Dos desconocidos me usaron entre los olivos esa noche
Buenas noches a todos. Vaya bajón de frío y de luz, que en septiembre la oscuridad cae sobre uno antes de lo que uno querría. Lo digo así, como lo siento, porque sé que abrís estos textos buscando morbo, y os prometo que lo vais a tener. Pero permitidme primero ponernos en situación.
Llevaba meses sin pisar una zona de cruising. Asuntos personales, ya sabéis cómo es la vida, me habían tenido lejos de esos lugares donde mi cabeza calenturienta encuentra algo de paz. Y vuelvo aquí, de nuevo, como quien vuelve a una terapia: a contar para bajar revoluciones, a recordar para dormir tranquilo.
Como hace tiempo que ningún hombre me tiene entre sus manos con ganas de desfogarse encima de mí, tendré que tirar otra vez de la memoria. Espero que el recuerdo os sirva tanto como me sirve a mí, y que os relaje con una buena paja antes de apagar la luz.
No os voy a contar mi último encuentro, que ese ya lo relaté. Esta vez quiero hablaros de una de las últimas veces que me escapé para internarme en la noche temprana de septiembre, esa que se te echa encima con más antelación de la que uno desea.
Llevaba los deberes hechos. Me había rasurado el culo y el pubis, porque me gusta no tener un solo pelo cuando voy a entregarme. Me había limpiado el recto con paciencia para que ningún hombre tuviera la menor queja de higiene. Me adentré entre los olivos con una sola idea fija: encontrar a alguien que me besara el cuello mientras me acariciaba las nalgas desnudas.
Pero aquella tarde no prometía nada. Quizás por el frío incipiente, quizás por la penumbra, el olivar estaba casi vacío. Cuatro o cinco siluetas perdidas en una extensión enorme, y por lo que pude comprobar, todos buscábamos lo mismo. Cada hombre que se me acercaba a hablar resultaba ser, como yo, un pasivo a la caza de un activo.
Con el mismo calentón pero menos paciencia, decidí probar por el móvil. Abrí la aplicación y lancé una llamada de auxilio con una foto sugerente, lo justo para no acabar borrado por los administradores. Un olivo bonito de fondo, un camino de tierra, y mi culo respingón asomando entre las sombras para invitar a quien quisiera tenerlo entre los dedos.
Para avivar la espera, ya aguardaba completamente desnudo, sin un solo trapo encima, como un corderito perdido en mitad del campo. El frío era ligero y mi piel ardía de morbo. No sentía ninguna necesidad de volver a vestirme; la ropa podía quedarse en la mochila.
El móvil vibró. Un chico joven, veinticuatro años, hispano, repartidor, me escribía diciendo que estaba cerca. Me hice otra foto y se la mandé, porque quería que supiera lo que iba a encontrar: un culo abierto y dispuesto, listo para que me la metiera a placer. Lo único que pedía a cambio de un buen rato era que trajera condón.
La idea debió de encenderle, porque se vino corriendo. Con mis indicaciones encontró la entrada al olivar y la manera de salvar el desnivel que había entre donde dejó la moto y el árbol donde yo lo esperaba.
Su mirada lo decía todo. Un tipo salido dando zancadas hacia su presa, que estaba de pie, sin ropa, frente a un olivo pequeño. Ya le había avisado de lo que le esperaba, y era exactamente lo que él quería. Sin preámbulos, empezamos. Estaba nervioso, aunque no supe si por estar en plena jornada de trabajo o por puro calentón. Después lo entendería.
Yo babeaba por que se bajara el pantalón. No tuve que esperar mucho. Me arrodillé frente a él, con el ano abierto al quedar en cuclillas, y una polla morena apareció ante mis ojos con el prepucio ya brillante de presemen.
Este viene a punto de caramelo.
Me sujetó la cabeza con una mano mientras con la otra guiaba su pene hacia mi boca. La acogí entera. No era muy grande, pero a mí me gustaba, y el sabor fuerte me ponía aún más. Me la chupé deprisa, porque tampoco me dejó hacerlo despacio: entraba y salía sin tregua, una y otra vez, hasta que tuvo que frenarme.
—Para, que me corro —dijo con la voz tensa.
Deduje al instante que aquel encuentro no iba a durar mucho. Pensé que más valía aprovechar lo que mi rey me ofrecía, así que me incorporé girándome y le ofrecí el culo en pompa, invitándolo en silencio: si estás a punto, qué mejor sitio que este, calentito y suave.
¿Habéis visto esas escenas de un perro nervioso que busca y rebusca el modo de montar y empezar a empujar? Pues salvando todas las distancias, fue algo parecido. Sentí detrás de mí a un animal impaciente. Se puso el condón a toda prisa e intentaba enhebrar a la desesperada. Sujetaba su polla con la mano y buscaba mi agujero, todavía abierto de haber estado en cuclillas.
Para ayudarle me agaché más, con el culo bien arqueado. Yo era más alto que él, así que tampoco se lo ponía fácil tener su cintura a la altura de la mía. Pero ya no se me iba a escapar, ni yo a él. De golpe acertó y me la clavó hasta el fondo. La tenía tan dura y traía tantas ganas que escurrió hasta el último rincón de mi recto, y sentí el choque de su cadera contra mis nalgas. Gemí de placer, cerré los ojos un instante y empecé a tocarme entre las piernas.
El repiqueteo fue inmediato. Mi macho descargaba toda su energía como si compitiera por golpearme con los huevos el mayor número de veces posible en el menor tiempo. Aquella taladradora me embestía sin descanso, sujetándome las caderas con las dos manos, de puntillas para seguir un ritmo que él mismo no controlaba.
Yo, desnudo, me abandoné por completo. Volaba alto, empotrado contra el tronco del árbol, con las piernas tan abiertas que mi cintura quedaba casi a su altura y le permitía enchufármela como un salvaje. Pero os corto el rollo, chicos, porque se corrió enseguida.
Gimiendo agudo, de puntillas, empujaba con fuerza contra mis nalgas para soltar hasta la última gota. Su jornada no había terminado y, la verdad, yo firmaba poder hacer eso mismo a mitad de la mía. Quizás por eso no se demoró. La sacó, se quitó el condón y corrió a abrocharse el vaquero. Un adiós breve y se fue en la moto.
Me quedé a medias. Ni siquiera había llegado al orgasmo, y aunque tenía el culo lubricado y abierto, la tarde no estaba para darla por concluida. Algo tenía que hacer, pensaba, mientras me limpiaba con unos pañuelos de papel que siempre llevo encima.
La noche ya era cerrada pese a lo temprano de la hora, pero yo seguía firme en mi desnudez. La piel empezaba a ponerse de gallina, aunque se calentaba rápido con cada nuevo arrebato, así que la ropa seguía sin hacerme falta. Solo, junto a aquel olivo testigo de una eyaculación precoz, me dispuse a cerrar la noche como creía merecer.
Gracias a los focos de un polígono cercano se caminaba bien en la oscuridad. El olivar seguía desierto. Llegué incluso a asomarme al borde del polígono como dios me trajo al mundo, quizás a la vista de algún trabajador asomado a una ventana lejana. Me daba igual. Quería curiosear los coches aparcados, esos donde algunos hombres esperan discretos.
Caminando tranquilo, cual oveja buscando a su lobo, oí a lo lejos a un hombre hablando por teléfono en español. Al instante apareció una sombra en sentido contrario: un chico también joven, rondando los treinta, con el pelo teñido de rubio y un chándal. Alto, delgado, paseaba sin prisa como yo. Cambió de rumbo al verme, y al cruzarnos no nos quitamos la mirada de encima.
Para dejar clara mi pasividad, le miré el paquete mordiéndome el labio inferior. Él, sorprendido, recorría mi cuerpo desnudo con los ojos. Debí de gustarle, porque en cuanto pasamos de largo se sumó a mi ruta sin rumbo.
Llegué a las ruinas de lo que un día fue una casa o un pequeño almacén. Conozco bien aquel lugar, de día y de noche. Y allí, a unos seis metros, estaba el hombre del teléfono, sentado sobre un bloque de hormigón, de espaldas a mí, absorto en su conversación. No se inmutó. Quizás ni me vio.
Sin tiempo para pensar si aquel rincón era el mejor estando él tan cerca, el rubio ya había entrado en la misma estancia que yo. Cruzamos las cuatro frases de rigor: yo paseaba buscando algo que meterme en el cuerpo, y él buscaba un culo que le calmara el mono.
Empezó a acariciarme una nalga mientras con la otra mano me trabajaba la polla, una paja tierna y lenta. Le advertí que quizás no era el mejor sitio, que el marco de la puerta abría una vista perfecta entre nosotros y el del teléfono. Si se giraba, nos vería enteros. A mi rubio no le importó. A mí, menos todavía. No sería la primera vez que un mirón me observara siendo empalado.
Me giré hacia él, dándole la espalda a la puerta, y le busqué el paquete: la polla torcida dentro del chándal pedía salir a gritos. Su respiración se volvió pesada y se pegó a mí. Entonces actuamos los dos a la vez. Yo metí la mano bajo su calzoncillo y la liberé: se puso tiesa entre mis dedos como un resorte, apuntando al cielo. Su mano dejó mi nalga y me hundió un dedo en el ano. Entró sin esfuerzo; ya me habían follado esa noche y estaba listo para que me penetraran cuando quisieran.
Sentí su aliento en el cuello. Sacó el dedo y me mandó agacharme, agarrándome de la cabeza. Ya tocaba. Estaba deseoso de chupar un segundo rabo aquella noche, y así fue. Su glande afilado, del mismo tono que su piel, entró entre mis labios húmedos. De nuevo en cuclillas, mi culo abierto encaraba al del teléfono, que seguía a lo suyo. A lo mejor nos miraba; de ser así, vería mi espalda desnuda. Yo movía la cabeza a buen ritmo, sacando y metiendo, dándole una mamada rica mientras él veía aparecer y desaparecer su polla en mi boca.
Lubricada de saliva, la tenía durísima mientras yo le acariciaba los huevos. En aquellos testículos estaba la leche que yo quería, así que trabajé con ganas para que la soltaran. La mamada fue larga y gustosa. Fui yo quien al final me levanté, le miré a los ojos y me giré despacio para ofrecerle el culo depilado.
—Si quieres, sigue por el culo y no por la boca —le sugerí.
El precio seguía siendo el condón. Se lo puso enseguida y, con cierta violencia que entendí como dominación, me giró del todo contra el marco de la puerta. Dios, qué morbo. Qué puta debía de parecerle para que supiera que ese gesto nos iba a poner a los dos. Quizás creía que solo le ponía a él, pero eso también me gusta, porque se siente como una obligación, algo muy sumiso.
Quedé sujetando el marco con los dos brazos abiertos, mirando hacia el del teléfono, mientras él me forzaba las piernas a separarse de par en par. Quedé inclinado hacia delante, con la polla y los huevos colgando al vacío. Se pegó a mí y noté cómo dirigía la punta hacia mi ano con una maestría que el primero no había tenido. Se escurrió dentro mientras me apretaba para clavármela hasta el fondo.
Y así, sin más, aquella fiera empezó a follarme el culo. Mi cuerpo se tambaleaba hacia delante con cada embestida y tuve que esforzarme en mantener la postura, los brazos haciendo fuerza contra el marco, el torso una equis inclinada. Sus pelotas chocaban contra mí, rápidas, sin descanso. Era imposible que el del teléfono no nos oyera, pero nunca se giró. Seguía hablando mientras yo lo miraba, follado salvajemente por detrás.
Él gemía y yo también, aunque no tenía las manos libres para pajearme. Me habría gustado. Mis nalgas chocaban una y otra vez contra su pelvis. Algún día tengo que hacerme una foto desde abajo, entre las piernas; esas escenas deben de ser pura pornografía. Me imagino su polla dura entrando entre mis nalgas abiertas hasta golpear, mientras mis huevos y mi polla se zarandean con cada golpe.
El éxtasis se acercaba, así que le pregunté si quería correrse dentro o en mi cara. No respondía, seguía metiéndomela a tope. Insistí: que se corriera en la cara, que así yo tendría una mano libre para acabar también.
Lo convencí sin palabras. La sacó y me forzó a agacharme otra vez. Se quitó el condón a toda prisa. Eché la mano izquierda a su pierna para sujetarme y la derecha a mi polla, que empecé a pajearme deprisa. Tenía de nuevo su rabo lubricado frente a la nariz, pero él me obligó a tragarme los huevos que colgaban debajo. Mientras se pajeaba, yo lamía aquellos testículos con la lengua a duras penas, la boca llena. Su paja era intensa, exigiendo la leche ya. Yo obedecía y la excitación no dejaba de crecer.
Al cabo de un momento, los espasmos lo delataron. Sacó los huevos de mi boca, apuntó a mi cara y le quedaba ya poca resistencia. De repente, sin apenas darme tiempo a cerrar los ojos, un primer chorro me golpeó las cejas y la nariz. Le siguieron varios latigazos más, un semen más líquido que denso, cuatro o cinco descargas calientes que resbalaban hacia el cuello. Cerré la boca para sentir cómo las gotas escurrían sobre mis labios. Él gemía mientras se vaciaba, y yo, con los ojos apretados, seguía masturbándome.
Cuando la corrida cesó me metió la polla en la boca. Chupé como la más zorra, sintiendo el sabor de su semen en la lengua, ahora más despacio, exprimiéndole hasta la última nota. Entonces llegó mi orgasmo, más abundante que el suyo, y regué el suelo de un semen más espeso. Lo hice mientras lamía un capullo gordo y tenso entre los dientes, que aún soltaba las últimas gotas, chupando como quien apura un caramelo hasta el final.
La mamada fue cesando hasta que una polla flácida salió de entre mis labios. Nos pusimos de pie y, mientras nos limpiábamos en silencio, el del teléfono seguía hablando. Increíble.
Sin una palabra, el rubio tiró el condón y se marchó casi con desprecio. Ya me había usado, ya tenía lo que quería, y yo me quedé allí vistiéndome despacio. También estaba satisfecho. No deseaba más sexo aquel día.
Así que terminé de vestirme, recogí mis cosas y, pasando de nuevo frente al del teléfono, desaparecí entre los árboles camino de casa, a darme una buena ducha caliente. Esta vez de agua, y no de semen. Ese semen que aún olía en mi cara, ese que aún saboreaba en la boca.