Lo que hacíamos detrás de la fragua del herrero
En el condado de Mersley había dos reglas que cualquiera debía cumplir si quería vivir en paz: ser útil y ser buen cristiano. Quien tenía un oficio, se entregaba a él con esmero y no buscaba líos podía esperar una vida tranquila. A los holgazanes y a los maleantes, en cambio, los perseguía la ley sin descanso, y si los guardias les echaban el guante, terminaban sus días en la oscuridad de una mazmorra, donde los muros se tragaban por igual sus vidas y sus nombres.
En aquellos tiempos, ascender en la sociedad era una idea inconcebible para las clases humildes. Sus posibilidades de prosperar se reducían a tres: entrar en el clero, alistarse en las filas de su señor feudal o seguir el oficio de sus padres. Eadric, de pelo cobrizo y piel sembrada de pecas, había tomado el último camino. Tampoco hubo mucho que elegir. Desde que aprendió a caminar, su padre le había metido en el cuerpo la profesión de carbonero, y el arte de fabricar carbón vegetal lo llevaba ya casi en la sangre. Ahora, hecho un joven rayano en la edad de casarse, se dedicaba en cuerpo y alma a aquel trabajo junto a su padre y sus hermanos.
Aquel día amaneció nublado y plomizo, con la amenaza de una lluvia que nunca llegaría a caer. El viento apenas se movía y, aunque flotaba en el aire una sensación fresca, resultaba fácil de soportar. Apenas se levantaron, toda la familia se puso a sus quehaceres. Entre las tareas de Eadric estaba cargar sacos de carbón y llevarlos a quien los pidiera y los pagase. Ese día le tocaba acercarse a la herrería, uno de sus mejores clientes por la necesidad constante de aquella materia prima para alimentar las llamas de la forja. Eadric no protestó. No le molestaba hacer esos recados, ni siquiera cargando con tan pesado bulto a pie.
Tardó una hora larga en llegar a la fragua, que lo recibió con una bocanada de aire caliente que le encendió las mejillas y un fuerte olor a azufre y humo. Estaba bien provista: estanterías repletas de productos, un yunque, una enorme chimenea que escupía destellos anaranjados y una mesa vieja cubierta de herramientas. En aquel momento solo había una persona dentro, un muchacho corpulento, de brazos anchos y velludos, algo chamuscados alrededor de las muñecas. Era el hijo del herrero, de edad parecida a la suya. Lo conocía desde hacía muchos años.
—Buenos días, Brand. ¿Está tu padre?
—Buenos días. No, ha salido a ver al conde. Lo han convocado a su torre.
—¿Y eso? ¿Va a haber guerra?
—Ni idea. No me ha dicho nada al marcharse.
—Bueno… Es día de entrega. Traigo más carbón.
—Perfecto. Tráelo por aquí.
Brand se quitó el sucio delantal de cuero y lo guio por una puerta del fondo de la estancia. Cruzaron un pasadizo estrecho y desembocaron en un patio trasero encerrado entre los edificios. Era un espacio enlosado con una caseta donde guardaban buena parte de la producción, una leñera, una carbonera y unas cuantas cajas y barriles.
—Ven, te ayudo a descargar —dijo Brand.
Entre los dos desataron la boca del saco y vaciaron las oscuras piedras junto al resto, hasta que no quedó dentro ni el polvo. Cuando estuvo vacío, Eadric recogió la bolsa para llevársela de vuelta. De repente se encontró con los labios de Brand, que se habían lanzado sobre los suyos para robarle un beso. Los saboreó unos segundos, ásperos por la barba rala, de regusto ardiente, antes de apartarse.
—No puedes dejar sola la forja —repuso.
—Solo será un momento. ¿O es que ya no me quieres?
—Claro que te quiero.
—Entonces ven aquí.
Brand lo agarró de la camisa y lo arrastró a un rincón discreto, tras la leñera, donde nadie podría verlos, para volver a unir sus bocas.
Desde antes de salir de casa, Eadric había acariciado en el pecho la esperanza de que el padre de Brand estuviese fuera, para disfrutar de un rato a solas con él. Lo suyo había empezado como una amistad aparente, fruto de la estrecha relación profesional entre el herrero y el carbonero, y había ido cambiando con el tiempo. Aunque Brand no fuera demasiado agraciado, con su herencia robusta y sus hombros anchos, Eadric, más enjuto, lo adoraba. Todo comenzó con una sospecha mutua, miradas que se cruzaban en el silencio de conversaciones sin palabras, sin saber si podían confiarse el secreto. Hasta que un momento de soledad les dio el valor para confesarlo. Desde entonces, cada encuentro se convertía en un despliegue de pasión. Aunque ambos fingían interés por las mujeres, sobre todo para desviar sospechas, lo que de verdad disfrutaban era la compañía íntima del otro.
***
Allí, en aquel rincón que tantas veces habían compartido, se sentían a salvo. Se había convertido en su refugio. No entendían cómo la Iglesia podía condenar un acto que tanto los acercaba a algo parecido a la gloria. Por suerte, en ese patio eran inmunes a sus tentáculos. Podían soltarse las manos sin que ningún dictamen moral los contuviera y desvestirse como quien descubre un regalo escondido bajo una manta. Su piel reclamaba el tacto velludo del otro, más abundante en Brand, cuyas generosas formas escondían una fuerza callada.
Brand casi le arrancó a Eadric la camisa tiznada de carbón. Le pasó las manos ásperas por el pecho lampiño, sembrado de pecas, y le pellizcó los pezones hasta ponerlos duros, arrancándole un jadeo. Luego bajó por su delgado cuerpo hasta el pantalón, tirando de los cordones con la impaciencia de quien lleva horas pensando en ello, y lo obligó también a descender. La verga de Eadric saltó al aire fría, ya medio dura, con el prepucio retirado y el glande brillante de una gota clara que apuntaba al suelo. Brand se relamió antes de hincar la rodilla en el enlosado.
—Mira cómo la tienes —murmuró—. Y eso que apenas te he tocado.
—Cállate y mámamela ya.
Los mismos labios que antes habían atrapado su boca conquistaron ahora su miembro desnudo y erecto. La lengua caliente de Brand le recorrió toda la longitud, de la raíz a la punta, y volvió a bajar despacio, ensalivándole la polla entera antes de tragársela de golpe. Eadric se retorcía con el cosquilleo de la lengua y el roce áspero de la barba contra los huevos. Se pegaba a la fría pared en un intento de aguantar y se estremecía cada vez que él tocaba alguna fibra sensible. Brand le chupaba la verga con hambre auténtica, sacándosela de la boca para pasarle la lengua por debajo del glande, en ese punto que lo volvía loco, y luego volviéndosela a meter hasta el fondo, hasta que la nariz se le hundía en el vello púbico cobrizo. La piel se le erizaba con cada oleada que le subía por el cuerpo. Sentía la garganta del herrero cerrarse alrededor de su capullo, tragárselo, ordeñárselo con succiones lentas y golosas.
—¿Te gusta? —preguntó Brand, apartándose un instante, con la barbilla brillando de saliva.
—Mucho… —masculló Eadric—. Sigue, cabrón, sigue mamándomela así.
Brand obedeció y le agarró los huevos con la mano libre, sopesándoselos, mientras la otra le apretaba una nalga y lo empujaba hacia su boca. Eadric le follaba la cara con embestidas cortas, incapaz de estarse quieto, viendo cómo su polla desaparecía una y otra vez entre los labios enrojecidos del herrero. Notaba ya el hormigueo peligroso subiéndole por la ingle y tuvo que tirarle del pelo para apartarlo antes de derramarse demasiado pronto.
—Ven aquí, que sé que esto también te gusta —dijo, jadeando.
Brand se quitó el grueso jubón de lana que lo protegía del calor de la forja e intercambiaron posiciones. Se bajó las calzas hasta las rodillas y dejó al aire una verga gruesa, de cabeza morada, tan ancha como el mango de un martillo pequeño, escoltada por dos huevos pesados que colgaban entre los muslos velludos. A ninguno de los dos le faltaba tamaño. Eadric quizá la tuviera más larga, pero en anchura el reino pertenecía a Brand. Era un banquete entero para el hijo del carbonero, que se arrodilló en las losas frías y la tomó con las manos aferradas a los muslos de su amante.
Le pasó la lengua por los huevos primero, uno y otro, chupándoselos enteros mientras Brand soltaba un gruñido ronco. Después subió por la vena gorda que le recorría la polla y le lamió la punta, saboreando la gota espesa y salada que se había juntado ahí. Se metió el glande en la boca y lo trabajó con los labios, mimándolo, hasta que se atrevió a bajar más. La verga de Brand era tan ancha que le abría la boca de par en par y le arañaba el paladar. Se ayudó con la mano, apretando la base, mientras la lengua trabajaba lo que le cabía dentro. Brand no se retorcía como él. Tal vez no lo hiciera tan bien. Aun así, mantenía el rostro inclinado en un gesto de gozo, con los ojos cerrados como si una luz divina lo cegara.
—Sigue así… —susurraba con voz espesa—. Trágamela toda, Eadric… así, como buen mamón…
Aunque no se sacudía como Eadric, Brand sí notaba un temblor leve en las piernas, como una espada que ha encajado un golpe fuerte y vibra con el tono del impacto. Sus anchas manos, las mismas que doblegaban el metal con destreza, se posaron sobre la cabeza de Eadric, casi como un cura que bendice a una oveja descarriada. Solo que sus dedos se enredaban en el cabello abundante y se clavaban en el cuero cabelludo con la intensidad del momento, marcándole el ritmo, empujándole la cara contra su ingle hasta que el vello negro y áspero le raspaba la nariz. Eadric se atragantaba, tosía, se le llenaban los ojos de lágrimas, y aun así seguía tragando, seguía chupando, con las mejillas hundidas y la lengua trabajando la parte de abajo del capullo.
No lo soltó hasta saciarse del todo. Después se levantó y, ya a su altura, tomó en la mano el miembro que había estado probando y lo masajeó, sintiéndolo palpitar y resbalar entre los dedos gracias a la saliva, mientras hundía la cara en el denso vello oscuro de su pecho y le mordía un pezón. Brand correspondió y empuñó la hombría impaciente de Eadric, escupió en la palma para lubricarla mejor y se puso a machacársela con el mismo ritmo firme con que golpeaba el yunque, los dos mirándose a los ojos mientras las sensaciones les recorrían el cuerpo como descargas. Se restregaban las pollas juntas, cada uno con la mano en la del otro, sacándose gruñidos ahogados.
—Yo hice de mujer la última vez, ¿verdad? —murmuró Brand.
—Así es —respondió Eadric con firmeza.
—Ven aquí. Enséñame ese culo de una vez.
Eadric se apoyó de cara a la fría pared y sacó el trasero, arqueando la espalda. Brand se pasó la palma por las nalgas pálidas y flacas, las separó y contempló, con una sonrisa lujuriosa, el pequeño anillo apretado que asomaba entre ellas.
***
Se llevó dos dedos a la boca, los ensalivó bien y los apretó contra el culo de Eadric, empujando hasta hundirlos. Su amante gimió y le tembló el vientre. Brand los movió dentro, abriéndolo, tanteando, hasta encontrar aquel punto blando en las entrañas que hacía que Eadric le echara el culo hacia atrás con un jadeo. Luego se escupió en la mano, se untó bien la verga gorda, y se lubricó también el ojo del carbonero con más saliva antes de abrirse paso entre las delgadas nalgas de su amante. Eadric gimió alto y se tensó con la primera embestida, apretando la mejilla contra las piedras heladas.
—Aguanta, aguanta… —le susurró Brand al oído, deteniéndose con solo el capullo dentro—. Ábrete para mí, joder…
Corrían tiempos en que rara vez se probaba la carne, y menos aún de aquella manera, y Brand tenía de sobra para ofrecer. Hicieron falta varios minutos de avance lento hasta que el hijo del carbonero se amoldó, sintiendo cómo aquella verga gruesa le iba abriendo paso pulgada a pulgada, quemándole, llenándolo por completo hasta que las bolas pesadas del herrero le golpearon la raíz de los huevos y notó los pelos ásperos de su ingle apretados contra las nalgas. Se quedó así un momento, empalado, jadeando, hasta que él mismo empezó a mecer las caderas pidiendo más.
Igual que con su oficio, Brand era un amante paciente y entregado. Sabía cuándo había que tratar el hierro con cuidado y cuándo hacía falta un buen golpe para domarlo. Con su amante le gustaba alternar entre ambos modos. Se movía dentro de él con cariño, sacando la polla casi entera y volviéndola a meter con calma para que sintiera cada centímetro, y, cuando sentía que el roce perdía fuego, lo penetraba con fuerza. Un solo golpe, nada más, que sumaba el ímpetu de sus caderas a un tirón seco de las de Eadric. El efecto combinado lo hacía estremecerse y arrancarle un grito ahogado que se le escapaba sin fuerza por la garganta. Un ruido que, por suerte para ambos, nunca llegaba a sonar demasiado alto.
—Qué culo prieto tienes, cabrón… —le gruñía Brand al oído, agarrándolo por las caderas huesudas—. Me estás ordeñando la polla…
—Fóllame más fuerte —le pedía Eadric, con la frente apoyada en la piedra y la propia verga dando bandazos al aire—. Rómpeme, Brand, más…
El herrero le hizo caso. Se apoyó con una mano en el muro, por encima del hombro del carbonero, y con la otra le agarró la polla dura y goteante para pajeárselo al ritmo de sus embestidas. Cada golpe seco de sus caderas contra las nalgas de Eadric sonaba como una palmada apagada en aquel patio silencioso. La verga gruesa entraba y salía brillante de saliva, arrancándole a Eadric un quejido tras otro que él mismo intentaba tragarse mordiéndose el dorso de la mano.
Cuando le tocaba a Eadric ser el hombre, en cambio, solía ser más constante. Se aferraba a la cintura de Brand y embestía sus nalgas anchas con firmeza, hundiéndole la polla larga hasta el fondo, sin ceder en su empuje hasta acercarse al final. Le encantaba mirar cómo el ojo peludo del herrero se abría alrededor de su verga y volvía a cerrarse cada vez que la sacaba. El hijo del herrero, con su técnica más afinada, aguantaba algo más la urgencia de derramarse. Peleaba contra ella mientras seguía haciéndole el amor, pero había cosas que no podían evitarse.
Esa vez, sin embargo, era Brand el que estaba dentro, y fue el primero en notar que la corrida se le venía encima como un yunque. Aceleró las embestidas, gruñendo bajo, y cuando Eadric sintió aquella verga hincharse aún más dentro de él supo que era el momento. Brand se retiró de golpe, jadeando, y descargó chorro a chorro sobre las nalgas y la baja espalda de su amante. El semen espeso y caliente le resbaló por la raja del culo hasta los muslos. Al notar aquel líquido tibio corriéndole por la piel, Eadric se pajeó dos veces con rabia y se corrió también, salpicando la piedra con blancos hilos gruesos que fueron a parar contra la esquina. En cuanto llegaba, los dos terminaban contra la esquina más cercana y discreta. Las gotas espesas caían sobre las piedras, por las que luego se colarían para que la tierra se hiciera cargo.
Se quedaron un momento así, Brand pegado a la espalda de Eadric, la polla aún medio dura chorreando contra sus nalgas, respirando el mismo aire, hasta que se separaron con una risita ahogada. Brand le limpió lo peor con un trapo viejo que colgaba de un clavo en la leñera, pasándoselo con torpeza cariñosa entre las nalgas.
Una vez saciados, el calor que sus cuerpos habían acumulado empezó a disiparse. Volvieron a tomar conciencia del frío gris que los rodeaba y que por un rato habían coloreado con su compañía. La piel les pedía el abrigo de la ropa, y la recogieron del suelo, junto a la carbonera, donde había quedado tirada. Justo a tiempo. Estaban recuperando sus prendas interiores cuando una voz atronadora llegó desde la herrería.
—¡Brand! ¡¿Dónde diablos te has metido?!
No hacían falta aclaraciones. Eadric sabía de sobra que era el padre de su amante, de vuelta del palacio del conde. Se arreglaron como pudieron y acudieron rápido al taller, sin que nada delatara lo que acababan de hacer.
—Aquí estoy, padre.
—¿Qué hacías ahí detrás? ¡Has dejado el taller solo!
—Eadric vino con otro cargamento de carbón. Lo estaba ayudando a descargar.
El arranque de ira le había impedido reparar en su presencia. En cuanto lo hizo, la vena hinchada de su frente empezó a deshincharse.
—Está bien. ¿Brand ya te ha pagado?
—No, señor —respondió Eadric—. No ha tenido tiempo.
Sus palabras escondían más de un sentido que el herrero jamás habría sospechado. El hombre sacó unas monedas de un cofre cuya existencia Eadric conocía de sobra y se las tendió.
—Aquí tienes. Y dale las gracias a tu padre de mi parte.
—Lo haré, señor. Que tenga buen día.
Se despidió con un ademán de la mano y un guiño fugaz y disimulado para Brand. Luego se marchó, con el metal en la mano y una sonrisa franca en la cara, sintiendo aún el semen del herrero secándose entre las nalgas bajo la ropa. Después de aquella dosis de pasión y cariño, el día se le iba a hacer mucho más llevadero.