Lo que pasó en la última fila del cine para adultos
El aire del cine para adultos golpeó a Andrés en la cara apenas empujó la puerta: una mezcla densa de sudor viejo, cuero gastado y ese olor inconfundible a sexo reciente que se pegaba a las paredes como una segunda capa de pintura. Las luces, casi inexistentes, apenas dibujaban el pasillo angosto que llevaba a la sala. Al fondo, el resplandor azulado de la pantalla se filtraba como niebla sucia entre las cortinas raídas.
Los gemidos amplificados de la película llenaban el aire espeso, mezclados con los susurros y jadeos dispersos de los pocos espectadores que ya ocupaban las butacas. Andrés ajustó el cinturón de su mono de trabajo y sintió cómo la tela gruesa se le pegaba a la entrepierna, donde una excitación incómoda empezaba a hincharse. Se pasó una mano por el pelo canoso, despeinado por el viento de la calle, y avanzó con pasos lentos, como si el peso de sus cincuenta y dos años y su barriga incipiente lo arrastraran hacia adelante.
La sala era más chica de lo que recordaba, o quizá era el efecto de la penumbra. Las butacas de terciopelo rojo, gastadas por décadas de cuerpos frotándose contra ellas, seguían ahí, dispuestas en hileras torcidas como dientes flojos. Andrés eligió una en la tercera fila, lo bastante cerca de la pantalla para ver cada detalle de los cuerpos enredados, pero no tanto como para llamar la atención.
El terciopelo, áspero bajo sus dedos, crujió cuando se dejó caer en el asiento. El sonido se perdió entre los jadeos de la actriz que, en ese momento, se ahogaba mientras dos hombres la usaban sin descanso. Andrés tragó saliva. Sintió cómo se le aceleraba la sangre, cómo el calor se le acumulaba en la ingle. No había venido por casualidad.
Llevaba semanas, meses, fantaseando con este momento, con la excusa de «desconectar» después de un día agotador arreglando cables y tableros eléctricos. Pero la verdad era más sucia, más urgente: necesitaba esto. Necesitaba sentir el peso del deseo lejos de su rutina, lejos de las miradas de reproche de su mujer, lejos de todo salvo de su propia piel ardiente.
Sus dedos temblaron cuando los llevó al regazo y presionaron con cautela sobre la cremallera del mono. El tejido áspero le rozaba la erección, que ya empujaba contra la tela como un animal enjaulado. Cerró los ojos un segundo e imaginó que eran las manos de otro las que lo tocaban, no las suyas, callosas y marcadas por años de trabajo manual.
Un gemido ahogado se le escapó de los labios entreabiertos cuando aplicó más presión, frotando el talón de la palma contra la cabeza de su miembro a través de la tela. El sonido de la película —el chapoteo húmedo de los cuerpos, los azotes de carne contra carne, los jadeos desesperados— se mezclaba con su propia respiración entrecortada. No se atrevió a bajar del todo la cremallera, todavía no. El riesgo de que alguien notara su mano moviéndose bajo el disimulo del mono solo le echaba más leña al fuego que ya le quemaba por dentro.
Fue entonces cuando lo sintió.
Un movimiento a su izquierda, casi imperceptible. Un crujido suave, como de tela rozando otra tela, seguido del leve desplazamiento de aire que delataba a alguien acercándose. Andrés abrió los ojos de golpe, pero antes de que pudiera girar la cabeza, una presencia se materializó a su lado.
El abrigo marrón gastado del recién llegado le rozó el hombro al sentarse, y el olor a tabaco frío y colonia barata —algo cítrico y rancio— se le coló en las fosas nasales. El tipo debía rondar los sesenta, con una corbata floja que le colgaba como una lengua cansada sobre el pecho y unos ojos grises desvaídos que brillaban con una mezcla de curiosidad y algo más oscuro, más hambriento. Andrés contuvo el aliento cuando la mano del hombre —larga, de dedos huesudos y uñas amarillentas— se posó sobre su muslo, justo encima de la rodilla. No era un toque casual. No era un accidente. Era una declaración.
—¿Estás solo? —La voz era áspera, como papel de lija, pero baja, casi un susurro que se perdió entre los gemidos de la pantalla.
Andrés sintió cómo su miembro daba un salto bajo el mono, traicionándolo. Su primer instinto fue apartarse, murmurar alguna excusa, pero las palabras se le atascaron en la garganta cuando los dedos del desconocido empezaron a subir, trazando un camino lento y deliberado hacia su ingle. El contacto era ligero, pero quemaba como un hierro al rojo vivo.
—Oye, qué… —protestó Andrés, aunque su voz sonó débil, sin convicción. Su mano, que aún descansaba sobre su propia entrepierna, no se movió para detenerlo.
—¿No te gusta? —El hombre no esperaba respuesta. Sus dedos ya habían llegado a la cremallera del mono, y con un movimiento experto la bajó unos centímetros, lo justo para que el aire frío de la sala acariciara la piel caliente de Andrés. Este jadeó, las caderas se le levantaron buscando más contacto. La vergüenza y la excitación peleaban dentro de él, pero la excitación ganaba por goleada.
—No debería… —murmuró, aunque sus palabras se convirtieron en un gemido cuando el desconocido, sin prisa pero sin pausa, metió la mano dentro del mono y le envolvió el miembro con una firmeza que lo hizo ver estrellas.
—Claro que deberías —respondió el hombre, su aliento caliente rozándole el lóbulo de la oreja mientras el pulgar le frotaba el glande húmedo, esparciendo el líquido que ya brotaba—. Todos venimos acá por lo mismo, ¿no? Nadie te juzga.
Andrés no pudo argumentar. No cuando la mano empezaba a moverse con un ritmo perezoso pero implacable, arrancándole jadeos que se confundían con los de la película. Su propia mano, como si tuviera voluntad propia, se deslizó hacia el regazo del otro, donde el bulto de una erección dura como el acero deformaba el paño de los pantalones.
El abrigo del hombre se había abierto, dejando ver una corbata torcida y una camisa arrugada que no lograba ocultar el contorno de su deseo. Andrés no lo pensó dos veces. Le desabrochó el botón del pantalón con torpeza, sus dedos gruesos lentos en comparación con la destreza del otro, y luego hundió la mano dentro, encontrando un miembro grueso, venoso, que palpitaba bajo su tacto.
—¡Joder! —siseó el desconocido, las caderas empujando hacia adelante, buscando más presión. Su mano se volvió más insistente, el ritmo más rápido, más urgente.
Los dos hombres se masturbaban ahora mutuamente, sus respiraciones entrecortadas sincronizadas con los gemidos de la pantalla. El olor a sexo —sudor, semen, cuero— se volvió más intenso, como si el aire mismo se espesara a su alrededor. Andrés cerró los ojos y dejó que las sensaciones lo arrastraran: la mano ajena en su miembro, sus propios dedos apretando la verga dura del otro, el sonido húmedo de sus movimientos, el crujido de las butacas cada vez que sus caderas se levantaban buscando más. Era demasiado. No era suficiente.
—Eso es, así me gusta —gruñó el hombre, la voz convertida en un ronquido animal—. Vamos, acelera. Quiero sentir cómo te corres en mis manos.
La palabra, cruda y directa, hizo que Andrés abriera los ojos de golpe. Nunca lo habían tocado así, con tanta crudeza, tanta seguridad. Pero en lugar de ofenderse, sintió cómo su miembro se endurecía aún más, cómo se le apretaba todo por dentro, anunciando un orgasmo inminente.
—No puedo… me voy a… —balbuceó, pero el otro no lo dejó terminar.
—Córrete, joder. Lléname las manos. Quiero sentirte arder.
Fue el empujón final. Andrés arqueó la espalda, clavó los dedos en el muslo del desconocido mientras su cuerpo se tensaba como un arco a punto de disparar. Un grito ahogado se le escapó de los labios cuando el orgasmo lo golpeó con la fuerza de un tren, su semen brotando en chorros calientes y espesos que salpicaron las manos de ambos, el terciopelo de la butaca, hasta el abrigo del hombre. Las manchas blancas brillaban obscenamente bajo la tenue luz de la pantalla, y el olor a semen fresco se sumó a la mezcla de aromas que saturaba el aire.
El desconocido no se detuvo. Con el miembro de Andrés aún palpitando en su puño, usó la otra mano —ahora pegajosa y brillante— para masturbarse con movimientos rápidos y descontrolados. Sus ojos grises, antes desvaídos, ahora brillaban con una intensidad casi febril, fijos en la cara enrojecida de Andrés.
—Me corro, me corro —anunció en un susurro, y entonces su propio orgasmo lo sacudió, su leche brotando en espasmos violentos que se mezclaron con la de Andrés, dejando un desastre pegajoso entre los dos cuerpos.
Por un momento solo hubo silencio, salvo por sus respiraciones agitadas y los gemidos distantes de la película. Las manos de ambos estaban cubiertas de semen, sus miembros aún semierectos y sensibles al tacto. El hombre fue el primero en moverse, sacando un pañuelo arrugado del bolsillo del abrigo para limpiarse con torpeza, aunque solo logró esparcir el líquido entre los dedos.
—Joder —murmuró, más para sí mismo que para Andrés, mientras se acomodaba la corbata con manos temblorosas.
Andrés, todavía recuperándose, se limpió las manos en el muslo del mono, dejando manchas húmedas en la tela azul. El terciopelo de la butaca estaba arruinado, empapado de su propia lujuria, pero no le importaba. Se sentía extraño. Satisfecho, sí, pero también expuesto, como si acabara de cruzar una línea de la que no había vuelta atrás.
El desconocido se levantó con un crujido y se ajustó el abrigo sobre los hombros encorvados. No miró a Andrés cuando habló, pero su voz era baja, casi íntima.
—Ha estado… interesante.
Andrés asintió, aunque el otro ya no lo veía. Cuando alzó la vista, el hombre se perdía entre las sombras del pasillo, su silueta desdibujándose como un fantasma en la penumbra. Solo quedó el olor a sexo, el peso de lo que acababan de hacer, y la pantalla gigante, donde los cuerpos seguían follando sin descanso, ajenos a todo menos a su propio placer.
Andrés se quedó sentado, con las manos aún tibias y pegajosas, preguntándose si volvería a ver a ese hombre. Preguntándose si quería volver a verlo. Y entonces, con un suspiro, se recostó en la butaca, sus dedos bajando otra vez hacia su entrepierna.
Después de todo, la película todavía no había terminado.