Su entrenador de ciclismo lo quería para él
Mateo llegó a casa de Rubén poco después de las seis. El sol ya caía y el timbre sonó más fuerte de lo que esperaba en el silencio de aquel barrio de chalets. Llevaba la bici nueva en el coche y, bajo el brazo, la carpeta con el plan de entrenamiento que Rubén se había ofrecido a revisarle. Era su primera temporada en el club y todavía no entendía la mitad de las tablas.
Rubén abrió la puerta con el maillot ceñido del equipo: negro, con líneas naranja fosforito, culote a juego, calcetines altos y las zapatillas todavía puestas. El sudor le brillaba en las sienes y en el cuello. Acababa de bajarse del rodillo, era evidente. El tejido marcaba cada músculo del pecho, los hombros, los cuádriceps. Mateo apartó la mirada casi por instinto.
—Pasa, estaba rematando la serie —dijo Rubén con esa media sonrisa tranquila que tenía siempre—. Vivo solo, así que nadie nos va a molestar. Tenemos toda la tarde.
Mateo entró. Olía a goma, a linimento y a ese calor que desprende la piel después del esfuerzo. Se sentó en el sofá mientras Rubén traía dos vasos de agua con hielo. Cuando se agachó a dejarlos en la mesita, el culote se tensó todavía más, y Mateo notó que algo se le contraía en el estómago. Tragó saliva. Es solo ropa de entrenar, se dijo. No significa nada.
Estuvieron casi una hora con las tablas. Rubén explicaba con paciencia los vatios, las zonas, los días de descanso, y se inclinaba sobre los papeles. Cada vez que lo hacía, su antebrazo rozaba el de Mateo. Un contacto casual. Demasiado casual. Mateo sentía el calor que aún irradiaba ese cuerpo, el olor limpio y salado que le llegaba cuando se acercaba, y empezó a costarle seguir los números.
En un momento, Rubén se estiró, levantó los brazos por encima de la cabeza y el maillot subió lo justo para dejar ver una franja de abdomen plano, con esa línea de vello oscuro que bajaba hacia el ombligo. A Mateo se le aceleró el pulso en la garganta.
—¿Sabes una cosa? —dijo Rubén de pronto, bajando los brazos pero sin apartar la mirada—. Tienes buenas piernas. Se te nota cómo subes los puertos. Podrías ir mucho más en serio de lo que crees.
Mateo soltó una risa nerviosa.
—No sé si valgo para tanto. Me cuesta hasta mantener la rueda.
—No si yo te enseño —respondió Rubén, y su voz bajó un poco, como si acabara de decir algo más íntimo de lo que pretendía.
Silencio. Solo el zumbido lejano de un ventilador en el pasillo.
Mateo sintió arder las mejillas. Quería decir algo gracioso, cambiar de tema, pero las palabras no salían. Rubén lo miraba fijamente, ya sin sonreír, solo observando. Esperando.
—Gracias… por ayudarme con todo esto —murmuró Mateo al fin, casi en un susurro—. Te debo una. En serio.
Rubén ladeó la cabeza.
—¿Una? —preguntó despacio.
Mateo asintió, sin saber muy bien qué estaba prometiendo.
Entonces Rubén extendió la mano. No para chocarla. Solo la palma abierta. Tranquila. Segura.
—Ven.
Mateo dudó tres segundos eternos. Luego puso su mano sobre la de Rubén. Los dedos se cerraron alrededor de los suyos con suavidad, pero con firmeza, y tiraron de él hacia arriba. Lo llevó por el pasillo sin soltarlo. Mateo sentía el corazón golpeándole las costillas como si llevara una hora a tope.
Entraron en el dormitorio. Sobre la cama, perfectamente doblado, había otro maillot idéntico: negro, naranja fosforito, culote, todo a estrenar. Mateo se quedó paralizado mirando la ropa.
—No… no sé si…
—No tienes que saber nada —dijo Rubén en voz baja, colocándose detrás de él—. Solo tienes que dejar que yo lo haga.
Mateo no se movió cuando sintió las manos de Rubén en los costados, subiendo despacio por debajo de la camiseta. El roce era lento, deliberado. Rubén le sacó la camiseta por la cabeza como si fuera lo más natural del mundo. Después el pantalón. Mateo temblaba un poco, pero no de frío. Cada prenda que caía al suelo le acortaba la respiración.
Cuando quedó solo en ropa interior, Rubén lo giró con suavidad para que se miraran de frente. Sus ojos bajaron un instante al bulto evidente bajo la tela, que ya empezaba a marcarse. No dijo nada. Solo sonrió de lado, como si aquello confirmara algo que ya sabía.
Cogió el culote primero. Se arrodilló delante de Mateo y le indicó con un gesto que levantara un pie, luego el otro. Subió la prenda muy despacio, dejando que el tejido elástico rozara cada centímetro de piel: gemelos, corvas, muslos. Cuando llegó a la entrepierna, deslizó los dedos un segundo bajo la tela para acomodar con cuidado lo que ya estaba completamente duro. El contacto fue breve pero firme. Mateo dejó escapar un jadeo corto que no pudo contener.
Después, el maillot. Rubén se puso de pie y le pasó los brazos por las mangas como si lo estuviera abrazando. Tiró de la cremallera desde abajo, subiéndola con lentitud mientras los nudillos le rozaban el abdomen, el esternón, la clavícula. Al llegar arriba, en vez de soltarla, apoyó las palmas abiertas sobre el pecho de Mateo y apretó un poco.
—¿Ves? —susurró pegado a su oído—. Te queda perfecto.
Mateo cerró los ojos. El tejido le apretaba todo el cuerpo como una segunda piel. Notaba cada respiración, cada latido, y notaba también el calor de Rubén pegado a su espalda, el aliento en la nuca, las manos que ahora bajaban despacio por los costados hasta posarse en las caderas.
—No hace falta que digas nada —murmuró Rubén—. Quédate así un rato. Siéntelo.
Y Mateo se quedó. Vestido igual que él. Expuesto. Deseado. Y, por primera vez en mucho tiempo, sin ganas de huir de lo que estaba sintiendo.
***
—La primera vez siempre es rara —dijo Rubén, dando un paso atrás para mirarlo entero, con esa calma que lo hacía parecer dueño de todo—. Pero después no vas a querer quitártelo.
Se acercó de nuevo, esta vez con las zapatillas en la mano: negras, brillantes, con las calas ya montadas. Volvió a arrodillarse y levantó un pie de Mateo con delicadeza. Deslizó la zapatilla despacio, ajustó el velcro con dedos precisos. El pie encajó como si estuviera hecho para eso. Luego el otro. Cada roce de sus dedos en el arco del pie, en el talón, mandaba pequeñas descargas pierna arriba.
—Ahora vamos a probarlas —dijo, poniéndose de pie.
—¿A probarlas? —La voz de Mateo salió más aguda de lo que pretendía.
—Tengo la bici en el rodillo, en el garaje. Nadie nos ve, nadie molesta.
A Mateo le dio un vuelco el estómago. Pero cuando Rubén le tendió la mano otra vez, la tomó sin dudar.
Bajaron al garaje. La luz era fría, de fluorescente, pero la bici estaba allí: una carretera negra con detalles naranja a juego con los maillots, la rueda trasera ya encajada en el rodillo. Rubén lo había preparado todo de antemano.
—Súbete primero sin pedalear —indicó—. Solo para que notes la posición.
Mateo se acercó. La bici era más alta de lo que esperaba. Apoyó las manos en el manillar, se impulsó y pasó la pierna por encima. Cuando se sentó en el sillín soltó un suspiro corto. La postura era extraña: inclinado hacia adelante, las caderas abiertas, el peso repartido de una forma que nunca había sentido.
Rubén se colocó detrás. Una mano en el hombro, la otra en la parte baja de la espalda.
—Baja los hombros. Arquea un poco. Así… eso es.
Sus dedos presionaban con suavidad, guiando. Mateo sintió el calor de la palma a través del tejido fino y cerró los ojos un segundo.
—Ahora engánchate. Talón hacia fuera, presiona hacia abajo y adelante.
Sonó el clic. Primero un pie, luego el otro. De repente estaba sujeto a los pedales, sin poder soltarse a la primera. Un instante de pánico le subió por el pecho, pero Rubén ya sostenía el manillar para estabilizarlo.
—Respira. Es normal sentirse atrapado al principio. Pero mírame.
Mateo levantó la vista. Los ojos de Rubén eran oscuros, intensos.
—Pedalea suave. Solo un poco. Te tengo.
Mateo empezó a mover las piernas, torpe al inicio. El rodillo zumbaba bajo la rueda. Cada vuelta le tensaba los muslos bajo el culote, el tejido estirándose y volviendo a su sitio. El sudor empezó a brotarle en la nuca, entre los omóplatos. Rubén no se apartó. Su mano bajó de la espalda a la cadera, marcando el movimiento circular.
—No solo empujas: también tiras hacia arriba. Siéntelo.
El ritmo se volvió más fluido. El calor le subía por todo el cuerpo, el maillot se le pegaba a la piel húmeda, y cada pedalada hacía que el sillín presionara justo ahí, un roce constante, insistente. Rubén se inclinó más, el pecho rozándole la espalda.
—¿Lo notas? —susurró contra su oído—. Cómo se mueve todo junto. El cuerpo, la bici, el ritmo.
Mateo jadeó. Asintió. No podía hablar. El pulso le latía en las sienes y en la entrepierna a la vez. Rubén subió la resistencia con un mando y la pedalada se hizo más dura. El esfuerzo le quemaba en los cuádriceps, en los glúteos. El culote apretaba más con cada empujón.
—Más rápido —dijo Rubén, y su mano subió por el costado hasta abrirse sobre el pectoral—. No pares.
Mateo aceleró. El zumbido se volvió más agudo. El sudor le corría por la sien, por el cuello, metiéndose bajo el tejido como una caricia. Entonces Rubén apagó el rodillo de golpe. La rueda se detuvo despacio. Lo sujetó por las caderas, lo ayudó a soltar los pies y a bajar.
Mateo respiraba fuerte, el pecho subiendo y bajando bajo el maillot ceñido. Rubén lo giró cara a cara y bajó la vista al bulto, ahora mucho más marcado por el esfuerzo y por todo lo demás.
—No ha estado tan mal, ¿verdad? —preguntó en voz baja.
Mateo negó con la cabeza. No podía mentir.
Rubén le apartó un mechón empapado de la frente y le rozó la oreja con los labios.
—¿Quieres seguir con el entrenamiento?
Allí, los dos vestidos igual, sudados, pegados el uno al otro en el garaje en silencio, Mateo supo que ya no había vuelta atrás.
***
Rubén lo empujó con firmeza contra la pared del garaje. El hormigón frío le chocó en la espalda a través del maillot y contrastó con el calor que le subía por el pecho. Le agarró las muñecas con una sola mano y se las levantó por encima de la cabeza, clavándoselas contra la pared. Con la otra le sujetó la mandíbula y lo obligó a mirarlo directamente a los ojos.
—No bajes la mirada —ordenó, la voz baja pero cortante—. Cuando estemos así, me miras. Siempre.
Mateo tragó saliva. El pulso le martilleaba en las muñecas atrapadas. Intentó asentir, pero Rubén apretó un poco más los dedos.
—Di «sí, Rubén».
—Sí… Rubén —susurró, la voz ronca, quebrada.
Rubén sonrió, satisfecho, pero no era una sonrisa amable. Era la de quien acaba de tomar algo que ya consideraba suyo. Soltó la mandíbula solo para deslizar esa misma mano por el cuello de Mateo, rodeándolo con los dedos sin apretar todavía. Lo justo para que sintiera el control, el peso de esa palma. Bajó hasta el pecho y le pellizcó un pezón por encima del tejido hasta que Mateo soltó un gemido agudo y arqueó la espalda.
—Te gusta que duela un poco, ¿verdad? —dijo Rubén—. No mientas. Ya estás otra vez a tope.
Era verdad. Mateo sentía su sexo hincharse de nuevo, palpitando contra la lycra apretada. Rubén bajó la cremallera del maillot de Mateo con una lentitud cruel, le tiró de las mangas y le desnudó el torso brillante de sudor. Después se arrodilló y, sin prisa, le bajó el culote centímetro a centímetro, dejando que el aire fresco le rozara la piel. Cuando la prenda cayó hasta los tobillos, Mateo quedó desnudo de cintura para abajo, solo con las zapatillas y los calcetines altos, absurdamente expuesto.
Rubén lo miró un instante. Luego se inclinó y pasó la lengua plana por toda la longitud, de la base a la punta, saboreando la sal del sudor. Mateo dejó escapar un grito corto y le hundió las manos en el pelo. Rubén lo tomó entero, profundo, sujetándolo por las caderas para mantenerlo quieto mientras subía y bajaba con un ritmo implacable. Cada vez que llegaba al fondo, un gemido bajo le vibraba en la garganta.
Mateo no aguantó mucho. El placer era demasiado intenso, demasiado nuevo. Se tensó entero, los muslos temblando.
—Voy a… joder, Rubén…
Rubén no se apartó. Aceleró, una mano subiendo a apretarle con firmeza, y Mateo se corrió con un grito roto, el orgasmo golpeándolo como un puñetazo, las rodillas a punto de ceder. Rubén lo sostuvo hasta el último espasmo, hasta dejarlo temblando, apoyado contra la bici para no caer.
Se levantó despacio, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano. Los ojos le brillaban.
—Todavía no hemos terminado —dijo.
Lo giró de cara a la pared y le puso las palmas abiertas sobre el hormigón.
—Separa las piernas lo que puedas. Y no te muevas.
Mateo obedeció, jadeando. Sintió a Rubén pegarse a su espalda, todavía con el maillot puesto, la erección dura presionándole entre las nalgas a través de la tela. Le mordió el lóbulo de la oreja.
—Vas a sentir cada centímetro —murmuró contra su nuca—. Y vas a pedírmelo.
Bajó la cremallera de su propio culote, lo justo para liberarse, y se frotó despacio entre las nalgas de Mateo, arriba y abajo.
—Pídemelo —repitió, y le dio una palmada firme en una nalga. El sonido resonó en el garaje. Mateo gimió.
—Por favor… —susurró.
—Más alto. Di mi nombre.
—Por favor, Rubén… te necesito.
Rubén gruñó de satisfacción. Se lubricó bien y colocó la punta contra la entrada de Mateo. No entró de golpe. Presionó despacio, abriéndolo poco a poco, dejándole sentir cada milímetro de la invasión.
—Respira. Relájate —ordenó—. O va a costarte más.
Mateo intentó obedecer. Cuando Rubén empujó más profundo, soltó un gemido largo, las piernas temblando. Rubén lo agarró por las caderas, clavando los dedos, y se hundió hasta el fondo. Luego se quedó quieto, completamente dentro, dejando que Mateo se acostumbrara al grosor, al calor, a la sensación de estar lleno.
—Dime a quién perteneces ahora —susurró, mordiéndole el hombro.
—A ti… —jadeó Mateo.
—Otra vez.
—A ti, Rubén.
Rubén empezó a moverse. Lento al principio, saliendo casi del todo para volver a entrar con fuerza contenida. Cada embestida era precisa, profunda. Le agarró el pelo y le echó la cabeza hacia atrás, exponiéndole la garganta.
—Mírame.
Sus ojos se encontraron en el reflejo borroso de una herramienta colgada en la pared. Rubén aceleró, el sonido de la piel contra la piel resonando en el garaje, mientras una mano bajaba a rodearle el sexo y lo trabajaba al mismo ritmo brutal.
—No te corras hasta que yo te lo diga.
Mateo gimió, desesperado, al borde. El control absoluto de Rubén lo volvía loco.
—Rubén… por favor…
—Ahora —gruñó Rubén, y se dejó ir dentro de él, profundo, caliente, justo cuando Mateo se derrumbaba en su propio orgasmo, las piernas cediendo. Rubén lo sostuvo, todavía dentro, moviéndose despacio para exprimir cada gota de placer.
Cuando salió, lo giró con suavidad —ahora el dominio cedía un poco— y lo besó, lento, posesivo.
—Mañana, en la carretera —susurró contra sus labios—. Vas a ir detrás de mi rueda todo el día. Y en el mirador, cuando paremos, vas a recordar muy bien de quién eres.
Mateo, exhausto, sudado, solo pudo asentir. Porque ya lo era. Y lo sabía.