Mi prima me pidió un novio falso para tapar lo nuestro
En el relato anterior les conté cómo mi prima Camila y yo cruzamos la línea por primera vez. Aquel fin de semana en la costa creímos que llevar lo nuestro sería sencillo. Pronto descubrimos que la cama no era el problema: la cama era lo más fácil. Lo difícil era todo lo demás. Querer ir al cine tomados de la mano. Querer almorzar juntos sin importar quién mirara. Querer abrazarnos en cualquier sillón, sin escenografía.
Bastaba con avisar a mis tíos y a mis padres que saldríamos «con amigos» para que la tarde nos perteneciera. Pasaba por ella, manejábamos en silencio cómplice y nos perdíamos en algún hotel barato del sur de la ciudad. Lo otro era más complicado. Cualquier caricia tierna delante de la familia podía delatarnos. Si nos descubrían, no habría perdón. Nos separarían sin escala. Necesitábamos una coartada decente, y la idea, como siempre, se le ocurrió a ella.
—Necesito un novio —me soltó una tarde, mientras me cabalgaba sobre la cama de su cuarto.
Me quedé sin aire. Pensé que había escuchado mal.
—¿Cómo dices? ¿Ya no me amas, prima?
—Te amo más que nunca, tonto. Pero si no inventamos algo, mi mamá nos va a desarmar. Estoy segura de que sospecha.
—¿Por qué lo dices? —pregunté, aferrado a sus caderas.
—Le parece raro que estemos siempre juntos. Esta tarde casi no me deja salir. Tuve que pedirle a Daniela que llamara para confirmar el cuento de la película —explicó entre jadeos cortos. Le encantaba hablar mientras me tenía adentro. Decía que la voz le aumentaba el placer.
—Tienes razón, pero la sola idea de que otro te toque me revuelve, primita.
—Será un noviecito de manita sudada, nada más. No le voy a permitir nada, te lo juro —dijo, y bajó a besarme—. Y tú también vas a tener que conseguirte una novia. Doble cita, doble coartada. Salimos temprano, los dejamos en sus casas y desaparecemos.
La idea fue tomando forma en mi cabeza, aunque me costó tragarla.
—No quiero estar con nadie más que contigo.
—Y no vas a estar. ¿O crees que voy a permitir que cualquier puta reciba esta leche que es mía? Jamás. Confía en mí, Mateo. Va a salir bien.
Empezó a moverse con más fuerza, dando por cerrada la discusión. Cuando se vino, la di vuelta sin pedir permiso, le agarré las caderas y se la metí en cuatro. La rabia y los celos me empujaron a embestirla con saña.
—Ay, mi amor, así me gusta, pero estás siendo medio bestia —se quejó, apretando la sábana.
—Te amo, Camila —dije, golpeándole las nalgas con cada empuje—. ¿Me juras que nadie te va a coger?
—Te lo juro, este coño es tuyo, todo yo soy tuya —respondió, arqueada hacia atrás. Me pasó una mano por la nuca y yo le agarré el cuello. Apreté apenas. Era un código entre los dos.
—Bien. Y yo te juro que a nadie más le voy a dar mi leche. Es solo una pantalla para seguir teniéndonos —le murmuré al oído, sin dejar de bombear.
—Entonces dámela ya, cabrón, que no aguanto.
Le inundé el coño y me derrumbé sobre su espalda, sintiendo que el plan, aunque me pesara, ya estaba en marcha.
***
Dos semanas después nos presentó a Diego. La verdad, me agarró desprevenido. No habíamos quedado en avisarnos antes de cerrar nada. El tipo era compañero suyo de la facultad de publicidad, parecía un buen chico y, peor aún, se notaba que estaba sinceramente colgado de mi prima. Me ardió el estómago.
—Mucho gusto —dije, esforzándome en sonreír.
Camila lo notó al instante. Se acercó a mí y me abrazó del lado del que él no podía ver, deslizando la mano por debajo de mi camisa hasta apoyarla en mi cintura. Le encantaba hacerme esos gestos clandestinos delante de la familia. Decía que la mojaba.
—Él es mi primo Mateo, del que tanto te he hablado —le dijo a Diego.
—Bueno, primo, nos vamos. Vamos al cine, pero saliendo Diego me deja en tu casa para irnos a lo de la abuela.
«A lo de la abuela» era nuestro código frente a gente ajena. Esa noche cogeríamos. La sola palabra me provocó una erección que apenas pude esconder bajo el delantal de la cocina.
—Listo, diviértanse. Mucho gusto de nuevo, Diego.
***
De vuelta en el living me puse en campaña. No podía quedarme atrás. Llevaba semanas tonteando por chat con varias chicas de la facultad, pero con quien más había avanzado era con Renata. Estudiaba diseño industrial, tenía fama de comerse a medio campus y estaba para morirse. Alta, pelo negro hasta la mitad de la espalda, piel morena, y unas tetas más grandes que las de mi prima.
Era la candidata perfecta para tapadera. Le escribí y contestó al instante. Estaba aburrida y aceptó que la pasara a buscar para tomar un café. Media hora después, manejaba hacia una cafetería del centro, una de esas con luz tibia y mesas separadas por biombos.
—¿Te gusta el lugar, Renata?
—Hermoso, gracias por traerme —me dijo, cruzando las piernas debajo de la mesa.
—Me alegra. Me gusta pasar tiempo contigo —solté, acariciándole la mano. Se le iluminó la cara.
—Por eso quería pedirte algo. ¿Quieres ser mi novia?
—¡Sí! —chilló, y se tiró sobre la mesa para besarme. Casi me tira el café encima.
El cuerpo de Renata pegado al mío se sentía bien, demasiado bien. Pero al principio el beso me costó. Sentía que estaba traicionando a Camila. Después pensé en la coartada, en los meses que íbamos a ganar, y me dejé llevar como si la cosa fuera real. La tarde pasó volando. Más allá de su fama, Renata era inteligente, divertida, con planes propios. Por un segundo me dio pena. Después se me pasó.
—Mira la hora —dije cuando se hizo de noche—. Tengo que llevarte. Quedé con la familia en lo de mi abuela.
—No hay drama, guapo —contestó, con un dejo de decepción—. Otro día me llevas a conocerlos.
—Claro —mentí.
***
En el estacionamiento subterráneo del edificio de su casa le abrí la puerta. Me agradeció con un beso suave que no esperaba. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Cuando subí al coche del lado del conductor, ella ya se había acomodado de costado, con una pierna flexionada sobre el asiento y la mirada cargada.
—Antes de que me dejes, hay algo que quiero hacer por ti. Para celebrar.
Se tiró encima y me besó como si nos conociéramos desde hace años. Sentí culpa, pero no la suficiente. Total, técnicamente Renata era ahora mi novia, y Camila apenas mi prima.
Sus manos bajaron por mi pecho, abrieron mi cinturón y, en dos movimientos, me liberaron la verga del pantalón.
—Mira lo que tenemos aquí —murmuró—. A partir de ahora, todo esto es solo para mí.
La frase me sacudió. Pensé en Camila. En la promesa que le había hecho hacía dos semanas. Pero Renata ya tenía la boca puesta y bajó la cabeza hasta tocar la base con los labios. La oí ahogarse y volver a subir, y bajar, y subir. Era una mamada de otro nivel. Yo miraba el espejo retrovisor por miedo a que apareciera alguien, pero el estacionamiento estaba muerto.
El problema era otro. Si me venía, Camila lo iba a notar más tarde por la cantidad. Tenía contado el caudal mejor que yo. Cualquier diferencia, cualquier chorro corto, sería una bandera roja. Decir que me había masturbado tampoco servía: desde que estábamos juntos, no había vuelto a tocarme solo. Si la calentura me ganaba a la tarde, la llamaba o ella aparecía. Estaba en problemas.
Por otro lado, Renata la chupaba como una diosa y faltaba poco. Imaginé cuántas vergas habría tenido en esa boca y, en lugar de celos, me prendí más. Intenté pararla, en serio que sí, por amor a mi prima. Pero también recibía la mejor mamada de mi vida. Camila era la reina del coño, no de la boca. Ese terreno era de Renata.
Le bajé el escote del vestido sin tirantes y le solté las tetas. Sin sostén. Pezones casi negros, mucho más oscuros que los rosados de Camila, coronaban dos pechos firmes. Me mojé los dedos con saliva y empecé a hacer círculos sobre uno de ellos.
—Ay, Renata, qué bien la chupas, mi vida, no pares.
Ella siguió. Ni siquiera me pidió que la avisara. Solté el primer chorro tibio dentro de su boca y después otro, y otro más, mientras le repetía lo bien que lo hacía. Cuando terminé, se quedó unos segundos lamiéndome la punta hasta dejarla brillante. Después se incorporó, abrió la boca y me mostró toda la leche en la lengua antes de tragarla sin parpadear.
—Qué rica leche, papi —dijo, guiñándome el ojo, y se acomodó el vestido.
Quiso besarme y dudé un segundo. Pero me pareció de cobarde rechazarla justo después. La besé corto y arranqué el coche.
—Vamos, amor, no quiero que llegues tarde a tu reunión.
La dejé en la puerta del edificio. Le abrí la puerta del coche, le di un beso de novio modelo y me fui pensando en lo que se venía. Iba a ser complicado mantener la doble vida. Pero todo había sido idea de Camila, y si yo no había aguantado a Renata, ¿qué estaría haciendo ella, que era mucho más caliente que yo, con un Diego enamorado y disponible?
***
Llegué a casa, me metí al baño y me lavé la verga a conciencia. Cambié los bóxers, me cepillé los dientes dos veces y me eché agua en la cara. Diez minutos después, Diego dejó a Camila en la puerta.
—¿Cómo te fue? —pregunté, una vez solos en el living.
—Bien, pero me da pena. No tiene idea de en qué se metió —contestó, mientras se sacaba los zapatos—. ¿Y a ti?
—Bien. Es muy linda. Tampoco sabe en lo que se metió.
—Te extrañé, mi amor —me dijo, abrazándome.
Esa noche podíamos jugar a marido y mujer en mi propia casa. Mis padres habían ido al teatro y después a cenar; volverían tarde, mucho después de que el semen de su hijo, lo que quedara de él, ya estuviera dentro de la sobrina de mi madre.
Tenerla pegada al cuerpo me hizo sentir culpable, pero no me iba a dejar atrapar por una conciencia tibia. Empecé a besarla en el cuello, le bajé los breteles y me hundí en sus tetitas pequeñas. Le metí un dedo entre las piernas. Estaba empapada.
—Estás bien caliente, prima.
—Tú me pones así —respondió, sin mirarme. Empecé a sospechar que no había sido tan inocente con Diego como contaba.
La llevé a mi cuarto, la tiré sobre la cama y se la metí sin avisar.
—Ay, así, así me gusta, con fuerza —gimió, clavándome las uñas en la espalda.
Bombeé un par de minutos y empecé a sentir el cosquilleo del orgasmo. Aceleré sin querer y ella lo notó.
—Sí, amor, dámela toda.
Pero me detuve en seco. Salí de adentro y, mientras le besaba los pechos, apreté la base de mi verga con dos dedos, haciendo bajar la presión. Lo había leído meses atrás en un foro. Le decían edging. Una técnica para retrasar la eyaculación y, sobre todo, para acumular más leche. Era mi única esperanza para que la cantidad final no la delatara todo.
—Súbete arriba —le ordené.
Obedeció sin chistar. Cogimos un buen rato así, ella moviéndose adelante y atrás, yo agarrándole las caderas. Cuando volví a sentir que se me venía, hice como que se había salido por accidente y volví a apretar.
—Perdón, amor, se me escapó. Ponte en cuatro.
La penetré de nuevo, le di un par de palmadas en las nalgas y le dije lo puta que era, lo mucho que me calentaba. Esas cosas la enloquecían. De vez en cuando soltaba la palabra «prima», porque nada la mojaba más que recordar lo prohibido. Le mojé un dedo con saliva y se lo apoyé suave en el ano. Casi nunca me dejaba, pero esa tarde estaba tan caliente que no protestó.
Cuando volvió a acercarse el final, la pasé al misionero. Me coloqué encima, le abrí las piernas y me hundí entre paredes mojadas.
—Te amo, prima, te amo, te amo —le dije, mirándola a los ojos.
—Yo a ti, primo. Eres mi hombre —gritó, clavándome las uñas en la espalda baja.
—¿Dónde la quieres? —pregunté. El momento de la verdad.
—En mi coño, ¿dónde más? Dámela ahora, primo.
Me dejé ir. La sorpresa fue gigante: el chorro fue idéntico al de cualquier otra noche. La técnica había funcionado. Cuando terminé de descargarme, la besé despacio, con la verga todavía adentro.
Me acosté a su lado y nos quedamos abrazados. El plan había funcionado a la primera. Ella se acomodó en mi pecho, exhausta, mientras mi semilla escurría lento entre sus piernas. Verlo así, marcando territorio, me volvía loco.
Le acaricié el pelo un buen rato. Vibró el celular. Por un segundo pensé que era Renata, pero eran mis padres avisando que ya estaban por volver. Tocaba dejar de ser pareja y volver a ser primo y prima. Nos vestimos sin apuro.
Decidí ahí, mientras ella se ataba el pelo frente al espejo, que iba a cumplir el plan al pie de la letra. Iba a coger con Renata cuanto quisiera y a seguir el idilio con Camila. El riesgo era altísimo, pero si nos descubrían, siempre podría recordarle a mi prima que la idea había sido suya.
Lo único que tenía claro: a Renata jamás se la metería sin condón. No tenía idea con cuántos había estado, y no podía arriesgarme a contagiarle algo a Camila. Lo de la mamada había sido un error, pero la boca de Renata no daba opción.
Pasamos el resto de la noche viendo una serie en Netflix y contestándole por whatsapp a nuestras parejas oficiales. ¿Qué le diría Camila a Diego? ¿Qué habrían hecho mientras yo estaba con Renata? Ya lo iba a averiguar. Yo tampoco le mostré los mensajes que me llegaban de mi flamante novia, algunos bastante subidos de tono, una foto de sus tetas y otra del coño cubierto por un vello negro y espeso. «Para ti», decía abajo.
Estuvimos abrazados hasta que escuchamos el coche de mis padres. La llevé a su casa. En el camino me clavó una mirada.
—Hueles a perfume de mujer —me reclamó.
—Pasé a buscar a Renata para llevarla a la suya.
—Es cierto. Da igual.
Me alegré por dentro de que Renata se hubiera tragado todo. Si me hubiera derramado en el coche, Camila habría detectado el aroma al primer respiro.
Nos despedimos en la puerta con un beso largo, suave.
—Te amo, primo.
—Te amo, prima.
La vi entrar a su casa y supe que la diversión apenas estaba arrancando.