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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cala con el novio de mi primo

Casi todo lo que escribo aquí me pasó, aunque siempre cambio algún detalle por pudor. Esta vez, sin embargo, es la historia entera la que se cuenta sola. Solo tuve que sentarme a recordarla.

Estaba en una de esas tardes muertas de domingo, con la aplicación de citas abierta más por costumbre que por ganas reales de hablar con nadie. Iba pasando perfiles sin entusiasmo cuando me detuve en el de un chico llamado Iván. Decía estar de vacaciones por la zona, era de Valencia y tenía en la biografía el enlace a sus redes. Como siempre hago en estos casos, entré a cotillear.

Las fotos me dejaron sin aliento. No era solo que tuviera una cara bonita, era todo el conjunto: un cuerpo trabajado al milímetro, hombros anchos, abdomen marcado y una sonrisa de las que parecen ensayadas frente al espejo de tanto saberse perfectas. La mayoría de sus publicaciones eran de playa, en bañador, con ese gesto medio displicente del que sabe que está bueno y se lo permite todo.

Tardé un buen rato en armarme de valor para escribirle. Cuando por fin lo hice, no obtuve respuesta. Ni ese día, ni el siguiente, ni la semana entera. Probé a reaccionar a sus fotos en redes, por si la aplicación se le pasaba; me dije que igual no era desinterés sino despiste. Pero el verano terminó, él volvió a Valencia y yo me quedé con la sensación amarga de quien ha gastado ganas en quien no las merecía.

***

Pasaron casi tres años. Lo había olvidado, o eso creía, hasta que volví a verlo en el peor escenario posible: el velatorio de un tío segundo al que apenas trataba. Iván estaba en una esquina del salón, vestido de negro, hablando bajito con otro chico al que yo no conocía pero que se le pegaba al costado como solo se les pegan los novios a los novios.

Me costó un par de segundos digerirlo. Iván. Allí. Y de la mano de alguien que no era yo.

Me acerqué a mi madre, que estaba sentada con mi abuela en un rincón, y les pregunté en voz baja quién era el chico alto del fondo. Mi abuela, que conoce a toda la familia hasta el último primo lejano, me lo aclaró sin pestañear: era hijo de una sobrina de mi tío abuelo, un primo mío en cuarto o quinto grado, casi un desconocido. Tragué saliva. De la que me había librado.

Pero quien terminó interesándome no fue Iván, sino el chico que lo acompañaba. Sergio. Más alto que él, menos trabajado en el gimnasio pero con una estructura sólida y serena, ojos de un verde claro que daban la sensación de iluminarse cuando hablaba y una barba recortada con una pulcritud casi quirúrgica. Mi prototipo exacto, el tipo de hombre por el que pierdo la cabeza sin remedio.

***

No era la primera vez, además, que me topaba con un primo en una aplicación. Meses antes había estado chateando con uno que solo mostraba la foto del abdomen en el perfil; si hubiese enseñado la cara, lo habría reconocido al instante. Hablábamos de tonterías cuando, al cruzar datos básicos, él ató los cabos antes que yo.

—Ya sé quién eres —escribió de pronto.

—¿De qué me conoces? —respondí yo, todavía despistado.

—Madre mía, vaya disgusto se va a llevar la abuela cuando se entere de que tiene dos nietos gais.

Casi se me cayó el móvil. Tardé en reírme, pero acabé riéndome. Por lo visto los hombres con los que cualquier mujer de mi familia tuvo descendencia compartían un mismo defecto de fábrica, todos por parte de madre, y todos rigurosamente armariados ante las abuelas.

***

Volviendo al velatorio: Iván se fue al cabo de unas horas y yo no le dirigí ni una palabra. Sergio me sonrió desde lejos, sin saber quién era yo, con la cortesía vacía de quien acompaña a su pareja a un funeral ajeno. Y eso fue todo, pensé. Hasta cinco días más tarde.

Aquella mañana yo estaba en la barra de un bar del centro, leyendo el periódico y matando un café, cuando entró Sergio. Venía solo, sin Iván. Se acercó a la máquina de tabaco, sacó una cajetilla y al darse la vuelta su mirada se cruzó con la mía. Tardó un segundo en reconocerme.

—Me suena tu cara —dijo, plantándose en el taburete contiguo—. ¿No nos hemos visto antes?

—En un velatorio, hace cinco días. Acompañabas a un primo mío.

—Joder, qué memoria tienes. Lo siento mucho, oye.

—Tranquilo, era familia muy lejana. Fui más por mi abuela que por otra cosa.

Pidió un café solo y me preguntó si podía quedarse con el periódico que yo acababa de soltar. Algo en su forma de moverse, sin prisa, sin teatro, hacía difícil dejar de mirarlo. Le pregunté cuánto tiempo iba a quedarse por la zona y me contó que habían aprovechado el viaje para alargarlo un par de semanas, que Iván estaba en casa de sus padres y que él prefería los bares antes que los suegros.

No sé muy bien por qué le solté lo que le solté. Quizá fueron los nervios, quizá una pequeña venganza adolescente. Pero a la tercera frase de conversación me oí decirle:

—¿Te cuento una tontería? Yo no sabía que tu novio era mi primo hasta hace una semana. Y lo peor de todo es que hace unos años intenté ligar con él en una aplicación y me dejó en visto durante todo el verano.

Sergio se rio con una risa abierta, sincera, que llamó la atención del camarero. Cuando consiguió calmarse, me palmeó el hombro como se lo palmea un viejo amigo y dijo:

—Pues mira, suerte tuviste tú. Yo no me lo quito de encima ni con agua bendita.

***

La conversación se alargó otra hora, dos cafés y un café más. Pasamos de la familia a los viajes, de los viajes a las manías de cada uno. En algún punto, sin saber muy bien cómo, le confesé que me gustaba ir a playas nudistas, que había una a unos cuarenta minutos en coche que era un secreto a voces entre la gente del ambiente. Esperaba que se hiciera el remilgado.

—¿Y me llevarías? —preguntó en cambio.

—¿En serio?

—En serio. A Iván esas cosas no le van. Iría yo solo contigo, si no te importa.

Intercambiamos teléfonos. Esa noche me costó dormir.

***

El día acordado lo pasé a recoger por una esquina cualquiera, donde habíamos quedado para que no nos vieran sus suegros. Conduje hasta el aparcamiento del pinar y desde ahí caminamos un buen trecho por un sendero que bajaba serpenteando entre rocas hasta una cala de arena gruesa, escondida de la carretera por un acantilado de piedra rojiza.

Había unas cuantas parejas de chicos repartidas por la arena, algún matrimonio mayor y dos o tres señores solitarios con la toalla muy doblada y la mirada muy atenta. Yo, en cuanto encontré sitio, me desnudé sin pensarlo, como hago siempre. Sergio dudó medio segundo y me siguió. No dijo nada, pero noté cómo se obligaba a no mirarme y a mirarme al mismo tiempo.

El sol pegaba fuerte. Aguantamos diez minutos en la toalla y bajamos al agua a refrescarnos.

Hay algo en nadar desnudo que cuesta describir. La sal, la corriente fría que se cuela donde no esperas, la sensación de estar haciendo algo levemente ilegal aunque nadie te mire. Sergio se fue alejando hacia un saliente de rocas y yo lo seguí, más por inercia que por estrategia. Cuando llegué a su altura, el agua nos cubría hasta el pecho y la playa quedaba ya lejos.

Sus ojos verdes parecían más claros mojados. Se acercó sin avisar y me apartó un mechón de pelo de la frente.

—Estás muy guapo así —dijo en voz baja.

Me ardió la cara. Sonrió al ver que me sonrojaba, bajó la mirada un instante hasta mi boca y me besó. La barba me raspó, pero no lo suficiente como para querer apartarme. Su lengua entró sin pedir permiso y yo no se lo pedí. Bajo el agua, su mano encontró mi cadera y la sostuvo allí, sin urgencia, como avisando.

***

—Detrás de esas rocas hay un sendero —le susurré al separarme—. La gente lo usa para no ser vista.

—Llévame.

Por un segundo me detuve a pensar lo que estaba a punto de hacer. Sergio era el novio de mi primo. Aunque ese primo fuera casi un extraño y aunque una parte muy pequeña y muy infantil de mí estuviera disfrutando la simetría, lo que iba a pasar no tenía ninguna excusa decente. No me importó.

Recogimos a medias en la toalla, dejamos las cosas escondidas bajo unas piedras y seguimos el sendero descalzos. El sol empezaba a ablandar el aire. La gente de la playa estaba ya recogiendo sombrillas y nosotros caminábamos en sentido contrario.

Me daba un poco de aprensión cruzarnos con otras parejas. La idea del sexo a la vista me ponía, pero no acababa de saber si me dejaría hacer nada delante de alguien. Por suerte el sendero estaba vacío. Detrás de un grupo de arbustos secos encontré un hueco de arena fina y arrastré a Sergio del brazo.

No había ropa que apartar, ni botones, ni cremalleras. Solo dos cuerpos todavía mojados y la luz dorada del final de la tarde colándose entre las hojas. Lo besé largo, recorriéndole el cuello, los hombros, el pecho. Cada vez que mi boca bajaba un poco más, él soltaba el aire un poco más despacio.

Llegué a su entrepierna y me arrodillé. La arena se me clavaba en las rodillas como si tuviera cristales, pero no quería parar. Empecé por los testículos, despacio, ofreciéndome el placer de tomarme mi tiempo. Subí la lengua por toda la longitud, me concentré en la punta, la rodeé con los labios y empecé a entrar y salir marcando un ritmo lento.

Sus manos buscaron mi pelo. No empujaban, solo acompañaban. Sus gemidos eran cortos, controlados, como si todavía recordara que estábamos en un sitio público y le quedara algo de prudencia. A mí esa prudencia me ponía aún más. Aceleré, dejé que mi mano subiera y bajara coordinada con mi boca, y noté cómo se le iban acabando las defensas.

—Para… o no aguanto —jadeó.

No paré. Le miraba la cara mientras lo hacía, su mandíbula apretada, las venas del cuello marcadas, los ojos a medio cerrar. Cuando llegó, me sostuvo la cabeza con las dos manos y soltó un gemido ronco que se perdió entre los arbustos. Tragué sin separarme, lo escurrí del todo y subí lentamente, besándole el vientre y el pecho hasta volver a su boca.

Nos quedamos sentados en la arena, abrazados, sin hablar. Yo todavía duro, sin pedirle nada, conformándome con el peso de su brazo sobre los hombros. El sol estaba ya tocando el mar y lo teñía todo de un color de cobre que parecía dibujado.

—Joder —dijo al fin—. No sé si darte las gracias o pedirte perdón.

—Las dos cosas valen —contesté.

***

Los últimos rayos nos cruzaron la espalda antes de hundirse del todo. Después vino la luna, redonda y limpia, y la noche se llenó de estrellas como si alguien las hubiera vaciado de un saco encima de nosotros. Volvimos al coche en silencio, vestidos a medias, todavía con arena en sitios donde no debería haber arena.

Nunca le conté a Iván nada. Sergio tampoco, supongo. Volvieron a Valencia al cabo de unos días y yo bloqueé sus dos perfiles para no caer en la tentación de buscarlo. La venganza, descubrí entonces, sabe mejor cuando nadie sabe que la has cobrado.

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Comentarios (3)

Marcelo55

Tremendo relato, me tuvo enganchado de principio a fin. Bravo!!

RobertoK21

La tension que se va armando desde el velatorio es increible. Muy bien narrado, espero que haya mas.

ElCriollo_74

Me quede con ganas de mas, se hizo muy corto. Por favor una segunda parte, quedo mucho sin contar.

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