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Relatos Ardientes

Mi compañero de cuarto y la sauna de hombres

Como conté la otra vez, mi compañero de habitación llegó más tarde que yo aquella noche. Me despertó el ruido de la cerradura, así que me hice el dormido y entrecerré los ojos para observarlo sin que se diera cuenta. Se llamaba Tomás, y hasta ese momento solo lo conocía de los desayunos y de los paseos en grupo.

Entró al baño y, cuando salió, lo hizo completamente desnudo. Nunca lo había visto así. Era más velludo de lo que imaginaba, con el pecho y las piernas cubiertos de un vello oscuro y espeso, y una polla gruesa que le colgaba pesada entre los muslos, con los cojones bien marcados. Buscó algo en su bolso de viaje con cuidado, como si no quisiera hacer ruido.

Sacó dos cosas. Una era un consolador negro, no muy grande, con una base ancha que le servía de tope. La otra, un bote pequeño que supuse que era lubricante.

Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. No entendía qué hacía, pero no podía dejar de mirar. Debajo de la sábana, mi polla ya se estaba poniendo dura, palpitando contra mi vientre.

Tomás se echó en su cama, boca abajo, con las caderas levantadas y el culo abierto. Se untó el lubricante despacio, metiéndose dos dedos primero, moviéndolos en círculo dentro de su ojete, y luego empezó a introducirse el juguete poco a poco, balanceando el cuerpo. Vi cómo el consolador negro desaparecía centímetro a centímetro entre sus nalgas peludas, y cómo él arqueaba la espalda para tragárselo entero. El aparato hacía un leve zumbido, una vibración apenas audible. Él fue gimiendo cada vez más fuerte, mordiendo la almohada, aumentando el ritmo, follándose a sí mismo con embestidas cada vez más profundas, ajeno a todo lo que no fuera su propio placer.

Yo estaba completamente empalmado, con la polla goteando pringue en el ombligo. El corazón me latía como un caballo desbocado. Me apreté el glande con la mano y noté que ya estaba mojado de precorrida. No pude resistirlo más.

Me levanté con cuidado y me acerqué a su cama. Me quité la ropa interior y, desnudo como él, con la polla tiesa apuntándole a la espalda, lo abracé por los hombros y le besé la nuca. Se estremeció, soltó un suspiro entrecortado y, sin volverse, murmuró:

—¿Te gusta verme?

—Mucho —le contesté al oído—. Se me ha puesto durísima.

—Ponla donde quieras, cabrón —susurró, y arqueó el culo hacia atrás para rozarme.

Deslicé las manos bajo su pecho y empecé a pellizcarle los pezones, tirando de ellos hasta que se le pusieron duros como piedras, mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja. Con la otra mano bajé hasta el consolador y se lo empujé, hundiéndoselo del todo. Él gimió y soltó un "joder" ahogado. Yo le lamí la nuca, la espalda, y le froté mi polla dura contra la cadera. Él seguía moviendo el juguete con una mano, sin prisa, dejándose hacer. Al poco lo retiró de golpe, con un chasquido húmedo, y se volteó en la cama hasta quedar cara a cara. Su polla también estaba tiesa, larga y curvada hacia arriba, con el capullo brillante.

Nos besamos. Fue un beso largo, profundo, con la lengua entrando y saliendo, mientras nuestras manos se agarraban las pollas del otro y las masturbaban con fuerza. Yo le apretaba los cojones, le pasaba el pulgar por el frenillo. Él me la meneaba de arriba abajo con la palma resbaladiza de lubricante. La excitación me aturdía, me nublaba el pensamiento.

—¿Quieres probarlo tú? —preguntó él con una sonrisa, agitando el consolador delante de mi cara.

—Vamos —dije sin pensarlo.

Me puso boca arriba de un empujón. Se colocó sobre mí en sesenta y nueve, ofreciéndome su polla gorda a la boca, y al mismo tiempo me dobló las piernas hacia el pecho, dejándome el culo bien abierto, todo expuesto. Sentí sus dedos fríos de lubricante hurgándome el ojete, uno primero, luego dos, abriéndome despacio, buscando dentro con mimo. Yo abrí la boca y me tragué su verga entera de un solo tirón; me llenó la garganta y casi me dio arcada, pero aguanté. Empecé a chupársela con ganas, mamándosela de arriba abajo, empapándosela de saliva, mientras él seguía preparándome el culo.

Entonces cambió los dedos por el juguete. El consolador vibrador entró de golpe, ancho y caliente, hasta el fondo. Yo gemí con la boca llena de polla y él soltó una carcajada ronca. Empezó a metérmelo y sacármelo con un ritmo creciente, follándome con el trasto, mientras yo tenía que concentrarme para no soltarle la verga. El aparato vibraba y daba una sensación de calor, algo nuevo para mí, que me recorría desde el ano hasta la punta de la polla.

No esperaba que algo así pudiera sentirse tan bien.

Cuando lo tuve dentro del todo, empezó el vaivén lento y profundo, y a la vez se inclinó para chupármela. Su boca caliente me engulló entero, la lengua enroscándoseme en el glande, mientras el juguete me golpeaba dentro un punto que me hacía ver estrellas. Era un sesenta y nueve perfecto. Yo le mamaba la polla al fondo, me la sacaba, le lamía los cojones peludos, se los chupaba uno por uno, y volvía a tragármela. Le apretaba las nalgas con las manos, le abría el culo para meterle un dedo también, y él gruñía sobre mi verga.

Me sentía fuera de mí, desatado, disfrutando y haciendo disfrutar al mismo tiempo. El juguete no paraba de vibrar dentro de mí, y él aceleraba, sacándomelo casi entero y volviéndomelo a empotrar hasta el tope. Le chupé la punta con más ansia, le metí la polla entera por la garganta una y otra vez, dejando que me follara la boca. Su glande empezó a hincharse.

Seguimos así un buen rato, no sabría decir cuánto. El placer me venció. Sentí el latigazo subirme desde los huevos y le vacié un chorro tras otro de leche caliente en la boca. Tomás lo tragó todo, sorbiendo, sin perder una gota, y siguió mamándome hasta la última sacudida. Yo seguí con lo mío, acariciándole el capullo con la lengua, apretándole el tronco con los labios, chupándoselo como si me fuera la vida en ello, hasta que él soltó un gruñido bestial y se corrió en mi boca. Su semen era espeso, salado, abundante; me llenó la lengua y el paladar de chorros calientes. Lo tragué igual que había hecho él, y le limpié la polla con la lengua hasta dejársela reluciente.

Retiró el juguete de mi culo con cuidado, se recostó a mi lado y nos abrazamos, pegajosos y sudados. Nos besamos despacio, saboreándonos nuestros propios sabores en la boca del otro, ya sin urgencia, y nos quedamos dormidos tal cual estábamos.

***

Nos despertamos temprano. Él antes que yo. Sentí su mano buscándome bajo las sábanas, agarrándome la polla dormida y meneándomela con suavidad hasta ponérmela dura, y eso terminó de espabilarme. Le di un beso, le apreté el culo, y comentamos lo de la noche.

—No esperaba pasarlo tan bien —le confesé.

—En cuanto te vi, supe que íbamos a entendernos —respondió, con la mano aún agarrándome la verga.

Nos levantamos y nos duchamos juntos. Bajo el chorro caliente nos volvimos a enjabonar el uno al otro, con las manos deslizándose por el culo, por las pollas, por los cojones. Después nos secamos, nos vestimos y bajamos a desayunar. Salimos a pasear por la playa, charlando de cosas sin importancia, dejando que el sol de la mañana nos diera en la cara.

Caminando llegamos a la calle donde estaba la tienda erótica que habíamos visto el día anterior. Le comenté a Tomás lo bien que lo había pasado allí en otra ocasión. Eran las doce y media; decidimos dejarlo para otro momento, porque esa tarde teníamos otro plan: queríamos ir a la sauna.

Volvimos al hotel y a las dos pasamos al comedor. Comimos con ganas, bromeando, pensando en cargar energías para lo que viniera después.

***

Salimos pasadas las tres. Cada uno se había puesto el chándal, y debajo solo un slip. Tomás usaba uno bien ajustado que le marcaba el bulto sin disimulo y me ofreció otro de los suyos, de color naranja. Me lo puse y encima el chándal. Caminamos hasta la sauna y entramos cerca de las tres y media.

Pagamos la entrada. Nos dieron chanclas, toallas y las llaves de las taquillas, y nos indicaron dónde estaban los vestuarios. Justo cuando llegábamos, salían dos hombres de unos cuarenta y tantos años, altísimos y muy corpulentos, con las toallas apenas cubriéndoles unos paquetes que se les marcaban descaradamente. Nos cruzamos una mirada con ellos y, ya dentro, Tomás me susurró:

—Menudas piezas. A ver si no se nos escapan. Les vi los bultos, tienen que tenerla enorme.

Nos desnudamos y nos ajustamos las toallas a la cintura. Salimos hacia el jacuzzi y allí estaban los dos que habíamos visto al entrar. Nos duchamos primero y nos acercamos. Pedimos permiso para meternos y ellos contestaron algo en una lengua que no entendimos; supusimos que era un sí.

Estaban sentados uno frente al otro. Nosotros nos colocamos entre los dos. El agua estaba templada y agradable. Nadie decía nada, solo nos mirábamos. Por debajo del agua vi cómo el que tenía a mi derecha ya estaba empalmado; se le veía la sombra oscura de una polla enorme entre las piernas.

Me acerqué al que tenía a mi derecha y le puse la mano en el muslo, subiéndosela despacio. Me miró y abrió las piernas. No lo pensé: le cogí el sexo, y era como me había parecido, una polla gruesa, larga, con el glande grueso, y se la acaricié con cuidado, apretándosela desde la base hasta la punta. Se le puso durísima en un momento. Él se llevó un dedo a la boca y lo chupó, mirándome fijo. Entendí el gesto.

Me situé delante de él, de rodillas dentro del agua, con la cara a la altura de su verga. Se echó hacia atrás en el asiento y se le quedó la polla casi fuera, apuntando al techo. Empecé despacio, lamiéndole el glande, chupándoselo por los lados, saboreando la piel caliente. Poco a poco me lo fui metiendo entero en la boca, hasta el fondo de la garganta, apretando los labios. Él se removía de vez en cuando, sin hacer ruido, y me apoyaba la mano en la nuca para llevarme el ritmo. Yo se la mamaba con hambre, sacándomela y volviéndola a tragar, chapoteando con la saliva, sintiendo cómo se me hinchaba dentro de la boca.

Al cabo de unos minutos me indicó con la mano que me levantara, antes de correrse. Lo hice y me senté a su lado. Me besó con lengua, salvaje, y me metió la mano bajo el agua para meneármela un rato. En aquel idioma raro, dijo algo que sonó a un gracias. Luego se levantó y se marchó junto a su compañero, al que Tomás también había estado atendiendo. En lugar de la boca, Tomás le había ofrecido el culo, sentándose sobre él y dejándose empalar bajo el agua; me lo contó después con una sonrisa, diciéndome que la tenía como un mástil y que le había llegado al fondo.

—Lo estamos pasando demasiado bien —dije, todavía con el pulso acelerado y la polla tiesa bajo el agua.

***

Salimos del jacuzzi y pasamos a una sala oscura, una especie de cine. Había varios hombres jóvenes y uno de nuestra edad, sentados separados unos de otros, algunos ya con las toallas apartadas y las pollas al aire, meneándoselas. Cada uno de nosotros se sentó al lado de uno de los chicos.

Nada más acomodarme, le busqué la polla con la mano y se la acaricié por encima de la toalla, luego se la aparté y se la agarré a piel. La tenía dura y caliente, mediana pero muy tiesa. Tomás, a su lado, prefirió empezar besando al suyo, y al poco el chico le devolvió el gesto agachándose y engulléndole la verga entera. Me levanté y se la ofrecí a Tomás, poniéndosela delante de los labios, pero él me señaló con la cabeza al hombre mayor, así que me acerqué a este último.

Antes de que llegara, el hombre ya había abierto la boca, sacando la lengua. Se la metí y me la chupó con una entrega que me dio mucho gusto, con los labios apretados, tragándomela hasta la garganta y sacándola con un hilo de saliva. Me la mamaba como un profesional, apretándome los cojones con una mano, metiéndose la otra en su propia polla. Mientras tanto, el joven que antes había rechazado el ofrecimiento se acercó por detrás. Me acarició las nalgas, me abrió con las manos y me pasó la lengua por el ojete, haciéndome estremecer. Me lo lamió un buen rato, empapándomelo, y despacio, fue abriéndome con los dedos, primero uno, luego dos, luego tres, hurgándome dentro. Cuando estuve listo, me plantó la polla en la entrada y empezó a penetrarme mordisqueándome el cuello.

Su miembro era largo, de tacto suave y firme a la vez, y me llenó el culo entero. Entró hasta el fondo con un empujón lento y firme, y yo solté un gemido con la boca ocupada por la verga del mayor. La cadencia de sus movimientos era lenta y profunda, sacándomela casi entera y volviéndomela a hundir de golpe, y el placer se me repartía por todo el cuerpo. Sus manos me apretaban los pezones de tanto en tanto, me tiraba de ellos, me daba pequeños azotes en el culo. Yo seguía chupándole la polla al mayor, alternando entre tragarla entera y lamerle los cojones, mientras el joven me follaba por detrás con embestidas cada vez más recias, chocándome las caderas contra las nalgas con un chasquido húmedo.

Cuando me cansé de la boca del mayor, me aparté; no quería terminar tan pronto. Dejé que el joven siguiera, agarrándome la cintura con las dos manos y ensartándome sin piedad. En un momento salió, me hizo girar hacia él, me tendió en un sofá boca arriba y me chupó la polla un rato con un esmero delicioso, mientras con dos dedos me seguía trabajando el culo dilatado. Me la mamó a fondo, saboreándomela, hasta que noté que estaba a punto de correrme. Entonces se levantó, me guiñó un ojo y se fue con su verga aún tiesa. Reposé unos instantes, con el culo abierto y palpitante, y salí de la sala.

Tomás, por su parte, había seguido con lo suyo y salió detrás de mí, relamiéndose los labios manchados de leche. Nos encaminamos hacia la sauna de vapor.

***

Dentro de la sala de vapor nos encontramos de nuevo a los dos corpulentos extranjeros. Estaban tendidos en la grada de madera más alta, con las toallas caídas y las pollas gordas a la vista, medio empalmadas. Nos acomodamos en el banco de enfrente y nos dejamos hacer al calor, aclimatándonos a la temperatura, mirándoles descaradamente.

Cuando empezamos a sudar, nos miramos y nos entendimos sin palabras.

—Vamos con ellos —dijo Tomás.

Los extranjeros nos observaban como invitándonos, meneándosela lentamente. Cruzamos la sala y cada uno se sentó en el escalón justo debajo de su hombre, a la altura del abdomen. Con la mano izquierda le sujeté la polla al mío, dura y gruesa, y con la derecha le acaricié la barba. Estuve así, meneándosela despacio, pasándole el pulgar por el capullo húmedo, hasta que me indicó con un gesto que se la chupara. Obedecí y me deleité con ello; me la metí toda en la boca, tragándomela hasta la base, respirando por la nariz mientras me follaba la garganta despacio, y él me acariciaba la nuca marcándome el ritmo.

Tomás se había colocado sobre el suyo en un sesenta y nueve, mamándole la verga mientras el extranjero le hurgaba el ojete con la lengua. Me imaginaba lo que estaría disfrutando por los gemidos apagados que le oía. Cuando los dos hombres tuvieron bastante, se levantaron y vinieron hacia nosotros, uno al lado del otro, ofreciéndome las dos pollas a la vez, gordas y brillantes de saliva. Intenté abarcarlas juntas, pegando los dos glandes contra mi lengua, pero era imposible por lo gruesas que eran, así que fui alternando, uno y otro, tragándomelas hasta el fondo por turnos, mientras con cada mano acariciaba y meneaba el resto. Les lamía los cojones peludos, les pasaba la lengua por el tronco, les chupaba los capullos por separado y luego intentaba meterlos los dos juntos en la boca.

Qué manera de disfrutar, y qué aguante tenían. Tomás, entretanto, se había puesto detrás y les separaba las nalgas a los dos, lamiéndoles el ojete por turnos, metiéndoles la lengua bien adentro, y eso parecía gustarles muchísimo. Gruñían fuerte, decían cosas en su idioma extraño que sonaban a insultos cariñosos.

En ese momento entraron dos jóvenes y se sentaron frente a nosotros, a mirar el espectáculo. No tardaron en empezar a tocarse el uno al otro, mamándose las pollas mutuamente. Uno de mis extranjeros terminó primero; me agarró la cabeza con las dos manos y me soltó varios chorros calientes de leche espesa que tragué al momento, y luego le limpié la polla con la lengua, sorbiéndole hasta la última gota. Se retiró hacia los recién llegados, con la polla aún goteando. El otro embistió con más fuerza mi boca hasta que se le disparó también; noté los espasmos de su verga y el semen inundándome la lengua, tanto que me chorreó por la barbilla. Se lo tragué casi todo. Tomás, a su lado, también recibió su descarga en la boca, que le dejó los labios pringosos.

Los jóvenes, animados, les indicaron a los extranjeros que se tendieran boca arriba. Se pusieron sobre ellos en un sesenta y nueve, chupándoles las pollas semiblandas para volver a ponérselas duras. Tomás y yo decidimos no quedarnos quietos: nos colocamos detrás de los chicos, arrodillados, y con un poco de saliva les abrimos los culos y se la metimos hasta el fondo. Yo empujé despacio primero, sintiendo cómo el ano se me abría alrededor de la polla, y luego empecé a bombear con fuerza, agarrándole las caderas al chico. Tomás a mi lado hacía lo mismo, jadeando, follando a su chaval a un ritmo salvaje. Los cuatro cuerpos se movían al unísono, con el vapor cubriéndolo todo, los gemidos rebotando por la sala. Terminé dentro del chico con un espasmo tras otro, vaciándole todo lo que me quedaba en los huevos, y Tomás hizo lo propio poco después, con un gruñido gutural. Después nos retiramos a un rincón a recuperar el aliento y a repasar mentalmente todo lo que habíamos vivido.

***

Salimos de la sala de vapor y volvimos al jacuzzi. No había nadie. Nos besamos despacio, agotados, con el cuerpo rendido de tanto goce, saboreando el resto de leche y sudor. Nos duchamos, nos secamos y pasamos al vestuario a vestirnos. Al mirar el reloj eran las siete y media.

—Tres horas bien aprovechadas —dije.

Tomás se rió y asintió.

Caminamos de vuelta al hotel, nos cambiamos de ropa y bajamos a cenar. Lo hicimos entre sonrisas y miradas que decían más que cualquier palabra. Al terminar, yo estaba reventado.

—Me voy a descansar —le dije.

—Yo aguanto un poco más. Hasta luego —contestó él.

Subí a la habitación, me desnudé, me lavé los dientes y me acosté. Caí dormido enseguida.

***

Más tarde escuché la puerta y me desperté a medias. Tomás, después de asearse, salió desnudo del baño, con la polla colgando entre los muslos. Esa noche no buscó el juguete. Al verme despierto, me dijo:

—Hoy no nos hace falta nuestro amigo. ¿Quieres algo o descansamos?

—Mejor descansar —respondí—. Por la mañana ya veremos.

Nos dormimos. Cuando la luz del amanecer empezó a entrar por la ventana, me levanté al baño. Al volver lo encontré despierto, con la polla dura de la mañana asomando por la sábana.

—¿Has descansado? —le pregunté.

—Como un niño —contestó.

Me acosté a su lado. Nos besamos y le agarré la verga, meneándosela despacio mientras volvíamos a recordar las aventuras del día anterior, como quien repasa un secreto compartido. Acabamos meneándonosla el uno al otro hasta corrernos sobre las sábanas.

Los días siguientes mantuvimos nuestra rutina, y nos pasaron cosas parecidas que no merece la pena repetir. Así que, con estas palabras, termino este relato, que espero os haya entretenido y os haya hecho disfrutar al leerlo.

Gracias a todos.

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Comentarios(8)

NocheArg

muy buen relato, me tuvo enganchado hasta el final!!!

casadoR_22

me recordó a un viaje que hice con un amigo hace años... digamos que también hubo sorpresas que no esperaba jaja. Buenísimo.

Claudio_Sur

estuvo genial pero quede con ganas de saber como siguió todo. por favor una continuación!

MartinLapaz

Lo que mas me gusta de este tipo de relatos es que arrancan con algo tan cotidiano, dos tipos compartiendo cuarto, y desde ahi se va construyendo la tension de a poco. Muy bien narrado, se nota que sabés escribir.

Gustavo_MDZ

y después del viaje siguieron viviendo juntos?? jaja me quedé con esa duda

viajero_cba

increible, de lo mejor que leí por acá en mucho tiempo

Pato_Cba

el excerpt ya me vendió y el relato no defraudó para nada. Bien ahí

Lector empedernido

la parte de hacerse el dormido es un detalle brillante, le da mucha credibilidad al relato. Sigue subiendo!

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