Volví a casa de mi vecino, sabía lo que venía
Desde el lunes empecé a contar las horas que faltaban para el sábado. No era ilusión, era miedo. Sabía que tenía que volver a casa de mi vecino, Bruno, y sabía exactamente lo que iba a pasar allí. La primera vez había sido en los trasteros del edificio, y todavía me dolía el cuerpo solo de recordarlo. Pero ahora me tocaba subir a su piso, y eso me ponía mucho peor.
Lo único que me hacía soportar la idea era pensar en su polla. Era larga, gruesa, con unos huevos enormes que se le movían cuando caminaba. Esa parte sí me gustaba. Lo demás —su barriga, su mirada turbia, esa sonrisa torcida que ponía cuando me veía— me daba un asco que no podía explicar y que, por algún motivo, también me excitaba.
La pesadilla del chantaje seguía ahí. Las fotos, los vídeos. Si me negaba a ir, lo perdía todo. Si iba, era suyo. No había salida buena.
Llegó el sábado. A las once en punto teníamos cita, pero a las once menos cuarto yo ya estaba bajando las escaleras de mi piso. Antes de salir había mirado por la mirilla, por si veía a Andrés, el vecino del segundo, pero el rellano estaba vacío. Mejor así. No quería cruzarme con nadie y tener que inventar una excusa de por qué subía a casa de Bruno un sábado por la mañana.
Toqué el timbre y esperé pegado a la puerta, casi de espaldas, para que no me viera la cara nadie que pasara por el pasillo. Entonces oí el ascensor subiendo. Me quedé tieso. Estaba a punto de salir corriendo por las escaleras cuando la puerta se abrió de golpe.
Bruno apareció en el umbral, vestido solamente con una bata corta de algodón. Nada debajo. Se la sujetaba con una mano sin demasiado interés, así que el frente le quedaba medio abierto y le colgaba la verga a la vista, larga y pesada incluso flácida.
—Vaya, vaya. Mi vecinito, puntual y todo —dijo, sonriendo de esa manera que me hacía un nudo en el estómago.
Las piernas me temblaban. Sentí un sudor frío en la nuca y la cara me ardía. No me salía la voz. Me quedé mirándolo como un idiota.
—Pasa, anda —dijo, apartándose un poco.
Entré sin pensar. En cuanto crucé el umbral, él cerró la puerta con el pie y me agarró el paquete por encima del pantalón.
—Así me gustan las putitas —me susurró al oído—. Obedientes.
Pegué un respingo y me giré de espaldas a la pared, atrapado entre ella y su cuerpo. Le sujeté la muñeca por instinto, pero no aparté la mano. No podía. Me apretaba con fuerza, pero también con destreza, como si supiera exactamente dónde tocar.
—Llevas semanas evitándome, ¿eh? Te he visto cambiando de hora para sacar la basura, para no coincidir conmigo en el ascensor. Pero al final has venido, ¿verdad?
No respondí. No hacía falta. Él ya sabía la respuesta.
Acercó la boca a la mía. Tenía los labios gruesos y el aliento le olía a café. Me pasó la lengua por los labios, despacio, casi con asco por mi parte y con descaro por la suya.
—Abre la boca, putita. Quiero probarte.
Abrí los labios sin querer abrirlos. Su lengua entró entera, gorda, hurgando por dentro como si quisiera dejarme una marca. Me chupaba la lengua, me mordía el labio inferior, sin parar, hasta que noté el sabor metálico de la sangre. Mientras tanto su mano seguía abajo, ya colada por dentro del pantalón, manoseándome la polla y los huevos sin parar.
Cuando me soltó la boca yo tenía los labios hinchados y rojos, como si me los hubiera comido a mordiscos. Llevó la otra mano a mis nalgas, sobre la tela, y empezó a estrujarlas.
—Ay, qué culito, qué culito tienes —repetía—. Anda, vamos al comedor, que te quiero ver desnudo.
Me empujó por el pasillo, abrazándome por la espalda y restregándose contra mí a cada paso. El comedor era pequeño, con una mesa redonda en el centro. Sobre la mesa había un periódico abierto, varias revistas y un par de objetos pequeños que no identifiqué a primera vista. Más tarde entendí para qué eran.
Sin despegarse de mí, empezó a aflojarme el cinturón. Me mordía la oreja, me lamía el cuello, me decía al oído las cosas que iba a hacerme. Yo cerraba los ojos. No podía hacer nada más.
—Te voy a preñar otra vez esta barriguita —susurró—. Te voy a dejar lleno por dentro.
El pantalón cayó hasta los tobillos. Levantó mis brazos y me sacó la camiseta. Cuando estuve medio desnudo, sus manos se pasearon por mi pecho, mi abdomen, mis pezones. Pellizcaba con los dedos, fuerte, sabiendo perfectamente lo que hacía. Yo ya estaba duro. Negarlo era imposible. Mi polla apretaba contra la tela del calzoncillo y palpitaba.
—Mira lo empalmado que estás, maricón —dijo con una risita—. Si te encanta.
Me bajó el calzoncillo de un tirón. La polla me saltó pegándose al estómago. Detrás de mí, él se restregaba con la suya por la raja de mi culo, despacio, dejando que la sintiera bien. Era pesada y caliente. Me apretaba contra sus caderas mientras una de sus manos me sujetaba la polla y la otra seguía con los pezones.
—Estás a punto, ¿eh? Estás a puntito de correrte solo con esto.
Era verdad. Si seguía un minuto más así, me iba a correr antes incluso de que me la metiera. Él lo sabía. Por eso se apartó.
—Quítate los zapatos y el pantalón. Quiero verte entero.
Me agaché para desatar los cordones. Mientras estaba inclinado, me dio dos palmadas secas en el culo. Me ardió, pero también me hizo gemir bajito sin querer.
—Qué culito, qué culito —repetía—. Ven, ponte aquí.
Me sujetó por la cintura y me empujó contra la mesa. Apoyé las manos primero, luego el pecho. Me abrió las piernas con la rodilla. Quedé inclinado, el culo en pompa, expuesto del todo.
Se agachó detrás de mí. Le sentí separarme las nalgas con los pulgares. Después, la punta de la lengua. Caliente, mojada, recorriendo el contorno de mi entrada con una lentitud cruel.
—Ohhh —se me escapó.
—¿Te gusta, putita? —preguntaba mientras lamía—. Qué limpito te has venido. Eso me gusta. Eso me gusta mucho.
Se entretuvo allí mucho rato. Lamía, mordía las nalgas, volvía a lamer. Hurgaba con la lengua en mi esfínter hasta que noté que me ablandaba. Cuando ya no aguantaba más, empezó a empujar con un dedo. Entró sin demasiada resistencia.
—Tranquilo. Es solo un dedo. Vamos a abrirte poco a poco, que esta vez quiero que disfrutes.
Doblaba el dedo dentro, lo movía, lo sacaba y lo metía. Después de un rato añadió el segundo. Me ardía. Me ardía y al mismo tiempo me hacía mover las caderas hacia atrás, buscando más.
—Eso es, maricón. Mira cómo te abres. Mira cómo me pides ya.
Me hizo darme la vuelta. Se quitó la bata por fin y se quedó desnudo, con la polla dura apuntándome al estómago. Me puso una mano en el hombro y empujó hacia abajo. Me arrodillé.
—Anda, abre la boca. Déjamela bien lubricada con tu saliva.
Agarré la base con las dos manos y me la metí en la boca. Era más grande de lo que recordaba. Apenas me cabía. Él me agarró del pelo y empezó a empujar, marcando el ritmo, sin importarle si me ahogaba.
—Asíii, asíii, traga, putita, traga.
Sus huevos me golpeaban la barbilla a cada embestida, pesados, como un badajo. Yo lloraba sin querer, no de pena sino de esfuerzo. La saliva me chorreaba por la barbilla y caía sobre sus pelotas, empapándolas. Cuando empecé a tener arcadas, me sacó la polla de un tirón y me agarró por los brazos.
—Arriba.
Me levantó y me sentó en el borde de la mesa. Me separó las piernas. Se agachó él esta vez y se metió mi polla entera en la boca, hasta el fondo. Solté un gemido largo agarrándome a su cabeza. La lengua me lamía los huevos mientras tenía la verga en la garganta.
—¿Te gusta, eh? —dijo soltándola un momento—. Vamos a hacerte gozar como te mereces.
Pasó a mi perineo, a mi agujero otra vez. Yo era todo nervios. Sentía que iba a correrme en cualquier momento, y él lo notaba. Por eso paró.
Me dio la vuelta y me volvió a poner sobre la mesa, pecho abajo, las piernas abiertas. Cogió uno de los tarritos de la mesa y noté el lubricante frío sobre el culo. Sus dedos resbalaban dentro de mí con facilidad. Me untó bien por dentro.
—Lista la nenita —dijo.
Sentí la punta de su polla en mi entrada. Una primera presión, suave, casi sin querer. Y después, sin avisar, una estocada larga, profunda, que me la metió entera hasta el fondo.
—¡Ohhh! —grité, agarrándome al borde de la mesa.
—Ya está, ya la tienes toda —jadeó él, sujetándome de las caderas—. Quieto, quieto. Acostúmbrate.
Empezó a moverse. Despacio al principio, casi con cuidado, asegurándose de que mi cuerpo cedía. Pero pronto el ritmo subió. Plof, plof, plof. La pelvis le golpeaba contra mis nalgas con cada embestida, y yo gemía cada vez más alto, sin poder controlarme.
—Qué culito más rico, cabrón. Qué estrechito lo tienes todavía. Te voy a hacer mi nena, ¿me oyes? Mi nenita. Vas a venir cuando yo te llame.
Me lo decía golpeando, marcándolo a cada palabra. Notaba cómo su polla rozaba algo dentro de mí cada vez que entraba a fondo. Era un punto exacto, y cada vez que lo tocaba, mi pene goteaba sin que nadie lo tocara.
De repente sentí esa corriente subir desde los testículos. No me dio tiempo a avisar.
—¡Me corro! ¡Me corro! —grité, mientras los chorros caían sobre el suelo del comedor.
—Eso es, mi nenita, eso es. Córrete para tu macho.
Siguió. No paró ni un segundo. Me siguió taladrando mientras yo terminaba de vaciarme, y entonces el ritmo se hizo más bestia. Cada embestida me levantaba los pies del suelo. La mesa crujía. Yo seguía gimiendo, ya con la polla blanda y el culo ardiendo, sintiéndolo cada vez más cerca de su final.
—¡Ohhh, qué gusto! ¡Me corro, me corro!
Lo sentí palpitar dentro de mí. Cuatro, cinco chorros calientes, profundos. Se quedó quieto, hundido hasta el fondo, respirando contra mi espalda. Su mano me acariciaba la nuca casi con ternura, lo cual me dio más miedo que todo lo anterior.
—Ya te he preñado otra vez esta barriguita —dijo, y se rió.
Estábamos así, recuperándonos, cuando sonó el timbre.
Bruno levantó la cabeza con interés. Salió de mí despacio, se puso la bata y me miró desde la puerta del comedor.
—Mira tú, qué oportuno —dijo—. Tú no te muevas de aquí. Quédate como estás.
Salió al pasillo a abrir. Yo me quedé apoyado en la mesa, con el culo lleno y las piernas temblando, escuchando cómo giraba el pestillo. Y mientras escuchaba la cerradura abrirse, entendí que aquello no había terminado. Que estaba empezando otra cosa.