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Relatos Ardientes

Mi primera vez fue con el dueño de la cafetería

Pasaba todos los días por la cafetería de la esquina antes de entrar a la oficina. No era la mejor del barrio, pero quedaba en el camino y Mateo, el dueño, recordaba mi pedido sin que tuviera que decir nada. Tenía treinta y seis años, una sonrisa amplia y el divorcio reciente colgándole de los hombros. En el barrio se decían cosas, y casi todas tenían que ver con el motivo por el que su mujer se había ido.

—Buen día, Mateo. ¿Cómo amaneciste?

—Bien, Diego, bien. ¿Lo de siempre?

—Sí, por favor. Un latte para llevar.

Lo preparó sin dejar de mirarme de reojo, con esa manera suya de pasar el trapo por la barra como si el trapo no importara. Me entregó el vaso, dos servilletas dobladas y me deseó un buen día. Salí caminando rápido, pensando en la reunión de las diez.

Recién en el ascensor noté que una de las servilletas tenía algo escrito con tinta azul. La abrí. Era una caligrafía firme, sin titubeos.

«Diego, sé que es atrevido. Me gustaría invitarte a cenar el viernes. Te dejo mi número».

Me quedé mirando el papel hasta que se abrieron las puertas. Sabía perfectamente lo que ese papel significaba. La historia que corría por el barrio era que la mujer de Mateo lo había encontrado en su propia cama con un muchacho más joven. Algunos juraban que el muchacho era estudiante, otros que era un compañero del gimnasio. Nadie hablaba de cenas.

Guardé la servilleta en el bolsillo del saco y me senté frente a la computadora. Durante toda la mañana, mientras simulaba responder correos, volvía a tocar el papel doblado. Tenía treinta y dos años y nunca había estado con un hombre. Lo había pensado, claro que lo había pensado, sobre todo a la hora de masturbarme, cuando me imaginaba arrodillado frente a alguien sin rostro, recibiendo algo que la primera novia nunca había querido ofrecerme con su boca. Pero esos pensamientos morían con el orgasmo y volvían a empezar al día siguiente.

Al mediodía le escribí. No le di muchas vueltas. Le dije que aceptaba, que estaba libre el viernes y que llevaría vino. Me contestó en menos de un minuto.

«No traigas nada. Solo a ti. A las siete».

***

El viernes me cambié tres veces de camisa. Terminé con una azul oscura, jean y un perfume que casi nunca usaba. Llegué a la casa de Mateo cinco minutos antes de las siete y caminé alrededor de la manzana para no parecer ansioso. Cuando toqué el timbre, ya estaba sudando.

Abrió descalzo, con una remera blanca y olor a romero. La cocina estaba encendida y se escuchaba algo de música suave desde el comedor.

—Pasa, pasa. Pensé que no ibas a venir.

—Una invitación así no se rechaza —le dije, y me arrepentí en cuanto las palabras me salieron de la boca.

Sonrió como si hubiera entendido todo lo que yo no había dicho. Me sirvió una copa de tinto antes de que pudiera quitarme el saco, y de a poco fui aflojando los hombros. Cocinaba bien, mejor de lo que esperaba. Hablamos de pavadas durante un rato largo: del barrio, del clima, del proyecto que tenía para abrir una sucursal cerca del parque. Recién al servirnos el café me animé.

—Mateo, si no es indiscreción, ¿es verdad lo que cuentan del divorcio?

Apoyó la taza, me miró con calma y se acomodó en la silla.

—Depende qué cuenten. Si te refieres a que Lucía me encontró con un chico en nuestra cama, es verdad. Tenía más o menos tu edad, y estaba haciéndome justo lo que yo había soñado durante años sin animarme a pedir. Lucía abrió la puerta del cuarto y ya no hubo manera de explicar nada.

—¿No la extrañás?

—Todos los días. Pero no podía pedirle que perdonara algo que yo todavía no sé si está mal.

El silencio se hizo denso. Me di cuenta de que estaba mordiéndome el labio inferior, una manía que tenía desde la adolescencia y que volvía cada vez que mi cabeza iba más rápido que mi boca.

—Tienes suerte —dijo después, sirviéndome otra copa—. Sos joven, no tenés que esconderte de nadie. Si algún día te animás a probar, no vas a tener que cargar con un divorcio.

—Quizá nunca me anime.

—O quizá ya estás más cerca de lo que crees.

Bajé la vista al mantel. Cuando la levanté, él me sostenía la mirada con una tranquilidad que me derritió todas las defensas.

—Mateo —dije, y me costó pronunciar las dos sílabas siguientes—, quería ver lo que esa chica vio esa noche.

No se rió. No hizo ningún chiste. Apoyó las manos sobre la mesa, se puso de pie y me extendió la mano. La tomé sin pensar.

***

Me llevó hasta el living. Apagó la luz del techo y dejó solo una lámpara baja, de las que hacen que todo parezca más íntimo. Yo seguía vestido, parado en el medio de la alfombra como un chico que llega al primer día de clase.

—Sentate ahí —dijo, señalándome el sillón de cuero—. No te voy a tocar hasta que vos me lo pidas. Vos marcás el ritmo, ¿está claro?

Asentí. Me senté con las piernas cerradas y las manos apoyadas en las rodillas. Él se quedó parado frente a mí. Despacio, sin teatro, se desabrochó el cinturón. Cada movimiento parecía pensado para darme tiempo a decir basta. No lo dije. Se bajó el pantalón hasta los tobillos, después el boxer, y se quedó frente a mí con la verga colgando, pesada, todavía blanda y mucho más grande que la mía.

—¿La querés ver de cerca?

Tragué saliva y me arrodillé en la alfombra. Estiré la mano antes de tener una idea clara de lo que estaba haciendo. La sostuve por la base, sentí el peso, el calor, la textura suave de la piel sobre algo firme que empezaba a despertar contra mi palma. Le acaricié los testículos con la otra mano. No tenía casi vello, y los huevos eran grandes y tibios. Mateo no se movió, no me apuró, solo respiró un poco más hondo.

—Llevo años imaginándome esto —le dije sin reconocer mi propia voz.

—Entonces hacelo despacio. Tenés toda la noche.

Me acerqué más. Le di un beso en la punta, primero apenas, como pidiendo permiso. Saqué la lengua y lo recorrí desde abajo hasta arriba. Tenía un olor limpio, distinto al mío, un sabor neutro y un poco salado en la cabeza. Lo metí en la boca con torpeza, sin saber bien qué hacer con la lengua ni con los dientes, y enseguida sentí cómo se endurecía dentro de mí, creciendo hasta llenarme la boca por completo.

—Eso es, Diego. Despacio, así. No tenés que tragarla toda.

Subí y bajé con la cabeza, sosteniéndolo con la mano y dejando que la saliva hiciera el resto. Probé bajar más, hasta sentir que me tocaba el fondo de la garganta. Me retiré tosiendo, lo intenté de nuevo. Cada vez que él suspiraba, una corriente me bajaba desde la nuca hasta la pelvis. Yo, que nunca había hecho esto, descubría que me gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Después de un rato largo levanté la cabeza. Tenía los labios hinchados y la barbilla brillante.

—Quiero probar tu leche.

—Para eso falta. Y te la voy a dar mejor en la cama.

—No sé si quiero más que esto.

—Vamos al cuarto. Si no querés, paramos donde digas.

***

El dormitorio olía a colonia y a sábanas limpias. Mateo terminó de desvestirse y se sentó en el borde de la cama. Yo me saqué la ropa por primera vez en toda la noche, con una vergüenza nueva, consciente de cada centímetro de mi cuerpo. Él me miró como si no hubiera nada que disimular y eso me ayudó a soltar los hombros.

Sacó del cajón del velador un frasco de lubricante y lo dejó sobre la mesa de luz.

—Antes de cualquier cosa, vení acá. Ponete arriba mío, sin meterla, solo así.

Me acomodé sobre él, sentado a horcajadas, sintiendo su verga apoyada contra la mía. Me besó por primera vez en toda la noche. Fue un beso largo, sin urgencia, con la lengua tibia y la barba justo lo suficientemente áspera para recordarme dónde estaba. Me besó el cuello, los hombros, el pecho. Cuando me corrió el pelo de la frente, descubrí que estaba temblando.

—¿Querés que pruebe a meterla?

—Sí. Pero despacio. Por favor.

Me recostó boca arriba, separó mis piernas con suavidad y se untó la verga con lubricante. Después me puso un poco en la entrada del culo con dos dedos. Lo metió y lo sacó, primero uno, después los dos, hasta que dejé de pujar. Cuando lo retiró, me sentí vacío y al mismo tiempo abierto, como si una puerta se hubiera destrabado sin que yo me diera cuenta.

Me apoyó las piernas sobre los hombros y guió la punta hasta la entrada.

—Respirá hondo. Cuando saques el aire, voy a empujar un poco. No más.

Exhalé. Empujó. Sentí una presión enorme, una sensación nueva, un ardor que no era exactamente dolor pero tampoco era placer. Me mordí el labio. Él se quedó quieto.

—¿Sigo o salgo?

—Seguí. Pero quedate ahí un segundo.

Aguantó. Mientras yo me acomodaba a su tamaño, me acariciaba los muslos, el vientre, la cintura. Tenía una manera de tocar que parecía decir no estás solo con esto. Cuando volvió a empujar, el ardor se había aflojado. Empujó otra vez. Otra. Cuando finalmente sentí su pelvis contra mis nalgas, se me escapó un gemido largo, parecido al alivio de un peso.

—Ya está. La tenés toda. No te muevas. Yo me muevo.

Comenzó un vaivén lento, casi sin sacarla, dejándome conocer la sensación de tenerlo dentro. De a poco empezó a salir más, a entrar más profundo, sosteniéndome de las caderas, mirándome con una calma que me anclaba. Yo descubrí, escena por escena, que aquello que tantas veces había imaginado en mi cabeza ahora estaba pasando, y que mi cuerpo lo aceptaba con menos dificultad de la que había temido.

—Date vuelta. Quiero verte de espaldas.

Me puse en cuatro al borde de la cama. Me dio una palmada suave en una nalga y volvió a entrar, esta vez de un solo movimiento controlado. En esa postura era distinto. La sentía hasta más adentro, y la cabeza se me iba a algún lugar donde ya no me importaba estar haciendo algo que nunca había hecho. Miré hacia abajo y vi que de mi propia verga colgaba un hilo brillante que llegaba hasta la sábana.

—Mirate cómo estás —me dijo al oído—. Como una mujercita bien mojada.

—Soy tuyo. Hacé lo que quieras.

Cogió un rato así, sin apuro, dando estocadas largas, parando a veces para acariciarme la espalda. Después me pidió que me recostara de costado y se acomodó atrás, en cucharita. La metió desde esa posición y me abrazó. Era una manera más íntima, más callada. Me besaba la nuca mientras me empujaba apenas, como si en lugar de cogerme me estuviera contando algo al oído con el cuerpo.

—¿Querés que termine en tu boca como habíamos dicho?

—No —dije, y me sorprendió mi propia respuesta—. Quiero que termines adentro.

—¿Seguro?

—Seguro. Quiero saber qué se siente.

Me hizo darme vuelta y poner una almohada bajo la cadera. Me cogió desde arriba, apoyado en los antebrazos, esta vez sin contemplaciones. El sonido de nuestros cuerpos llenó el cuarto. Sentí la cama moverse, la almohada rozarme la verga con cada embestida, los huevos de Mateo golpeándome las nalgas. Cerré los ojos y dejé que pasara.

—Me voy a venir —avisó, con la voz quebrada.

—Adentro.

Empujó tres veces más, fuerte, y se quedó clavado hasta el fondo. Sentí cómo se contraía dentro de mí, sentí el pulso de su verga descargando, y eso solo, sin nadie tocándome, me llevó al borde. Me besó los hombros mientras se vaciaba, sin salir todavía. Cuando recuperó la respiración, se movió hasta volver a ponerme de costado y, con su pija todavía adentro, me agarró la mía con la mano libre.

—Ahora vos.

No tardé ni un minuto. Acabé sobre las sábanas con un orgasmo que me hizo apretar el culo alrededor de su verga y arrancarle a él un último gemido. Sentí que algo se desbordaba dentro de mí cuando finalmente salió.

Nos quedamos un rato así, sin hablar, mientras él me pasaba la mano por la espalda. Cuando empecé a vestirme, ya en el living, me detuvo en la puerta con un beso en la frente.

—No quiero esperar mucho hasta volver a verte.

—El viernes que viene —contesté—. Y esta vez sí pruebo tu leche.

Salí a la calle con el saco en la mano y el barrio dormido. Caminé las seis cuadras hasta mi casa sintiendo el cuerpo distinto, como si hubiera estrenado una piel nueva debajo de la vieja. Cuando llegué, me senté en el borde de la cama y entendí que ya no iba a poder pedir un latte en esa cafetería de la misma manera.

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Comentarios (4)

Santi_Noche

que buenisimooo, me lo lei dos veces y sigue igual de bueno jajaja. Seguí escribiendo!!

MatiRivero

tremendo relato, me dejo sin palabras. Hay segunda parte? porque me quede con muchas ganas de mas

SergioBaires

Me recordo a algo que me paso hace años, no tan cinematografico pero igual de intenso. Esas primeras veces te quedan grabadas para siempre. Buen relato, muy sincero.

ChrisBA_22

y que paso despues con Mateo? no nos deja con esa duda jaja

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