Lo que ese hombre me leyó cambió algo en mí
Salía tarde del trabajo cuando lo vi. Estaba apoyado en el marco de la puerta de un edificio de departamentos, en esa postura que tienen ciertos hombres cuando saben exactamente dónde están y no necesitan demostrárselo a nadie. Un libro en la mano izquierda, la espalda contra la madera oscura, una camisa clara entreabierta en el cuello.
Lo miré. No mucho. Lo suficiente para que él lo notara.
Seguí caminando. La adrenalina me subió al pecho de esa forma específica que reconozco hace años: una vibración que no tiene nombre pero que el cuerpo interpreta sin error. Pensé en seguir de largo. Llegar a casa, ducharme, cenar. Pensé en todo eso durante exactamente treinta pasos.
Después me detuve junto a un quiosco cerrado con la excusa de revisar el celular.
Volví sobre mis pasos.
Seguía ahí. El libro ahora abierto. Una sonrisa pequeña en la comisura de la boca, como si supiera que iba a volver.
Me acerqué a la puerta de vidrio. Él hizo lo mismo desde adentro, con la calma de quien no tiene apuro.
—Sos técnico —dijo antes de que yo abriera la boca. Señaló el logo bordado en mi remera.
—Fibra óptica. ¿Hay algún problema en el edificio?
—En mi departamento. El router anda raro desde ayer. Si tenés un minuto...
—Puedo echarle un vistazo.
Abrió la puerta. La cerró detrás de mí.
***
Su departamento era el del primer piso, al fondo de un pasillo corto con piso de mármol. Poco mobiliario, mucha luz filtrada por persianas de lino color crema. Libros por todas partes: en estanterías que cubrían una pared entera, apilados en el suelo junto al sillón, sobre la mesa del comedor. Entre ellos, un cuaderno de tapa blanda con un nombre escrito a mano con marcador negro.
Fui directo al router. Lo revisé. Las luces parpadeaban con normalidad; la señal era perfecta.
—Funciona bien —dije, mirándolo.
—Ya lo suponía. —Se encogió de hombros sin el menor rastro de vergüenza—. Pasa cuando viene alguien a mirarlo.
Me reí. No pude evitarlo.
—¿Y el libro?
Lo levantó. Era ese cuaderno de la mesa, con el nombre en la tapa: DIEGO R.
—Poesía. Mía. Escribo hace años, pero nunca publiqué nada en forma.
—¿Por qué no?
—Porque lo que escribo no entra en ningún catálogo fácil. —Hizo un gesto hacia el sillón—. ¿Querés ver?
Me senté. Él se acomodó a mi lado, lo bastante cerca como para que yo notara el calor de su brazo sin que nuestras pieles se tocaran. Olía a algo cítrico y leve, colonia o jabón, difícil saberlo.
Abrió el cuaderno al azar y empezó a leer en voz baja.
Los primeros versos describían un cuerpo masculino con una precisión que no era anatomía sino deseo concentrado: la línea del cuello bajando hacia el hombro, la tensión de los muslos contra una sábana, el peso específico de las manos cuando aprietan una polla ajena. No era pornografía. Era algo más perturbador que eso. Era alguien que había mirado a otro hombre con atención sostenida durante mucho tiempo y había decidido transcribirlo todo sin disculparse por ello.
Me quedé en silencio cuando terminó el poema.
—¿Todos son así? —pregunté.
—Todos. Tengo tres cuadernos llenos.
—Seguí.
Leyó otro. Este era más explícito. Dos hombres en una habitación oscura, uno de rodillas mamando la verga del otro, la descripción exacta de cómo la lengua rodeaba el glande, de cómo el semen le caía por la barbilla al terminar. Diego leía con la voz plana de quien conoce de memoria lo que dice, sin subrayar nada, sin actuar. Eso lo hacía más poderoso que cualquier énfasis.
Cuando terminó, el silencio duró lo suficiente para que ninguno de los dos pudiera fingir que era casual. Yo ya tenía la polla dura marcada contra la tela del pantalón, y él no fingió no verlo.
—Funciona —dije.
—¿El qué?
—La poesía. Funciona.
—Para eso está.
Su mano cayó sobre mi muslo. Plana, firme, sin titubeos. Subió unos centímetros, hasta rozarme el bulto por encima del pantalón. Me la quedé mirando un segundo. Después la cubrí con la mía y apreté para que sintiera cuánto la tenía.
***
Nos besamos en el sillón primero. Él besaba despacio, con una concentración que hacía que el tiempo se espesara. Me tomó de la nuca y me metió la lengua hasta el fondo de la boca, buscando la mía con una insistencia calmada que me hizo gemir contra sus dientes. Le abrí la camisa botón por botón. Me hundí en su cuello, le mordí el hombro, le lamí la clavícula.
Tenía un cuerpo delgado, fibroso, con el pecho liso y los hombros marcados. La piel clara. Una cicatriz larga en el costado izquierdo que no pregunté de dónde venía. Le pasé la lengua por la cicatriz. Después le mordí el pezón y él soltó un gruñido bajo mientras me apretaba la nuca con más fuerza.
—Acá —dijo, y me guió hacia el dormitorio.
La habitación estaba en penumbra. Una lámpara de pie en el rincón, con pantalla de papel color naranja quemado, daba una luz cálida que lo hacía todo parecer más lento, más denso. La cama era doble, tendida con una colcha verde oscura.
Nos sacamos la ropa el uno al otro, sin prisa pero sin demoras. Él me desabotonó el pantalón con los pulgares mientras me miraba a los ojos. Me bajó el pantalón y el bóxer de un solo tirón. Mi polla saltó dura contra mi estómago y él la miró con una atención hambrienta antes de agarrarla con la palma abierta, sopesándola, apretando la base con esos dedos largos de escritor.
—Linda —dijo, y me pasó el pulgar por la punta, esparciendo la gota de líquido preseminal que ya se había juntado ahí.
Yo le bajé los jeans y lo que había debajo. Tenía una polla larga, gruesa en el medio, algo curvada hacia arriba, con las venas marcadas y los huevos apretados contra el cuerpo. La tomé en la mano. Estaba caliente y latía contra mi palma.
—Veintiuno, veintidós —dije.
—Veintiuno —corrigió, con una sonrisa que indicaba que ese número ya no le sorprendía a nadie.
Nos tumbamos en la cama. Empezamos con las manos, con la boca sobre el cuello y los hombros, con esa exploración que es mitad curiosidad y mitad postergación deliberada. Él recorrió mi espalda con las palmas abiertas, de arriba hacia abajo, hasta clavarme los dedos en el culo y separarme las nalgas apenas, un anticipo de intenciones. Yo le apreté los glúteos mientras él gemía contra mi cuello y le pasé un dedo por la raya, sintiendo cómo se contraía cuando lo rocé por primera vez.
Le bajé la cabeza hasta mi verga y él entendió sin necesidad de que le pidiera nada. Me la metió en la boca de una sola vez, hasta el fondo, y sentí la garganta apretada alrededor del glande. Empezó a chuparla despacio, con los cachetes hundidos, alternando la profundidad, sacándola entera para lamerme los huevos uno por uno, chuparlos, dejarlos brillantes de saliva, y volver a tragarme la polla hasta la base. Le agarré el pelo. No para forzarlo: para tener algo de qué agarrarme mientras me la mamaba con una técnica que dejaba muy claro que la poesía no era su único talento.
—Puta madre —murmuré—. Cómo chupás.
Él me soltó la polla con un chasquido húmedo y sonrió con los labios brillantes.
—Escribo lo que hago.
Después me dio vuelta.
Empezó con la lengua en la parte baja de la espalda, bajando por la raya del culo con besos lentos, mordiéndome una nalga y después la otra. Me separó las nalgas con las dos manos y me clavó la lengua en el ojete sin preámbulos. Ahí, en círculos amplios, sin apuro. Luego fue concentrando la presión, jugando con el punto central, empujando la punta de la lengua hacia adentro, penetrándome con ella hasta donde llegaba. Abrí las piernas más. Levanté el culo contra su cara. El sonido que hice no lo planifiqué.
—¿Bien? —preguntó, y me metió un dedo mojado en saliva.
—Seguí.
Siguió. Un dedo, después dos, moviéndolos en tijera, buscándome la próstata con la yema hasta que la encontró y me hizo saltar contra el colchón. Escupió sobre mi entrada y volvió a lamer, alternando lengua y dedos hasta que yo ya estaba empujando el culo hacia atrás como un animal, buscando más.
***
Cuando lo penetré fue con calma. Él se dio vuelta para quedar de espaldas y me miró mientras yo entraba. Le levanté las piernas, me las apoyé en los hombros, y empujé el glande contra su culo lubricado con saliva y con la crema que había sacado del cajón de la mesita. Entró de a poco, centímetro a centímetro, y él se abrió alrededor de mi verga con un gemido largo que le empezó grave y le terminó agudo. No apartó los ojos. Eso me sostuvo de una manera que no había esperado.
Lo moví despacio al principio, sacando la polla casi entera y volviéndola a meter hasta que mis huevos le golpeaban contra el culo. Él ajustó el ángulo con las caderas, buscando la posición exacta. Cuando la encontró, el sonido que hizo fue diferente al de antes: más grave, más definitivo.
—Ahí —dijo—. Justo ahí. No te muevas del ángulo.
Le tomé los hombros. Aumenté el ritmo. Cada embestida le arrancaba un gemido corto, como un hipo, y su polla rebotaba dura contra su vientre a cada empujón, chorreando líquido preseminal sobre el ombligo. Él movía el cuerpo al encuentro del mío con esa libertad que tienen las personas que saben lo que quieren y ya tomaron la decisión de tomarlo. Me pedía más con la presión de las piernas, con las manos que me jalaban hacia él, con los talones clavados en mi espalda baja.
—Más —dijo—. Más fuerte. Rompeme.
Di más. Le agarré una pierna y se la abrí todo lo que pude, girándole la cadera para entrar en un ángulo nuevo, y empecé a follármelo con fuerza, con cada estocada hasta el fondo, haciendo que la cama crujiera contra la pared. Él tenía la boca abierta y no le salía la voz, solo un aire ronco que se le escapaba a cada golpe de mi verga contra su próstata.
Empecé a pajearlo mientras seguía moviéndome, con la palma bien envuelta alrededor de su polla, apretando en la base y aflojando en la punta. Él echó la cabeza atrás. Me marcó las nalgas con los dedos, fuerte, arañándome, dejándome líneas rojas que iba a ver después en el espejo. A ratos cerraba los ojos y a ratos me miraba con una intensidad que era difícil sostener sin apartar la vista.
—Me vas a hacer acabar —murmuró—. Si seguís así me corro sin tocarme.
Eso era exactamente lo que necesitaba evitar. Tenía planes para cuando llegara a casa esa noche, y llegar vacío no era parte del plan. Aprendí el truco hace tiempo: aflojar en el momento preciso, desviar la concentración hacia algo neutro, dejar que la ola pase sin romperse. Lo hice. Gemí con fuerza para que la diferencia no se notara. Bombeé cuatro o cinco veces más, despacio, sacando la verga casi entera y volviéndola a meter con cuidado quirúrgico, y me detuve con la polla enterrada hasta la base, la respiración agitada.
—Un segundo —dije.
Él asintió. Me creyó.
***
Le pedí que se tumbara boca arriba.
Salí de él lentamente, con un ruido húmedo, y le vi el ojete abierto y rosado, dilatado por mi verga, cerrándose despacio. Me senté entre sus piernas. Tomé su polla en la mano y la llevé a la boca.
Trabajé despacio. La punta primero, con la lengua plana, aprendiendo la forma. Rodeé la corona con la punta de la lengua, buscando el frenillo, presionando ahí hasta que él dio un respingo. Después abriendo más, bajando, tragándome centímetro a centímetro esa polla larga y curvada, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta. Él puso una mano en mi cabello, no para guiar, solo para tener algo donde apoyarse. La lámpara naranja del rincón proyectaba su sombra en la pared: mi cabeza subiendo y bajando entre sus muslos abiertos.
—Dios —dijo, muy bajo—. Dios, qué boca.
Fui bajando más. Hasta donde pude, hasta que la nariz me tocaba su vello púbico y sus huevos me golpeaban la barbilla. Las arcadas vinieron un par de veces; las ignoré y seguí, tragando saliva alrededor de su polla, apretando la garganta contra el glande. Le lamí los huevos, uno por uno, y le pasé la lengua por el perineo hasta el ojete todavía dilatado. Le metí la lengua ahí un momento, sintiéndolo temblar entero, y volví a subir a la polla.
Lo pajé con la mano al mismo tiempo que lo sostenía con la boca, torciendo la muñeca en cada subida, con la saliva chorreándome por los dedos hasta empaparle los huevos. El ritmo fue acelerando solo. Él movía las caderas muy levemente, casi con pudor, como si no quisiera parecer impaciente. Podía verlo entre las penumbras: la cabellera revuelta contra la almohada, los ojos cerrados, la boca entreabierta, un brillo de sudor en el pecho.
—Voy a acabarte en la boca —advirtió, con la voz rota—. Si no querés, sacate.
No me saqué. Aceleré. Le apreté los huevos con la mano libre, sintiéndolos ya duros y encogidos contra el cuerpo, listos para descargar.
Cuando lo sentí tensarse, no me aparté.
Acabó con un sonido ahogado, los muslos apretados a los costados de mi cabeza, las caderas levantadas de la cama, la polla latiéndome contra el paladar mientras chorros de semen tibio me llenaban la boca uno tras otro. Cinco, seis descargas espesas. Yo tragué todo, sin sacarla, aguantando hasta la última contracción, exprimiendo con los labios apretados alrededor del glande para que no se me escapara una gota. Esperé a que terminara del todo. Después alcé la vista, con los labios brillantes y la boca todavía apenas abierta para que él viera que estaba vacía.
Me estaba mirando con esa cara que tiene la gente cuando no sabe bien qué acaba de pasar.
—Te lo tragaste —dijo. Más observación que pregunta.
—¿Problema?
—Ninguno. Solo que no lo esperaba.
—¿Qué esperabas?
—No sé. —Una pausa—. Algo peor.
***
Nos vestimos sin hablar mucho. Él me ofreció agua. La acepté. Nos sentamos en el sillón con el cuaderno cerrado sobre la mesa y hablamos de nada en particular: del barrio, de si valía la pena seguir imprimiendo poesía en papel, de la lluvia que amenazaba desde el mediodía y que todavía no se decidía a caer.
Antes de irme, Diego arrancó una hoja del final del cuaderno y me la dio.
—Por si el router vuelve a fallar.
Era su número, con el nombre escrito abajo.
—Camilo —dije, aunque no me lo había preguntado.
Sonrió.
—Ya lo suponía.
Salí a la calle. El aire tenía ese olor a tierra mojada que anuncia tormenta. Caminé a paso normal, con el papelito doblado en el bolsillo de la remera, pensando en que tendría que llegar a casa en un estado razonablemente presentable y en que, de todos los rodeos posibles en una tarde de martes, ese había sido el que menos esperaba y el que más iba a ocuparme la cabeza.
***
Volví dos semanas después. Esta vez no hubo pretexto de router.
Toqué el timbre. Él abrió. Ninguno de los dos dijo nada durante los primeros minutos; no hacía falta. Me llevó directo al dormitorio, me sacó la ropa contra la pared, me arrodilló y me metió la polla en la boca antes de que yo pudiera decir hola. Se la mamé de rodillas, con las manos apoyadas en sus muslos, mientras él me sostenía la cabeza con las dos manos y me marcaba el ritmo, follándome la boca con embestidas cortas y precisas hasta que la baba me caía por la barbilla.
—Al colchón —dijo, sacándomela de la boca.
En esa segunda visita fue él quien me penetró. Lo dejé porque quise, porque lo había leído en sus poemas con una precisión que ya conocía de memoria, y porque había algo en la idea de ser, por una hora, el cuerpo del que él había estado escribiendo, que no podía dejar ir sin haberlo probado al menos una vez.
Me tumbó boca abajo primero. Me abrió las nalgas con las dos manos y me comió el culo largo rato, con la misma lengua paciente con la que leía sus versos, hasta que yo estaba empujando la cadera contra su cara y pidiéndoselo con palabras que no sabía que iba a decir. Después me dio vuelta. Me levantó las piernas, se puso preservativo, se untó las manos con lubricante y me abrió con dos dedos primero, después con tres, buscándome la próstata con la misma exactitud con la que colocaba una palabra en un verso.
Cuando me metió la polla, tomó su tiempo. Fue despacio, centímetro a centímetro, mirándome la cara para leer en ella cuánto podía darme y cuándo. Tenía la verga gruesa y curvada y yo la sentí adentro como si me estuviera reescribiendo por dentro, ajustando cada línea. Empezó a moverse con embestidas largas, hasta el fondo, apoyando su peso sobre mis piernas dobladas contra el pecho. Cada golpe suyo contra mi próstata me sacaba un gemido nuevo. Me agarró la polla con la mano derecha y me la empezó a pajear al ritmo de sus caderas, sin apuro, con la misma atención hacia mi cuerpo que tenía algo de la misma concentración con la que leía sus propios versos.
—Acabá para mí —me pidió, con la voz baja contra mi oreja—. Quiero verte.
No aguanté mucho más. Me corrí con su polla enterrada hasta el fondo, con chorros de semen que me subieron hasta el pecho y el cuello, apretando el culo alrededor de él con espasmos que lo hicieron gemir y perder por primera vez la calma. Aumentó el ritmo. Me folló más rápido, con las manos clavadas en mis muslos, hasta que se enterró hasta el fondo con una embestida final y acabó dentro de mí, dentro del preservativo, con el cuerpo temblándole encima del mío. Después se quedó quieto, apoyado sobre los codos, mirándome con algo que era más que satisfacción y menos que ternura, mientras yo sentía todavía cómo su polla latía adentro y su corazón golpeaba contra el mío.
No volví una tercera vez. No porque esa segunda tarde me dejara un mal sabor: al contrario, me dejó algo que todavía no sé nombrar del todo. Sino porque en las semanas que siguieron algo se acomodó de otra manera en mí, como si esas dos visitas al departamento del primer piso hubieran abierto una puerta que yo no sabía que estaba cerrada y que ahora, abierta, cambiaba la perspectiva de todo lo que había del otro lado.
Sigo pensando en los poemas, a veces. En la forma en que Diego leía con la voz plana, sin énfasis, como si describir el deseo fuera simplemente otra manera de nombrarlo.
Quizás lo sea.