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Relatos Ardientes

Mi novio me pidió un trío con su compañero

Hay frases que uno escucha mil veces y solo entiende cuando ya es tarde. La que dice que antes de meter a un tercero en la cama hay que hablar todo, absolutamente todo, en detalle, es una de esas. Damián y yo no la tuvimos en cuenta, y por eso esta historia termina como termina.

En esa época llevábamos tres años de convivencia. Tres años buenos, llenos de cosas que aprendí de mí mismo, del placer que se construye con paciencia, de lo que significa armar una pareja con otro hombre cuando nadie te enseñó el manual. Sexualmente la rutina había empezado a aparecer, pero nos llevábamos bien.

Damián venía con sus inseguridades, sobre todo con una: su pene era pequeño. Para mí jamás fue un problema, ni un motivo de tristeza. Él compensaba con la boca, con los dedos, con esa forma que tenía de buscarme la piel hasta encontrar el lugar exacto que me ponía mal. Por eso me sorprendió tanto su propuesta.

Nos habíamos conocido en el estudio contable donde él seguía trabajando. Yo me había ido un año antes, y desde entonces solo escuchaba versiones suyas de los chismes de oficina. Entre esos chismes estaba siempre Bruno, el contador nuevo, el que se reía fuerte y caminaba como si el pasillo le quedara chico.

El tema del trío había salido muchas veces en la cama. Siempre como combustible, como una de esas fantasías que se cuentan al oído para acelerar el final. Yo nunca lo tomé en serio. Por eso, cuando en la noche de nuestro tercer aniversario me lo planteó como un pedido real, me quedé con el tenedor en el aire.

—Mateo, quiero que hagamos un trío. Como regalo —dijo.

—¿Estás jodiendo?

—No. Lo hablamos un montón. Creo que es el momento.

—Pensé que lo decíamos en joda. Para calentarnos.

—Yo nunca lo dije en joda.

Bajé el tenedor y lo miré bien. Tenía las mejillas un poco coloradas, pero no era por el vino.

—¿Y querés traer a un activo, como siempre decís?

—Sí. Me vuela la cabeza imaginar verte con otro mientras yo miro.

—¿Y a quién pensaste meter en casa? Un desconocido no, eso es jugar con fuego.

—No iba a proponer un desconocido.

—No me digas que ya tenés a alguien.

Damián no respondió. Movió la servilleta sobre el mantel, dos veces, sin levantar la vista.

—¿A quién, Damián?

—A alguien del estudio que siempre te tuvo ganas.

—No me digas que a Bruno.

—¿Qué tiene de malo?

Cerré los ojos. Bruno medía casi un metro noventa, hablaba como si el mundo le debiera plata y tenía esa barba negra y espesa que parecía pintada con tinta. Era un tipo grosero, sí, pero también imposible de no mirar cuando entraba en una habitación.

—Feo no es —admití.

—Y conmigo se lleva bien. Es de confianza.

Quedamos en invitarlo a cenar el sábado siguiente, lo más natural posible, y dejar que la noche decidiera. Tendríamos que haber hablado mucho más. Tendríamos que haber acordado, por ejemplo, qué iba a permitir cada uno y qué no.

***

Llegó el sábado. Bruno tocó el timbre con un vino en la mano y una sonrisa de quien sabe perfectamente a qué viene. Habíamos pedido sushi para no perder tiempo cocinando. Yo estaba tan nervioso que mastiqué cada bocado durante un minuto entero antes de tragar.

La cena fue rara. Damián se reía demasiado fuerte de chistes flojos. Bruno, que siempre era el más hablador del estudio, apenas decía dos frases seguidas. Yo me limitaba a servir más vino y a evitar las miradas largas. Cuando terminamos el postre y la cafetera dejó de hacer ruido, me escapé al baño con la excusa de lavarme los dientes. Lo hice despacio. Me miré al espejo más tiempo del que debería haber mirado.

Cuando volví al living, los dos estaban en el sillón grande. Habían dejado el lugar del medio libre. Damián me hizo un gesto con la cabeza para que me sentara ahí, entre ellos, y obedecí sin decir nada.

La conversación no avanzaba. Bruno hablaba del clima. Damián miraba la pantalla apagada del televisor. Después de tres minutos de silencio incómodo, mi novio se giró y me besó. Fue un beso lento, posesivo, que duró más de lo que un beso casual dura. Sentí su mano subiendo por debajo de mi remera, buscando la piel del estómago, y entendí que el plan estaba arrancando.

Me sacó la remera. Yo le saqué la suya. Bruno seguía al lado, en silencio, mirando, con una mano sobre la rodilla y la otra cerrada en un puño que descansaba sobre el muslo. Cuando estábamos los dos en ropa interior, Damián por fin se animó.

—Vení, Bruno. No te quedes así.

Bruno se acercó por mi costado derecho. Damián se corrió un poco para dejarle lugar, y ahí algo cambió. Era otra boca, otra barba, otro perfume. Bruno empezó por el cuello, bajó por la clavícula, se quedó largo rato en mis pezones. Tenía una manera de besar que no preguntaba. Cuando levanté la vista, mi novio estaba mirando, fascinado, como si la escena no lo incluyera.

—Ahora ustedes —dijo Damián, recuperando el control—. Saquensé la ropa, chicos.

Él ya tenía el pene afuera, masturbándose despacio. Bruno se tomó su tiempo. Primero los zapatos, después los pantalones, después la camisa. Cuando le vi el pecho cubierto de pelo negro y los pectorales marcados se me secó la boca. Cuando se bajó el bóxer, dejé de respirar un instante.

Era enorme. El más grande que había visto en mi vida. Todavía a medio levantar, con el vello recortado, y ya parecía imposible. Miré a Damián de reojo. Lo vi mirarlo a Bruno y después mirarse a sí mismo, y en esa mirada de dos segundos entendí que mi novio acababa de descubrir algo que ya no iba a poder olvidar.

Para disimular, me arrodillé enfrente de Damián. Lo metí en mi boca con todo el cariño que pude. Lo chupé como si fuera la primera vez, como si quisiera convencerlo de que nada había cambiado. Pero la verdad es que Damián no terminaba de ponerse duro. Sentía sus dedos temblar sobre mi nuca. Sentía su respiración entrecortada de un modo que no era placer.

Bruno se arrimó. Yo empecé a alternar: una boca, otra boca, un pene, otro pene. Intentaba no hacer diferencias de tiempo, pero el cuerpo me pedía quedarme con el de Bruno. Era más caliente. Era más duro. Era más todo.

Damián se puso atrás mío e intentó penetrarme. No lo logró bien. El nerviosismo le ganó. Me apoyaba, se metía a medias, se salía. Mientras tanto, Bruno había agarrado mi cabeza y me estaba cogiendo la boca con una calma cruel. Cuando se cansó de la suavidad, empezó a hablar.

—Qué pedazo de pija tengo, ¿no?

Me dio vergüenza por Damián, que escuchaba todo desde atrás, todavía intentando armarse. Pero no podía mentirle.

—Enorme —contesté.

—¿Te la vas a bancar?

—No creo que me entre. Te la sigo chupando y Damián me coge.

—Con tu novio ya quedamos en otra cosa.

Me di vuelta despacio. Damián estaba de rodillas detrás mío, con los hombros caídos. No me miró. Después me contó que jamás había imaginado que Bruno tuviera ese tamaño, que si lo hubiera sabido nunca le habría prometido que podía cogerme.

Debo confesar algo. Muy en el fondo, en un lugar que no quería reconocer en ese momento, tenía un deseo intenso de saber cómo se sentía algo tan grande adentro mío. La vergüenza estaba mezclada con curiosidad. Y la curiosidad le iba ganando.

Cambiamos de posición. Volví a mamarle el pene a Damián mientras escuchaba el ruido del envoltorio del preservativo detrás. Damián levantó la cabeza.

—Bruno, me parece que es demasiado para Mateo. Mejor que te la chupe y listo.

—Probemos. Si no entra, no entra.

—Mejor no. Mateo no quiere.

Bruno me apoyó la mano en la cintura.

—¿Vos qué opinás, Mateo?

Levanté la cabeza, todavía con el pene de mi novio en la boca, y dije, con toda la cara de vergüenza que el cuerpo me permitió:

—Probemos.

Damián no contestó. Solo me miró. No con bronca. Con sorpresa. Con algo parecido a la tristeza. Es la cara que tengo guardada de esa noche, no las otras.

***

Bruno se acomodó atrás. Sacó de su mochila un pomo de vaselina —prefería eso a los geles, dijo— y me untó con paciencia, con dos dedos, abriéndome de a poco. Yo tenía el pito de Damián en la mano, ya flácido. Lo acariciaba más por costumbre que por otra cosa.

Cuando Bruno apoyó esa cosa enorme en la entrada, cerré los ojos. Empujó despacio. Sentí el dolor clásico, ese que precede al placer y que algunos nunca cruzan. Pensé que iba a doler mucho. No me equivoqué. Era un tubo caliente que me abría las paredes del recto, una presión que me obligaba a respirar despacio para no gritar.

—Ayyy, por favor.

—No, no. Pará, Bruno —dijo Damián.

Bruno no paraba. Gemía bajo y seguía entrando, milímetro a milímetro. Yo temblaba. El morbo me podía más que el dolor. Cuando lo sentí entero adentro, escuché mi propia voz decir algo que no estaba pensando.

—Ayyy, sí.

—Qué orto tenés, Mateo —dijo él.

Empezó con un mete y saca lento. Mi cuerpo se acostumbraba a ese tamaño con cada embestida. Después subió la velocidad. Después la subió más. Cuando logré abrir los ojos, vi a Damián sentado al borde de la cama, mirándome la cara con una semisonrisa que todavía hoy no sé interpretar. No era enojo. No era placer. Era otra cosa.

Bruno me dio vuelta y me cogió de frente un rato más. Después se cansó y se sacó el preservativo. Damián se había puesto a masturbarse, ahora sí completamente duro, mirándonos desde el costado. Terminaron los dos casi a la vez, encima mío, regalándome un baño que sentí caer caliente en el pecho y en la cara.

Bruno se vistió en silencio. Saludó con un gesto y se fue. Damián y yo nos quedamos en la cama, mirando el techo. Tardamos como veinte minutos en hablar.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí.

—¿Lo querés repetir?

—No sé. ¿Vos?

—No.

***

Nunca volvimos a hacer un trío. Tampoco duró mucho la pareja. No fue una pelea, ni una bronca acumulada, ni una infidelidad clásica. Fue algo más silencioso. Algo que se le instaló a Damián en la cabeza esa noche, cuando vio la diferencia, y algo que se me instaló a mí cuando descubrí que sí podía bancarme algo así, y que en el fondo lo había deseado.

Quizás ese trío influyó demasiado en él, y demasiado en mí, para que lo nuestro pudiera seguir. Quizás la fantasía solo funciona mientras es fantasía, y hay regalos de aniversario que es mejor no abrir.

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Comentarios (4)

Gonzalo_95

Increible relato, me dejaste sin palabras!!!

Lautaro_Bsas

Por favor una segunda parte, me quede con muchisimas ganas de mas. Saludos desde Buenos Aires!

DiegoPlata

Lo que más me gustó fue cómo describís la tensión antes de que todo empiece. Eso te engancha desde el principio. Muy bueno.

NocheVeloz

caliente!!! jajaja me encanto

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