Me entregué a mi mejor amigo después de tantos años
Llevaba tres noches sin dormir bien cuando entendí que ya no iba a poder echarme atrás. Hacía casi cinco años que no veía a Renzo. Cinco años exactos desde que él me escribió aquella carta diciéndome que me quería, y desde que yo lo dejé en visto durante semanas porque no supe hacer otra cosa. Ahora vivíamos en ciudades distintas, él había vuelto solo unos días para arreglar unos papeles, y me había escrito de la nada preguntando si quería tomar algo. Le dije que sí antes de pensarlo.
Esa tarde alquilé un departamento por Airbnb cerca del centro. Pequeño, de un solo ambiente, con una cocina abierta que daba a la cama. Compré una botella de vino tinto, dos cervezas frías por si el vino se nos hacía cuesta arriba, queso, pan y aceitunas. Después fui a la sex shop de la avenida y compré preservativos, una botella de lubricante y un disfraz de colegiala barato que ni sé bien por qué metí en la bolsa. Quizá para tener una excusa, una broma de reserva por si todo se ponía demasiado serio.
Antes de salir me di una ducha larga. Me afeité dos veces. En la mesita del baño tenía una bolsita de terciopelo azul que guardaba para ocasiones especiales: dentro había un plug anal de metal, frío, pesado, con la base redonda. Me lo coloqué con cuidado, con un poco de aceite, y me quedé un momento sentado en el borde de la bañera respirando hondo. No era cómodo. No quería que lo fuera. Lo llevaba puesto como uno lleva un anillo: para no olvidarse.
Esta noche voy hasta el final, pase lo que pase.
Doblé la carta dos veces y la metí en el bolsillo interior de la chaqueta. La había reescrito ocho veces a lo largo del día. Tomé el coche y manejé hasta el estacionamiento del centro comercial, a dos cuadras del bar donde habíamos quedado. El plug se movía con cada bache, recordándome lo que llevaba debajo de la ropa y por qué.
El bar era cualquiera. Mesas oscuras, música baja, un televisor sin volumen pasando un partido de hace seis horas. Pedí una cerveza y esperé. Sentía el estómago vacío y el culo apretado, una combinación rara que no había probado nunca. Era como tener miedo y estar excitado al mismo tiempo en dos partes distintas del cuerpo.
Renzo entró a los veinte minutos. Pelo más corto, barba más definida, la misma camisa azul de siempre o una calcada. Sonrió desde la puerta antes de verme y eso me hizo más daño que cualquier otra cosa.
—Te ves bien —me dijo, y me abrazó como se abrazan los amigos cuando ya no se acuerdan bien de cómo se hacía.
Hablamos cerca de una hora. Del trabajo, del padre que se le había enfermado, de los amigos que habíamos ido perdiendo de a uno por mudanza, por pareja o por pereza. En la segunda cerveza saqué la carta del bolsillo, la dejé sobre la mesa con la mano todavía encima y respiré hondo.
—Léela acá. No quiero esperar a más tarde.
Él la abrió. Yo no podía mirarle la cara, así que miré el vaso. Había escrito esto:
Hace años, demasiados, me escribiste que me amabas. Yo fui un cobarde y no te respondí. Y no te respondí porque también te amaba, y eso era lo único que no podía decirte en voz alta. Hoy es tarde, lo sé. Nuestras vidas se han ido por caminos que ya no vuelven, y quizá lo único que tengamos sea esta noche. Por eso quiero hacerte un regalo. Si lo aceptas, pide la cuenta ahora y vámonos. Te ofrezco lo poco que aprendí, lo poco que sé. Quiero entregarme a ti, aunque sea una sola vez, para compensarte algo de todo el silencio. Hazme el amor. Quiero ser tuya esta noche.
Cuando terminó, dobló la hoja por la mitad sin decir nada. La metió en el bolsillo de su camisa. Levantó la mano y le pidió la cuenta al mesero. Lo hizo tan tranquilo que por un segundo pensé que no había entendido. Después me miró, despacio, y supe que sí había entendido.
—Vamos.
***
En el coche puse música baja para no tener que decir nada. Las luces de la avenida pasaban sobre su perfil y yo aprovechaba cada semáforo en rojo para mirarlo de costado. En uno de esos rojos, sin pensarlo demasiado, le solté:
—Ve pensando qué me quieres hacer. Voy a dejarme hacer todo lo que pidas.
Él no me contestó. Sonrió apenas y siguió mirando hacia adelante. Esa sonrisa me valió por toda la respuesta.
El departamento olía a pintura nueva. Encendí solo la luz de la cocina y dejé las llaves sobre la encimera. Saqué el vino, lo abrí, serví en dos vasos cortos porque no había copas y me disculpé con una broma para tapar los nervios. Él me dijo que estaba bien, que el vino sabía igual en cualquier vaso, y se sentó en una de las sillas altas.
No esperé más. Me arrodillé entre sus piernas mientras todavía sostenía el vaso y empecé a acariciarle por encima del pantalón. Sentí cómo se endurecía debajo de la tela, sin prisa, como si el cuerpo de él fuera el único de los dos que tenía las cosas claras esa noche.
—¿Cómo lo quieres hacer? —le pregunté, y aceleré la mano sobre el bulto—. ¿Quieres que te suplique para que me subas la nota, profe? —apoyé la mejilla contra la tela tibia—. ¿Cómo se llamaba aquella chica de la facultad? Esa que mirabas y jugábamos a que no te gustaba.
—Adriana —dijo, y se rio bajito—. Pero no, mejor no le pongas ese nombre. Adriana es mi sobrina ahora.
—Entonces ponme uno tú.
—Camila —contestó después de pensarlo un segundo—. Te queda bien Camila.
—Camila —repetí en voz baja, probándomelo como uno se prueba una camisa.
—Ven, Nico —me dijo, usando el apodo del colegio que hacía años nadie usaba conmigo. Lo decía con una dulzura que no me esperaba—. No quiero esperar más.
Me levanté, lo tomé de la mano y lo llevé al dormitorio. Sobre la mesa de noche ya tenía dispuestos el lubricante y los preservativos. Se sentó en el borde de la cama. Le desabotoné el pantalón y se lo bajé junto con la ropa interior sin ningún tipo de ceremonia. Le besé un testículo, después el otro. Lamí desde abajo hasta la punta dos veces, lento, con saliva nueva cada vez. Le tomé la verga con la mano para mantener el ritmo y lo miré desde abajo.
—Pídeme lo que quieras —le dije.
—Con la boca —contestó con los ojos cerrados—. Sigue así, con la boca.
Lo chupé primero con cuidado, casi tímido, jugando con la lengua sobre el glande. Conté hasta tres y entonces lo tragué entero, hasta el fondo de la garganta. Lo escuché gemir y sentí sus manos en mi pelo, primero fuertes y después más suaves, como si se acordara de que era yo. Hice eso cinco veces. La sacaba, tomaba aire por la nariz, la volvía a tragar. En el descanso seguí masturbándolo con la mano, contándole cada movimiento en silencio.
Cuando supe que estaba listo, agarré el lubricante de la mesa, me quité los pantalones y me saqué el plug. Lo dejé sobre la madera, brillante, todavía tibio. Me puse lubricante en los dedos y empecé a dilatarme yo solo, sin dejar de chuparlo. Un dedo. Después dos. Tres me costó un poco más, pero no tardé. Conté trece chupadas más antes de sentir que mi cuerpo se había abierto lo suficiente.
Me puse de pie, me quité la camisa, la última prenda, y me quedé desnudo frente a él. No me dio vergüenza.
—Estoy lista —le dije—. Hazme tuya.
Se levantó sin decir nada, se sacó todo, agarró un preservativo y se lo puso. Yo me acosté boca arriba, levanté las piernas, lo miré desde abajo con esa misma sonrisa que llevaba puesta desde la cocina y le abrí los brazos.
—Vamos. Cógeme.
Empezó despacio. Hizo una pausa para echar lubricante encima del preservativo y volvió a intentar, y esta vez entró. Mi cuerpo se rindió de golpe y se la tragó hasta el fondo. El gemido que solté no fue de dolor, fue de alivio.
—Perdón —me dijo, frenándose enseguida—. ¿Estás bien?
Me derretía por dentro que en plena situación se acordara de preguntar. Quise contestar, pero el placer no me dejaba hablar bien. Le tomé la cara con las dos manos.
—Estoy bien. Sigue. Cógeme como quieras. Soy tuya.
Y no entendí, ahí, por qué seguía hablándome en femenino, por qué me salía solo. Lo entendí después. Esa mañana, mientras me ponía el plug en el baño del Airbnb, había decidido sin decírmelo a mí mismo que esa noche iba a ser su hembra. Y mi cuerpo lo recordaba aunque mi cabeza no.
Renzo encontró el ritmo en menos de un minuto. Me sostenía la cadera con una mano y con la otra me masturbaba, ajustando la velocidad hasta dar con un compás exacto que me arrancaba el aire. Era un placer que no se parecía a ningún otro que hubiera sentido antes. Estaba por venirme demasiado rápido y eso era lo único que no quería.
—Suéltamela —le rogué entre gemidos—. No quiero acabar todavía.
Me soltó. Le agarré la mano derecha y me la llevé al pecho.
—Apriétame.
Lo hizo, suave.
—Más fuerte. Hazme daño.
Lo hizo. El pellizco me corrió por todo el cuerpo y mi culo se cerró sobre él como una respuesta. Lo sentí gemir.
—Lo estás haciendo muy bien, Nico —me dijo, y esa frase me dolió más que el pezón.
Tomé aire. Tenía que decirlo antes de arrepentirme.
—Sé que no tengo derecho a pedirte nada. Pero… ¿puedo pedirte una cosa?
Se detuvo en seco. Le cambió la cara. Creo que pensó que me arrepentía, que iba a echarme atrás. Le apreté la mano para que entendiera que no era eso.
—Quítate el preservativo —le dije—. Por favor. Termina adentro de mí. Quiero saber cómo se siente.
Pasaron unos segundos largos. Yo me puse rojo como nunca, sintiéndome ridículo y entero al mismo tiempo. Él se retiró despacio, se sacó el preservativo, lo tiró al suelo, se echó lubricante en la verga. Y antes de volver a meterse en mí, se inclinó y me besó en la boca.
Era la primera vez que un hombre me besaba. Y era la primera vez que iba a sentir a alguien venirse dentro de mí. ¿Cuántas primeras veces más me vas a llevar esta noche, amor mío?
Entró otra vez sin cortar el beso. Abrí la boca y dejé que su lengua se metiera. Era extraño y exacto a la vez. Su ritmo aumentó y yo tuve que cortar el beso para respirar, para gemir. Vi que él disfrutaba más cuando me oía, así que empecé a pellizcarme los pezones yo mismo, ofreciéndoselos. Al rato me los apretó él, esta vez sin medirse. Me hizo daño de verdad. Cerré los ojos, apreté el culo sobre él y lo sentí descargar. Lo sentí caliente, distinto a todo, real. Me estaba volviendo suyo de verdad.
Cuando terminó, hizo el movimiento de salir.
—Quédate —le pedí enseguida—. No te salgas todavía. Quédate todo el tiempo que puedas.
Se quedó. Yo apretaba cada tanto para ayudarlo a mantenerse firme, para que el momento no se acabara. Le besé el hombro. Él me acarició el pelo y los costados, despacio, como si me estuviera midiendo de nuevo.
Pasó un rato largo así, en silencio. Cuando por fin se acostó al lado mío, todavía sin decir nada, me pasó el brazo por el pecho. Después giró la cabeza, me miró con media sonrisa y me preguntó algo que casi me hace llorar de pura ternura.
—Oye… ¿todavía quieres ponerte la ropa de chica que trajiste?