Lo que descubrí la primera vez con un hombre
Me llamo Marcos y hoy tengo cuarenta y dos años. Vivo en una ciudad del norte, estoy casado y nunca le he contado esto a nadie. Es la primera vez que me atrevo a escribirlo, y lo hago tal como lo recuerdo, sin adornos. Lo que voy a contar fue mi primera vez con un hombre, y es completamente real.
Todo ocurrió cuando tenía diecinueve años. Por aquel entonces yo era un chico que gustaba: medía un metro setenta y ocho, delgado, sin ser atlético, con los ojos claros y una cara de niño travieso que me había servido para más de un lío con chicas guapas del instituto. Tenía éxito, o al menos eso creía, y nadie a mi alrededor habría imaginado lo que pasaba por mi cabeza cuando estaba solo.
En aquella época todavía no había internet en todas las casas. Para conectarte ibas a un locutorio, uno de esos sitios llenos de ordenadores donde se pagaba por horas. Yo tenía uno justo debajo de mi portal y bajaba un día sí y otro también, con la excusa de consultar cualquier cosa.
Al principio entraba en los chats a ver si ligaba con alguna chica. Pero eso era casi imposible, así que un día, medio por curiosidad y medio por aburrimiento, entré en una sala gay. Y allí todo cambiaba. Un nick como chico_joven19 recibía decenas de mensajes privados en cuestión de minutos.
Aquello me ponía nervioso y me excitaba a partes iguales. Volví al día siguiente, y al otro. Como casi todos, nunca pasaba de ahí. Me daba miedo que alguien me reconociera, me daba miedo lo que pudiera pasar. Pero por dentro me iba calentando cada vez más, hasta que llegó un punto en que solo pensaba en quedar con un hombre de verdad.
Una tarde me escribió alguien con el nick Versátil_41. Lo primero que me preguntó fue si yo era activo o pasivo. Le contesté la verdad: que no tenía ni idea, que nunca había hecho nada, que me daba vergüenza y miedo a la vez.
—Tranquilo —me escribió—. Todos empezamos alguna vez. ¿Te apetece probar o solo quieres hablar?
Seguimos chateando un buen rato. Él me transmitía calma y yo, en lugar de echarme atrás, me iba sintiendo más cómodo y más decidido.
—Mira —me dijo al final—, estoy solo en un piso que comparto con mi hermana. Soy de otra ciudad y solo vengo aquí entre semana por trabajo. Si te animas, te vienes y vemos qué tal. Pero quiero que lo sepas: con chicos jóvenes yo soy activo.
Yo, que no había tocado a nadie, ni siquiera entendía del todo lo que eso implicaba. Solo sabía que quería estar desnudo con un hombre. Le dije que sí, pero que primero necesitaba ducharme.
—No te preocupes por eso —respondió—. Te duchas aquí.
Me pasó la dirección y hacia allí fui, temblando, asustado y muerto de morbo al mismo tiempo.
***
Cuando llegué a su bloque, llamé al primero y subí las escaleras. Él me esperaba con la puerta entornada y la casa a oscuras. Entré en silencio y me condujo directamente a su habitación.
No era lo que había imaginado. Me encontré con un hombre en pijama, calvo, con gafas, algo más bajo que yo y con barriga. En la cabeza me había construido a alguien muy distinto, y sin embargo, aquello —en lugar de cortarme el rollo— me excitó todavía más. No sé explicarlo. Algo en su aspecto corriente, en lo poco que se parecía a lo que yo era fuera de aquel cuarto, me ponía de una manera que no entendía.
—Eres muy guapo —me dijo en voz baja—. ¿Te importa que nos besemos?
Con el calentón que llevaba encima, habría dicho que sí a cualquier cosa.
Estar a merced de un tipo tan normal, casi feo, que me metía la lengua hasta el fondo de la boca, me hizo descubrir un lado de mí que no sabía que existía. Me dejé llevar como nunca me había dejado llevar por nadie.
Después de un rato comiéndonos la boca y de sus manos recorriéndome por debajo de la ropa, se separó.
—Te voy a duchar —dijo—. Te quiero bien limpio.
Me llevó al baño y me pidió que terminara de desnudarme. Le pregunté si se iba a meter conmigo y me dijo que no. Así que me desnudé yo solo, entré en la bañera y abrí el agua. Él, desde fuera, todavía con el pijama puesto, empezó a enjabonarme despacio.
Yo temblaba cada vez que aprovechaba para pellizcarme los pezones o agarrarme la polla, que llevaba dura desde el momento en que crucé la puerta de su cuarto. En un momento dado, su mano bajó hasta mi culo y empezó a jugar con mi entrada.
—Relájate —susurraba—. No tengas prisa.
Metió un dedo y noté una sacudida por toda la espalda. Cuando metió el segundo, ya no opuse resistencia.
—¿Te está gustando? —preguntó.
—Mucho —dije, casi sin voz.
—Creo que tú eres un chico de los que disfrutan obedeciendo.
Aquella frase me atravesó. Esa mezcla de vergüenza y deseo, de sentirme pequeño delante de él, despertó en mí algo que sigue marcándome a día de hoy. Ese lado pasivo y sumiso que tanto me fascina nació exactamente ahí, en aquella bañera.
***
Me dio una toalla para que me secara y me mandó de vuelta a la habitación.
—Vamos —dijo—. La estás pidiendo a gritos.
Me senté en el borde de la cama. Él se quitó la parte de arriba del pijama y volví a ver esa barriga que, no sé por qué, me ponía tanto. Yo, que había estado con las chicas más guapas de mi instituto, estaba ahora sentado y desnudo frente a un hombre veinte años mayor, sin afeitar, calvo y con sobrepeso. Me sentía sucio. Y, al mismo tiempo, más caliente que nunca.
—Bájame el pantalón —ordenó.
Le bajé solo el pantalón del pijama. Debajo llevaba unos calzoncillos clásicos, de esos que claramente no acababa de ponerse. Aquel hombre probablemente llevaba horas delante del ordenador, tocándose mientras esperaba a que alguien picara.
—Venga —dijo—. Bésala por encima de la tela. Despacio.
Obedecí. El bulto no era especialmente grande, pero yo me lancé igualmente a lamer y besar por encima del algodón. Tenía un sabor salado y un olor fuerte, intenso, que en lugar de echarme atrás me empujaba a seguir.
—Ahora ponte de rodillas —dijo, cambiando el tono—. Vas a probar tu primera polla.
Me arrodillé en el suelo, frío bajo mis piernas, y le bajé los calzoncillos. Ahí la tenía delante: más pequeña que la mía, pero más gruesa, con el prepucio cubriendo todavía el glande.
—Lámela —dijo—. Quiero que sepas a qué sabe un hombre.
De rodillas, más excitado que asqueado, saqué la lengua y empecé a limpiarla mientras la sujetaba con la mano. Aquel sabor a sudor, a hombre, a horas sin ducharse, me hizo sentir la persona más entregada del mundo. Estaba ahí, lamiéndole la polla a un desconocido, sin que nadie me obligara, porque era exactamente lo que quería hacer.
—Pon las manos en la espalda —dijo—. Ahora te follo la boca un poco.
Al principio se quejó un par de veces de los dientes, pero fui aprendiendo. Como no era demasiado grande, conseguí relajar la garganta y fruncir los labios mientras él me agarraba de la nuca y empujaba para metérmela lo más hondo que podía. Yo lo dejaba hacer, con los ojos cerrados, sintiendo cómo perdía el control de la situación poco a poco. Y me encantaba.
Después de un rato así, se detuvo.
—¿Quieres que te folle ese culo —preguntó— o prefieres que termine en tu boca?
—No sé —dije, nervioso pero caliente como nunca—. Podemos probar.
***
Me pidió que me tumbara boca abajo en la cama y me preguntó por un condón. Yo no llevaba ninguno.
—¿Y entonces qué hacemos? —dijo—. Te puedo asegurar que estoy completamente limpio.
—No sé —respondí, inseguro—. Lo que tú quieras.
—Tranquilo. Primero un masaje, para que aflojes.
De masaje, nada. Se tumbó encima de mí y empezó a restregarse contra mi espalda mientras me mordía el cuello y la oreja y me susurraba que era suyo, que estaba deseando que me follaran. Sentir todo su peso sobre mí, esa barriga apretada contra mi espalda, me dejaba sin fuerzas para discutir nada.
Al rato se levantó y fue al baño a por una crema. Cuando volvió, ya no había dudas en su voz.
—Ahora te voy a desvirgar —dijo.
—Despacio, por favor —le pedí—. Y no te corras dentro.
—Te lo juro.
Me untó crema y metió dos dedos, luego tres, moviéndolos despacio durante un par de minutos. Después volvió a tumbarse sobre mí. Noté otra vez el peso, la barriga, su aliento en mi nuca, y cómo acomodaba la punta contra mi entrada.
—Tranquilo —repetía en voz muy baja—. Te va a gustar.
La verdad es que fue más fácil de lo que temía. Un poco de presión, una punzada por el grosor, y de pronto la tenía entera dentro. Sentí sus testículos pegados a mí. Se quedó quieto unos segundos, dejándome respirar, y luego empezó a moverse.
Me embestía despacio, sin prisa, mientras me lamía la oreja y me hablaba al oído con un tono que me hacía sentir todavía más entregado. Yo había permanecido completamente inmóvil hasta ese momento.
—Muévete —dijo—. Disfrútalo.
Empecé a hacer círculos con las caderas, buscando que entrara hasta el fondo y volviera a salir, mientras él me agarraba la polla con una mano. Por un instante dejé de pensar en el miedo, en los condones, en quién era yo fuera de aquella habitación. Solo existía el ritmo, su respiración acelerada y la cama crujiendo debajo de los dos.
De repente lo noté tensarse, y antes de que pudiera reaccionar, se corrió dentro de mí. No le dio tiempo a sacarla. Yo, debajo de él, me asusté muchísimo; en mi cabeza solo había sitio para el miedo a coger cualquier cosa.
—Perdón —dijo enseguida—. No he podido aguantar. Te juro que no tengo nada, estoy limpio.
El calentón se me bajó de golpe. Me ofreció acabar yo, me ofreció la ducha, me ofreció quedarme un rato. Pero yo solo quería salir de allí. Le dije que no, que prefería irme, y me vestí a toda prisa.
***
Caminé hasta la parada del autobús con el culo lleno, notando cómo me mojaba la ropa interior y, después, los pantalones. Era una sensación extraña: una parte de mí seguía excitada por lo que acababa de pasar y otra se moría de remordimiento.
Cuando llegué a casa, me encerré en mi cuarto, me quité los pantalones y los calzoncillos y comprobé que estaban húmedos los dos. Me toqué y todavía salía algo. Me hice una paja rápida pensando en todo lo que había hecho, me corrí de una forma brutal y me metí en la ducha como si quisiera borrarlo todo.
Durante los meses siguientes lo pasé mal. Agobios, culpa, la sensación de haber cruzado una línea sin vuelta atrás. Pero con los años aquello fue cambiando de forma en mi memoria.
Hoy, tantos años después, sigo recordando esa tarde y me sigue excitando. Reconocer lo sumiso y lo entregado que fui aquella primera vez, dejándome llevar por un desconocido sin imaginar siquiera lo que iba a descubrir de mí mismo. Salí de aquel piso usado, sucio, asustado. Y, sin embargo, nunca he vuelto a sentir nada parecido. Es totalmente real. Espero que os haya gustado.