Lo que pasó con el enfermero en aquel cuarto vacío
Llevaba dos horas y media dando vueltas por las salas de espera, todas abarrotadas de gente con la misma gripe que yo, todos con mascarilla, todos con el móvil en la mano y esa tos exagerada que se pone cuando uno quiere dar lástima.
El triaje fue lo único rápido del día. Me atendió un médico alto y corpulento, de voz grave, brazos marcados bajo la bata y una mirada que se clavaba sin pedir permiso. Ahí empezó mi calentón.
Por lo demás, en aquellas salas no había nadie digno de mención, salvo un hombre al que mandaron orinar en un bote y un celador de unos treinta años, vestido de azul, que aparecía cada tanto empujando una silla de ruedas. Tenía unas facciones que llamaban la atención, y cada vez que pasaba me ponía a mil. Me entretenía mirándolo, disimulando, mientras los minutos se hacían eternos.
Hasta que la pantalla me indicó que pasara a la consulta de enfermería. Y allí estaba él.
A primera vista, nada del otro mundo. Treinta y tantos, quizá rozando los cuarenta. Un metro setenta y algo, delgado, el pelo rubio casi rapado y un culo respingón que el pantalón blanco del uniforme no terminaba de esconder.
Pero tenía una voz suave y unas maneras de las que se esfuerzan por agradar. De esas que te hacen sentir el centro de la sala aunque haya veinte personas esperando turno.
Me sacó sangre y me puso una vía. Ese fue todo nuestro contacto, y sin embargo me bastó para seguir pensando en él durante las dos horas siguientes.
***
Después de pasar por la consulta de una doctora cualquiera, me tocó esperar otra vez a que enfermería me llamara para inyectarme el antibiótico. Crucé los dedos y le recé a un dios en el que no creo para que me atendiera él. Por una vez, mis plegarias sirvieron de algo.
—Acompáñame, Marcos —me dijo, leyendo mi nombre en la pantalla.
Me llevó a una sala y me indicó que me sentara mientras colgaba la bolsa del antibiótico en un soporte metálico. Al estirar los brazos para manipularlo, la camiseta se le subía y dejaba ver un vientre plano y el elástico de unos calzoncillos de marca que se transparentaban bajo el blanco del pantalón. Me empalmé sin quererlo.
—En un ratito vuelvo —avisó antes de marcharse.
Otro rato más para fantasear y, de paso, torturarme con una excitación que tendría que aliviar en casa si es que me quedaban fuerzas después de aquella tarde infame.
—¿Ya casi tienes el alta? —preguntó al volver, comprobando que la bolsa estaba casi vacía.
Le dije que sí. Iba a añadir algo, pero tuvo que salir corriendo. Volvió a los pocos segundos acompañando a una anciana.
—Necesito una silla —pidió al aire, y yo hice el amago de levantarme—. Tú no, hombre —me señaló, riéndose—. Lo decía por los acompañantes.
Sentí algo de vergüenza, pero se me pasó enseguida, porque de verdad le iba a ceder la silla a la señora. Yo no necesitaba estar sentado.
Terminó con ella y se acercó de nuevo.
—Gracias por ofrecerte —susurró.
Soltó la goma, retiró la botella y me avisó de que iba a quitarme la vía.
—Igual te tira un poco al despegarla, no me odies —dijo. No contesté; jamás odiaría a un tío como él—. Apriétate la gasa, que si no te sale un moratón y te vas a acordar del enfermero que te lo hizo —bromeó.
—Me voy a acordar de él de todos modos —me atreví a decir.
Me miró raro, sin saber muy bien cómo tomarse aquello. Estuve a punto de preguntarle a qué hora salía, sin rodeos, pero se me adelantó.
—¿Lo dices por el pinchazo?
—No, qué va, si ni lo he notado.
Entonces nuestras miradas se cruzaron y se entendieron solas, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas. Quiso confirmar en mis ojos lo que sospechaba. Asentí, me mordí el labio, y él se relamió.
—Dame un minuto.
***
No sé adónde fue ni qué excusa se inventó, pero volvió pidiéndome que lo siguiera por un pasillo. Se giró para preguntarme si me dolía el brazo; negué con la cabeza y me rozó la mano con la punta del dedo, supongo que para asegurarse de que íbamos a lo que íbamos.
Cruzamos una zona oscura y poco transitada, como si esa parte del hospital llevara años sin usarse. Abrió una puerta con un pulsador y me metió en una especie de vestuario o consulta abandonada: una camilla vieja, varias sillas apiladas y dos armarios junto a un fregadero metálico.
—Aquí no nos molesta nadie —dijo, para tranquilizarme.
Y sin más nos lanzamos el uno sobre el otro. Nos besamos con prisa, con la lengua, mientras las manos se nos iban solas porque no había tiempo que perder. Las mías fueron directas a aquel culo duro y respingón; las suyas, a mi entrepierna, que ya había reaccionado bajo la tela.
—Me tienes a mil, cabrón —le dije al oído.
—Buff, y tú a mí. ¿Me vas a follar?
Sabía que aquello tenía que ser rápido, porque se había escaqueado de su puesto. Así que me tragué las ganas de comérsela o de demorarme con su culo, y fui al grano.
Se bajó el pantalón. Lubriqué su entrada con saliva, metí un dedo para tantear y comprobé que no iba a haber problema. Se inclinó sobre la camilla, apoyando los codos, y me ofreció el culo. Lo fui penetrando despacio, abriéndome paso entre aquellas paredes calientes que me apretaban hasta nublarme. Tuve que morderme un gemido.
Empujé con más decisión, agarrándolo de la cintura, follándolo a un ritmo vivo y constante, lamentando que la postura no diera para más. Pero él me leyó el pensamiento: se incorporó sin sacársela, quedando de espaldas y erguido contra mí, y buscó mi boca por encima del hombro mientras yo seguía embistiendo.
—Joder, tío —jadeó—. Salgo a las diez. Espérame y te hago la mamada de tu vida.
—Yo lo que quiero es vaciarme ahora —respondí, sin dejar de moverme—. ¿Eso es lo que buscas, que te deje bien lleno?
—Sí, tío, fóllame, no pares.
Aceleré el ritmo mientras él seguía girando la cara para morrearme. Le busqué la polla con la mano: la tenía gorda, y eso que ni siquiera estaba dura del todo. Animado por la idea de lo que vendría a las diez, me corrí entre espasmos, soltando toda la tensión acumulada desde que me viera el primer médico y fantaseara con él, con el del bote y con el celador guapo. Suspiré hondo y me ofrecí a ayudarlo a acabar, pero él ya se estaba subiendo el pantalón.
—Por mí no te preocupes. ¿Me esperas, entonces?
Miré el reloj. Las ocho y cuarto. ¿Qué hacía yo casi dos horas?
—¿Te paso mi dirección y te pasas por mi casa al salir? —propuse.
—Lo siento, tío, pero estoy casado y necesito discreción. Si quieres, aquí al lado hay un polígono y nos lo montamos en mi furgoneta. Es grande, vamos cómodos.
Dudé, y él lo notó, así que abrió la puerta dispuesto a salir. Antes de dejar la zona oscura, añadió:
—Si te decides, espérame en la entrada del parking de trabajadores. Y si no, ha sido un placer.
Me indicó por dónde salir y se fue sin más.
***
En el aparcamiento, metido en mi coche, no sabía qué hacer. El cansancio de la tarde, el bajón del antibiótico y el haberme corrido jugaban en contra. Arranqué y conduje. Pero apenas llegué al paso de cebra de la salida cambié de idea: justo lo cruzaba el hombre del bote de orina, y al verlo sentí un calambre en la polla. «Joder, estoy salidísimo», pensé.
Fui a picar algo a un bar cercano y antes de las diez ya estaba esperándolo. Vestido de calle y bien abrigado quizá llamaba menos la atención. Solo con pensar en lo que escondía bajo el uniforme se me volvía a poner dura.
Pero la amabilidad que había mostrado en su puesto se había esfumado. Su cara era una mezcla de seriedad y preocupación, nada de alegría por verme.
—Sígueme con tu coche —pidió, mirando a los lados.
Entendí entonces que su gesto se debía a que no quería que nadie nos viera juntos. Vi cómo se levantaba la barrera del parking y salía una furgoneta blanca. A los pocos minutos llegamos a un polígono medio abandonado, giramos un par de veces y acabamos al final de una calle desierta, el sitio perfecto. Nos bajamos y me invitó a pasar al asiento trasero. No había mentido: dentro había espacio de sobra.
—Perdona lo de antes, tío, no quería que nos vieran.
Le dije que no se preocupara. Me sonrió, me comió la boca y mi polla reaccionó otra vez. Empezamos a desabrocharnos los pantalones, aunque noté que de algún modo me frenaba a mí.
—Ponte cómodo —me pidió, señalándome el asiento mientras él se arrodillaba en el suelo de la furgoneta.
Parecía claro lo que quería, así que lo dejé hacer. Sentí su lengua jugando con el glande y un escalofrío me recorrió entero. Se entretuvo un rato lamiendo la punta, la piel, el tronco, antes de metérsela entera en la boca. Marcaba un ritmo de sacudidas y lametones tan bien sincronizado que tuve que pedirle que parara o me iba a correr antes de tiempo.
Tiré de él para que se incorporara, porque quería verle la polla de una vez, pero no parecía muy por la labor. Lo sobé por encima de la tela a ver si lo convencía, y lo único que hizo fue darse la vuelta para que volviera a follarlo, colocándose para dejarse caer sobre mí.
—¿No te gusta que te la chupen o qué? —pregunté, porque no pensaba quedarme con las ganas.
—Sí, bueno, pero prefiero mamar yo o que me follen. Cuando te corras, si quieres, me la chupas, que no tardo nada.
Ese fue el plan. Se montó encima y empezó a cabalgar mientras se masturbaba, quizá intuyendo que no aguantaría mucho con él apretándome así. Avisé de que estaba a punto y, en cuanto mis jadeos sonaron más broncos, se levantó, se giró rápido y se la tragó.
—Joder, macho, qué bien lo haces.
Lo vi relamerse con la última gota, mirándome con descaro sin dejar de tocarse.
—¿Te quedan ganas de chupármela un poco? —tanteó.
Asentí. Se acomodó sobre el asiento, me incliné y por fin tuve delante aquella polla que, sin estar del todo dura, resultaba tan apetecible que me la metí en la boca todo lo que me cupo. Pero, tal como había anticipado, no tardó nada en avisar de que se corría. Lo dejé acabar sobre su propio vientre, entre espasmos y un gemido que ahogó con otro beso.
Se recuperó en cuestión de segundos, se limpió como pudo y anunció que tenía que irse. Igual que en urgencias, la espera había sido mucho más larga que el momento en sí. Pero dos buenas corridas con un desconocido en apenas unas horas no era, ni de lejos, un mal cierre para una tarde tan asquerosa.