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Relatos Ardientes

Mi compañero de piso me sedujo sin una palabra

—Bienvenido a tu nuevo hogar —dijo Rubén mientras subíamos las escaleras y llegábamos al rellano—. Los demás te están esperando.

Daniel apenas podía con la mochila al hombro y dos maletas en las manos. El viaje desde Almería había sido eterno, con dos transbordos y una espera infinita en una estación intermedia. La oferta de carrera en Granada lo había arrastrado hasta ese cuarto piso sin ascensor en pleno centro, y la sola idea de tirarse sobre la que sería su cama durante todo el curso le parecía una promesa del paraíso. Con Rubén había hablado por teléfono varias veces para cuadrar el alquiler, los gastos y el resto de los trámites del piso compartido.

—Aquí somos todos majos —añadió Rubén—. Te van a caer bien.

Era su primera vez viviendo con desconocidos y solo esperaba no toparse con ningún drama. El pasillo desembocaba en un salón estrecho, con un sofá hundido y una mesa baja llena de revistas. Allí lo aguardaban una chica y un chico.

—Hola, soy Carla —se presentó ella, ofreciéndole la mano—. Encantada. Y este es Jihoon.

A Daniel le sorprendió de entrada que hubiera una sola chica entre tres tíos. Rubén ya le había avisado por teléfono que a ella no le importaba y que en el piso se respetaban los espacios. Carla se movía con la soltura de quien manda sin notarse. En cuanto a Jihoon, le llamaron la atención los rasgos coreanos, el pelo negro recogido en un mechón sobre la frente y unas gafas de pasta gruesa que le tapaban media cara. Jihoon hizo una serie de gestos veloces con las manos y Daniel frunció el ceño.

—Te está dando la bienvenida —tradujo Carla.

—¿Es sordo?

—Mudo. Yo soy la única que sé interpretarlo aquí. Este otro vago —añadió, señalando a Rubén con el pulgar— es demasiado perezoso para aprender lengua de signos.

—Tengo una vida muy ocupada —se defendió él.

—Y un huevo.

Daniel soltó una carcajada. Le gustaba el ambiente. Jihoon también pareció reírse a su manera: le guiñó un ojo desde detrás de las gafas.

—Si alguna vez tiene algo importante que decirte, yo te lo traduzco —prometió Carla—. Pero tampoco habla mucho, valga la ironía.

—Entendido.

—Ven, te enseño tu cuarto —intervino Rubén.

***

La primera impresión había sido excelente y Daniel se acomodó con sorprendente rapidez. Para la segunda semana ya tenía interiorizado el horario de la ducha, sabía qué cajón del frigorífico le tocaba y se había aprendido en qué cafetería de la esquina vendían el café que le gustaba a Carla. Solo dos cosas se le atragantaban. La primera era la cocina, una pieza diminuta que se transformaba en un juego de Tetris cada vez que dos personas intentaban cocinar a la vez. La segunda era Jihoon.

Cuando Carla estaba en casa, el coreano apenas reparaba en él. Daniel se cruzaba con su mirada en el pasillo y como mucho recibía un cabeceo distante, casi protocolario. Pero por las tardes, cuando Carla se iba al bar donde curraba o se quedaba en la biblioteca, Jihoon cambiaba. Lo abordaba en el pasillo, le dedicaba una secuencia de gestos rápidos y, sin más, seguía su camino con una sonrisa de medio lado.

—No te entiendo —repetía Daniel, frustrado.

Pero el chico no insistía. Al día siguiente, Daniel intentaba reproducir los signos delante de Carla, tan torpemente que era un puro galimatías.

—No sé, parece como si te quisiera decir algo, pero esto que haces tú es una mímica horrible. Esta noche le pregunto.

Y la respuesta era siempre la misma:

—Dice que sí, que intentó comunicarse contigo, pero no me ha contado de qué iba.

—Se está cachondeando de ti —terció Rubén un día—. Conmigo también lo hace. Le hace gracia que no sepamos signar. Es inofensivo.

—Pero yo no me río de él.

—Tranquilo, no es por eso. Si fuera algo importante, ya lo habría dicho. Lo bueno de ser mudo —comentó Carla, divertida— es que guarda secretos como nadie.

***

El viernes de la cuarta semana, Daniel volvió a casa pasadas las once. Carla cubría el turno de cierre en su bar. Rubén había salido a tomar algo con unos amigos de la facultad y no se le esperaba hasta el amanecer. Supuso que Jihoon estaría en su cuarto.

Entró sin hacer ruido y se metió en su habitación. Le gustaba dormir desnudo, así que se desnudó del todo y solo se puso un pantalón de chándal, sin nada debajo, para ir al baño. Le resultaba liberador volver a sentir la piel libre después de un día con vaqueros y zapatos. Sus compañeros no habían dicho nunca nada al respecto y dudaba que se hubieran fijado.

Estaba terminando de enjuagarse la boca cuando tres golpes sonaron en la puerta. La regla de la casa era llamar antes de entrar, porque el pestillo estaba estropeado desde antes de que él llegara y el casero seguía sin enviar a nadie. Daniel escupió y respondió:

—Ocupado, salgo en un momento.

La puerta se abrió de todos modos. Jihoon entró, la cerró a su espalda y se quedó de pie en mitad del pequeño baño. Llevaba solo unas zapatillas y un pantalón de pijama. El torso, delgado y muy pálido, contrastaba con la negrura del pelo, las gafas y los ojos. Daniel lo miró, sin saber qué hacer.

—¿Qué quieres?

Jihoon se señaló a sí mismo, hizo un gesto como si se pellizcara la garganta y, después, apuntó a Daniel con el índice. Repitió la secuencia.

—Sigo sin entenderte. Carla no está.

El coreano puso cara de fastidio. Dio un paso adelante y, sin más aviso, le besó en la boca. Daniel se quedó paralizado, con la humedad fresca de aquella saliva ajena en los labios. Jihoon repitió el gesto del cuello y volvió a apuntarlo. Esta vez Daniel se fijó en los labios del otro, que parecían modelar una frase.

—¿Que… te gusto?

Jihoon asintió.

—¿En serio?

Otro cabeceo afirmativo. Y entonces se pegó contra él, torso con torso, y le robó un segundo beso, esta vez con la lengua metida hasta el fondo, buscándole el paladar, enroscándose con la suya como si llevara semanas ensayando ese ataque en silencio.

Daniel encontró la situación absurda y excitante a partes iguales. La polla empezó a crecerle mientras los dos cuerpos lampiños se rozaban. Sin ropa interior que lo sujetara, el bulto bajo el chándal era una evidencia imposible de disimular: la tela se levantaba en un tirón obsceno, marcando cada centímetro del glande. Jihoon lo notó enseguida. Bajó la mano y palpó la tela como quien calcula el peso de algo nuevo, apretó, midió el grosor con los dedos, subió hasta la punta y presionó ahí, donde ya se dibujaba una manchita húmeda de precorrida.

—¿Quieres verla?

Asintió, con los ojos fijos en el bulto.

Daniel se bajó los pantalones de un tirón. La polla saltó dura, pesada, botando contra su propio vientre antes de estabilizarse apuntando al techo. El otro abrió mucho los ojos detrás de las gafas, dio un paso atrás y se tapó media cara con la mano libre, como si acabara de ver algo que le daba miedo y hambre a la vez.

—Si te asusta, lo dejamos —ofreció él, intentando que sonara a broma.

Hizo amago de subirse el chándal. Jihoon negó con la cabeza con tanto énfasis que las gafas se le movieron, y la mano fría rodeó la verga antes de que el pantalón llegara a las rodillas. La temperatura del coreano era completamente distinta a la suya, y ese contraste le erizó la piel hasta los hombros. Le apretaba con los cinco dedos justo por debajo del glande, empezó a bombear despacio, sin apuro, tirando del prepucio hacia atrás para dejar la cabeza pelada y brillante, luego cubriéndola de nuevo, marcando un ritmo que le arrancó a Daniel el primer gruñido del pecho. Con el pulgar recogió la gota de líquido preseminal que asomó por el meato y se la llevó a la boca, chupándose el dedo con los ojos cerrados como quien prueba miel.

Jihoon, más decidido de lo que aparentaba, se libró del pijama con un único movimiento. Tenía un cuerpo finísimo, casi adolescente en la delgadez pero de hombre adulto, con una polla de tamaño medio que se levantaba en un ángulo agudo, brotando de una mata de vello negro y espeso que resaltaba sobre la piel casi traslúcida. Los huevos le colgaban tirantes, pequeños y prietos, ya cargados. Sin perder tiempo, se arrodilló sobre las baldosas frías y se metió la verga de Daniel entera en la boca, hasta el fondo, sin arcada, hasta que la nariz se le hundió en el vello del pubis.

A Daniel se le escapó un quejido largo. Aquel no podía ser el mismo Jihoon de los pasillos, el que no le dirigía ni un gesto cuando había testigos. La lengua se movía con una pericia que no encajaba con su silencio diurno: le lamía el glande dando vueltas como si fuera un caramelo, le succionaba lo justo, alternaba ritmos, se sacaba la polla entera de la boca para escupirle un hilo de saliva encima y volver a tragarla de golpe. Después aprendió otro truco aún más demoledor: imprimió un movimiento de cabeza en una dirección y la mano en la contraria. Una rosca lenta, apretada, empapada de baba, que amenazaba con vaciarlo en pocos segundos. Con la otra mano le agarraba los huevos, se los pesaba, tiraba de ellos hacia abajo con una firmeza que le puso los muslos a temblar. Y cuando notaba que Daniel se acercaba demasiado, sacaba la verga, se la restregaba por la cara, por la mejilla, por la frente, ensuciándose de saliva y precorrida a propósito, y volvía a chupar más abajo, en la unión del tronco con los testículos, allí donde la piel es más fina y arde con cualquier lengua.

Le mamó también los cojones, uno a uno, metiéndoselos enteros en la boca, dejando que la lengua le trabajara la costura. Luego, sin previo aviso, le hizo girarse contra el lavabo y le abrió las nalgas con las dos manos. Daniel notó la lengua caliente y puntiaguda del coreano hundiéndosele entre las nalgas, buscándole el ojete, humedeciéndolo, empujando dentro con una insistencia obscena que le hizo soltar un gemido tan fuerte que temió que se oyera hasta la calle. Jihoon le comió el culo durante un minuto largo, escupiendo, chupando, metiendo la lengua todo lo que podía, mientras con la mano le seguía batiendo la polla por delante.

—Para —jadeó Daniel—. Para, joder, que me corro en tu puta boca.

Jihoon obedeció al segundo intento y volvió a una succión más suave, apenas la punta entre los labios. Lo miró desde abajo, con la mirada brillante y burlona detrás de las gafas, con los cristales salpicados de su propia baba. Daniel se preguntó cuántos otros habrían pasado por ese tratamiento antes que él.

—¿De dónde has sacado eso?

El coreano se limitó a sonreír, con un hilo de saliva colgándole de la comisura hasta el glande. Carla tenía razón. Los mudos guardan los mejores secretos.

***

Jihoon se incorporó y, sin soltarle la polla, tiró suavemente de ella como si fuera una correa improvisada. Daniel entendió. Abrieron la puerta del baño y cruzaron el pasillo a oscuras, en silencio, con el coreano tirando de él por la verga, hasta el cuarto de Daniel. Cerró tras ellos. Jihoon ya se estaba colocando contra la cama, de rodillas en el borde, con el pecho apoyado en el colchón y el culo empinado al aire, ofreciéndolo, abriéndose él mismo las nalgas con las dos manos para que Daniel le viera el agujero pequeño, rosado, brillante todavía de la saliva de antes.

—Espera —murmuró Daniel—. Déjame a mí.

Aún no había llevado a nadie al piso, pero por si acaso guardaba el lubricante en el primer cajón de la mesilla. Se untó bien la polla, de arriba abajo, hasta que el tronco brilló entero, y después le vertió un chorro generoso en la raja al otro. Le metió un dedo primero, despacio, hasta el nudillo. Jihoon apretó los ojos y aspiró por la nariz con fuerza, pero empujó el culo hacia atrás, pidiendo más. Le metió el segundo dedo, los movió en tijera, notó cómo el ojete cedía centímetro a centímetro. Añadió un tercero y el coreano se mordió la sábana.

—Voy —avisó, aunque supiera que no le hacía falta hablar.

Apoyó el glande contra la entrada y empujó. La punta se abrió paso con un resbalón lento y Jihoon exhaló largo, sin sonido, mientras el cuerpo se le abría de verdad. Era pequeño, mucho más estrecho de lo que cabía esperar, y a Daniel le costó no perder la cabeza en la primera embestida. Se metió medio tronco, se retiró, volvió a empujar, un poco más profundo cada vez, hasta que las caderas chocaron contra las nalgas del coreano y las notó vibrar por el impacto.

—Joder, qué apretado estás —susurró—. Me estás ordeñando la polla, cabrón.

A falta de palabras, Jihoon ronroneaba. Vibraba desde el pecho, gruñía sin voz, movía el culo en círculos pequeños empalando la verga cada vez que Daniel amagaba con salir. Le mordía la almohada, giraba la cabeza para buscarle la boca, le pasaba las manos por los muslos, por los huevos que golpeaban contra su periné en cada embestida. Un pasodoble lento entre las caderas y los besos, en una habitación que solo recibía la luz amarillenta del patio interior.

Daniel le agarró de la cadera con una mano y del hombro con la otra, y empezó a follárselo con más ganas, marcando el ritmo, entrando entero y saliendo hasta dejar solo el glande dentro para volver a hundirse de golpe. Cada estocada arrancaba del culo del coreano un chapoteo húmedo del lubricante, y del pecho un jadeo sordo que a Daniel le ponía la polla todavía más dura, si es que eso era posible.

Aquel torso minúsculo no aguantó mucho de rodillas. Jihoon se derritió poco a poco y acabó cayendo hacia delante, boca abajo, con las piernas abiertas y los pies colgando del borde. Daniel se subió detrás, se dejó caer con todo el peso, le encajó la verga hasta la raíz y empezó a montarlo así, aplastándolo contra el colchón, follándoselo con embestidas cortas y hondas, chocando el pubis contra el culo con un ruido seco y rítmico. Cada movimiento le arrancaba al coreano una vibración del pecho que no llegaba a sonido y que, sin embargo, lo electrizaba más que cualquier gemido convencional.

—¿Ya te rindes? —preguntó, sonriendo, jadeando encima de su nuca.

Jihoon, por respuesta, empinó el culo lo poco que la postura le permitía. No se rendía, se hacía de rogar. Daniel se irguió, apoyó las rodillas a los lados de aquel cuerpo casi infantil de delgado y lo embistió más fuerte, más profundo, más rápido, agarrándolo del pelo del mechón, tirándole la cabeza hacia atrás. La boca de Jihoon se abrió de par en par, sin que ningún sonido la abandonase. Esa imagen, un grito mudo perfectamente articulado, con la baba colgándole del labio y las gafas torcidas, fue lo que terminó con la resistencia de Daniel.

Le dio la vuelta. Quiso mirarle a la cara mientras terminaba. Le levantó las piernas, se las apoyó en los hombros, dobló al coreano por la mitad y volvió a metérsela de una embestida limpia. En esa postura, con el ángulo cambiado, la polla le entró más honda todavía, y la de Jihoon, aplastada contra su propio vientre, empezó a chorrear precorrida con cada golpe, dibujando una manchita creciente encima del ombligo.

—Voy a correrme —gruñó Daniel—. Dime dónde. Enséñame, joder.

Jihoon se llevó los dos dedos a la boca, sacó la lengua, se la señaló. Después se señaló la cara.

Daniel se retiró a tiempo, se arrodilló a horcajadas sobre el pecho del coreano y se ocupó del último tramo con la mano, meneándose la polla a un palmo de su cara. Jihoon sacó la lengua todo lo que pudo, cerró los ojos, esperó. Daniel apretó los dientes, aceleró el puño y explotó. El primer chorro le cayó en la lengua misma, un latigazo grueso y caliente que se le derramó por la barbilla. El segundo le pintó los labios y el mentón. El tercero, más traicionero, subió más de lo previsto y una gota fue a parar al cristal izquierdo de las gafas del coreano. El cuarto y el quinto se derramaron sobre el cuello, en un charco espeso que le corrió hasta la clavícula.

Jihoon se quedó quieto, con la lengua fuera, tragando lo que le había caído en la boca, mientras se llevaba una mano a su propia polla y se hacía una paja rápida, feroz, con la muñeca a toda velocidad. Se corrió a los pocos segundos, en dos chorros cortos que le mancharon el vientre y el pecho, mezclándose con la corrida ajena. Todo el cuerpo le tembló en un espasmo silencioso.

—Perdón por las gafas —jadeó Daniel, intentando no reírse.

Jihoon sonrió. Se las quitó, lamió el cristal con la punta de la lengua como si fuera nata montada, se pasó dos dedos por el cuello para recoger el resto del semen y se los metió en la boca con la vista clavada en Daniel. Después dejó las gafas en la mesilla.

***

Daniel se despertó a la mañana siguiente con la luz del patio entrando por la persiana mal bajada. Jihoon seguía allí, dormido sobre su pecho, respirando con suavidad. Debían haberse quedado fritos en algún momento. Las sábanas los cubrían a medias, su ropa estaba esparcida por el suelo del baño y por el pasillo, y al otro lado de la puerta empezaba a oírse trasiego.

—¡Rubén! —llamaba Carla—. ¿Sabes dónde está Jihoon?

—¿No está en su cuarto?

—Acabo de mirar. Me extraña mucho.

—¿Y en el baño?

Pausa. Pasos.

—Aquí no hay nadie. ¿Y de quién es esta ropa del suelo?

—Pregunta a Daniel. Ayer llegó tarde.

Daniel no se movió. Habría sido inútil disimular nada con su compañero dormido encima. Además, no quería despertarlo. Tenía un aspecto absurdamente tranquilo, casi inocente, con las gafas todavía en la mesilla y una costra apenas visible de semen seco en la comisura de los labios. Carla llamó suavemente a su puerta y, sin esperar respuesta, asomó la cabeza por el quicio. Vio la escena, abrió mucho los ojos un instante y al segundo se le escapó una sonrisa de oreja a oreja. Daniel se llevó un dedo a los labios y, con la boca, articuló sin sonido: «Luego te cuento».

Carla soltó un bufido divertido, asintió y cerró la puerta despacio. Daniel cerró los ojos y se acomodó mejor contra el coreano. Por una vez, no necesitamos palabras.

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Comentarios(7)

Sombra_Lector

increible, me dejo sin palabras igual que al protagonista jaja. muy bueno

Lucho_baires

La tension del principio es lo mejor. Esa incomodidad de no saber que va a pasar, muy bien lograda. Seguí escribiendo!

Diegopba

Por favor que haya segunda parte, no puede terminar asi!!

MatiasCordoba

Me trajo recuerdos de un compañero de cuarto que tuve hace años... suspiros jaja. Muy bueno el relato

Nano

buenisimo!!!

JorgeMGBA

¿Y que paso con Carla? Espero que en la continuacion se aclare eso jaja, me quede con esa duda. Muy entretenido.

LoboGris33

Se nota que sabes escribir, no es facil transmitir esa tension sin decir nada. Se hizo cortisimo, quiero mas

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