El campanero venezolano que me hizo suyo esa madrugada
Cali tiene fama de ser la ciudad más caliente de Colombia, y no lo digo solo por el clima. Hay algo en el aire de sus noches, en la música que se cuela por las ventanas y en la manera en que la gente se mira en la calle, que invita a buscar problemas. Yo, esa noche, los estaba buscando.
Aquella tarde había dormido hasta que cayó el sol. Venía de una semana intensa y aproveché el silencio de la casa: mi papá y mi hermano Tomás también descansaban, contentos de que mi mamá estuviera de viaje. Cuando ella anda por ahí no deja dormir a nadie, con su bulla y sus órdenes de hacer aseo. Pero así es, y la queremos igual.
Pedimos algo para la cena y, como el lunes siguiente era festivo, Tomás y yo decidimos salir de rumba. Elegimos un barrio popular y tradicional, de esos con mala fama de toda la vida, pero que en los últimos años se hizo famoso por dos cosas: un torneo de microfútbol que reúne a medio mundo y porque allí tiene su sede un cantante de reguetón conocido en todas partes.
El barrio queda en la parte plana de la ciudad, no en las laderas. También se sabe que ahí se mueve mucha droga. Aun así, es un sector concurrido, lleno de comercio, al que llegan jóvenes de todos lados a beber y bailar. En cada esquina es común ver a un muchacho con un pito en la mano. Los llaman campaneros: su trabajo es avisar con un silbido a los jíbaros cuando aparece la policía.
Tomás y yo llegamos con dos amigos que sí viven en el barrio. Nos paramos en una esquina donde hay un negocio pequeño pero siempre lleno, que vende granizados. Y ahí, recostado contra la pared, estaba uno de esos campaneros. Cuando lo miré bien, me quitó el aire.
—Mirá qué belleza de campanero —me dijo Tomás al oído.
—Está buenísimo —respondí—. ¿Nos lo robamos?
—Claro. Veamos cómo le hacemos.
Me acerqué con cualquier excusa y entablamos charla. Me dijo que se llamaba Maikel, que era venezolano, que tenía veintidós años y que trabajaba de campanero porque no había conseguido otra cosa. Su turno terminaba a las siete de la mañana. Vivía solo en una pieza alquilada, pagaba la renta día a día y tenía que rebuscarse hasta la comida.
Me contó que a esa hora ya tenía hambre, pero que no le quedaba plata. Sin pensarlo, le compré algo de comer y se lo ofrecí. Él lo recibió con una mezcla de orgullo y agradecimiento que me terminó de enganchar.
La noche avanzó y con ella la confianza. Le invité un granizado, me buscaba cada rato para conversar, y entre frase y frase me sostenía la mirada un segundo de más. Esto va a pasar, pensé.
Uno de los amigos nos presentó a dos chicas del barrio. Con una de ellas, Dayana, armé una buena conversación. Llevaba un vestido negro cortísimo que le marcaba las piernas y el escote, y era de las que coquetean sin disimulo. Casi que se me ofrecía. Pero yo seguía pendiente del campanero.
Como pasa siempre entre amigos borrachos, los muchachos empezaron a azuzarme: que aprovechara, que me la llevara, que si era marica. Para no dar explicaciones, terminé aceptando. El problema era el dónde. Uno de los que vive en el barrio nos prestó las escaleras de su casa, advirtiendo que no hiciéramos ruido para no despertar a la familia.
Fuimos en las motos. Nos abrió la puerta repitiendo que todo tenía que ser en silencio. Apenas entramos, Dayana se me tiró encima, me besó y me agarró por encima del pantalón. Hacía rato que no estaba con una mujer, pero igual se me paró. Me bajó el jean, sacó mi verga y se la metió a la boca.
Lo hizo bien, no me quejo, aunque mi cabeza estaba en otro lado. Tenía afán de terminar. Se levantó, se corrió la ropa interior a un lado, levantó una pierna, yo se la sostuve y se la clavé. La follé de pie un rato, contra la pared, hasta que le dije que mejor nos fuéramos antes de que nos descubrieran. La verdad era otra: no quería seguir.
Ella me pidió al menos terminar con la boca, que quería que me viniera así. Acepté, y me la chupó hasta el final. Salimos y volvimos a la esquina. Me disculpé, le dije que había estado increíble, y le prometí un desquite que jamás pensaba cumplir.
***
Mis amigos me contaron que Tomás también se había ido con alguien. Revisé el celular: me había escrito que conoció a un muchacho y se fue con él, que estuviera tranquilo y que después me contaba. Cada uno a lo suyo.
Pasadas las cuatro de la mañana cerraron el negocio. Antes de seguir la rumba en otra casa, hablé bajito con Maikel. Le dije que nos viéramos cuando terminara su turno. Me miró y asintió: a las siete, en la misma esquina.
La otra casa estaba llena de gente: chicas hermosas y muchachos bien vestidos que daban ganas de comérselos. Sonaba electrónica y guaracha. El único problema era el consumo de droga por todos lados, que no es lo mío; mis amigos lo saben y siempre me mantienen al margen del tema.
A las siete les dije que me iba para la casa. Insistieron en que me quedara, pero al final cedieron. Pedimos un carro para mi apartamento y, más adelante, me desvié sin que se dieran cuenta. Dudaba de que Maikel siguiera ahí. Me equivoqué: estaba sentado en el andén, esperándome. Lo llamé, se subió, y fuimos conversando todo el camino.
***
En el apartamento no había nadie. Mi papá se había ido para la finca y Tomás todavía no llegaba. Le ofrecí pizza del día anterior, que devoró con un hambre feroz, y una gaseosa. Mientras tanto fui al cuarto, me cambié y me quedé solo en pantaloneta. Volví y me senté junto a él.
—¿Y cómo te fue? —le pregunté.
—Normal. Cansa mucho estar toda la noche de pie.
—Estás molido, entonces. Si querés, date un baño con agua caliente.
—Uy, sí. Me caería buenísimo.
Se desvistió y quedó en un bóxer gastado, de resorte vencido. Tenía el cuerpo delgado, la piel clara con manchas del sol, algún tatuaje hecho a la rápida y una cara realmente hermosa. Se notaba que llevaba tiempo sin cortarse el pelo. No lo niego: por momentos me arrepentía y hasta sentía un poco de miedo, sin saber bien de qué.
Entró al baño y tardó en abrir la ducha. Supuse, y no me equivoqué, que se había metido algo antes de bañarse. Aproveché para asegurar la puerta del apartamento y esconder la llave. Lo escuché cantar, celebrar el agua caliente y agradecerme la oportunidad. A propósito no le había dejado toalla, así que cuando terminó me avisó.
Le dije que abriera para pasársela. Abrió apenas una rendija y se escondió detrás de la puerta, sin dejarse ver. Lo lamenté. Al salir noté que había dejado el baño empapado; si mi mamá lo hubiera visto, nos habría dado tremenda regañada a los dos.
Lo llevé a mi habitación y me pidió un vaso de ron con hielo. Se lo serví. Saqué una pantaloneta limpia y se la regalé; lo agradeció mucho. Nos sentamos en la cama y empezamos a hablar. En esa conversación fui descubriendo a un buen tipo, noble, con una infancia durísima a cuestas.
Eso, en cierta forma, me desarmó. Ya no quería aprovecharme de su situación y, aunque ardía de ganas, empecé a pensar en frenar todo. Hasta que él habló.
—Bueno, ¿y para qué me invitaste? ¿A qué vinimos? —preguntó, mirándome fijo.
—Me caíste bien. Me pareciste buena gente.
—¿O sea que invitas a tu casa a todo el que te cae bien?
—No es eso, pero…
—Nada de peros. Hablá claro, que ya estamos grandes los dos.
—Me da pena, parce.
—Venías tan decidido y ahora te me achicás —dijo, riéndose.
—No quiero que sientas que me estoy aprovechando.
—Nadie se está aprovechando de nadie —me cortó—. Desde que te me arrimaste en la esquina entendí la jugada, y si acepté venir es porque yo también quiero. No soy gay, pero tampoco me cierro a probar. Y llevo mucho tiempo sin estar con nadie. Me gustó cómo te quedaba ese jean, cómo se te marcaba el culo. Y ahora, en pantaloneta, te ves mejor.
Con eso me dio vía libre y no me hice de rogar.
Estiré la mano y le agarré la verga por encima de la pantaloneta. Él mismo se la sacó: larga, delgada, recta, muy blanca. Me incliné y me la metí en la boca. Maikel soltó un quejido, se retorció, me llevó las manos a la cabeza y empezó a marcar el ritmo.
Se paró sobre la cama y desde ahí me cogió la boca a su antojo. Me hacía bajar a sus testículos, lamerlos despacio, subir de nuevo y tragarme la verga entera. Yo me dejaba hacer, y mientras más lo hacía, más claro tenía quién mandaba ahí.
Me arrastró hasta el borde del colchón, boca arriba, con la cabeza colgando. Así me la metió hasta la garganta. Sentía que me ahogaba, tenía arcadas, pero él apoyaba la mano en mi abdomen y no aflojaba. Me pasaba los testículos por la cara para que jugara con la lengua. Sin avisar, volvió a empujar hasta el fondo y se vino, llenándome la boca de un golpe. Me sentí frustrado: creí que ahí se acababa todo, que había perdido la noche por tan poco.
Qué equivocado estaba.
Me giró y me dejó de nuevo al borde de la cama, las piernas en el piso y la verga apoyada contra el colchón. Tomó un trago de ron, se guardó un cubo de hielo en la boca y bajó a buscarme el culo con la lengua helada. Esa sensación nueva, el frío justo ahí, me hizo temblar. Escupió en su mano, me ensalivó bien y se preparó él también, sin que se le bajara ni un segundo.
Agarró su bóxer usado y me lo puso sobre la cara, ordenándome que lo oliera. El olor era fuerte, a sudor y a macho. Nunca pensé que algo así pudiera excitarme tanto.
—Ahora sí te voy a hacer mi hembra —dijo.
—Hacelo —le pedí.
—Abrí bien y relajá.
Apoyó el glande en mi entrada, puso las manos en mi espalda y de un solo empujón me la hundió toda. El dolor fue tan brutal que grité y lo insulté. Se quedó quieto, dejándome respirar. Después otro empujón, otro insulto. Y otro más, hasta que, sin darme cuenta, era yo el que le pedía que me diera más duro.
—¿Esto era lo que querías? —se burló—. Ahora te aguantás.
Y siguió. Subió las rodillas a la cama sin salirse, me mordió el cuello, cambió el ángulo. De pronto hizo un movimiento hacia adelante y sentí algo distinto, como si me hubiera abierto una cavidad más adentro, un punto que yo no conocía. Me lo mantuvo ahí, moviéndose despacio de un lado a otro, tomándose su tiempo.
Aceleraba y frenaba. Respiraba agitado contra mi nuca. Nos giró de lado, me levantó la pierna y siguió, siempre sin afán, cambiando el ritmo, hablándome al oído. Otro giro más y quedó él de espaldas y yo encima, los dos mirando al techo; me hizo apoyar los pies en sus muslos y subir las caderas, y desde abajo volvió a embestirme.
Cada cambio de posición dejaba ver a alguien con experiencia, que sabía exactamente lo que hacía. Cuando sentía que iba a venirse, paraba, iba lento, me daba más ron y recomenzaba. No tenía prisa. Quería disfrutar cada minuto, y a mí me volvía loco que el control fuera todo suyo: no terminaba cuando yo quería, sino cuando él decidía.
Ya cansado, le pedí que acabáramos. Pero él mandaba. Después de más de una hora, con el cuerpo deshecho, me avisó que se venía. Aceleró, me agarró fuerte del cuello y sentí cómo se vaciaba dentro de mí. Quedé exhausto, adolorido y, al mismo tiempo, más satisfecho que nunca.
Nos quedamos dormidos, abrazados, sin escuchar siquiera la puerta. Tampoco escuchamos los pasos. Solo desperté cuando Tomás, mi hermano, ya estaba parado en el umbral, mirándonos desnudos sobre la cama.