El desconocido que me escribió en el tanatorio
Los tanatorios son lugares peculiares. La despedida social de los muertos arrastra una marea de visitas, de encuentros y reencuentros entre personas que apenas se conocen y que cargan con poca o ninguna tristeza. Por eso en sus pasillos se oye algún llanto, sí, pero también muchas risas. Abrazos de consuelo a veces, y de pura alegría de volver a verse muchas otras.
Así que cuando te toca acompañar a una amiga cuyo familiar mayor acaba de morir, y el desenlace tiene tanto de pena como de alivio por dejar de verlo sufrir, llegas con el ánimo más ligero de lo que la ocasión sugiere.
—Hola, Carla, guapa —dijo Mateo abrazando a su amiga en la puerta de la sala donde se agolpaba la familia.
—Gracias por venir —respondió ella hundiéndose en el abrazo—. Estaba agotada de recibir a gente que no sé si debería conocer o no.
—Pues aquí me tienes, para lo que haga falta.
Saludó a la madre de Carla, le dio el pésame y enseguida volvió a salir al pasillo con su amiga. Cruzaron un par de frases antes de que por el corredor apareciera más familia a la que ella tenía que atender.
—Quédate por aquí, ¿vale? —le pidió—. Dentro de un rato me agobiaré otra vez y necesitaré un hombro amigo.
Mateo se sentó en un sillón apartado, en un rincón, y para matar el tiempo abrió la app. Sin demasiado propósito, solo por cotillear. El sitio estaba en medio de ninguna parte, a treinta kilómetros al sur de Sevilla, de modo que cualquiera que apareciera a menos de un kilómetro estaba también allí dentro. Le daba morbo imaginar quién podía estar conectado entre tanta corbata negra.
Muchos perfiles sin foto, sin texto, sin nada. Y a Mateo le gustaban los hombres, no las sombras. «Versátil, 31», un torso descubierto y una imagen que iba de la barbilla a las rodillas, con una melena cayendo sobre los hombros. Le mandó un toque. «Macho dom», traje, corbata y ninguna cara. Ese no. Caras de tres o cuatro jovencitos. Un par de toques más. Instintivamente levantó la cabeza buscando alguno de esos rostros entre los corrillos de las puertas, pero por supuesto no alcanzó a reconocer a nadie.
Un toque de vuelta. De Versátil 31.
«Hola.» «¿Muy apenado?» «Yo de visita, por cumplir.» «Y yo, ja.» «¿Qué te va?» «Me pone ver a tanto tío arreglado», escribió Mateo, y volvió a mirar de reojo por si pillaba a alguien tecleando. Alguno había, claro, pero el lugar era amplio: mucho pasillo, mucho asiento, muchas salas.
«Me vendría bien un restregón para soltar el estrés del momento.» «¿Sí? No me digas.» «Te digo. Y en las fotos no se te ve nada mal.» «Tú tampoco estás mal. ¿Alguna foto más?»
Se cruzaron imágenes más calientes, dejando a la vista más partes. Dos cuerpos corrientes, de dos tipos excitados y aburridos en mitad de un velatorio.
Carla salió de la sala y Mateo tuvo que dejar el móvil para estar un rato con ella, medio molesto consigo mismo por haberse puesto a fantasear.
—¿Salimos fuera? —propuso ella—. Hace frío, pero me viene bien tomar el aire.
—Pero si tú no fumas —contestó él, extrañado.
—Es un decir. Así me ahorro escuchar comentarios estúpidos, ya sabes.
Salieron charlando de nada. Era noche cerrada y el entorno estaba a oscuras, iluminado apenas por la luz de las ventanas. Fuera había poca gente, esa sí fumando de verdad o hablando en voz baja, lejos del bullicio que retumbaba dentro.
En un rincón, sentado en un banco, había un hombre con un cigarrillo en la mano y la mirada clavada en el móvil. Mateo sospechó: aunque no se habían pasado ninguna foto de cara, aquella media melena podía encajar. Fingió escuchar a Carla sin quitarle ojo al tipo. La situación era morbosa, y notó los latidos del corazón subiéndole de golpe.
El otro alzó la cabeza para dar una calada y miró alrededor. Sus ojos se encontraron. Mateo sostuvo la mirada sin apartarla, midiendo si aquel contacto duraba más de lo que se acepta entre hombres que no se conocen. Duró. El desconocido soltó el humo despacio entre los labios entreabiertos, sin dejar de observarlo desde la distancia. Mateo tuvo que volverse hacia su amiga para que no se mosqueara, y solo pudo mirar de reojo justo cuando ella proponía entrar de nuevo. El otro seguía allí, insistente.
***
«¿Qué haces fuera tan solito?», escribió Mateo en cuanto pudo regresar a su rincón, bajo la promesa de rescatar a Carla de sus parientes en un ratito. Esperó la respuesta para confirmar si había acertado.
«Esperar a ver si me contestabas.» «Pues hace frío, dentro se está mejor.» «¿Dentro de dónde?»
Mateo se lo pensó un instante, esbozando media sonrisa. «Dentro de algún sitio caliente y acogedor.» «¿Cuando aprietan las ganas, ni los muertos se respetan?» «Ja, aquí hay mucho de eso. Pero también hay mucho vivo.» «Sí, seguro que hay mucha sangre caliente.» «Mientras se bombee al sitio adecuado, no vamos mal.» «Eso me pareció ver, que no vamos mal.» «Pues podríamos comprobarlo, ¿no crees?»
«Me encantaría, pero hay mucho jaleo. Difícil encontrar un sitio discreto.» «Al final del pasillo, pasada la sala 8, hay unos servicios.» «¿Te has estudiado el sitio?» «Siempre es mejor tener prevista la estrategia.» «En tiempo de guerra, todo agujero es trinchera.» «Sí, pero algunos más que otros.» «¿Qué me dices, te escapas un rato?» «Me has puesto a mil. No sé cuánto aguanto, ando con ganas.» «No dará para mucho. Lo bueno, si breve…» «¿Qué te va?» «De todo, versátil total, me adapto.» «Yo igual, aunque hoy vengo con hambre.» «Lo vemos.» «Entra en el de minusválidos, según pasas la primera puerta, a la izquierda.» «¿Y si entra alguien?» «¿Has visto algún minusválido por aquí? Y hay aseos por todas partes. Si intentan abrir, pensarán que está ocupado y buscarán otro.» «Ok, dame cinco minutos.»
Mateo no era muy de cruising, pero aquello se le parecía bastante. Y se le sumaba todo: las ganas, el morbo del desconocido, el morbo del propio tanatorio con la muerte rondando mientras dos vivos se iban a entregar a la actividad más viva que existe.
Entró en el aseo de minusválidos, enorme, con barras a los lados de la taza, un lavabo de grifo automático y un gran espejo cuadrado encima, inclinado para verse aunque quedaras por debajo de la línea del lavamanos. Lo había descubierto antes, cuando el de hombres estaba ocupado y aquella puerta había quedado entreabierta. Un hallazgo que ahora venía de perlas. Le dio tiempo a pasarse una toallita húmeda por los bajos, por si acaso, y luego corrió la puerta dejando solo una rendija, listo para fingir que se lavaba las manos si entraba alguien inesperado.
***
Se oyó la puerta de acceso a los servicios abrirse y cerrarse. Por un segundo entró el bullicio del velatorio, y luego el silencio se cerró del todo. Una mano deslizó la puerta corredera y el de la media melena se coló dentro, cerrando a su espalda.
No cruzaron palabra. Para qué hablar, si los cuerpos saben decirlo todo. Con las bocas pegadas empezaron a manosearse. Mateo metió las manos bajo la camiseta del otro; el otro hundió las suyas dentro del pantalón de Mateo y le apretó el culo contra él para que las entrepiernas se aplastaran, cada una con su erección. El desconocido sabía a tabaco y a deseo, olía a sudor y a colonia cara. No le hizo ascos a nada: le amasaba las nalgas mientras tiraba de un pantalón que no estaba muy ajustado. Mateo le desabrochó el cinturón, ansioso.
—¿Por qué no me follas? —le susurró al oído antes de morderle el lóbulo.
—Será un placer —contestó el desconocido—. Date la vuelta, que inspecciono esa trinchera donde meterme.
Mateo se giró, aún con los pantalones en los tobillos. Intentó sacárselos de un puntapié, pero con los zapatos puestos era imposible, así que se los quitó a toda prisa. Le tendió al otro un frasquito de lubricante y un condón que llevaba en el bolsillo.
—Joder, sí que eres previsor —musitó el desconocido, ya agachándose para meter la boca entre sus glúteos, que cuatro manos trataban de separar todo lo posible para ponerlo fácil.
—Nunca se sabe —alcanzó a responder Mateo antes de tragarse el gemido que le provocó la lengua del otro ensalivándole el agujero. Se agarró a la barra pensada para los minusválidos, que esa noche servía para otros fines—. Métemela. No aguanto más.
El desconocido se puso el condón y echó un chorro de lubricante frío que hizo que Mateo se encogiera un instante. Pero notar la punta de la polla buscándole la entrada siempre anima, así que empujó las caderas hacia atrás para recibirlo. Menos mal que no la tenía muy gruesa, porque con las prisas le habría dolido. Se le deslizó hasta el fondo de un empuje suave.
Mateo se soltó de la barra y se giró hacia la pared para apoyarse de cara al espejo.
—¿Adónde vas? —preguntó el otro.
—Quiero ver en el reflejo cómo me follas.
—Vale, ten cuidado, no te empotre contra la pared.
—Tú dale con todo. Yo me corro en nada, tú sigue a lo tuyo.
Mateo se miró de reojo en el espejo inclinado: un hombre con los pantalones bajados, una camiseta clara y la chaqueta puesta, embistiéndole por detrás, chocando contra sus nalgas a cada golpe de cadera. Soltó una mano de la pared, se la llevó a su propia polla y, tras apenas un par de meneos, se corrió contra el azulejo y el suelo como hacía tiempo que no lo hacía. Le venía haciendo falta. Aun así siguió disfrutando de la embestida del desconocido, que sin avisar lo sujetó de la cadera, se hundió hasta el fondo con un jadeo y se vació dentro.
Se quedaron un momento quietos, recuperando el resuello.
—Ten cuidado al salir, que puede que no esté del todo limpio —murmuró Mateo—. Siempre dispuesto, pero no siempre preparado.
—Qué más da —se rió el otro, aún dentro—. Ha estado genial. Un rápido en condiciones.
—Ha estado de muerte.
—Joder, qué comentario más oportuno.
Con la polla todavía medio dura, se la sacó. Mateo cogió papel y se limpió, y con otro puñado tapó su corrida del suelo. El otro ya se había quitado el condón y se secaba también, tirando el papel a la papelera. Se miraron. Mateo estuvo a punto de robarle otro beso, pero se contuvo.
El otro no. Aún con los pantalones bajados, lo agarró de la nuca y le plantó un morreo en condiciones. Se separaron mientras se recolocaban la ropa.
—¿Te ha gustado? —preguntó el desconocido.
—Mucho.
—Podríamos repetir otro día, sin muertos de por medio, ¿no?
—Me encantaría.
—Nos escribimos por la app.
—Vale.
Se lavaron las manos a la vez en el mismo lavabo. Volvieron a mirarse. Aún con los dedos mojados, esta vez fue Mateo quien lo agarró de la nuca y le devolvió el morreo.
—Ni siquiera sé cómo te llamas.
—Adrián. Tú eres Mateo, ¿no? Si te llamas así.
—Ese soy.
—Me he quedado con ganas de comerte la polla.
—Y yo a ti el culo.
—Hay que repetir.
—Hecho.
Adrián salió primero. Mateo cerró por dentro, terminó de limpiar el suelo y se apoyó en la pared, todavía sudoroso. Se mojó un poco el pelo, se miró por última vez en el espejo y se preparó para volver con Carla.
Esto sí que ha sido un funeral de muerte, pensó.