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Relatos Ardientes

Mateo era virgen y quería estrenarse conmigo

Conocí a Mateo en una fiesta de cumpleaños a la que llegué casi por error. Una amiga mía, Lucía, había insistido durante días para que la acompañara y, cuando entré por fin al departamento, lo primero que vi fue a un chico rubio sentado en un rincón del sofá, con la mirada clavada en su teléfono, como si esperara que la pantalla lo rescatara del bullicio que lo rodeaba.

—Es Mateo —me dijo Lucía—. Lo arrastramos casi a la fuerza. Es bastante raro, no te lo voy a negar.

Lo miré con más atención. Era bajito, delgado, de rasgos suaves y casi andróginos. El pelo rubio le caía sobre la frente y los ojos azules tenían esa cualidad acuosa que algunas miradas tienen cuando llevan rato evitando el contacto con todo el mundo. No era mi tipo —los chicos casi nunca lo son—, pero había algo en él que me hizo cruzar la sala y sentarme a su lado.

Al principio fue arisco. Respondía con monosílabos, casi sin levantar la vista, como si mi presencia le sobrara. Yo no me ofendí. Le ofrecí una cerveza, le hice un par de bromas tontas, y poco a poco el alcohol fue haciendo lo suyo. Mateo no estaba acostumbrado a beber, eso se notaba en la velocidad con que se le aflojaba la lengua. Para cuando llevábamos media hora de charla ya se reía con ganas, me tocaba el brazo cuando hablaba y dejaba caer comentarios que sólo se le ocurren a un chico que está saliendo, lentamente, de su caparazón.

—Soy gay —me dijo de pronto, casi como si necesitara contárselo a alguien recién conocido—. No lo digo en mi familia. Bueno, no lo digo casi en ningún lado.

—Tranquilo —le respondí—. No tienes que contármelo si no quieres.

—Es que me gusta cómo me miras —murmuró, y se rió como si lo hubiera dicho otra persona.

Intercambiamos los teléfonos esa noche. Pensé que sería uno más de los contactos que se acumulan en la agenda sin volver a sonar nunca. Pero un domingo a media tarde, aburrido y sin planes, le escribí. Tardó casi una hora en contestar y, cuando lo hizo, dudó tres mensajes antes de aceptar tomar un café conmigo.

***

Lo que empezó como una amistad casual se fue convirtiendo, sin que ninguno de los dos lo planeara, en algo más constante. Mateo me llamaba dos o tres veces por semana. A veces para verme, otras sólo para hablar. Era un chico inteligente, leía muchísimo, y cuando se permitía hablar de lo que de verdad le interesaba —la música, ciertos directores de cine, los libros que devoraba en su cuarto— se transformaba en otra persona. Le dije más de una vez que tenía que salir más, conocer gente, pero él bajaba la mirada y cambiaba de tema.

Una tarde, en un bar al lado de su casa, me confesó lo que ya intuía.

—Nunca he estado con un chico —dijo, mirando fijamente la espuma de la cerveza—. Bueno, ni con un chico ni con nadie. Soy virgen.

—No pasa nada —le contesté—. No tienes que tener prisa. Va a aparecer la persona correcta.

—Ya, pero es que yo tengo ganas. Lo que pasa es que me da miedo.

Lo dijo con un tono casi infantil, como un niño que pide algo sabiendo que se lo pueden negar. Me dieron ganas de abrazarlo. No lo hice porque no quería confundir las cosas, pero algo en mí se removió esa tarde, y desde entonces no pude mirarlo de la misma manera.

***

Pasaron varias semanas hasta que una noche, después de unas copas en mi departamento, le solté lo que llevaba tiempo sin contarle.

—Mateo, hay algo que nunca te dije. Me dedico a esto. Soy escort.

Se quedó callado un momento y después se rió, convencido de que le estaba tomando el pelo.

—Anda ya. Tú no tienes pinta de eso.

—¿Y qué pinta tiene «eso»?

Saqué el teléfono y le mostré mi perfil en una página de contactos. Aparecía con una gorra que me cubría medio rostro y poco más que unos calzoncillos negros. Mateo miró la foto, después me miró a mí, después volvió a mirar la foto. Le pasé el número que figuraba en el anuncio.

—Márcalo —le dije.

Lo marcó. Mi teléfono empezó a vibrar sobre la mesa con mi nombre en la pantalla.

—No me lo puedo creer —dijo, alucinando—. Entonces eres gay.

—Bisexual, en todo caso. Las mujeres me gustan más, pero ciertas partes de los hombres también.

Sonreí al decirlo y él se quedó callado durante unos segundos, como si estuviera calculando algo. Después se inclinó un poco hacia adelante.

—Bueno, entonces podría estrenarme contigo.

Lo dijo medio en broma. Yo le contesté igual.

—Soy caro.

—No me importa. Mi primera vez quiero que sea especial.

Reímos los dos, pero la broma se quedó flotando en el aire mucho más rato del que correspondía. Esa noche se fue temprano. Yo me quedé sentado en el sofá, terminando el vino que había sobrado, dándole vueltas a lo que acababa de pasar.

***

A partir de aquella conversación, Mateo cambió conmigo. Las insinuaciones se hicieron más frecuentes, mitad chiste mitad pregunta seria. Me abrazaba al saludarme y se demoraba un segundo más de la cuenta. Me besaba en la mejilla rozando la comisura de los labios. Yo no le ponía freno, pero tampoco daba el paso. Una amistad rota por el sexo es una de las cosas más tristes que existen, y yo no quería ser responsable de eso.

Pero cuando se acercaba su cumpleaños número diecinueve, me dijo, casi sin levantar la vista del menú del restaurante donde estábamos comiendo:

—Para mi cumpleaños quiero algo de ti.

—Pídeme lo que sea.

—Tú ya sabes lo que quiero.

Lo sabía. Y le prometí un regalo especial.

***

El día de su cumpleaños lo cité en mi departamento a las ocho de la noche. Compré una botella de vino blanco, ordené el dormitorio, dejé una toalla limpia en el baño y, en el cajón de la mesilla, preparé tres dildos de tamaños distintos, un plug pequeño, lubricante, condones y un frasco de popper por si hacía falta. Me duché despacio, intentando ordenar lo que sentía. No estaba nervioso, pero tampoco tranquilo. Sabía que después de esa noche algo entre nosotros iba a cambiar para siempre, y aún no era capaz de decir en qué dirección.

Mateo llegó puntual. Le abrí la puerta y, en cuanto entró, me abrazó con tanta fuerza que sentí cómo le temblaba el pecho contra el mío. Tenía las mejillas encendidas. Le di un beso en la frente y le ofrecí una copa.

—No —dijo—. No quiero beber. Quiero estar despierto para todo.

Lo llevé al baño. Le expliqué con calma cómo asearse, sin tratarlo como a un niño pero sin saltarme nada. Él escuchaba en silencio, asintiendo, muy serio. Cuando salimos los dos del baño envueltos en toallas, le tomé la mano y lo guié al dormitorio.

Empecé por besarlo. Lento. Sin prisa. Era la primera vez que sentía su boca y descubrí que sabía a algo dulce, como si hubiera comido fruta antes de llegar. Le quité la toalla y le acaricié la espalda, las nalgas, los muslos. Su piel era blanquísima, sin un solo pelo, y tenía esa firmeza tibia de los cuerpos que recién están aprendiendo lo que pueden hacer y lo que pueden sentir.

—Tócame —le pedí.

Su mano se cerró sobre mi miembro con torpeza, después con más seguridad. Yo hice lo propio con el suyo. Mateo tenía un pene más grande de lo que su cuerpo delgado dejaba imaginar y los testículos rosados, completamente lampiños. Lo miré con detenimiento antes de arrodillarme entre sus piernas. Cerró los ojos. Cuando mis labios se cerraron sobre él, soltó un sonido que era mitad suspiro y mitad pregunta, como si no terminara de creer lo que estaba pasando.

Por fin, pensé. Esto es lo que llevabas tanto tiempo imaginando.

Lo chupé sin prisa, alternando entre el glande y el cuerpo, deteniéndome en los testículos para metérselos enteros en la boca, jugando con la lengua hasta arrancarle el primer gemido de verdad. Le hice girar sobre la cama y le abrí las nalgas con las manos. Tenía un ano pequeño, rosado, perfectamente cerrado. Lo besé primero. Después lo lamí, despacio, dibujando círculos con la punta de la lengua hasta que sentí cómo se relajaba.

—Mmm, qué rico —murmuró, y fue la primera frase entera que dijo desde que entramos al dormitorio.

Cuando metí la lengua un poco más adentro, agarró las sábanas con las dos manos. Estuve un buen rato así, hasta que su cuerpo se acostumbró a la idea de ser abierto. Entonces alcancé el dildo más pequeño. Le puse lubricante de sobra y empecé a introducirlo poco a poco. Mateo respiraba hondo, contenía el aire, lo soltaba. Cuando lo tuvo dentro, gimió.

—¿Quieres que pare?

—No. Quiero más.

Cambié al segundo dildo, un poco más grueso. Le costó más. Le temblaron los muslos y se mordió el labio inferior con tanta fuerza que pensé que se haría sangre. Pero no me pidió que parara. Cuando vi que ya lo aceptaba sin esfuerzo, retiré el dildo y le puse el plug. Mateo se incorporó, todavía con el plug dentro, y se inclinó sobre mi regazo.

—Quiero hacértelo yo ahora.

Le sonreí y le dejé hacer. Al principio no sabía bien por dónde empezar; demasiada saliva, demasiados dientes, demasiadas dudas. Le fui guiando en voz baja, sin presionarlo. «Más despacio. Cierra los labios sobre los dientes. Respira por la nariz.» Aprendió rápido. A los pocos minutos ya me chupaba con un entusiasmo torpe que era, en su torpeza, más excitante que cualquier técnica.

—¿Quieres que sigamos? —le pregunté.

—Sí. Quiero que me la metas.

Lo puse a cuatro patas en la cama. Saqué el plug despacio, le eché más lubricante, abrí el preservativo y me lo puse. Destapé el frasco de popper y le expliqué cómo usarlo, por si lo necesitaba. Acerqué la punta a su ano y empujé apenas. Se contrajo. Paré. Lo intenté de nuevo. Esta vez entré un poco más. Mateo arqueó la espalda y soltó el aire en un quejido.

—¿Duele?

—Un poco.

Le di a oler el popper. Inhaló, cerró los ojos, contó hasta cinco y, cuando lo penetré de nuevo, su cuerpo se rindió por completo. Empecé despacio. Lo que al principio eran muecas de incomodidad se fueron convirtiendo en gemidos largos, cada vez más sueltos. Lo giré boca arriba para verlo mientras lo hacía, y los ojos azules de Mateo me miraron como nadie me había mirado nunca. Tenía la frente perlada de sudor y la boca entreabierta.

Cuando se vino, fue de golpe. Su cuerpo se sacudió debajo de mí, gritó algo que no entendí y eyaculó sobre su propio pecho. Me detuve de inmediato, bajé la cabeza y le chupé el miembro hasta que dejó de latir. Después me arrodillé junto a su cara y me terminé masturbando yo mismo.

—¿En la boca? —pregunté.

Asintió. Abrió los labios. Cuando terminé, se tragó todo y me miró desde abajo con una sonrisa cansada.

—Me escuece el culo —dijo después de un rato—. Pero ha valido la pena.

Lo besé en la frente y nos quedamos un rato así, abrazados, hasta que se quedó dormido contra mi hombro.

***

Fue una experiencia bonita. Sigo pensando que esa noche, en sí misma, fue algo limpio entre dos personas que se querían mucho. El problema vino después, en todo lo que aquella noche puso en marcha y que ninguno de los dos supo frenar a tiempo. Pero esa, esa es otra historia, y aún no sé si tengo el valor de contarla.

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Comentarios (4)

juanmarcos

Muy buen relato, se nota que le pusiste corazon. La tension del comienzo me atrapó de entrada.

SolitarioNocturno

Por favor escribi mas!! me quedé con ganas de saber cómo siguió todo entre ellos después.

NicolasLP_22

Me recordó a una situacion parecida que viví hace años. Esa confianza que te da alguien es algo que no se olvida nunca.

Alex_84

Increible la tension previa, es lo mas rico del relato. Felicitaciones!

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