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Relatos Ardientes

Mi hermana, su novio y yo aquel fin de semana

Mi hermana Camila y yo siempre compartimos cuarto, desde niñas. Aunque la casa tiene espacio para más habitaciones, nunca quisimos separarnos. Es algo raro de explicar: dormimos juntas, nos cambiamos sin pudor delante de la otra, pero jamás hablamos en serio sobre sexo. Ella sabe que yo no soy virgen y yo sé que ella tampoco, y hasta ahí llega el acuerdo silencioso entre nosotras.

Camila tiene un cuerpo que cuesta no mirar. Pechos medianos, perfectamente firmes, con pezones de un rosa pálido que se le marcan apenas hace frío. La cintura estrecha y un trasero alto, redondo, duro, esos que parecen modelados a mano. Yo soy más alta y más curvilínea, pero cada vez que nos cruzamos en bata por el pasillo me descubro pensando lo mismo: tenemos demasiada genética en común para no aprovecharla.

Ella se hace la santa. Se sonroja cuando alguien suelta una broma subida de tono, pone los ojos en blanco si en una serie hay una escena de sexo y aprieta los labios como si todo aquello le fuera ajeno. Pero yo me levanto a las seis de la mañana y a veces, antes de meterme a la ducha, la miro un momento desde la puerta. Camila duerme destapada, con las piernas flojas y la mancha húmeda en la entrepierna del pantalón corto. Más de una vez la oí gemir a las dos de la madrugada, bajito, con la respiración entrecortada, creyendo que yo dormía. La calentura es de familia. De eso no hay duda.

Lo otro que conviene aclarar es que hace algunos meses tuve un encuentro con Diego, su novio. Fue una sola vez, una tarde en la que coincidimos solos en la cocina y todo se desbordó en menos de quince minutos. Nunca volvimos a hablar del tema. Diego me evita la mirada en los almuerzos familiares y yo finjo demencia. Pero la imagen quedó: él contra la pared, yo de rodillas en las baldosas frías, su mano enredada en mi pelo. Desde entonces no consigo verlo sin pensar en aquello.

Mis padres se iban un fin de semana entero a la sierra con mis hermanos pequeños. Ese viernes por la tarde, cuando la camioneta arrancó y la casa quedó en silencio, supe que algo iba a pasar. Camila estaba en su cuarto, escuchando música. Yo me senté en el sofá del salón y esperé.

***

El sábado a las once de la mañana sonó el timbre. Diego.

Camila bajó en pijama, con esa camiseta vieja que le marca los pechos a contraluz, y le abrió la puerta. Yo me quedé arriba, a propósito. Cerré la puerta de mi cuarto y me senté con la espalda contra ella, escuchando.

Diez minutos. Quince. La casa demasiado callada.

Me asomé al pasillo descalza. Bajé los primeros tres escalones agachada y miré entre los barrotes de la baranda. Diego tenía la mano metida dentro del pijama de Camila, hasta el fondo, y ella movía la cadera contra esa mano como si no pudiera evitarlo. Con la otra mano, mi hermana le sobaba el sexo a Diego por encima del pantalón. Le hacía un círculo lento con la palma. Y la respiración de él, desde donde yo estaba, sonaba como la de alguien que se está aguantando.

Volví al cuarto sin hacer ruido. El plan se me armó solo en la cabeza.

***

Me metí a la ducha y me bañé en cinco minutos, con el agua casi fría para no tardar. Mientras me jabonaba, pensé en el sexo de mi hermana, ese que nunca había visto pero que llevaba años imaginando. Camila no se rasura — somos peludas las dos, herencia de mi madre — y yo me afeito siempre. La diferencia me puso a mil. Salí de la ducha, me sequé apurada, me puse una blusa fina sin sostén y una falda corta. Sin bragas. Si iba a salir a comprar algo, al menos quería volver lista.

Bajé las escaleras pisando fuerte para que me oyeran. Cuando entré al salón, Diego se estaba acomodando el cinturón con una sonrisa torcida. Camila tenía las mejillas rojísimas y la pijama mal puesta.

—Voy al centro comercial —dije, sin mirar a ninguno en particular—. Me pongo a buscar una blusa para el lunes y vuelvo en un par de horas. No me esperen para almorzar.

—Tranquila —contestó Camila, demasiado rápido.

Cogí las llaves del coche y salí. Bajé por la avenida principal sin rumbo, manejando con una sola mano. La otra la metí debajo de la falda. No me masturbé hasta correrme — quería llegar caliente, no satisfecha —, pero estuve quince minutos jugando con el clítoris al ritmo de los semáforos. Cuando sentí que ya no aguantaba más, di la vuelta y volví a casa.

Aparqué a media calle. Cerré la puerta del coche con delicadeza. Crucé el jardín en puntas de pie. Metí la llave en la cerradura sin que sonara el pestillo y empujé la puerta apenas un palmo.

***

Los oí antes de verlos. Camila estaba haciendo ese ruido grave que le había escuchado de noche, prolongado, casi un quejido. Diego respiraba fuerte. Me acerqué pegada a la pared, doblé la esquina del recibidor y los vi.

Estaban en la alfombra del salón, completamente desnudos, en un sesenta y nueve perfecto. Camila arriba, con el pelo cayéndole sobre la cara de Diego, comiéndoselo entero, sin asco, hasta el fondo. Él tenía la lengua entre las piernas de mi hermana y le abría las nalgas con las dos manos como si quisiera comérsela viva. Vistos así, parecían un único animal.

Yo me quedé en el marco de la puerta, sin moverme, con una mano debajo de la falda. Empecé a frotarme el clítoris despacio, los miraba y me frotaba, y el corazón me iba tan rápido que pensé que iban a oírlo. Cuando ya no aguanté, di un paso hacia adelante y se me escapó un suspiro.

Camila levantó la cabeza de golpe. Tenía la boca brillante, los ojos enormes. Diego me vio detrás de ella y se sentó en la alfombra de un movimiento.

—Hola, cuñada —dijo, con esa misma sonrisa torcida de antes—. ¿Quieres tu parte?

—Si no les molesta —contesté, y caminé hacia ellos quitándome la blusa por la cabeza.

Camila intentó cubrirse con un cojín. Le quité el cojín de las manos y me arrodillé a su lado. Le acaricié la mejilla con dos dedos, despacio, y le pasé el pulgar por el labio inferior, recogiendo lo que había quedado de Diego.

—Tranquila —le dije, casi al oído—. Lo de la calentura es de familia. Tú lo sabes mejor que nadie.

***

La empujé suave hasta sentarla en el sofá y le abrí las piernas. Era la primera vez en mi vida que veía el sexo de otra mujer tan de cerca. Estaba mojado, brillante, con los labios hinchados de tanta lengua. Bajé la cabeza y la lamí desde abajo hasta el clítoris, en una pasada larga. Camila pegó un grito que fue mitad miedo, mitad placer. Le clavé las uñas en los muslos y volví a lamerla, esta vez deteniéndome arriba.

Diego se subió al sofá de rodillas y se la metió a mi hermana en la boca. Camila lo recibió sin pensarlo. Yo seguía abajo, lamiéndola, succionando despacio, sintiendo cómo se le contraían las piernas. A los pocos minutos noté que empezaba a temblar entera. Su sexo se cerró sobre mi lengua de un modo que no sabía que era posible — un latido brusco, tres o cuatro contracciones rápidas — y se vino con Diego todavía dentro de su boca.

No me esperaba esto. No me esperaba que fuera a gustarme tanto.

Diego se retiró. Bajó del sofá, vino hacia mí y me dijo, agachado, con la boca pegada a mi oído:

—Ahora tú, delante de tu hermana.

Me tumbó de espaldas en la alfombra. Me abrió la falda — todavía la tenía puesta — y me levantó las piernas. Se hundió de un solo empujón, hasta el fondo, sin avisar. Yo arqueé la espalda y solté una palabrota que ni siquiera entendí. Camila me miraba desde el sofá con los ojos muy abiertos, las piernas todavía abiertas. Estiré la mano, le agarré el tobillo y la atraje hacia mí. La senté sobre mi cara.

***

Mientras Diego me embestía con un ritmo cada vez más bruto, yo le comía el sexo a mi hermana desde abajo. Camila se mordía el dorso de la mano para no gritar. Me agarró los pechos, me apretó los pezones con tanta fuerza que dolió, y siguió moviéndose contra mi boca como si quisiera entrar dentro de mí. Diego me veía la cara enterrada entre las piernas de mi hermana y se reía, sin dejar de bombear.

—¿No te parece que Camila merece un poco más de atención? —dijo de pronto, jadeando.

—Toda la del mundo —contesté, con la voz apagada por el cuerpo de mi hermana.

Diego se salió de mí. Cogió a Camila por la cintura, la giró y la puso a cuatro patas sobre la alfombra. Yo me quedé tumbada de espaldas, con la cabeza justo debajo de su cara. Le acerqué el cráneo a mi sexo y ella entendió. Sin que nadie le explicara nada, mi hermana empezó a lamerme. Y lo hacía bien. Sospecho que llevaba años pensándolo.

Diego se la metió por detrás. Empezó despacio, midiendo el aliento, y a los dos minutos ya la follaba con una violencia que la hacía avanzar sobre mi cara. Camila se vino dos veces seguidas, una contra los dedos de Diego y otra contra mi lengua. Yo me vine en su boca al cabo de un rato — fue una venida lenta, larga, que me dejó sin fuerzas.

Diego no había acabado todavía. Cambió el ángulo, buscó el otro orificio y empujó. Mi hermana ni se quejó. Lo dejó entrar como si fuera lo más natural del mundo. Yo, que casi nunca dejo que me toquen ahí, me quedé observando con una mezcla de envidia y respeto. A Camila le encanta. Mi hermana es una caja de sorpresas.

***

Pasamos el resto del fin de semana cogiendo. El sábado por la tarde, otra vez. El domingo por la mañana, en la cocina. El domingo por la tarde, mientras Diego se duchaba, Camila y yo lo hicimos solas en mi cama, sin él ni testigos, solo nosotras dos y un silencio que no necesitaba explicaciones.

Esa fue la primera vez. No la última. Casi todas las noches, desde entonces, después de apagar la lámpara, una de las dos cruza la alfombra que separa nuestras camas y se mete bajo las sábanas de la otra. Diego sigue pasando los fines de semana en la casa, pero el secreto importante ya no es entre él y mi hermana. Es entre ella y yo.

Ya le conté a mi novio. Le tiembla la mandíbula cuando se lo describo. Acaba siempre antes de tiempo. Le he prometido que un día, cuando estemos los cuatro de buen humor, lo haremos en condiciones. Diego me dijo lo mismo que mi novio me dice a mí: que pocas mujeres aprietan al venirse como mi hermana. La diferencia es que yo lo sé desde mi propia lengua.

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Comentarios (5)

MartinCba91

tremendo relato!!! me lo lei de corrido sin parar

Romina_norte

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue todo

DiegoMdq

Muy bien narrado, te mete en la historia desde el primer momento. Felicitaciones

NachoQuilmes

Se hizo cortisimo jaja, quiero mas!!

LectoFan_ar

Uff esto me recordo a una situacion parecida que vivi hace años... mejor no cuento pero entiendo bien al personaje jaja. Buen relato

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