Lo que encontré detrás de la cortina aquella tarde
Tengo cuarenta y cuatro años, vivo en una ciudad mediana del norte y soy travesti de clóset. Lo de «clóset» no es una metáfora cómoda: literalmente, en el fondo del placard de mi cuarto guardo dos pares de medias, un body negro y una peluca que solo me pongo cuando estoy seguro de que nadie va a llamar a la puerta. Mi mujer no sabe nada. Mis hijos tampoco. Hace falta una distancia razonable para empezar a contar esta historia, y los años son una buena distancia.
Lo que les voy a contar ocurrió cuando tenía veintisiete. Trabajaba para una empresa de internet por cable que ya no existe, una de esas que tercerizaba a los técnicos y nos mandaba a hacer mantenimientos por barrios enteros con un mapa impreso y una caja de herramientas que pesaba el doble de lo que debía. Aquella tarde de jueves me asignaron un local del centro, un bar que abría tarde y que yo nunca había pisado.
Llegué cerca de las cinco. Todavía no había clientes. La luz del atardecer entraba oblicua por la ventana y manchaba de naranja las botellas detrás de la barra. Olía a desinfectante y a cigarro viejo. El dueño, un hombre de barba canosa al que voy a llamar Donato, me indicó el rack donde estaba el módem y se metió en una oficina sin decir mucho más. Yo desplegué la escalera, saqué el tester y empecé a trabajar.
Estaba a mitad de tarea cuando lo vi.
Había un pasillo al fondo del salón, separado del resto por una cortina pesada de terciopelo bordó. Junto a esa cortina, apoyado contra la pared, había un hombre. No lo había escuchado entrar. Calculo que tenía unos cuarenta años, alto, de hombros anchos, una camisa gris arremangada hasta el codo. Me miraba sin disimulo. No con la mirada distraída del que pasa el rato; me miraba a mí, a mi cuerpo, como si me estuviera estudiando para un examen que yo no había pedido rendir.
Bajé la vista al tester y traté de concentrarme. Cuando volví a levantar la cabeza, él se había puesto la mano sobre el bulto del pantalón y se lo estaba acariciando despacio, sin disimular nada.
Sentí calor en la cara. No mires, terminá el trabajo y andate. Eso me dije. Y bajé otra vez la vista. Pero algo en mí ya se había encendido. Trabajé los siguientes minutos como un autómata, apretando tornillos que ya estaban apretados, fingiendo concentración. Cada tanto, casi sin querer, mis ojos se iban hacia el pasillo. Y él seguía ahí. Quieto. Mirándome. Tocándose.
No voy a mentir: tenía un paquete imposible de ignorar.
Veinte minutos después cerré la caja del módem, recogí las herramientas y bajé de la escalera. Donato asomó la cabeza desde la oficina, me preguntó si todo estaba listo y me ofreció una cerveza por las molestias. Le dije que sí, más por demorar la salida que por ganas reales. Me senté en uno de los taburetes de la barra. Me sirvió una botellita helada y se volvió a meter en la oficina.
El hombre del pasillo se acercó a la barra. Pidió otra cerveza. Mientras Donato se la abría, se inclinó hacia mí, sin tocarme, sin mirarme siquiera. Y dijo, casi entre dientes, con la voz baja de quien no quiere repetirlo:
—Te espero atrás de la cortina.
Y se fue.
Me quedé inmóvil con la botella entre las manos. Levantate, andate, esto no es para vos. Me lo repetí tres, cuatro veces. Tres minutos, tal vez más. El reloj de la pared marcaba las seis menos veinte. Afuera empezaba a oscurecer. Donato no salía de la oficina, estaba con la radio puesta y un partido de fútbol de fondo. Nadie me estaba mirando. Nadie iba a saber.
Me bajé del taburete y caminé hacia el pasillo.
Detrás de la cortina había un cuarto pequeño, sin ventanas. Una bombilla roja iluminaba apenas. Olía a humedad y a perfume barato. Era, evidentemente, un cuarto oscuro. Yo había oído hablar de esos lugares, pero nunca había visto uno. El corazón me latía como si lo tuviera atascado en la garganta.
Él estaba ahí, de pie en el medio, con el pantalón desabrochado. Tenía la verga en la mano. Era grande, gruesa, ya un poco rígida. La acariciaba despacio, mirándome con una calma que me ponía más nervioso que si me hubiera gritado algo.
—Acercate —dijo.
Di dos pasos. Me paré al lado de él. No supe qué hacer con las manos. Él tomó una de las mías y la llevó a su verga. La piel estaba tibia, mucho más caliente que el resto del cuerpo. Cerré los dedos sobre ella con la torpeza del que no sabe.
—Andá, no tengas miedo. No va a pasar nada que vos no quieras.
Esa frase me desarmó. Tenía un tono firme pero no agresivo, casi paternal en su seguridad. Empecé a moverle la mano arriba y abajo, despacio, sintiéndola crecer entre mis dedos. Él suspiró bajito y me apoyó la otra mano en la nuca. Empezó a acariciarme el pelo, casi con ternura. Y después, con una presión suave pero clara, empezó a empujarme hacia abajo.
Caí de rodillas sin oponer resistencia. El piso estaba frío, baldosa contra mis pantalones de trabajo. Su verga me quedó a la altura de la boca, y yo seguía agarrándola, sin saber qué se esperaba exactamente de mí.
—Abrí la boca.
No me salió la voz. Me quedé mirándolo, congelado.
—Abrí la boca —repitió, esta vez sin pregunta.
La abrí. Él apoyó la cabeza de su verga sobre mi lengua. Sentí el sabor: piel, sal, algo metálico, algo ácido. Me tembló todo el cuerpo. Cerré los labios alrededor y empecé a moverme, lento, con miedo de hacerlo mal, con la lengua girando por puro instinto. Él me acariciaba la nuca con dos dedos y me dejaba marcar el ritmo.
—Así, marica, así.
La palabra me prendió fuego. Nunca nadie me había dicho así. Y en ese cuarto, de rodillas, con su verga en la boca, sentí algo que no había sentido nunca: que estaba en el lugar exacto donde tenía que estar.
Empecé a soltarme. Me animé a tomarla más profundo, a mover la cabeza, a respirar entre embate y embate. Él fue acompañando, y de a poco fue tomando él el control: una mano en mi nuca, la otra apoyada en mi mejilla, y el ritmo cada vez más firme. Por un instante la metió hasta el fondo, y me ahogué un poco, los ojos se me llenaron de lágrimas, pero la dejé ahí, sin querer apartarme.
—Pará —dijo de pronto.
Salió de mi boca. Tenía la verga brillante, hinchada, palpitando.
—Sacate la ropa.
Me levanté torpe. Me desabotoné la camisa de trabajo con dedos lentos, me bajé los pantalones, las medias, los calzoncillos. Quedé desnudo en el medio de ese cuarto, bajo la luz roja, con la piel erizada por el frío y por el miedo. Él se quitó la camisa también, pero los pantalones se los dejó a la altura de los muslos.
Me dio vuelta. Sus manos eran grandes y firmes. Empezó a acariciarme las nalgas, primero por encima, después separándolas un poco. Un dedo encontró mi ano y se quedó ahí, presionando sin entrar. Sentí un escalofrío que me bajó por la espalda hasta los talones.
Llevó esos dedos a mi boca.
—Chupalos.
Los chupé. Saboreé mi propia saliva mezclada con su sudor. Cuando los sacó, los llevó otra vez atrás. Entró uno, despacio. Dolió. Me mordí el labio para no quejarme, pero el dolor se diluyó pronto en otra sensación más extraña, más profunda, como si algo se estuviera abriendo dentro mío. Él esperó. Movió el dedo despacio, en círculos, hasta que mi cuerpo lo aceptó.
Después volvió a girarme hacia él y empujó otra vez su verga contra mi boca. Yo la recibí más entregado que antes. Mientras yo chupaba, él metió un segundo dedo. Sentí que se me cerraba la garganta y se me abría todo lo demás. Tenía la verga en la boca y dos dedos adentro. Estaba en un lugar al que no sabía cómo había llegado, y no quería irme nunca.
—Levantate.
Me incorporé. Me besó. Fue lo último que esperaba: un beso en la boca, lento, con lengua, como si fuéramos otra cosa. Y me dio vuelta otra vez.
—Apoyate en la pared. Inclinate un poco.
Obedecí. Apoyé las manos contra la pared fría. Escuché que escupía sobre su mano, después sobre mi entrada. Sentí la cabeza de su verga rozarme, deslizarse arriba y abajo sin entrar todavía.
—Pedímelo.
—¿Qué?
—Pedime que te la clave.
Me temblaron las rodillas. Cerré los ojos. Y de mi boca salió una voz que no parecía mía:
—Clavámela. Metémela toda.
—¿Eso querés, zorrita?
—Sí.
—Tomá, entonces.
Empujó. La cabeza entró primero y dolió mucho más de lo que esperaba. Apreté los puños contra la pared. Me quedé quieto, casi sin respirar. Él esperó, una mano en mi cadera, sin moverse. Después empujó un poco más. Y un poco más. Hasta que la tuvo toda adentro.
—Quedate así un segundo —murmuró—. Respirá.
Respiré. El dolor se fue, dejó lugar a una sensación que no se parece a nada que yo hubiera conocido antes. Un calor que me subía por la columna. Una presión que me hacía sentir lleno, completo. Cuando empezó a moverse, atrás y adelante, despacio al principio, después más firme, yo dejé de pensar.
—Qué culo tenés, zorra —me dijo al oído—. Qué culo, la concha de tu madre.
—Sí, papi —respondí, y no me reconocí en la voz—. Dame fuerte, papi.
Empezó a moverse más rápido. Las baldosas crujían bajo nuestros pies. Yo apretaba la pared con las manos, la frente apoyada contra la superficie fría, la boca abierta. Él me agarraba de la cadera con las dos manos. Cada empuje era un latigazo y un alivio al mismo tiempo. No podía creer que me estuviera gustando tanto. No podía creer que el cuerpo respondiera así, que se hubiera estado guardando esto todos estos años sin avisarme.
Estuvimos así no sé cuánto. Quizás veinte minutos. Quizás cinco. El tiempo dentro de ese cuarto rojo no funcionaba como afuera.
—Me voy a acabar —dijo en un momento, con la voz entrecortada—. Te lo voy a dejar adentro.
—Sí, papi. Adentro.
Lo sentí ponerse rígido, hundirse hasta el fondo, y después un latido caliente en lo más profundo de mí. Una vez, dos, tres. Se quedó inmóvil un segundo, abrazado a mi cintura, jadeando contra mi nuca. Después salió despacio.
Un hilo tibio me corrió por la cara interna del muslo. Él se limpió en una de mis nalgas con una calma casi protocolar, se subió los pantalones, se acomodó la camisa. Antes de abrir la cortina, me miró una última vez. No dijo nada. Sonrió apenas. Y se fue.
***
Quedé solo en el cuarto rojo, con las manos todavía apoyadas en la pared, el cuerpo temblando, la cabeza vacía. Tardé un rato en vestirme. Cuando salí, el bar tenía dos o tres clientes nuevos. Donato estaba detrás de la barra, secando vasos. Me saludó como si nada, como si yo no hubiera estado veinte minutos al otro lado de su cortina con la cola llena de un extraño. Pagué la propina y caminé hasta la camioneta de la empresa.
Manejé hasta el depósito sin escuchar la radio. Devolví las herramientas. Firmé el parte. Me fui a casa, me bañé largo, comí lo que había en la heladera y me acosté temprano. No le conté a nadie. No tenía a quien contarle.
Pero a la semana siguiente, cuando llegó la planilla del lunes, miré la lista de mantenimientos antes de revisar nada más. Buscaba esa dirección. No estaba. Tampoco la siguiente semana. Tardé casi un mes en encontrar la excusa para volver a pasar por ahí, esta vez sin uniforme, sin escalera, sin caja de herramientas. Empujé la puerta a las seis de la tarde, como si fuera un cliente más, y caminé directo hacia el fondo del salón. La cortina seguía ahí. Y yo ya no era el mismo que la había cruzado por primera vez. Pero eso es otra historia.