El señor del cine me reconoció en el baño
Habían pasado tres semanas desde que Carolina me había dejado y yo seguía caminando por la casa como un fantasma. No tenía hambre, no tenía sueño, no tenía nada en la cabeza que no fuera ella. Mi compañero de piso me dijo una mañana, mientras se preparaba el café, que si seguía así iba a terminar mudándose por su salud mental. Supongo que tenía razón.
Esa misma tarde decidí salir. No tenía un plan concreto, solo necesitaba un sitio oscuro donde no tuviera que hablar con nadie. El cine de la avenida estrenaba una película de terror que nadie esperaba con demasiadas ganas, así que era la apuesta perfecta: sala medio vacía, dos horas de silencio impuesto y una excusa para no pensar.
Compré la entrada, una bolsa enorme de palomitas que no iba a comer y entré a la sala. Conté siete personas repartidas por las butacas, como si estuvieran evitándose deliberadamente. Me senté al fondo, levanté los pies en la butaca de delante y dejé que la pantalla me hipnotizara.
Aguanté más o menos cuarenta minutos. Entre la mala iluminación y la cerveza que había tomado antes de entrar, las ganas de orinar me obligaron a levantarme. Salí del pasillo en silencio para no molestar al resto y caminé hasta los baños del fondo.
Estaba lavándome las manos cuando lo escuché.
—Buenas noches, joven.
La voz me llegó por detrás y se me erizó la piel sin saber bien por qué. Levanté la vista al espejo y entonces lo reconocí. Era el mismo hombre que meses atrás nos había sorprendido a Carolina y a mí en el aparcamiento de un parque, una noche en la que pensábamos que estábamos completamente solos. Había aparecido de la nada, había mirado con una sonrisa demasiado larga y había seguido caminando sin decir una palabra.
Ahora estaba ahí, secándose las manos a dos metros de mí, mirándome como si me conociera de toda la vida.
—Hola —dije sin pensar.
—Te acuerdas de mí —respondió, y no era una pregunta.
—Sí, me acuerdo.
Me obligué a mantenerle la mirada. Era un hombre de unos cuarenta y siete años, más alto que yo, con muy poco pelo en la coronilla y una barriga que se le marcaba bajo la camisa. Pero tenía una presencia que no encajaba del todo con su físico: hablaba despacio, con esa seguridad que dan los años cuando alguien se ha dejado de hacer las preguntas que se hacen los chavales de mi edad.
—¿Y la chica? —preguntó, apoyándose en el lavabo de al lado—. La de aquella noche.
—Ya no estamos juntos. Lo dejamos hace unas semanas.
Sonrió. Fue una sonrisa breve, casi imperceptible, pero le iluminó los ojos.
—Vaya. Lo siento. —Hizo una pausa—. Aunque por cómo te miraba ella aquella noche, no parecía que aquello fuera a durar mucho.
No supe qué contestar a eso. Me sequé las manos. Hice ademán de marcharme hacia la puerta.
—Eres muy joven —dijo entonces, sin moverse del lavabo—. Vas a encontrar a quien quiera rellenarte ese culo tan bonito. Hay más vergas que estrellas, créeme.
Lo soltó con un tono de broma, pero también con algo más, algo que me hizo quedarme quieto en el umbral del baño. Yo me reí, una risa nerviosa, demasiado corta.
—Sí, supongo —dije.
Iba a darle la espalda cuando se volvió hacia mí y empezó a desabrocharse el cinturón. Lo hizo despacio, como si me diera tiempo a salir si quería. Como si quisiera que viera cada paso del proceso. La hebilla tintineó contra el lavabo. Se bajó la cremallera con dos dedos, se abrió los pantalones y metió la mano por dentro del calzoncillo con una lentitud calculada.
—¿No se te antoja, muchacho?
Me quedé clavado donde estaba. Lo vi sacársela ahí mismo, frente al espejo, gruesa y ya medio hinchada, con el prepucio tirado hacia atrás y el glande morado brillando bajo la luz blanca del baño. La cisterna de uno de los retretes se cortó de golpe y dejó la pregunta suspendida en el aire. Él movió la mano sobre la polla en un puño lento, subiendo hasta la punta y volviendo a bajar hasta el nacimiento, y con la otra se acarició los huevos por encima de la tela. Se le empezó a poner dura del todo mientras me miraba, sin disimular ni una décima de segundo el hambre que tenía.
—Dale, solo un besito —dijo en voz baja, y dio un paso hacia mí.
Solo un besito.
Tardé demasiado en contestar. El tiempo se estiró de una manera rara. Mi cabeza decía que tenía que irme, que aquello era ridículo, que estábamos en un baño público y en cualquier momento podía entrar alguien. Mi cuerpo decía algo distinto. Hacía semanas que no me tocaba nadie y aquel hombre, con su panza y su edad y su forma directa de plantearlo, me había desarmado en treinta segundos.
—Espera —dije, y eché el pestillo de la puerta principal del baño.
Volví hacia él. Me puse en cuclillas frente al lavabo, con las rodillas contra los azulejos fríos, y tuve su verga a la altura de los ojos. Le pedí un condón con la mirada y él lo sacó de la cartera con una sonrisa de quien ya había venido preparado. Tenía la polla gruesa, de unos dieciséis centímetros, más corta que la mía pero el doble de ancha, con una vena hinchada recorriéndole el dorso y los huevos colgando pesados bajo el arranque. Rasgué el envoltorio con los dientes, saqué el condón y se lo desenrollé con cuidado por toda la longitud, apretando la base con dos dedos para que quedara bien ajustado.
Después me la metí en la boca.
Me sorprendió lo fácil que resultaba. Con Carolina nunca había hecho nada parecido, y la única vez que había probado con un chico de mi edad la cosa había sido torpe, dos críos sin saber qué hacer con sus manos. Con él fue distinto. Se quedó quieto, apoyado en el lavabo, dejándome marcar el ritmo. Empecé por la punta, chupándole solo el glande, envolviéndolo con los labios y jugando con la lengua alrededor de la corona. Después bajé más, poco a poco, hasta que la sentí golpearme en el fondo del paladar. Me atraganté un poco, aparté la cara, respiré por la nariz y volví a metérmela, esta vez más despacio, midiéndome.
—Joder, muchacho —murmuró—. Joder, qué boca tienes.
Le agarré la base con la mano y empecé a mamársela a un ritmo constante, subiendo y bajando la cabeza mientras mi puño le trabajaba lo que no me cabía. Con la otra mano le busqué los huevos y se los apreté con suavidad, sopesándolos, notando cómo se le tensaban contra el cuerpo. Él soltaba suspiros cortos, contenidos, con las caderas empujando apenas hacia adelante para no forzarme. Cuando lo miré desde abajo, con la polla metida hasta la mitad de la garganta, tenía la boca abierta y los ojos entrecerrados, y en esa cara ya no había ni rastro del señor mayor del cine: había solo un tío que llevaba demasiado tiempo sin cobrarse una mamada así.
—No pares, no pares —dijo apretando los dientes—. Me vengo, chaval, me vengo ya.
Aceleré, apreté los labios contra el látex y le dejé bombearme la boca con embestidas cortas. Se vino con un gruñido corto, sujetándose al borde del lavabo, y noté cómo el condón se le llenaba caliente contra mi lengua mientras la polla le pulsaba entre mis labios.
Apartó la cara, se disculpó con una risa avergonzada y me dijo que llevaba demasiado tiempo sin que nadie se lo hiciera así. Yo me puse de pie, me limpié la boca con el dorso de la mano y le dije que no se preocupara, que a veces pasaba. La verdad es que me decepcionó un poco. Había esperado más.
Y entonces, mientras yo abría el grifo para enjuagarme, vi por el espejo que se le estaba volviendo a poner dura.
Él también lo notó. Se miró, se rió de sí mismo y después me miró a mí.
—Aún no he terminado contigo —dijo—. Si tú quieres.
***
Nos fuimos al fondo del baño, al último retrete, el que tenía la puerta más alta y la cerradura entera. Entró él primero, yo después. El espacio era estrecho, apenas cabíamos los dos. Me bajé los pantalones hasta las rodillas, me bajé también el calzoncillo y noté el aire frío del baño en el culo. Apoyé las dos manos en la pared del fondo y separé un poco los pies. Él se quitó el condón usado, lo tiró al váter, tiró de la cadena y sacó otro nuevo del bolsillo. Escuché el crujido del envoltorio a mi espalda y después el sonido del látex desenrollándose sobre la polla otra vez dura.
—Abre un poco más —murmuró.
Le hice caso. Separé los pies todo lo que me permitieron los pantalones enredados en los tobillos. Él me puso una mano en la nuca, me empujó ligeramente el torso hacia adelante para que arqueara la espalda y me abrió las nalgas con los pulgares. Sentí su saliva caer justo en el centro, densa, caliente, y después dos dedos que la extendieron alrededor de la entrada haciendo círculos lentos. Uno de esos dedos se hundió, primero hasta la primera falange, luego hasta el nudillo, y empezó a moverse dentro de mí abriéndome poco a poco. Cuando metió el segundo dedo, arqueé la espalda por instinto y aguanté un gemido apretando los dientes.
—Tranquilo, muchacho —dijo pegado a mi oreja—. Ya te lo suelto.
Pensé, sinceramente, que iba a ser rápido. Que iba a darme dos o tres embestidas y se iba a venir de nuevo como un crío. No fue así.
En cuanto me la metió, supe que estaba ante alguien que sabía lo que hacía. Empujó primero solo el glande, dejando que el anillo cediera a su ritmo, y esperó ahí, aguantándose las ganas, hasta que sintió que yo empujaba el culo hacia atrás pidiendo el resto. Entonces se metió entero, con un solo movimiento largo y firme, y me llenó de una manera que no había sentido nunca. No fue brusco. No fue torpe. Empezó despacio, con un movimiento corto, casi exploratorio, buscando el ángulo. Me agarró las caderas con las dos manos y yo sentí cómo me ajustaba la postura un par de grados sin decir una sola palabra. Cuando encontró lo que buscaba, lo noté. Lo noté de verdad. Un golpe seco en algún punto interno que me hizo soltar un quejido que no esperaba.
—Ahí —dijo en mi oído, sin presumir—. Ahí lo tienes.
Y a partir de ahí no paró.
Cada embestida le daba en el mismo punto. Cada vez que pensaba que se iba a apartar, volvía a entrar con la misma precisión quirúrgica. Yo apretaba las manos contra la pared y trataba de no hacer ruido, pero se me escapaba algo entre los dientes con cada movimiento. Empezó a follarme más fuerte, más rápido, con las caderas chocando contra mis nalgas en un chasquido húmedo que resonaba en los azulejos. Su panza me golpeaba la base de la espalda a cada embestida, y yo sentía toda su polla saliendo casi entera y volviendo a hundirse hasta el fondo, hasta que sus huevos me golpeaban el perineo.
—Aprieta ese culo, chaval —gruñó—. Aprieta bien.
Apreté. Contraje todo lo que pude alrededor de la polla que me estaba abriendo por dentro y le arranqué un jadeo largo, entrecortado. Él me contestó con una embestida más honda todavía, agarrándome del hombro con una mano y de la cadera con la otra para clavarme contra su polla. Mi propia verga se sacudía dura entre mi cuerpo y la pared, chorreando un hilo de líquido preseminal contra los azulejos sin que nadie la tocara.
Llevaba semanas sin sentir nada parecido. Llevaba semanas sintiéndome muerto por dentro, y aquel hombre, con su panza pegada a mi espalda y su respiración corta en mi nuca, me estaba devolviendo al cuerpo a empujones.
—Buen chico —murmuraba—. Buen chico. Toma polla, toma toda la polla.
Su voz pegada al oído era casi peor que lo otro. Me agarraba del hombro, me sujetaba la cintura, me marcaba el ritmo como quien lleva años haciéndolo. Me sacó una mano de la cadera, me la pasó por delante y me agarró la polla. Empezó a masturbarme al mismo ritmo que me follaba: puñeta larga hacia arriba coincidiendo con la salida, apretón en el glande coincidiendo con cada embestida. Yo apretaba la frente contra el brazo, tragándome los gemidos, notando cómo el orgasmo se me iba acumulando desde las piernas hacia el vientre. Yo me había acostado con gente más joven, gente más guapa, gente con cuerpos de gimnasio. Ninguno me había follado así. Ninguno se había tomado la molestia.
—Vente para mí —me susurró—. Vente sin dejar de apretarme la polla, muchacho, quiero notártelo.
Sentí venir el orgasmo casi sin darme cuenta de que llegaba. Lo sentí subir desde abajo, lento, denso, distinto a cualquiera que recordara. Le apreté el culo alrededor de la polla con todas mis fuerzas y solté un gemido ronco contra la pared mientras me corría en su mano y contra los azulejos, chorro tras chorro, con todo el cuerpo contrayéndoseme a la vez. Él lo notó. Notó cómo me cerraba sobre él, cómo pulsaba a su alrededor, y se le fue de las manos. Apretó los dedos en mis caderas, aceleró el ritmo hasta que las embestidas se volvieron cortas y desesperadas, y a los pocos segundos se vino él también, hundido hasta el fondo, con un gruñido áspero contra mi nuca. Sentí cómo la polla le latía dentro, cómo el condón se le llenaba caliente entre sus paredes y las mías.
Nos quedamos un momento así, sin movernos, con él todavía metido dentro y su pecho subiendo y bajando contra mi espalda, hasta que la respiración de los dos volvió a algo parecido a lo normal. Salió despacio, agarrando la base del condón para que no se le quedara dentro, y sentí el vacío caliente que me dejó al retirarse.
—La madre que me parió —dijo, riéndose en voz baja mientras anudaba el látex—. Si no llega a ser por el condón, te dejaba un litro.
Yo no pude evitar reírme también. Me subí el calzoncillo notándome el culo palpitando, me subí los pantalones, me arreglé la camisa lo mejor que pude y abrí el pestillo del retrete con la misma cara de circunstancias que iba a poner en la sala cuando volviera a mi butaca, como si solo hubiera ido a echar una meada larga.
***
Salimos al espejo del lavabo. Él se lavó las manos con calma, como si nada. Yo me miré la cara y vi a alguien que llevaba semanas sin ver: alguien con color en las mejillas. Eso me dio más vergüenza que el resto.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Mateo.
—Yo Gustavo. —Se secó las manos, se acercó al espejo y se peinó las cuatro hebras que le quedaban—. ¿Tienes móvil, Mateo?
Le di mi número. Él guardó el suyo en mi agenda con su propio teléfono para que no me confundiera de contacto.
—Quiero verte otra vez —dijo—. ¿Te parece bien?
—Sí.
—Bien. —Me miró por el espejo, sin volverse—. La próxima vez te la voy a meter sin condón. Quiero notarte de verdad. Quiero correrme dentro de ese culo tuyo y verlo salir.
Me quedé callado un instante. Él esperó.
—Tráeme analíticas —dije—. Pruebas hechas. Si están limpias, hablamos.
Sonrió. Esta vez fue una sonrisa amplia, satisfecha, casi paternal.
—Trato hecho.
Me dio una palmada corta en el hombro y salió del baño antes que yo, como si fuera otro espectador cualquiera volviendo a su película. Yo me quedé un minuto más frente al espejo, intentando entender qué acababa de pasar.
Cuando volví a la sala, los créditos finales estaban a punto de empezar. Me senté en mi butaca, recogí la bolsa de palomitas intactas y me las llevé conmigo a la salida. No me había enterado de cómo terminaba la película. Me dio igual.
Aquella noche, ya en mi cama, miré el contacto en el móvil. Gustavo cine, lo había guardado así. Me quedé con el dedo encima del nombre y me pregunté en qué momento exactamente me había dejado seducir por un hombre que me sacaba más de veinte años y al que solo había visto dos veces en mi vida.
No tenía respuesta. Solo sabía que iba a contestarle cuando me escribiera. Y que, por primera vez en tres semanas, no me había acordado de Carolina ni una sola vez desde que había entrado a aquel cine.