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Relatos Ardientes

Mi primer hombre fue un chileno de paso por Medellín

Tengo cincuenta y ocho años, sigo casado y todavía aparento bastante menos. Las mujeres han sido siempre lo que el mundo espera de mí, y eso no me ha ido mal. Pero hay tardes en las que vuelvo a aquel hotel de Medellín, a aquellos dos whiskys y a un hombre que se llamaba Esteban, y entiendo que la primera vez de verdad fue esa.

Soy de los que se asomaron a los chats de hombres con la misma cautela con la que uno cruza una calle por la que nunca pasó nadie. Heterosexual curioso, así nos llamábamos entonces, y así me llamaba yo a mí mismo cuando me convenía. Las mujeres me gustaban, sí, pero los hombres mayores me hacían algo distinto: una mezcla de respeto, vergüenza y deseo que no sabía nombrar.

Aquello pasó hace veinte años. Yo andaba por los treinta y ocho, vivía en Medellín, y un sábado por la mañana abrí un portal que ya nadie recuerda y leí un anuncio. Un ejecutivo chileno pasaba una semana en la ciudad, quería conocer a un hombre como yo, con discreción absoluta. Hablamos varios días por correo. No intercambiamos fotos. Me dio el nombre del hotel y el número de habitación, y me citó para el sábado a las cuatro de la tarde.

Llegué con quince minutos de adelanto. Di una vuelta a la manzana, fumé un cigarrillo que no quería, me convencí dos veces de irme. Cuando crucé el lobby tenía la garganta seca y el corazón latiéndome en las orejas. El portero me sonrió como si supiera. Subí en el ascensor con un señor trajeado que olía a colonia cara y por un segundo pensé que era él, pero bajó en el quinto.

Toqué la puerta del séptimo cuarenta y dos. Me abrió un hombre de unos cincuenta años, alto, de hombros anchos, con canas en las sienes y una camisa azul abierta en el cuello. No era guapo en el sentido obvio. Era algo mejor: tenía cara de hombre que sabe lo que va a hacer.

—Andrés —dijo, como confirmando.

—Esteban —respondí.

Me hizo pasar y cerró la puerta despacio. La habitación olía a desinfectante de hotel y un poco a su loción. Había un minibar abierto, dos vasos sobre la mesa baja, hielo derritiéndose ya. Lo había preparado todo.

—Tomate algo. Estás temblando —dijo, sin reproche, casi con ternura.

Le pedí un whisky. Me lo sirvió con más hielo del necesario y se sirvió otro. Nos sentamos en el sofá pequeño, uno frente al otro, las rodillas a un palmo de distancia. Habló de su trabajo en Santiago, de la primera vez que él pasó por algo parecido a lo mío, de un amigo que tuvo a los veinte y nunca supo nombrarlo. Hablaba bajito, con una voz que arrastraba un poco las eses, y yo asentía con la mirada fija en el vaso porque no me atrevía a sostenerle los ojos.

Al segundo whisky me cambié al sofá donde él estaba. No fue una decisión, fue una rendición. Me dejé caer a su lado y sentí su brazo apoyarse en el respaldo, detrás de mis hombros. Me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. No estaba bien. Estaba aterrado y excitado en partes iguales, y los dos lo sabíamos.

—Vamos al cuarto —dijo.

Lo seguí. La cama estaba abierta, las cortinas a medio correr. La luz de la tarde de Medellín entraba en franjas amarillas y se quebraba sobre las sábanas. Esteban me quitó la chaqueta con la naturalidad de quien dobla una camisa. Me besó en la mandíbula, debajo de la oreja, en el cuello. No intentó besarme en la boca, y se lo agradecí sin decir nada: no estaba listo para eso, todavía no.

Me sacó la camiseta despacio, sin prisa. Bajó la boca por mi pecho. Cuando me lamió un pezón, los dos brazos se me aflojaron y se me escapó un sonido que no reconocí como mío. Nunca una mujer me había hecho ese gesto con esa paciencia. Esteban sonrió contra mi piel, como si hubiera ganado algo.

—Tranquilo —murmuró—. Tenemos toda la tarde.

Me bajó el cinturón, el pantalón, la ropa interior. Yo estaba ya dolorosamente duro. No me miró la cara cuando se arrodilló, me miró al sexo como quien estudia un objeto que ha esperado mucho tiempo. Después abrió la boca y me tomó entero.

No supe qué hacer con las manos. Las dejé caer a los lados, luego se las puse en la cabeza, luego volví a soltarlas. Lo que sentía no se parecía a nada que conociera. Tenía técnica, paciencia, una lengua que parecía saber exactamente dónde detenerse. Cuando empecé a respirar más fuerte, paró. Lo hizo a propósito. Lo miré, descompuesto, y se rio bajito.

—Todavía no —dijo.

Se levantó y se desnudó él también con una calma que me humillaba un poco y a la vez me ponía aún más. Tenía el cuerpo de un hombre que había vivido: el pecho ancho, el vientre apenas blando, el sexo grueso colgando a media erección entre los muslos. Los testículos pesados, marcados. No era el cuerpo joven y duro de un modelo. Era el cuerpo de un hombre adulto, y por primera vez en mi vida entendí lo que eso podía significar.

Me llevó a la cama. Me acostó de espaldas y volvió a bajarme la boca al sexo, esta vez sin intención de cortarme. Con los dedos me masajeaba muy despacio justo detrás, sin entrar, sin amenaza, solo presencia. Cada uno de esos masajes me hacía levantar la cadera dos centímetros sin permiso. Le avisé que iba a acabar. Me dijo, sin sacarse la boca, que lo quería ahí, conmigo dentro.

Acabé como no había acabado con nadie. Sentí salir aquello a borbotones y vi cómo lo tragaba, cómo no se apartaba, cómo se relamía después y me limpiaba con la lengua lo que quedaba. Me derrumbé sobre la sábana y cerré los ojos. Pensé «se acabó», y al mismo tiempo «empezó algo».

***

No me dejó descansar mucho. A los pocos minutos volvió a inclinarse sobre mí, esta vez de lado, ofreciéndome también su sexo a la altura de la boca. Yo seguía nervioso, pero el primer orgasmo me había abierto una puerta. Lo agarré con la mano por primera vez. Era pesado, caliente, vivo. Lo moví despacio mientras él volvía a chupar el mío, ya medio dormido pero respondiendo.

Después me decidí. Acerqué la cara, lo olí, y lo metí en mi boca como pude. Lo hice mal, lo hice torpe, pero le arranqué un gemido grave que me hizo sentir que algo se inclinaba dentro de mí. Imitar lo que él había hecho conmigo era imposible; lo intenté de todos modos, con las manos, con la lengua, con la respiración. Perdí la cuenta del tiempo en esa postura.

Cuando me sintió duro otra vez, cambió la coreografía. Me pidió que me pusiera de pie al borde de la cama. Se acostó boca arriba, levantó las piernas y se las apoyó en mis hombros. Sacó un sobrecito de la mesa de noche, lo abrió con los dientes y me lo puso él mismo, con los dedos firmes y un cuidado de enfermera.

—Tranquilo —repitió—. Despacio. Cuando yo te diga.

Penetré por primera vez en mi vida a un hombre. La sensación era otra: un calor más cerrado, un agarre que no se parecía a nada. Empecé como me dijo, casi sin moverme, solo apoyado contra él, dejándome reconocer. Vi su cara mientras lo hacía. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, y aquella imagen — un hombre maduro entregado a lo que yo estaba haciéndole — me trastornó más que el propio acto.

—Ya —murmuró—. Entero.

Le hice caso. Se me escapó un jadeo desde el fondo. Empecé a moverme y le agarré el sexo con la mano libre. Lo masturbé al mismo ritmo de mi cadera, lento al principio, después más fuerte. Sudábamos. La habitación se había llenado de un olor que no era del hotel ni de su colonia: era nuestro. Él me decía cosas en voz baja, cosas que ya no recuerdo bien y que probablemente eran lugares comunes, pero en su voz sonaban como instrucciones de un idioma nuevo.

Cuando sentí que volvía a acabar, se lo dije. Me pidió que lo dejara dentro. Lo dejé. Acabé con la espalda arqueada y los ojos cerrados, sin saber si lo que me salía de la garganta era un gemido o una palabra. Lo seguí masturbando aún derramándome, y al rato él también acabó, sobre su propio pecho, con un temblor largo que le subió desde las piernas.

Quedamos quietos. Yo seguía dentro, él seguía con las piernas en mis hombros. Nos miramos por primera vez de verdad. Sonrió, despacio.

—Bienvenido —dijo.

Me retiré con cuidado. Me tiré boca abajo a su lado. Me chupó el sexo otra vez, suave, casi como una caricia, no para excitarme sino para terminar lo que había empezado. Me dijo que le gustaba el sabor. Yo no supe contestar a eso. Le acaricié el pelo, gris en las sienes, y me sorprendió la ternura con la que lo hice.

Estuvimos un rato en silencio. La franja amarilla del cuarto ya se había ido y la luz era ahora azul. En algún piso de abajo se oía una televisión. Me ofreció otro whisky. Le dije que no. Tenía que volver. Lo dije con culpa, pero ya sin pánico. La culpa era manejable. El pánico, ese pánico de las cuatro de la tarde, ya no estaba.

Me vestí. Él se quedó desnudo sobre la cama, sin pudor, fumando ahora con la ventana entornada. Cuando me iba, en la puerta, me agarró por la nuca y me besó. Esta vez sí, en la boca. Fue un beso corto, casi profesional, pero me lo dio con todo. Lo dejé hacer.

—Cuídate, Andrés —dijo.

Bajé al lobby caminando como otro. Nadie me miró distinto, y eso me pareció increíble. En el espejo del ascensor me vi con la corbata torcida y una mancha de su loción en el cuello, y me reí solo. Salí a la avenida y respiré el aire de Medellín como si lo estuviera estrenando.

Nunca lo volví a ver. Nunca supe más de Esteban. Imagino que volvió a Santiago, que siguió viajando, que ofreció esa misma tarde a otros hombres como yo, asustados al cruzar la primera puerta. He tenido otros encuentros después, algunos buenos, algunos olvidables. Pero la primera vez que entendí lo que era estar con un hombre fue esa tarde, con dos whiskys derritiéndose en la mesa baja y un chileno paciente esperándome al otro lado de la puerta.

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Comentarios (4)

GonzaRiver

Excelente relato, se siente real y muy bien narrado. Bravo!

NachoCba22

Por favor segunda parte!!! quede con muchas ganas de saber como siguio todo

Alejo_23

Me recordo a algo parecido que me paso a mi, ese momento de nervios antes es exactamente asi. Muy bien contado

Klaus_BsAs

buenisimo, me encanto!!

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