olía a madera nueva y a su perfume, algo cítrico y limpio.

—Pensé que no venías —dijo, dejando el vaso sobre la mesa.

—Yo también —contestó Mateo.

Se quedaron mirándose un instante. Iván era más alto de lo que Mateo había imaginado, los hombros más anchos, la mandíbula firme. Tenía una marca pequeña sobre la ceja izquierda, una cicatriz de la infancia que las fotos no mostraban.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó Iván.

—No.

—¿Quieres sentarte?

—Tampoco.

Iván sonrió, una sonrisa lateral que apenas le movió los labios.

—Entonces ven.

Mateo se acercó. Le faltaba el aire. Iván le puso una mano detrás del cuello, no la cabeza entera, solo la nuca, y lo atrajo despacio. El primer beso fue corto, apenas un roce. El segundo se demoró: la lengua de Iván le abrió los labios con una insistencia calmada, entró en su boca, le buscó la suya y se enredó con ella con una calma que ya no era calma, era hambre.

No es tan distinto.

No es tan distinto y, a la vez, no se parece a nada. Eso pensó Mateo cuando la lengua de Iván empujó la suya. La barba le rozaba el mentón, la mano le apretaba la nuca, el pecho se sentía firme contra el suyo. Era todo más sólido, más áspero, más concreto. Y le gustaba. Le gustaba tanto que ya notaba la polla poniéndosele dura dentro del pantalón, apretándole contra la bragueta, buscando salir.

Iván le apretó contra el cuerpo y Mateo sintió la otra verga, la de Iván, empujando contra su cadera a través de la tela. Dura, gruesa, insistente. Se le escapó un gemido dentro de la boca del otro.

—Ya la sientes —murmuró Iván, sonriendo contra sus labios—. Está para ti.

—Joder —fue lo único que consiguió decir Mateo.

Iván le quitó la chaqueta sin separar la boca. Le desabotonó la camisa botón a botón, sin apuro. Cuando le abrió la tela y le pasó la palma abierta por el pecho, Mateo soltó un ruido que ni sabía que podía hacer. Los dedos de Iván le encontraron un pezón y lo pellizcaron, suave primero, después más fuerte, hasta que se le puso duro. Le pasó la lengua caliente por encima y Mateo se agarró de sus hombros.

—Tranquilo —dijo Iván contra su oreja—. Esta noche solo lo que te guste. Pero todo lo que te guste.

Lo besó en el cuello. Le mordió suave la clavícula. Bajó. Le besó el pecho, le pasó la lengua por un pezón, después por el otro, se los chupó hasta dejárselos brillantes, y Mateo sintió que las rodillas se le ablandaban. Se sostuvo en los hombros de Iván.

—Siéntate —dijo Iván, empujándolo hacia el borde de la cama.

Mateo se sentó. Iván se arrodilló frente a él, le desabrochó el cinturón, le bajó el pantalón y el bóxer en un solo movimiento. Su polla saltó hacia afuera, dura, hinchada, la punta ya mojada, golpeándole contra el abdomen. Iván lo miró desde abajo, con esa sonrisa lateral otra vez, y se lamió los labios.

—Te miro mucho —dijo.

—No me mires tanto.

—Voy a mirar todo lo que quiera. Y me la voy a comer entera.

Le agarró la polla con la mano, la apretó una vez desde la base para verle salir una gota, se agachó y le pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, lento, saboreándolo. Mateo soltó un jadeo largo. Iván le lamió la punta, jugó con el frenillo, la envolvió con los labios y se la metió en la boca de golpe hasta el fondo.

Mateo cerró los ojos y echó la cabeza atrás. La boca de un hombre era distinta. Más caliente. Más decidida. Iván no jugueteaba: agarraba la base con la mano, subía y bajaba con un ritmo que Mateo no había sentido nunca, cerraba los labios apretados alrededor de la polla, la sacaba entera para escupir en ella y volverla a meter, la chupaba hasta el fondo hasta que Mateo notaba la garganta cerrándose alrededor de la punta. Le acariciaba los huevos con la otra mano, se los apretaba con cuidado, se los rodaba entre los dedos. Cada vez que sus ojos se cruzaban, con la boca llena y los labios estirados alrededor de él, Mateo sentía un tirón en el bajo vientre que le subía hasta la nuca.

—Joder, así —murmuró Mateo—. Así, no pares.

Iván no paró. Se la sacó de la boca solo para escupir otra vez en la punta, extenderlo con la mano, mirarlo a los ojos y decirle con la voz ronca:

—Fóllame la boca. No tengas cuidado.

Y volvió a metérsela. Mateo levantó las caderas, dudó un segundo, y después empujó. Iván lo recibió, aflojó la garganta, dejó que se hundiera. Mateo empezó a moverse con miedo primero, más suelto después, agarrando la nuca de Iván con las dos manos, follándole la boca como si llevara años queriendo hacerlo.

—Iván, espera —murmuró—. Voy a terminar. Me voy a correr.

Iván no se apartó. Aumentó el ritmo, le clavó las uñas en el muslo, tragó saliva alrededor de él y Mateo se vino con un sonido que le salió desde una parte del cuerpo que nunca había usado. Descargó chorro tras chorro dentro de la boca de otro hombre por primera vez en su vida, y Iván tragó sin dejar de mirarlo, sin soltar la polla, chupando hasta la última gota, limpiándole después la punta con la lengua.

—Dios —dijo Mateo, dejándose caer hacia atrás sobre el colchón—. Dios.

Iván se subió a la cama y se acostó a su lado. Le pasó una mano por el estómago, todavía con el sabor de él en la boca.

—¿Bien?

—Más que bien.

—¿Quieres que paremos aquí?

Mateo giró la cabeza. Iván tenía los labios todavía mojados, brillantes de saliva y de semen, el pelo revuelto, la camisa caída sobre un hombro y una tienda de campaña obscena marcándole el pantalón. Nunca había deseado tocar a un hombre antes; no así, no con todos los dedos.

—No —dijo—. Quiero más. Quiero todo.

***

Se desnudaron lentamente. Mateo se obligó a mirar. El cuerpo de Iván era de los que se construyen sin gimnasio: piel limpia, vello oscuro en el pecho bajando en una línea hasta la ingle, caderas estrechas y, entre las piernas, una polla dura, gruesa y algo curvada hacia arriba, con los huevos pesados colgando debajo. A Mateo se le secó la boca de mirarla. Le pasó la mano por el muslo, dudó un segundo y después la agarró. Le sorprendió lo cálida que era. Lo dura que estaba. Le sorprendió no querer apartarse.

—¿Está bien? —preguntó.

—Está perfecto. Muévela como te muevas tú.

Mateo lo hizo. Cerró la mano alrededor del tronco, la apretó, subió el puño hasta la punta y volvió a bajar. Vio salir una gota transparente y, sin pensarlo, la extendió con el pulgar por el glande. Iván gruñó. A Mateo le gustó ese sonido tanto como le había gustado correrse en su boca. La cascó lento al principio, más rápido después. La miraba mientras la trabajaba, memorizándola: cómo se le hinchaban las venas, cómo se le tensaban los huevos, cómo se le mojaba la punta cada vez que aflojaba y volvía a apretar.

—Chúpamela —dijo Iván, con la voz ronca—. Solo si quieres.

Mateo lo miró a los ojos, se pasó la lengua por los labios, y bajó la cabeza. La primera vez le rozó los labios contra la punta, apenas una prueba. La segunda abrió la boca y la dejó entrar. Estaba caliente, salada, mucho más gruesa de lo que había imaginado. Se sintió torpe. Le dio arcadas al principio, se retiró un poco, aprendió el ángulo, volvió a bajar. Cerró los labios alrededor de ella y empezó a subir y bajar como había visto hacerlo tantas veces en las noches solitarias del móvil.

—Así, Mateo. Con la lengua abajo. Así, tal cual.

Le agarró el pelo con una mano, no para forzarlo sino para guiarlo, y Mateo se dejó guiar. Le lamió los huevos con miedo primero, después uno entero en la boca. Le pasó la lengua por el tronco de arriba abajo, se la volvió a meter, la sacó para respirar, un hilo de saliva colgándole del labio. Iván jadeó, apretó la mandíbula, echó la cabeza atrás.

—Basta, para —dijo al rato—. Como sigas así me corro en tu boca y quiero acabar dentro de ti.

Mateo se apartó, la barbilla mojada, los labios hinchados, y notó que se le estaba volviendo a poner dura la polla. Le gustaba. Le gustaba muchísimo.

—Ven aquí —dijo Iván, girándolo sobre la cama.

Se quedó arriba, sentándose a horcajadas sobre las caderas de Mateo. Buscó el preservativo y el lubricante en la mesa de noche con una naturalidad que a Mateo le pareció casi conmovedora. Le puso el preservativo con calma, sin teatralidad, como quien ata el cordón de un zapato. Después se echó lubricante frío en la mano y se lo repartió a Mateo por toda la polla, hasta dejarla brillante, agarrándola con una firmeza que a Mateo lo hizo gemir otra vez.

—Mírame —pidió.

Mateo lo miró. Iván se llevó dos dedos brillantes atrás y se preparó él mismo, con una mano apoyada en el pecho de Mateo y la otra detrás. Se metió un dedo, cerró los ojos, respiró hondo. Metió otro. Empezó a moverlos dentro de sí mismo con la boca apenas abierta y los ojos a medio cerrar. Mateo había imaginado esa escena mil veces y no se parecía a esto. Esto era más lento. Más íntimo. Iván se mordía el labio cuando se concentraba y a Mateo le temblaba la polla debajo del culo del otro, esperando.

—Ya —dijo Iván.

Se agarró la polla de Mateo con la mano, la sostuvo derecha, y se sentó despacio encima de ella. Mateo sintió cómo la punta empujaba, encontraba la entrada, cedía. Se le abrió centímetro a centímetro un anillo apretado, caliente, que se cerraba alrededor de su glande, después de su tronco, tragándoselo entero hasta que las nalgas de Iván le apoyaron en la ingle.

Mateo soltó el aire de golpe. Nunca había sentido nada tan apretado en su vida. Iván se quedó quieto, dejándolo acostumbrarse, respirando fuerte. Apoyó las palmas en el pecho de Mateo y bajó hasta encontrar su boca.

—¿Bien? —preguntó otra vez.

—Estás… joder, estás apretadísimo.

—Voy a moverme.

—Por favor.

Empezó despacio, un balanceo corto y profundo, subiendo hasta dejarle solo la punta dentro y bajando de golpe hasta el fondo, los muslos firmes a cada lado de las caderas de Mateo. Mateo le agarró la cintura, le clavó los dedos. Iván encontró un ritmo. Las luces de la calle se filtraban por la persiana y le rayaban la espalda y las nalgas mientras subía y bajaba. Mateo no podía decidir dónde mirar: si a la cara del otro, si a los músculos del abdomen que se le tensaban a cada empuje, si a su propia polla desapareciendo dentro de él.

—No te calles —dijo Iván—. Dime lo que sientes.

—Que estás caliente por dentro, joder, que me estás apretando la polla, que no quiero que pare.

—Fóllame más fuerte. Desde abajo.

Mateo lo hizo. Plantó los pies en el colchón, le agarró las caderas con las dos manos y empezó a empujar hacia arriba cada vez que Iván bajaba. La cadera contra el muslo, la piel contra la piel, un golpe húmedo y seco al mismo tiempo. Iván aumentó el ritmo. Se inclinó hacia adelante, le mordió el cuello, le clavó los dedos en los hombros. Mateo levantó las caderas para encontrarlo con más fuerza. Iván jadeó. Mateo jadeó. La cama crujía bajo ellos con un ritmo nuevo, hecho de dos respiraciones que no terminaban de coincidir y del golpe constante de los huevos de Mateo contra el culo de Iván.

—Ponme a cuatro —soltó Iván de repente—. Quiero que me folles bien.

Mateo obedeció como si llevara toda la vida haciéndolo. Iván se bajó de encima, se puso a cuatro patas en el borde de la cama, arqueó la espalda y le mostró el culo abierto, todavía brillando de lubricante, con la marca de él dentro. Mateo se arrodilló detrás, se agarró la polla, la apoyó contra la entrada y empujó de un solo movimiento. Iván gruñó contra la almohada.

—Así, joder, así.

Mateo lo agarró de las caderas y empezó a follárselo en serio. Sin miedo. Sacándola casi entera y volviéndosela a meter hasta el fondo, viendo cómo el culo del otro se abría y se cerraba alrededor de su polla, cómo la piel de sus muslos se ponía roja de cada golpe. Le dio una palmada, sin pensarlo. Iván gimió más fuerte.

—Otra.

Mateo se la dio. Y otra. Iván se puso a masturbarse debajo, con la cara aplastada contra el colchón y el culo levantado, y Mateo perdió toda vergüenza. Lo agarró del pelo, tiró de él para levantarle la espalda, lo apretó contra su pecho mientras seguía embistiéndolo.

—Voy a terminar otra vez —dijo Mateo, sorprendido de haber aguantado tanto—. Voy a correrme.

—Conmigo.

Iván se soltó, se enderezó de nuevo y se giró hacia atrás para volver a cabalgarlo, esta vez de espaldas, apoyado en el pecho de Mateo, con la polla en la mano cascándosela rápido mientras Mateo le empujaba desde abajo. Mateo lo miró: el cuerpo arqueado, los músculos del abdomen tensos, la cabeza echada hacia atrás sobre su hombro, la polla dura entre los dedos, la boca abierta. Iván se vino primero, sobre su propio abdomen y sobre el pecho de Mateo, chorros gruesos y calientes que le mancharon la piel, con un sonido grave que Mateo no había escuchado nunca y que se le quedó grabado. Mateo lo siguió un segundo después, apretándole las caderas con las dos manos y descargando dentro del preservativo mientras las paredes del otro se le cerraban encima en espasmos.

Se quedaron quietos. Iván se dejó caer hacia adelante despacio, la polla de Mateo saliéndose de él poco a poco, y después se giró y se inclinó hasta apoyar la frente contra la de Mateo. Respiraban juntos, sin decir nada, con el semen de Iván todavía caliente entre los dos.

—¿Sobreviviste? —preguntó Iván al rato.

—No estoy seguro —contestó Mateo, y los dos se rieron.

***

Iván se levantó a limpiar los rastros con una toalla húmeda. Le pasó la toalla a Mateo por el pecho, por el vientre, con una calma cariñosa, después se limpió él. Mateo se quedó tumbado, mirando el techo. La pregunta que había arrastrado durante quince años ya no estaba. En su lugar había otras: ¿con qué frecuencia? ¿con quién? ¿qué iba a decir el lunes cuando volviera a la oficina y todo el mundo siguiera tratándolo como al mismo de siempre?

Iván volvió a la cama, se acostó a su lado, le pasó un brazo por encima del estómago.

—Lo estás pensando todo de una vez —dijo.

—Un poco.

—Mañana tienes un día entero para pensar. Esta noche descansa.

Mateo cerró los ojos. Olía a piel ajena, a sudor, a semen, a sábana limpia. Le pareció que en mucho tiempo no había dormido con alguien tan al lado, tan presente.

—¿Iván?

—¿Sí?

—¿Te puedo escribir el lunes?

Iván no respondió enseguida. Mateo se preparó para una negativa amable, una frase para despedirse y no verse nunca más.

—Me puedes escribir cuando quieras —dijo Iván—. Pero no me escribas para esto. Escríbeme si quieres volver a tomar un café.

Mateo sonrió en la oscuridad. Quince años de pregunta, y la respuesta no era una sola. Era un montón de respuestas pequeñas que iba a tener que ir descubriendo de a poco.

—Te escribo —dijo.

Apagó la luz y, por primera vez en mucho tiempo, se quedó dormido sin programar el despertador.

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Comentarios(8)

TrucoBA23

tremendo relato!!! me quede enganchado de principio a fin

NocheBaires

Me identifico con ese momento de tener la app abierta sin animarse a escribir nada. Al final siempre hay algo que nos mueve. Muy bien narrado.

Fernandito_B

por favor que haya segunda parte!!! quede con ganas de mas

SilRosario

que bueno, lo lei dos veces. La tension del principio es increible

MarcosV_88

genial!!! sigue asi

CuriosoMdQ

Me gusto como lo contaste, se siente autentico sin ser forzado. Esperando mas relatos

Ventana_Curiosa

La tension que se va armando desde el principio hasta la llegada al hotel esta muy bien lograda. Me gusto mucho.

Gonza_lector

jajaja la parte de la app me mato, re reconocible. Muy buen relato!

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