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Relatos Ardientes

El vecino del primero me esperaba cada viernes

Te despertaste el viernes con el cuerpo decidido antes que la cabeza. Los ojos se abrieron solos a las ocho, cosa rara en ti, que eras de quedarte en la cama hasta el mediodía remoloneando entre las sábanas como un gato sin razón para levantarse. Pero los viernes no. Los viernes, desde hacía un mes, eran el único día que tenía peso, que tenía forma, que significaba algo.

Te quedaste mirando el techo. Las manchas de humedad seguían ahí, fieles como perros abandonados, dibujando continentes en el gotelé descascarillado. La grande parecía un mapa de África. La pequeña, junto a la lámpara fundida, una mano abierta o una garra, según el humor con que la miraras. Esa mañana parecía una garra.

Te levantaste. Las baldosas de terrazo estaban heladas, ese frío húmedo de los semisótanos de Villaverde que se te mete en los huesos y se queda a vivir como un inquilino que no paga. Fuiste al baño, te lavaste la cara con agua fría porque caliente no había: el calentador llevaba semanas sonando a avioneta agonizante y arreglarlo significaba no comer tres días. Te miraste en el espejo picado. La cara de siempre. Ojeras. Las pestañas largas que tu madre decía que habías heredado de Andrés, el de Cáceres, el padre fantasma que te dejó las pestañas y se llevó todo lo demás.

En el salón, Rosa dormía en el sofá con la boca abierta y la tele encendida sin volumen. Le pusiste la manta de cuadros por encima, le rellenaste el vaso de agua por si despertaba con sed, y ella ni se enteró. Podrías haberle cantado un réquiem y habría seguido roncando con su cadencia de metrónomo roto. Llevabas años cuidándola así, cocinando y mintiendo a quien preguntara que todo iba bien, que comías tres veces al día, que eras feliz. Mentir era lo único que se te daba realmente bien.

Eran las nueve menos cuarto. Faltaban nueve horas. Nueve horas que tenías que llenar con cualquier cosa, con el relleno insulso de una vida que solo cobraba sentido cuando subías las escaleras y dabas dos toques en una puerta del primero.

Saliste a la calle con la capucha puesta, que era tu escudo, lo que te permitía caminar sin que nadie te mirara a los ojos, sin que nadie detectara que llevabas un secreto que pesaba más que tu propio cuerpo. El cielo estaba gris estándar, gris de catálogo. Bajaste por la avenida, pasaste por delante del bar de Paco, que estaba en la puerta fumando con el delantal manchado.

—Eh, chaval —te soltó al pasar. No porque quisiera hablar, sino porque se lo decía a todo el que pasara por delante de su barra menor de treinta años. Un gruñido social.

—Eh —contestaste tú. Y seguiste.

Diste vueltas al parque como dan vueltas los presos en el patio: en círculos que no llevan a ningún sitio pero que te dan la ilusión de movimiento. Cuatro vueltas, una hora. Volviste a casa, comiste una lata de atún de pie en la cocina, mirando el patio interior por la ventana. Te tumbaste e intentaste dormir y no pudiste, porque el cuerpo estaba demasiado despierto, vibrando a una frecuencia que no era ni ansiedad ni excitación sino algo intermedio que solo conocen los que esperan algo que desean y temen a partes iguales.

***

A las cuatro y cuarto te metiste en la ducha. El agua fría te golpeó como mil agujas, pero aguantaste y te enjabonaste entero dos veces, hasta que olías a gel y a nada más. Te vestiste con el chándal negro, el que reservabas para los días que importaban, y las mismas zapatillas de siempre, a las que habías limpiado la suela con un trapo. A las cinco y media miraste el móvil. El último mensaje de Saúl seguía ahí, intacto desde el viernes anterior: «A las seis, no faltes». Siete días de silencio. Porque Saúl no era tu amigo ni tu hermano mayor ni nada que se le pareciera. Saúl te buscaba cuando te necesitaba y te ignoraba el resto del tiempo, como se ignora un destornillador en el cajón hasta que hay un tornillo que apretar.

Pero hoy era viernes. Y hoy había un tornillo que apretar.

A las seis en punto pusiste el pie en el primer escalón. El terrazo gastado crujió bajo la suela. Subiste sin salir a la calle, giraste a la izquierda y diste dos golpes secos con los nudillos en la puerta del primero. Dos toques, como te había dicho. Después, silencio. Y luego los pasos: el flap, flap de unas chanclas de goma arrastrándose por dentro, calculados, medidos, los pasos de alguien que sabe que lo están esperando y disfruta haciéndote esperar. El ojo de la mirilla se oscureció. Te estaba mirando, decidiendo, saboreando esos dos segundos en los que él veía y tú no, en los que él era dueño del momento y tú un perro sentado delante de una puerta cerrada.

Clic. La puerta se abrió.

—Coño, el puto reloj suizo —dijo Saúl, y sonrió. Esa sonrisa que enseñaba los dientes pero dejaba la mirada fría, como la de un jugador de póker con escalera real esperando a que los demás apuesten todo.

Veintiocho años. Metro ochenta y dos. Ochenta y cinco kilos de gimnasio de barrio, de flexiones en el suelo del salón y dominadas en la barra del marco de la puerta. Rapado por los lados, el pelo engominado hacia atrás, la cadena de plata gruesa sobre el pecho desnudo, el escorpión tatuado subiéndole por el costado. Olía a recién duchado, a desodorante y, debajo, a algo más antiguo y biológico, el olor de un macho en su territorio.

—Las seis clavadas. Me pone eso, la puntualidad —dijo, y se apartó con un gesto de cabeza—. Pasa.

Entraste. El olor del piso te golpeó como una bofetada: ambientador de pino, tabaco rubio, café recién hecho. El piso estaba limpio como un quirófano antes de la operación, porque eso era exactamente lo que Saúl hacía, montar el decorado para que el cliente se sintiera atendido aunque estuviera en un primero de Villaverde con vistas a un patio donde colgaban las bragas de la señora Remedios. La puerta se cerró a tu espalda con un clic que separaba el fuera del dentro, la calle del piso, tu vida de abajo de esta otra que no era vida sino función.

—¿Has comido? —preguntó.

La pregunta te pilló desprevenido, no porque fuera rara sino porque sonaba humana, sonaba a algo que te preguntaría alguien que se preocupara por ti. Pero Saúl no se preocupaba por ti. Se preocupaba por su mercancía, igual que un ganadero se preocupa por el ternero antes del matadero: no por cariño, sino por negocio.

—Un huevo frito —dijiste.

—¿Un puto huevo frito? Tete, no me jodas. Ramón va a estar dos horas. ¿Sabes la energía que necesitas para aguantar dos horas con ese tío encima, follándote a pelo? Necesitas combustible, hostia. Ese cabrón tiene una polla de burro y las ganas de un preso recién salido.

Fue a la cocina, sacó un táper de la nevera y lo metió en el microondas. Arroz con pollo, con su sofrito de ajo y pimentón que olía a casa de abuela. Cuando pitó, te lo puso delante en la mesa del salón con un tenedor y un vaso de agua.

—Todo. Hasta la última cucharada. Y luego te preparas.

Comiste. Joder si comiste. Estaba cojonudo, mejor que cualquier cosa que cocinaras en el semisótano, y cada cucharada era una inyección de energía y de algo más, de la sensación absurda de que alguien se había tomado la molestia de cocinar pensando en ti, aunque ese alguien fuera tu chulo y la molestia fuera pura inversión.

—Está bueno —dijiste con la boca llena.

—Claro que está bueno. En este negocio, si no cuidas el producto, el producto se te muere. Y un producto muerto no factura.

Ahí estaba. Producto. Lo había dicho sin pestañear, sin comillas, sin la menor vergüenza. Eso eras para él: una mercancía con dieciocho años recién cumplidos que se cotizaba en el mercado negro de Villaverde como se cotizan las zapatillas robadas. Tenías un precio. Tenías una fecha de caducidad que Saúl conocía mejor que tú.

***

—Al baño. Ya sabes lo que hay.

Ya sabías lo que había. Fuiste sin que te lo repitiera, te bajaste el chándal y te sentaste en el bidé con las piernas abiertas, notando el chorro tibio subiéndote por el culo, entrando dentro, limpiándote por dentro para Ramón. Repetiste la operación tres, cuatro veces, hasta que el agua salió clara. Saúl había adaptado el rociador con una boquilla más fina, esa liturgia higiénica que precedía a cada sesión como el lavado de manos precede a la cirugía. Después te duchaste, esta vez con agua caliente, porque Saúl tenía calentador que funcionaba: otro privilegio del primero frente al semisótano, la estratificación social medida en grados de agua corriente. Te frotaste hasta que la piel enrojeció, hasta que tu cuerpo era una superficie neutra, un lienzo en blanco donde otros iban a escribir lo que les diera la gana. Te pasaste el dedo enjabonado por el ojete, dilatándolo un par de veces, aflojándolo, porque sabías que Ramón no iba a esperar y que la polla que te iba a meter no era precisamente la de un principiante.

Saúl te esperaba en la habitación, sentado en la cama, en calzoncillos negros ajustados que no escondían nada. Sobre la cama, una bolsa de plástico.

—Esto es para hoy —dijo, y la abrió.

Una camiseta de tirantes blanca, de algodón tan fino que transparentaba los pezones. Unos shorts cortísimos, negros, de deporte, que dejaban tus piernas de chaval al aire. Y debajo, calzoncillos de cuero con la abertura trasera, los de película porno, los que dejaban tus nalgas enmarcadas como un cuadro obsceno y el agujero al aire, listo para que cualquiera lo usara sin tener que bajarte nada.

—Vístete.

Te quitaste la toalla. Desnudo delante de Saúl ya no te daba vergüenza; el pudor se había evaporado la primera noche, disuelto como una pastilla efervescente. Te pusiste el cuero frío contra la piel todavía caliente, sintiendo cómo el borde de la abertura te rozaba el culo cada vez que te movías, los shorts encima, la camiseta. Te miraste en el espejo del armario: un crío vestido de fantasía ajena, los pezones marcándose bajo el algodón, los pantalones tan cortos que si te agachabas se te veía la raja. Saúl asintió con la mirada satisfecha del ganadero ante la res que va a subasta. Se levantó, se acercó por detrás y te pasó la mano por el culo, apretándotelo, metiéndote el pulgar por la abertura del cuero y rozándote el ojete con la yema.

—Bien limpito. Así me gusta. Ramón lo va a disfrutar, cabroncete.

Retiró el dedo y se lo olió, con esa naturalidad clínica del que revisa la mercancía.

—Perfecto. Ramón llega en veinte minutos. Siéntate y no toques nada.

Te sentaste en el borde de la cama, las manos sobre los muslos. Saúl te trajo un vaso largo con algo transparente y amarillento que picaba en la nariz, y un canuto gordo, liado con precisión de artesano. Bebiste hasta el fondo, amargo bajo el dulce, y le diste dos caladas profundas al porro, aguantando el humo hasta que los pulmones ardieron. Era tu rutina, lo que tú mismo elegías para que las paredes se ablandaran y el miedo se diluyera, para flotar tres centímetros por encima del colchón, de la cama, de tu vida. El subidón llegó gradual, como una marea, derribando muros hasta dejar tu cabeza convertida en una habitación vacía donde solo cabía el presente.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Saúl, observándote como un mecánico mira un motor que acaba de ajustar.

—Bien —tu voz sonaba lejana, como si la pronunciara otro—. Muy bien.

—Así me gusta. Cuando entre, te pones de rodillas y le mamas la polla sin que te lo tenga que pedir. A este le gusta que le recibas así, calientito. Y no le muerdas, coño, que la última vez casi mata al de Parla.

Asentiste. Te frotaste una mano contra el cuero de los calzoncillos, sintiendo tu propia polla medio dura contra la tela, esa contradicción de siempre: tu cuerpo respondía aunque tu cabeza estuviera flotando en otra parte. La biología era una traidora que se ponía cachonda por su cuenta, sin pedirte permiso.

***

El timbre sonó. Saúl se levantó sin prisa, fue al salón, y oíste voces: la suya y otra más grave, un trueno lejano. Pasos en el pasillo, dos pares de pies. Saúl apareció en la puerta con su sonrisa de comerciante que sabe la venta cerrada.

—Nene, este es Ramón.

El hombre que entró detrás llenaba el marco de la puerta. Alto, anchísimo, los hombros que no cabían sin ladearse, las manos como guantes de boxeo, la cabeza afeitada brillando bajo la bombilla. Te miró de arriba abajo, despacio, evaluando el producto, y algo en su garganta hizo un ruido de aprobación. Dejó cuatro billetes doblados sobre la cómoda sin contarlos. Saúl los recogió, te guiñó un ojo y cerró la puerta al salir. Os quedasteis solos.

—Coño, qué chaval más rico —murmuró Ramón, y su voz hizo vibrar el cristal de la ventana—. Ven aquí. De rodillas.

Te levantaste y fuiste. Te arrodillaste sobre el terrazo frío delante de él, la vista a la altura de su bragueta, la nariz casi rozándole la tela vaquera. Te puso una mano enorme en la nuca, sin brusquedad pero sin pedir permiso, y con la otra se desabrochó el cinturón. El pantalón cayó al suelo con el ruido metálico de la hebilla. Los calzoncillos, unos boxers grises tensados desde dentro, tenían un bulto que parecía otro brazo. Los bajó también, sin ceremonia, y la polla saltó fuera, ya medio dura, gruesa como tu muñeca, coronada por un glande morado brillante que apuntaba al techo. Los huevos le colgaban pesados, rasurados, oscuros contra la piel blanca de los muslos.

—Ábrela.

Abriste la boca. Él te acercó la polla hasta rozarte los labios con el glande, y notaste el sabor salado del líquido preseminal, la piel caliente, el olor macho a jabón fresco por debajo y a sudor por debajo del jabón. La lengua te salió sola, la pasaste por el glande, dando la vuelta al borde, siguiendo la línea gruesa de la vena que le recorría el tronco por debajo. Ramón gruñó bajo. La mano de la nuca te empujó hacia adelante y la polla te entró en la boca, tres, cuatro dedos de golpe, llenándotela entera. La chupaste como te habían enseñado, con los labios apretados alrededor, la lengua trabajando por debajo, subiendo y bajando la cabeza al ritmo que la mano te marcaba.

—Así, cabrón, así. Trágala entera. Toda para dentro.

Empujó más hondo. El glande te chocó contra el paladar y siguió, buscando la garganta. Notaste la arcada subiéndote, los ojos llenándose de lágrimas, la baba escurriéndote por la comisura, y él ni se paró: apretó la mano en la nuca y te clavó la polla hasta el fondo, hasta que la nariz se te aplastó contra la mata de vello negro del pubis. Aguantaste porque tenías que aguantar, respirando por la nariz cuando podías, dejando que la garganta se acostumbrara a esa intrusión, sintiendo cómo la punta le latía dentro. Él se quedó ahí unos segundos, disfrutando el ahogo, y luego retiró la cabeza para volver a empujar, y otra vez, y otra vez, follándote la boca con un ritmo lento y brutal que te hacía babear como un perro.

—Joder, qué garganta tiene el cabroncete. Trágamela toda, tragos.

Te la sacó de golpe, brillante de tu saliva, chorreando, y te bajó las manos hasta los huevos.

—Chúpame los cojones. Uno por uno.

Obedeciste. Le lamiste los huevos, uno primero y luego el otro, metiéndotelos en la boca enteros, chupando despacio, mientras él te machacaba la polla con la mano suya, pesada y grande, para no perder la erección. Después te levantó de un tirón por debajo de los brazos, como si no pesaras nada, y te lanzó boca abajo sobre la cama.

—A la cama.

Te tumbaste boca abajo sobre el colchón, que crujió bajo el peso de los dos cuando él se subió detrás de ti. Te bajó los shorts de un tirón hasta las rodillas y encontró la abertura del cuero ya dispuesta, todo calculado, todo preparado de antemano. Te separó las nalgas con las dos manos, abriéndote entero, y le oíste escupir. La saliva caliente te cayó sobre el ojete, y luego el dedo, gordo como una salchicha, entrando y buscando, tanteándote por dentro.

—Bien limpito y bien preparado, joder. Me gusta cuando vienen con los deberes hechos.

Metió dos dedos. Los movió en tijera, abriéndote, y añadió un tercero, y tú apretaste la sábana con los puños y respiraste hondo, porque sabías que aquello era solo el aviso. Sacó los dedos, escupió otra vez, se untó la polla con la saliva y con el líquido que le brotaba solo, y te apoyó el glande contra el ojete. Empujó despacio, dándote tiempo, y notaste el estiramiento, la quemazón, la resistencia del anillo cediendo milímetro a milímetro mientras el subidón hacía que el dolor llegara romo, lejano, envuelto en algodón. La cabeza le entró de un empujón seco y tú soltaste un gemido corto, ahogado contra el colchón.

—Aguanta, chaval, aguanta. Que aquí solo he metido la puntita.

Empujó más. La polla fue entrando entera, centímetro a centímetro, abriéndote por dentro como una llave forzando una cerradura, hasta que notaste sus huevos apoyados contra los tuyos y su pubis pegado a tu culo. Se quedó quieto un momento, dejándote asimilar la invasión, y luego empezó a moverse. Salió casi entera, dejando solo el glande dentro, y volvió a clavártela hasta el fondo de una embestida que te hizo avanzar dos palmos por el colchón. Otra. Otra. El somier protestando con cada golpe, la cabecera de madera dando contra la pared, sus manazas sujetándote las caderas y tirando de ellas hacia atrás cada vez que embestía, sincronizándote con su ritmo como si fueras una muñeca de trapo.

—Toma polla, toma, ¿te gusta el rabo, cabrón? Dime que te gusta.

—Me gusta —jadeaste, la voz apagada contra la sábana—. Fóllame.

—Más fuerte. Que te oiga.

—Fóllame, joder, fóllame más.

Aceleró. La cama saltaba, tú te agarrabas al borde para no salir despedido, y él te embestía como una máquina, con un ritmo brutal y regular, resoplando por la nariz. Notabas cómo la polla te llenaba entero, cómo te rozaba por dentro esos puntos que te hacían soltar gemidos que no reconocías como tuyos, cómo tu propia polla empezaba a gotear atrapada contra el colchón, dura sin que tú se lo hubieras pedido, esa traición biológica de siempre. Él te metió una mano por debajo, te agarró la verga y empezó a machacártela mientras seguía follándote, y tú apretaste la cara contra la sábana para no gritar.

—Anda, si el nene se está poniendo cachondo. Se te está empinando, pillín. Si es que te gusta el rabo, no lo puedes ocultar.

Te giró boca arriba a media sesión, sin sacártela del todo, con un movimiento de una sola mano, como quien voltea una tortilla. Te dobló las piernas contra el pecho, echándote las rodillas hacia atrás hasta que casi te tocaban las orejas, y volvió a entrar mirándote a los ojos, sosteniéndote por las caderas con esas manos que te abarcaban del todo. Desde ese ángulo la polla le entraba distinta, más profunda, tocándote por dentro algo que te encendía la columna entera, y empezaste a gemir de verdad, sin poder controlarlo, con la boca abierta.

—Eso es, chaval, cántame. Cántame la polla.

Se inclinó sobre ti, la cadena de plata colgándole y golpeándote la barbilla, y te escupió en la boca abierta. Tú tragaste sin pensarlo. Él sonrió, satisfecho, y siguió embistiéndote, más hondo, más lento, saboreando cada empuje. Con la mano libre te apretó los pezones a través del algodón fino de la camiseta, retorciéndotelos hasta que se te escapó un quejido. Te bajó la mano hasta la polla otra vez, te la agarró y te la meneó a un ritmo que iba en contra del suyo, deliberado, para volverte loco. El placer y el vértigo se te mezclaban sin que pudieras separarlos, como llevaban tiempo fusionados.

—Córrete, cabrón, córrete tú primero. Que quiero verte la cara.

No hizo falta que te lo repitiera. La corrida te subió desde los pies, un latigazo caliente que te recorrió entero, y te descargaste en su mano y en tu propia camiseta blanca, chorro tras chorro, con la boca abierta y los ojos apretados. Él se rio, se pasó la mano por la boca, se la limpió en tu barriga.

—Rico. Ahora me toca a mí.

Te agarró de las caderas con las dos manos, te dobló otra vez, se apoyó de rodillas sobre el colchón con las piernas abiertas y empezó a follarte a un ritmo enloquecido, sin ternura, buscando lo suyo. La cama entera crujía. Tú te dejaste hacer, blando, todavía atravesado por el orgasmo, con la polla suya machacándote un culo ya rendido. Duró minutos, quizá cinco, quizá diez, hasta que le oíste el gruñido subiéndole del pecho, un rugido grave que retumbó contra el techo, vaciándose con una última embestida que te clavó contra el colchón. Notaste el latigazo caliente dentro, chorro tras chorro, la polla latiéndote adentro mientras se descargaba, y se quedó encima de ti, pesado y húmedo, con el pecho subiéndole y bajándole contra el tuyo, recuperando el aliento, durante un minuto entero que se sintió extrañamente parecido a un abrazo aunque no lo fuera.

Cuando salió, la salida chapoteó. Notaste el semen escurriéndote por el muslo, tibio y espeso. Él se apartó y se quedó mirándote un rato, tumbado en la cama con las piernas todavía abiertas, el culo brillando y el agujero abierto, y volvió a hacer ese ruido de aprobación en la garganta.

—Descansa, chaval, que en veinte minutos volvemos.

Y volvió. Dos veces más te folló Ramón en esas dos horas: una boca arriba contra la pared, con las piernas apoyadas en sus hombros y la polla suya reventándote otra vez el culo ya castigado; y otra a cuatro patas al final, agarrándote del pelo con una mano y de la cadera con la otra, tirándote hacia atrás como si fueras una moto, hasta descargarte encima, en la espalda y en el culo, marcándote como un animal marca su territorio.

***

Después se vistió en silencio, se pasó la mano por la cabeza afeitada y se fue sin decir tu nombre, porque no lo sabía y no le hacía falta. Saúl entró, echó un vistazo al desastre —tú boca abajo sobre la sábana manchada, el cuero de los calzoncillos brillante de saliva y semen, la camiseta blanca convertida en un mapa amarillento—, sonrió y asintió con orgullo profesional. Te tendió tu parte —dos billetes de los cuatro— y te dijo que te ducharas, que olías a Ramón. Lo hiciste. Te metiste en la ducha caliente y dejaste que el agua te bajara por la espalda, por el culo dolorido, arrastrando restos, mientras te lavabas por dentro otra vez con el rociador hasta que el agua salió clara. Te volviste a poner tu chándal negro, dejaste sobre la cama la ropa de fantasía, doblada, lista para el próximo, y bajaste los escalones de vuelta al semisótano con el cuerpo dolorido y la cabeza todavía en las nubes.

Rosa seguía dormida en el sofá, exactamente en la misma postura, como si el tiempo no hubiera pasado para ella. Le rellenaste otra vez el vaso de agua. Entraste en tu cuarto, sacaste la caja de zapatos de debajo del colchón y metiste los dos billetes junto a los demás. Te tumbaste boca arriba y miraste el techo, las manchas, África, la garra, una nueva más pequeña que no habías visto antes, en la esquina, con forma de lágrima.

Faltaban siete días para el próximo viernes. Siete días de silencio, de huevos fritos solitarios y de techos con manchas, hasta que el móvil volviera a vibrar con dos toques en una puerta del primero. Y subirías otra vez. Claro que subirías. Porque subir era lo tuyo, y porque debajo del colchón el dinero crecía despacio, billete a billete, como la única promesa que nadie en este barrio te había roto todavía.

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Comentarios(7)

DiegoBA_85

Muy bueno este!!! Espero que sigan mas relatos asi

FacuLect22

Se me hizo cortisimo, por favor continuacion!!!

MarisolV

Me encanto como describe esa tension de saber que lo esperan. Se siente muy real, casi cinematografico.

Richi_85

Me trajo recuerdos de cuando yo tambien tenia un encuentro fijo a la semana, esa adrenalina no se olvida jaja

ViajeroSol

Y despues que paso? Quede con ganas de saber mas de Saul, tiene mucha personalidad ese personaje

Ximena_Sur

Muy bien escrito, se nota que hay cuidado en los detalles. Sigue asi!!

Dante_lector

La parte del "con el pulso en la garganta" me atrapo desde el principio. Estos relatos son los que mas me gustan, los que tienen algo de sentimiento ademas de todo lo demas. Increible.

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