El político me citó a solas en la discoteca
Esto que cuento es ficción. Cualquier parecido con personas o hechos reales responde solo a recursos narrativos y a la libertad del oficio. No pretendo señalar a nadie ni describir lo que no me pertenece.
Estoy escondido en una habitación de hotel y mi vida pende de un hilo. Necesito poner en orden lo que viví estas últimas semanas porque, si no lo cuento ahora, quizá no lo cuente nunca. Soy periodista, escribir es lo único que sé hacer. Si alguien lee esto y se conmueve, ojalá pueda ayudarme. He cambiado nombres, lugares y detalles que pudieran señalarme, pero el cuerpo de la historia es exacto. Y lo que sintió mi cuerpo, también.
Todo empezó un martes de mayo, frente al Parlamento. Odio esperar, es lo peor de mi trabajo, y lo odio especialmente esos días de calor seco en Barcelona, cuando el sol pega contra las baldosas y rebota hasta meterse debajo de la camisa.
Rafa, mi cámara, daba vueltas como un león enjaulado bajo el árbol del parque. Su mujer estaba de nueve meses y esa mañana había empezado con contracciones. Yo, tumbado en un banco de granito, fumaba mirando el cielo y trataba de calmarlo.
—Dale, Rafa, en diez minutos salen. Les tiramos dos preguntas y estás en la clínica viendo nacer a tu hija.
—Marco, tío, que ya no aguanto más.
—Pero si es tu tercer hijo, hombre. Tampoco es para tanto.
A veces se exasperaba conmigo. Soy juguetón, soy un caradura y estoy dispuesto a casi todo por una exclusiva. Pero no soy mala persona. Le guiñé un ojo y me devolvió la sonrisa, resignado. Mis ojos verdes son mi mejor arma, eso y la cara de pijo aniñado que me ha conseguido entrevistas imposibles, aunque ya tenga veintisiete años. El cigarro no calmaba nada y el sudor empezaba a pegarme la camisa de lino blanca contra el pecho. Me toqué un pezón distraído por debajo de la tela, vencido por la modorra.
—Movimiento en la puerta —dijo Rafa.
Me incorporé. Alguien salía antes de tiempo. En cuanto lo vi, hice un gesto a Rafa, y él, profesional como siempre, ya tenía la cámara al hombro. Adrián T., el político de moda, bajaba los escalones con vaqueros y camisa azul claro, una bandolera cruzada. Se puso las gafas de sol e intentó ignorarme, con esa media sonrisa socarrona que le había hecho ganar tres primarias seguidas. Su pelo negro, la barba bien recortada, el cuerpo justo entre el músculo y la blandura del que come bien, y sobre todo su olor a perfume caro, no me dejaban mirar a otro sitio. Caminé a su lado micrófono en mano, lanzándole las preguntas incómodas que me habían hecho famoso.
Adrián estaba cerrado, no soltaba una palabra. Cuando llegamos a la esquina de los taxis, Rafa miró el móvil y luego me miró a mí con cara de súplica.
—Vete, anda. Hoy no pescamos.
Me dio las gracias y salió corriendo calle abajo. Adrián levantó la mano para parar un taxi y el taxi lo ignoró.
—Va a ser padre hoy —dije.
Adrián levantó las cejas.
—Marco… ¿por qué no haces algo útil?
—¿Cómo algo útil? —me piqué—. Hago mi trabajo. Os pongo contra las cuerdas.
Soltó algo entre risa y bufido. Levantó la mano otra vez y un taxi, al otro lado de la avenida, empezó a maniobrar. Se acercó a mí. Demasiado. Noté el roce de su barba en mi mejilla, su perfume metiéndose en mi nariz. Me susurró al oído:
—Me han contado algo que va a hacer estallar todo. Y te va a interesar.
—¿El qué? —respondí con la voz temblona.
—¿Por qué no te vienes esta noche al Mirador? Sobre las once.
Me quedé en blanco. Yo siempre tengo algo que decir y, por una vez, no se me ocurrió nada. Adrián, divertido por mi cara, alargó dos dedos, cogió el cigarro que me colgaba de la boca, le dio una calada larga y lo devolvió a mis labios.
—No me falles —dijo, y se metió en el taxi.
Lo vi marcharse sin sospechar que acababa de regalarme la exclusiva más grande de mi vida ni que, con ella, también me había firmado la sentencia.
***
No sabía qué hacer hasta las once. Si me iba a casa, mi madre me obligaría a cenar y después no levantaría el culo del sofá. Decidí pasarme por la redacción. Caminé pensando, esquivando a los que me paraban para felicitarme por la última exclusiva. Otros me miraban con cara de pocos amigos. Era el precio.
¿Qué quería Adrián? ¿A quién quería hundir? Era el político de moda, en su mejor momento. Vivía solo en la capital, lejos de su mujer y sus hijos, con todas las comodidades, la fiesta, las dietas del Parlamento. Lo odiaba todo de él, no me creía una palabra de sus discursos. Aunque, al contrario que la mayoría, no creía que estuviese en política para robar. Adrián parecía tener principios. Eso me intrigaba aún más.
Trabajaba en un diario digital fundado por Iván S., el redactor jefe, un tipo joven que en diez años se había dedicado a fichar a los periodistas más bravos del país. Su sueño siempre fue convertirlo en el mejor medio de investigación del continente. Entré en la redacción, un espacio blanco y limpio de techos altos. Era el único sitio donde me sentía más cómodo que en casa de mis padres. Al fondo, la puerta del despacho de Iván se abrió y me hizo una seña.
Iván llevaba su uniforme habitual: jersey de cuello vuelto negro, ajustado, que estilizaba su figura. Pelo negro con alguna cana, barba bien cuidada. Se sentó sobre la mesa, no detrás. La luz del atardecer se colaba por las persianas venecianas. A su izquierda, la pared con los premios. A su derecha, un póster gigante: la portada con la que el periódico había reventado todo hacía unos años. En la foto, Iván sonreía dentro de una sauna gay del centro, con una toalla minúscula apenas tapándole las partes, el torso brillante de vapor. Cada vez que veía esa foto, me subía un cosquilleo a la tripa que no sabía cómo nombrar.
Iván seguramente ya se había dado cuenta.
—Marco, llevo tiempo queriendo hablar contigo.
Me costaba sostenerle la mirada. La luz roja del atardecer me daba en la cara y el rubor se confundía con el calor.
—Por cierto, Rafa ha sido padre. Una niña preciosa.
—Ah, qué bien.
Me crucé de brazos y piernas. Iván me imponía. Por su currículum y por su físico, en ese orden o en el otro, no estaba seguro.
—Estás haciendo un trabajo serio. Tienes oído, tienes ganas y, sobre todo, tienes mucho morro. —Me reí—. Todo lo que hace falta para triunfar en este oficio. Vienen tiempos convulsos. Se habla de una traición gorda dentro del partido. Tenemos que ser los primeros.
—De eso quería hablarte…
—¿Qué tienes?
—Nada concreto. Adrián T. me ha citado esta noche en el Mirador. A las once. Me ha dicho que va a estallar todo.
—Perfecto. Siempre un paso por delante.
—Espera, Iván… Igual me está vacilando. No quiero hacer el ridículo.
—¿El ridículo? —Se levantó y se plantó frente a la portada de la sauna. La miró con orgullo—. Esta profesión va de arriesgar. Esa noche —señaló el póster— di todo lo que tenía. Hasta hoy es el mayor éxito de mi carrera.
Se giró con una sonrisa traviesa.
—Sí, ya sé. Entraste y te hiciste la foto sin que te vieran.
—¿La foto? ¿Crees que eso es lo que conseguí? Esa noche conseguí más material del que jamás se publicará. Ven.
Se sentó frente al ordenador y me indicó que me pusiera a su lado. Abrió varias carpetas, tecleó tres contraseñas y llegó a una galería de vídeos. Las miniaturas eran oscuras, llenas de vapor y de cuerpos.
—Lo que te voy a enseñar, no se lo cuentas a nadie. Nunca. Tu palabra.
—La tienes —dije, ya excitado por el instinto.
Abrió uno. Una sala llena de vapor. La figura fibrada de Iván, más joven, colocando la cámara en un sitio imposible. Se oyó un golpe en la puerta. Miré instintivamente la puerta del despacho. No había nadie. En la pantalla, Iván abrió y dejó pasar a un hombre maduro, también con toalla, cuerpo trabajado, pelo entrecano. El hombre se abalanzó sobre él y lo besó con violencia.
—¿Sabes quién soy? —preguntó el hombre.
—No, ¿quién eres? —contestó el Iván de la pantalla, con la mentira más convincente que he oído nunca.
—Yo lo sabía perfectamente —dijo el Iván de mi lado, orgulloso—. Era R.V., comisario general hace quince años. Usaba la sauna para sus pactos. Mira, mira.
En el vídeo, Iván se quitó la toalla. El comisario lo cogió y empezó a masturbarlo, bajando despacio el prepucio. El Iván de la pantalla me miró a los ojos a través de la cámara. Aparté la vista. Miré al Iván real, sentado a mi lado, y no entendía cómo me enseñaba aquello sin pestañear. Para él no era sexo, era una victoria. Por mucho que lo intentara, mis ojos volvían a la pantalla. Iván estaba arrodillado, chupándole la verga al comisario, una verga gruesa que entraba y salía con un ritmo limpio. Iván no paraba de sonreír mientras la mano del comisario subía por su espalda y bajaba hasta su culo, y empezaba a meter un dedo…
—Suficiente —dijo Iván cerrando el vídeo, satisfecho. Se giró—. Marco, hay que llegar hasta el final. Tienes que decidir hasta dónde quieres llegar como periodista. ¿Te das cuenta del poder que me da este vídeo?
No podía moverme. No me creía lo que acababa de ver.
—Por cierto —añadió mirándome desde abajo.
—¿Sí? —conseguí decir.
—Se te ha puesto dura.
Me dio un golpecito con el dedo en la tienda de campaña que se me había montado bajo el pantalón chino.
—Eh… a mí me gustan las chicas.
—Sí, sí. A mí también.
***
Salimos a cenar varios de la redacción y se fueron turnando para invitarme a copas, por aquello de ser la estrellita joven. Cada uno me apartaba un momento, me cogía del hombro, acercaba la cara a la mía y me daba un consejo, un piropo o una nostalgia de cuando ellos tenían mi edad. Yo me dejaba querer. Sentía admiración por ellos y sus palabras pesaban en mi pecho.
A las diez y media, ya bastante borracho, sentí que el deber me llamaba. Subí a un taxi y enfilé al Mirador. Pago con tarjeta de empresa.
El Mirador era un bar-discoteca de la zona alta, popular entre concursantes de televisión, influencers y políticos fiesteros como Adrián. Llegué cinco minutos tarde y tuve que pelearme con el portero, que solo accedió a dejarme entrar si dejaba el móvil en la consigna. Entré insultado y mareado en una sala enorme bañada de luz azul pastel que difuminaba hasta los contornos de las personas.
Busqué a Adrián. No estaba. O no lo veía. Los minutos pasaban, la vejiga se me llenaba y mi visión empeoraba. Cuando ya iba a rendirme, fui al baño. Los dos cubículos cerrados. En uno se oían gemidos, en el otro risas. Esperé. Nadie salía. Harto, llamé a una puerta. Oí una queja femenina y una voz.
—Ya salimos.
Una voz conocida.
Se abrió la puerta y salió Lucía M., la actriz de moda, con un vestido minúsculo. Detrás de ella, Adrián, abrochándose el cinturón. Al verme, sonrió.
—Vaya, si es Marco V., el periolisto aguafiestas.
—Tenía que mear —dije sin comprometerme.
Estiró la mano invitándome a entrar. Lucía dudó y él le hizo un gesto para que se largara. Entré con Adrián en el cubículo, estrecho pero suficiente. Cerró la puerta. Quedamos frente a frente.
—¿Y bueno? —Nuestras bocas a centímetros.
—¿Y bueno qué? —pregunté.
—¿No tenías que mear? —Señaló el inodoro.
Lo miré con una incredulidad cansada, pero recordé a Iván y su discurso. Había que darlo todo, y mear delante de un tío no era para tanto. Además, ya no aguantaba. Me bajé la cremallera, saqué la polla aún blanda y empecé a mear. El alivio me recorrió de la cabeza a los pies. Adrián se colocó entre la pared y el inodoro, mirándome el miembro con esa socarronería suya.
—No calzas mal, Marco. Y circuncidado. Qué buen chorro.
—¿Hemos venido a hablar de mi pito, Adrián? —dije mirándolo a los ojos.
—Qué ojos tan verdes. —Calló un segundo—. Son… excepcionales.
Le guiñé el ojo. Él seguía serio. Yo seguía meando, un cosquilleo subiéndome desde el ombligo. Se puso a mi lado, su pecho y su barriguita durita contra mi costado, una mano en mi espalda, la otra en mi vientre.
—Vamos, Marco —susurró en mi oído—. Acaba ya, que te quiero contar una cosa.
Mientras salían las últimas gotas, noté el mordisco que le daba al lóbulo de mi oreja. Mi pene se puso tan duro tan rápido que tuve que esconderlo medio mojado. Antes de que cerrara la cremallera, ya había abierto la puerta. Salí detrás de él, confundido. Una cosa era investigar y otra muy distinta disfrutarlo tanto.
Me dio la mano y serpenteamos entre la gente hasta un reservado de esquina, con lonas que impedían mirar dentro. Lucía esperaba con Noa, otra famosa sin oficio conocido. Adrián les hizo un gesto y ambas salieron lanzándole miradas de asco.
El reservado era amplio. Lo único que se veía desde dentro era la cabina del DJ. Me senté en el sofá, encendí un cigarro y empecé a servirme una copa de la botella. Adrián se quedó junto a una barrita de pared, con sillas altas. Me hizo una seña. Al acercarme entendí que, desde aquel rincón, estábamos totalmente aislados. Solo entraba la música y la luz azul que difuminaba los contornos.
Yo seguía borracho pero presente. Me acerqué a Adrián, quizá demasiado, y él no se apartó. Me quitó el cigarro de la boca y lo apagó contra la barra. Sostuve su mirada.
—¿Y bien? ¿Qué tienes que contarme?
—Marco, ¿puedo confiar en ti?
—Más o menos.
—Me lo imaginaba. Somos rivales, de algún modo. —Apoyó la espalda en la pared, su mano subió por la mía—. Pero necesito saber que puedo confiarte algo.
—Soy de fiar. Te doy mi palabra. —Las palabras se me resbalaban en la lengua.
—Necesito asegurarme. Un secreto tuyo. —Su mano bajó por mi espalda—. Algo que me diga que confías en mí.
—Soy un profesional. Lo que me interesa es la verdad.
—Claro —dijo, y su mano se deslizó por dentro de mi pantalón, apartó la goma del calzoncillo y rozó la piel de mis glúteos. Mi pene volvió a despertarse mientras sus dedos buscaban el camino hasta mi agujero—. Lo que me han contado puede hundir el sistema entero.
Sacó la mano del calzoncillo. Lucía entró en el reservado, nos miró con cara de odio, cogió un bolso y salió por donde había venido. Adrián se metió dos dedos en la boca, los sacó mojados de saliva y los devolvió a su sitio. No pude evitar acomodar el culo para él.
—Hay un dispositivo —dijo, y la yema del índice empezó a pulsar mi agujero al ritmo de los altavoces. Nadie me había tocado ahí antes. Al principio dolía—. Contiene un archivo de valor brutal. Un archivo que puede acabar con todo el sistema tal y como lo conoces.
—¿Sí? —Era lo único que podía decir mientras un segundo dedo entraba y empezaba a moverse rítmicamente. Mis caderas seguían el compás. El dolor ya era placer. Me acerqué más a él, perdiendo cabeza y vergüenza. Noté su paquete grande pegado a mi cadera y cómo lo restregaba con timidez. A pesar de lo lanzado que estaba siendo, no quería delatar lo que sentía.
—Tienes que preguntar por Helena —siguió—. Bruno A. sabe dónde encontrarla.
—¿Bruno A.? —balbuceé. A Bruno lo conocía de oídas, escribía en un periódico rival.
—Ella no os lo va a querer dar. —Sus dedos llegaban ya a un punto en mi interior que me hacía temblar—. Vais a tener que sacárselo.
Mi pene apretaba contra el pantalón, mojándolo por dentro. Sus dedos ya no jugaban, me penetraban con intención. Su mirada se había puesto lujuriosa. Entraban y salían electrizándome, nuestros cuerpos siguiendo la música. Cerré los ojos. Noté que ya estaban dentro hasta el nudillo. Abrí los ojos y vi su mirada clavada en la mía, mi cuerpo recibiendo sus embestidas. Un último empujón. Apoyé la cara en su hombro. Un espasmo me recorrió entero mientras me corría dentro del calzoncillo.
Me deshice. Mi cuerpo se aflojó. Perdí el juicio. Me acerqué a su boca con la intención de besarlo.
Me hizo la cobra. Sacó los dedos. Dio un paso atrás. Yo ya no sabía de qué hablaba. Miré hacia la entrada del reservado justo para ver a Lucía entrar despistada, sin haberse enterado de nada. Dejó el bolso en el sofá. Se acercó a Adrián, lo cogió de la mano.
—Anda, que te perdono. —Lo arrastró hacia la pista.
Adrián me miró por encima del hombro y se olió los dedos que segundos antes habían estado dentro de mí. Me miré el pantalón. La mancha era escandalosa. No tenía un jersey, ni una chaqueta. Me serví otra copa. Cogí el bolso de Lucía para taparme la entrepierna y salí a bailar.
** Continuará **