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Relatos Ardientes

Mi prima Daniela me regaló su virginidad en la playa

Crecí pegado a mi prima Daniela. Nuestras madres son hermanas y, como ambos éramos hijos únicos, las vacaciones, los fines de semana y casi todas las tardes después del colegio terminaban en la casa de la abuela. Ella tenía un patio enorme con un limonero, y allí inventábamos mundos enteros mientras los grandes hablaban en la cocina. Teníamos exactamente la misma edad —ella nació en marzo, yo en abril— y siempre fuimos juntos al mismo curso, en el mismo salón, en cada acto escolar.

Yo me convertí en su sombra y, cuando hizo falta, en su escudo. Si algún niño la molestaba en el recreo, yo aparecía. Si alguien copiaba en sus exámenes, yo lo notaba antes que la profesora. Ella me devolvía cada favor con una ternura desproporcionada: cartas escritas con marcadores de colores, dulces que escondía en mi mochila, los mejores cromos de su álbum. Nadie me había querido así nunca.

El día que cumplí quince años organicé una reunión modesta en mi casa con seis amigos del colegio y, por supuesto, con ella. Cuando todos se fueron, mis padres se acostaron y Daniela se quedó a dormir en el sofá del living. Bajé a buscar agua y la encontré despierta, esperándome. Sin decir nada, se levantó, puso las manos en mis mejillas y me besó con cuidado, como si el beso fuera frágil. Fue mi primer beso. Cuando se separó, sonrió y dijo que era su regalo de cumpleaños. Nunca lo hablamos después, pero tampoco se me olvidó.

***

Tres años más tarde, para celebrar mis dieciocho, planeamos un viaje corto a la costa. Iban mis cuatro mejores amigos, dos chicas más del curso —Carolina y Alejandra— y Daniela. Alquilamos un bungalow chico, de los que tienen techo de paja y un porche de madera frente al mar. Llegamos un viernes al mediodía, dejamos las mochilas tiradas y bajamos corriendo a la playa.

Daniela había crecido sin que yo lo notara del todo. Ese fin de semana lo noté de golpe. Salió del baño con un bikini turquesa que apenas cubría lo necesario; tenía pechos pequeños y altos, los hombros pecosos por el primer sol y una cintura que yo nunca había mirado con la atención debida. Pasé las primeras horas intentando que la mirada no se me quedara fija. Ella, en cambio, parecía no notar nada. Me revolvía el pelo, me llamaba «cumpleañero» y me abrazaba por la espalda cada vez que se me ocurría algo gracioso.

El primer día, después del almuerzo, mis amigos se quedaron tumbados sobre las toallas con una hielera de cervezas. Daniela me jaló de la mano hacia el mar.

—¡Vamos, primo, vas a oler a sudor toda la tarde si no entras!

—Ya voy, ya voy.

El agua estaba más fría de lo esperado. Caminamos hasta donde nos cubría la cintura y, en cuanto perdimos pie, ella se lanzó sobre mí.

—¡Me ahogo, primito, sálvame! —gritó entre risas, hundiéndome la cabeza.

—¡Yo te salvo, no te preocupes! —contesté, y la hundí a ella primero.

Forcejeamos un rato. En algún momento, sin que ninguno pudiera precisar cuándo, dejamos de jugar. Ella se aferró a mí, las piernas alrededor de mi cadera, y yo la sostuve por la espalda baja. El bikini turquesa se le había corrido y los pechos quedaban apenas separados de mi torso por una tela mojada. Sentí que me dolía la mandíbula de tan apretada que la tenía. Sentí también, sin poder controlarlo, la polla creciéndome dentro del traje de baño, apretada entre nuestros vientres, marcándose contra la tela húmeda del bikini de ella.

Ella no se movió. Apoyó la frente contra mi hombro, respirando muy cerca de mi oído, y de a poco empezó a moverse encima, restregando el coño contra mi verga a través de las dos telas mojadas. Cuando levantó la cara, sus ojos tenían algo que no había visto antes en ella.

—¿Te estoy poniendo así, Mateo? —susurró.

—Perdón —dije, intentando separarla.

Pero ella se pegó más, y siguió meciéndose despacio.

—No te disculpes. Hace meses que pienso en esto. En tu polla, primo. En cómo la tenías. Me hago la boba en la mesa de la abuela y te miro el pantalón.

—Yo también —contesté, y era verdad, aunque no había sido capaz de admitírmelo hasta ese segundo—. Yo también te pienso a vos, Dani. Cuando me toco pienso en tus tetas.

Nos íbamos a besar. Estoy seguro. Habíamos cerrado los ojos cuando, desde la orilla, alguien arruinó el momento.

—¡Cumpleañero! ¡Se nos acabaron las cervezas, vamos a la estación! ¿Vienen?

Daniela soltó una carcajada nerviosa contra mi hombro. Yo levanté el brazo, fingiendo naturalidad.

—¡Vayan ustedes, los esperamos acá!

En cuanto los vimos alejarse hacia el coche, ella se acercó otra vez. Esta vez metió la mano dentro de mi traje de baño, sin previo aviso, y me agarró la polla en un puño. La tenía pequeña y fría por el agua, pero apretó firme, con curiosidad, casi con técnica, como si llevara mucho tiempo imaginando ese gesto. Me la empezó a mover despacio bajo el agua, sintiendo cada centímetro, el glande, las venas, los cojones.

—No está mal, primito —dijo con la voz baja—. Está bien gorda. Llevaba meses preguntándome cómo la tendrías. Es más grande que la de los pendejos con los que me besé.

—¿Sí?

—Sí. Y tenés que dejarme ver lo que sigue. Quiero mamártela, Mateo. En serio. Quiero saber a qué sabés.

Yo no podía hablar. Le corrí el top del bikini hacia un costado y, por primera vez en mi vida, vi unas tetas de verdad, no en una pantalla. Los pezones eran pequeños y rosados, casi del mismo tono que el resto de su piel, endurecidos por el frío y por lo otro. Bajé la cabeza y los chupé, uno y después el otro, mordisqueándolos despacio mientras ella seguía haciéndome la paja bajo el agua. Suspiró, se aferró a mi nuca y me apretó más fuerte la polla en el puño.

—Mateo, acá no, todavía pueden vernos. Llevame al bungalow, dale. Quiero que me la metas.

Tenía razón. La tomé de la mano, salimos del agua —yo tapándome el bulto con la toalla— y caminamos hasta el bungalow con una urgencia mal disimulada.

***

Adentro, las persianas estaban a medio cerrar y la luz entraba en franjas sobre la cama. Yo me saqué el traje de baño antes de pensarlo dos veces y la polla me quedó parada apuntándole a la cara. Ella se quedó mirándome unos segundos, mordiéndose el labio, y se arrodilló frente a mí sin dejar de mirarme a los ojos. Me la agarró con las dos manos, la sopesó, la olió casi.

—Dios, primo, es enorme de cerca.

—No hables tanto y chupámela.

Se rió y abrió la boca. Me metió primero la punta, la pasó por la lengua, la sacó con un hilo de saliva. Después me la metió entera, o casi, hasta ahogarse un poco. No tenía mucha experiencia, eso se notó enseguida; los dientes me rozaron el glande un par de veces y en lugar de apartarla, me clavé las uñas en las palmas para no correrme de inmediato. Era mi prima. Mi prima Daniela, con la que había compartido la abuela, los cromos, los primeros besos infantiles, ahora arrodillada frente a mí con mi polla en la boca, con hilos de baba cayéndole por la pera hasta las tetas al aire.

—Así, así —le decía yo, con la mano en su nuca—. Chupá la punta. Lamé los huevos ahora. Eso, Dani, así.

Ella iba aprendiendo rápido. Me lamió los cojones uno por uno, después subió la lengua por toda la vena de abajo hasta el glande y me lo mamó con los cachetes hundidos, mirándome desde abajo con los ojos brillantes. Yo veía a mi prima —mi prima— tragándose mi verga con una devoción que nunca le había visto ni con los dulces de la abuela, y era una imagen que se me iba a quedar clavada para siempre.

—Pará, pará, o me corro en tu boca.

—Que te corras. Quiero saber a qué sabés.

—Otra vez. Ahora quiero cogerte.

—Ven —le dije al rato, levantándola con las dos manos.

La empujé suavemente y la hice caer en la cama. Le bajé la parte de abajo del bikini con cierta torpeza. Tenía un vello castaño claro, fino, prolijo, y debajo un coño chiquito de labios apretados que ya brillaba de mojado. Era la primera vez que veía un coño de mujer en persona, y me costó respirar. Le abrí las piernas y me acomodé de rodillas entre ellas.

—¿Qué hacés? —susurró.

—Quiero probarte.

—No, Mateo, me da vergüenza…

Pero no cerró las piernas. Le pasé la lengua desde abajo hasta arriba en una sola lamida larga y ella pegó un salto, agarrándose de las sábanas. Le busqué el clítoris con la punta de la lengua y se lo chupé despacio, como había leído que había que hacer, alternando lamidas con succiones. Ella se retorcía, se tapaba la boca con las dos manos, me apretaba la cabeza entre los muslos.

—Mateo, Mateo, no pares, no pares por Dios…

Le metí un dedo, y después dos. La sentí apretarse alrededor de mis nudillos, virgen, estrecha, empapada. Seguí lamiéndole el clítoris mientras la dedeaba y a los pocos minutos ella arqueó la espalda entera, me clavó los talones en los hombros y se corrió en mi boca con un gemido ahogado contra la almohada.

—Mateo —dijo cuando pudo hablar, y la voz se le quebró un poco—. ¿Qué hacés?

—Lo que los dos queremos.

—Estás loco.

—Estamos los dos.

Ella también era virgen. Lo sabía sin habérselo preguntado, igual que ella sabía lo mío. Me subí encima de ella, me acomodé entre sus piernas abiertas y le apoyé la punta de la polla contra el coño. Ella miraba hacia abajo, entre nuestros cuerpos, viendo cómo se preparaba lo que iba a pasar. Le empujé despacio, dejando que el glande abriera camino. Sentí cuando algo cedió y ella aspiró fuerte, mordiéndose el dorso de la mano.

—¿Te dolió?

—Un poco. Seguí.

—¿Estás segura?

—Mateo, si parás ahora, te mato.

Me reí contra su cuello y me hundí un poco más. La sentí abrirse alrededor de mí, caliente, apretada, húmeda de todo lo de antes. La miré a la cara y le fui metiendo la verga de a poco, centímetro por centímetro, hasta que la tuve enterrada entera. Ella tenía los ojos cerrados y la boca abierta, sin sonido.

—Ya está toda adentro —le dije al oído—. Toda tu prima adentro tuyo.

—Muévete, primo. Cógeme despacio.

Empecé a moverme. Al principio despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo. Ella tenía las piernas alrededor de mi espalda y la respiración cortada en mi oreja, y yo trataba de moverme atento a cada cambio en su cara. A los pocos minutos ya no me contenía; le cogía el coño con embestidas más largas, con el ruido húmedo de nuestros cuerpos golpeándose, con las tetas rebotándole contra el pecho en cada envión.

—Así, primo, así, cogéme fuerte.

—¿Te gusta la polla de tu primo, Dani?

—Me encanta, me encanta, es mía, es toda mía…

La agarré de las nalgas y la levanté un poco para clavársela más profundo. Ella pegaba grititos ahogados en mi hombro, arañándome la espalda.

—Esto debí decírtelo antes —murmuró—. Pero no usaste nada.

—Salgo, si querés.

—No. No salgas.

—Daniela…

—No salgas. Después vemos. Si pasa algo, lo enfrentamos los dos. Terminá adentro, Mateo. Quiero sentirlo caliente.

Esa frase me terminó. Apreté los dientes, la embestí dos veces más hasta el fondo y me corrí adentro de ella sin poder ni querer evitarlo. Sentí cómo me apretaba con todo el cuerpo, cómo el coño le latía alrededor de la polla mientras yo descargaba chorro tras chorro contra su fondo, cruzando los talones sobre mi espalda baja para que no se me ocurriera salir.

—Ya está —dijo después, con los ojos cerrados—. Ya soy tu mujer. Ya me llenaste, primo.

Nos quedamos así, conectados, con mi verga todavía adentro, durante varios minutos. Ella me besaba la sien, el cuello, la mandíbula, todo lo que tenía a mano. Cuando por fin me deslicé fuera, un hilo blanco cayó sobre la sábana antes de que ella se sentara rápido y se subiera de nuevo el bikini, apretando el coño con la mano.

—Esto que dejaste adentro es mío —dijo, medio en broma, medio en serio—. No lo quiero perder en la cama.

***

Nuestros amigos volvieron diez minutos después con dos packs de cervezas y una bolsa de hielo. Carolina entró al bungalow llamándonos.

—¡Mateo, Dani! ¿Dónde están?

Salimos de la habitación intentando parecer aburridos.

—Acá. Daniela perdió un arito y la estaba ayudando.

—¿Lo encontraron?

—Sí —dijo ella, levantando el arito de oro de la abuela, que en realidad no se había caído nunca.

Nadie hizo más preguntas. El resto de la tarde la pasamos en el porche, tomando cerveza tibia y mirando el mar. Empezamos a ser menos cuidadosos. Mi mano en su rodilla, su cabeza en mi hombro, los dedos cruzados sobre la mesa. En algún momento Carolina nos miró, sonrió y volvió a su charla. Creo que para entonces todos sabían algo, y eligieron no decir nada.

De noche habíamos dividido los cuartos por género: ellos en el grande, ellas en el más chico. Yo aguanté hasta las tres de la madrugada y bajé a la sala. Daniela ya estaba ahí, sentada en el sillón, con el bikini todavía puesto debajo de una camiseta mía.

—Sabía que ibas a venir —dijo, sin mirarme.

La levanté del sillón y la puse de espaldas, apoyada contra el respaldo, en cuatro. Ella entendió enseguida y arqueó el culo hacia atrás. Le bajé la parte de abajo del bikini y la encontré con la tela todavía manchada de lo de la tarde, con hilos blancos secándose entre los labios.

—No me cambié —explicó, y casi me caigo—. Toda la tarde estuve con tu leche adentro, primo. Sentí cómo me chorreaba por el muslo cuando volvimos de la playa.

Le pasé dos dedos por el coño y se los llevé a la boca. Ella los chupó despacio, mirándome por encima del hombro. Le apoyé la polla contra los labios de abajo y la fui empujando de a poco. Esta vez entró más fácil, ya conocía el camino. La embestí hasta el fondo y ella soltó un gemido corto que ahogó mordiendo el respaldo del sillón.

—Callada, Dani, que nos escuchan.

—Cogéme callada, entonces. Pero cogéme.

Esta vez fue más largo, más callado, más sucio. La tomé desde atrás, agarrándola de la cintura, viéndole el culo redondo bajar y subir contra mi vientre en cada embestida. Le pasé la mano por delante y le busqué el clítoris con el pulgar, sin dejar de cogerla. Ella empezó a temblar enseguida, apretándome la polla con espasmos, corriéndose contra el respaldo con la boca clavada en la tela para no gritar. Yo seguí, más lento, alargando todo lo que podía, agarrándole las nalgas, separándoselas para verme entrar y salir manchado de ella.

—Metémela más adentro —susurró—. Toda, primo, hasta el fondo.

—¿Así?

—Así. ¿Sabías que así es más fácil quedar embarazada? Llega más profundo. Así te llega hasta la panza.

—¿Y por qué me decís eso ahora?

—Porque quiero que termines igual. Adentro otra vez. Llenámela toda de nuevo, primo. Quiero irme a dormir chorreando.

La agarré del pelo con una mano y de la cintura con la otra y la cogí más fuerte, con embestidas que hacían crujir el sillón. Ella jadeaba contra la tela, apretándome el coño en cada envión. Cuando sentí que no aguantaba más, me hundí hasta el fondo y me vacié otra vez adentro, casi la misma cantidad que la primera vez, contra todo pronóstico, sintiendo los últimos chorros ir a parar bien profundo mientras ella temblaba debajo mío.

Nos derrumbamos en el sillón, yo todavía pegado a su espalda, con la polla todavía enterrada en el coño empapado, y nos quedamos dormidos así, con una manta vieja por encima.

***

El lunes volvimos a la ciudad y, en cuanto cada uno cruzó la puerta de su casa, todo recompuso una normalidad mentirosa. Tíos, almuerzos en lo de la abuela, primos. Pero por dentro éramos otra cosa.

A la semana siguiente la acompañé a la farmacia a comprar un test. Lo hicimos en su baño, con la puerta cerrada y los dos mirando el cronómetro del celular. Negativo. Nos abrazamos en silencio. Sentimos las dos cosas a la vez: alivio, porque empezábamos la universidad, y una decepción mínima, casi vergonzosa, que ninguno de los dos se atrevió a poner en palabras.

—Tenemos que cuidarnos —dije al fin.

—Sí.

No nos cuidamos. Estuvimos un mes más sin protección, corriéndome adentro cada vez que podíamos —en el auto, en el baño de la abuela mientras los grandes tomaban café, en su cama con los padres del otro lado del pasillo—, sabiendo que era una idiotez, hasta que ella entró en razón y fue al ginecólogo. Le pusieron un implante en el brazo, una varita pequeña que se sentía debajo de la piel y que se convirtió, durante años, en nuestro pequeño secreto compartido, el permiso para seguir vaciándome en su coño sin freno.

***

Ya pasaron varios años. Daniela y yo nos recibimos, ella de psicología, yo de ingeniería. Hemos tenido parejas, algunas bastante serias. Con ninguna repetí lo que tenemos. Con ellas siempre uso preservativo; con mi prima, nunca. Ni una sola vez en todos estos años. Termino siempre adentro suyo, es una regla privada que jamás he discutido con nadie, ni siquiera con ella.

De vez en cuando jugamos a otras cosas. Una vez, en un cumpleaños, intercambiamos pareja con otra: yo cogiéndome a la otra chica en un cuarto mientras escuchaba a Daniela gemir contra la polla ajena en el cuarto de al lado. Otra vez fuimos tres, con una amiga suya que la lamía a ella mientras yo se la metía a la amiga por atrás, y terminamos los tres corriéndonos encima de la cama. Ninguna de esas noches nos cambió. Siempre, antes de dormir, terminamos buscándonos a nosotros otra vez, ella pidiéndome que le llene el coño como el primer día.

No sé cómo se va a resolver esto. Sé que algún día voy a tener el coraje de decir en voz alta lo que ya sabemos: que la persona con la que crecí, la que me dio el primer beso a los quince y la primera noche a los dieciocho, va a ser también con la que termine. Que la abuela, si supiera, no lo perdonaría. Y que, aun así, no pensamos detenernos.

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Comentarios(7)

Lautaro_V

increible, de los mejores relatos que lei en este sitio. quiero mas!

NataliaBR

Por favor escribi la continuacion, me quede con ganas de saber que paso despues entre ellos. No me dejes asi jaja

ElProfe47

Me recordó a un verano de cuando tenia 19... no voy a dar detalles pero este relato me llegó. Muy bien escrito, de verdad.

MarisolZ

Que manera de escribir. Se siente tan real que da escalofrios

PabloCba87

Buenisimo! La tension que se va armando de a poco es lo mejor del relato. Hay segunda parte?

LectoraEnSombras

Hacia tiempo que no leia algo con tanta carga emocional. Cada párrafo te lleva de a poco sin apuros, se nota que sabes contar historias. Espero que sigas subiendo relatos, este me gusto mucho.

CokeGdl

jaja el verano que todos hubieramos querido tener. muy bueno compañero

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