Cuando mi hijastra casada llamó a mi puerta
Hacía casi cinco años que Marina se había marchado a Italia con una beca Erasmus, y otros tantos desde que volvió convertida en mujer adulta, prometida con Diego, un chico valenciano al que había conocido en la universidad. Después de la boda en la huerta levantina, las visitas a casa fueron cada vez más esporádicas, y la chiquilla que un verano lejano me había vuelto loco en la finca de mis suegros parecía haberse esfumado para siempre. Yo seguía con su madre, ya entrada en la menopausia, y aprendí a vivir con el recuerdo de aquel verano como quien guarda una postal vieja en un cajón.
Marina llamaba a su madre casi todas las noches. A veces hablaban una hora entera, y mi mujer colgaba con cara de preocupación que no me explicaba del todo.
—No es que se lleven mal —me dijo una tarde, frotándose la frente—. Diego la trata bien, eso sí. Pero algo le pasa a la nena.
Lo soltó días después, en la cocina, mientras pelaba patatas. Marina y Diego llevaban casi dos años intentando tener un hijo y nada. Habían empezado a hacerse pruebas. Mi mujer me lo contaba en voz baja, como si las paredes pudieran filtrar la noticia al resto de la familia. Yo asentía y trataba de no recordar lo fértil que había sido el coño de su hija aquel verano en la finca, cuando descargaba sin freno y de milagro no la dejé encinta.
Entonces llegó el congreso.
Eran tres días de mesas redondas en un hotel de la Avenida del Puerto, en Valencia, justo en la ciudad donde Marina y Diego habían acabado instalándose. Mi mujer no pudo acompañarme por motivos laborales, pero me hizo prometer que llamaría a Marina y le llevaría unos regalos. Quedé con ella sin pensarlo dos veces, convencido de que sería un café rápido en el vestíbulo y poco más.
El primer día y medio los pasé encerrado entre ponencias y entrevistas. La tarde del tercero llegué al hotel reventado, con la cabeza llena de gráficos y un dolor en los hombros que solo arreglaba el agua caliente. Me metí en la ducha veinte minutos largos, salí enrollado en una bata blanca y me tumbé sobre la cama deshecha, sin ropa interior debajo, con la idea de echarme una siesta hasta la cena.
Llevaba apenas diez minutos así cuando sonó el timbre.
Me incorporé fastidiado, sin paciencia para vestirme. Pensé que sería alguien del servicio de habitaciones equivocado de planta. Ajusté el lazo de la bata y abrí.
Era Marina.
—Sorpresa, papi —me dijo, apoyando un hombro en el marco—. Salí antes del trabajo para verte sin prisas.
Tardé un segundo en reaccionar. Llevaba una falda gris por encima de la rodilla, una blusa cruzada y una chaquetilla vaquera doblada en el brazo. Estaba más delgada que la última vez, con el pelo más corto, y se movía con esa seguridad que dan los años de vivir lejos. Pero seguía teniendo la misma sonrisa torcida del verano de la finca.
—Pasa, pasa, hija. Disculpa la pinta, acabo de salir de la ducha.
Cerró la puerta detrás de ella y dejó la chaquetilla sobre el respaldo de una silla. Pude ver, debajo de la blusa, el contorno preciso de sus pechos. Mi pulso hizo lo que no debía hacer.
Marina paseó por la habitación con la curiosidad de quien evalúa una casa ajena. Se asomó a la ventana, miró el contraluz del puerto, y al girarse se quedó parada delante del armario.
—Qué barbaridad de espejos —comentó. Recorrió con la mirada los dos paneles laterales y el grande del cabecero—. ¿Tan ostentoso es este hotel siempre, o pediste habitación con vistas a ti mismo?
Solté una risa nerviosa.
—Vinieron incluidos. Pero no te voy a mentir, son entretenidos.
—¿Entretenidos para qué, papi? ¿Para verte aquí solo, o para acompañarte cuando te traes a alguien?
Lo dijo sin perder la sonrisa, paseando los dedos por el borde de la cómoda. Sentí cómo se me secaba la boca.
—Para verme a mí —contesté, sosteniéndole la mirada—. Aunque ahora tengo compañía.
Marina entornó los ojos y volvió a apoyarse, esta vez en el marco del baño. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en la apertura de la bata.
—Espera, espera. ¿No me irás a decir que estás desnudo debajo de esa bata?
No contesté. Hacía décadas que había aprendido cuándo el silencio decía más que cualquier palabra. Marina lo entendió enseguida. Le subió el color a las mejillas, se tocó el cuello, miró hacia la puerta y luego volvió a fijar la vista en mi cara.
—Bueno —murmuró—. Mejor me voy. No debí venir sin avisar.
Recogió la chaquetilla con un gesto rápido. Yo me acerqué dos pasos, le toqué los brazos con suavidad y la giré hacia mí.
—Marina, no te vayas.
***
Se quedó quieta. La tenía tan cerca que olía el perfume nuevo, distinto al que usaba de adolescente. Me costó reconocer en ese cuerpo a la chica flaca a la que había enseñado a montar en una finca de Extremadura nueve veranos atrás. La diferencia, aun así, no me detuvo.
—Sigues siendo preciosa —le dije bajito—. No has cambiado nada.
Ella bajó la mirada.
—Papi, soy una mujer casada. Con marido y todo.
—Lo sé. Pero todavía me acuerdo de aquel verano. ¿No me digas que tú no?
Se le agitó la respiración. Le solté un brazo y le pasé los nudillos por la mandíbula. No se apartó.
—Aquello fue un error —susurró.
—No lo fue. Lo decidiste tú. Te corriste con mi polla dentro más veces de las que ninguno de los dos puede contar.
Cerré la distancia y la besé en los labios. Marina respondió tarde, como quien recupera un idioma olvidado, primero seca y luego abriendo la boca. Le bajé la mano por la espalda hasta la curva de la cintura. La bata se me aflojó. Por la abertura, sin que yo lo planeara, su muslo rozó el mío. Notó perfectamente lo que había debajo.
Apartó la cara un segundo y miró hacia el suelo.
—La sigues teniendo… enorme.
—Hace una semana que no descargo. Tu madre apenas tiene ganas últimamente.
—Una semana —repitió. Tragó saliva, y por primera vez en años volví a verla con esa expresión que sí recordaba de la finca: medio asustada, medio hambrienta.
La conduje hasta el borde de la cama. Me senté yo primero y la atraje para que se acomodara a horcajadas sobre mis muslos. Le solté el botón de arriba de la blusa, luego el siguiente, y le abrí la prenda como quien abre un sobre. El sujetador era de encaje crema. Le pasé los pulgares por encima del tejido hasta que se le marcaron los pezones, y entonces lo desabroché. Sus pechos no eran grandes, pero tenían esa firmeza juvenil de las mujeres que no han parido, y se levantaban un poco hacia arriba con cada respiración.
—Papi… —jadeó cuando le metí uno entre los labios.
Le subí la falda y le aparté el hilo de la tanga hacia un lado. Estaba empapada. Le pasé los dedos por la raja sin entrar, solo recorriendo el largo de los labios, y Marina se hundió un poco más sobre mis muslos. Quise sentirla. Tiré del cinturón de la bata y la dejé caer sobre la cama. Cuando ella vio mi polla erguida entre los dos cuerpos, soltó un quejido contenido.
—Madre mía. No me va a entrar.
—Te entró una vez. Te volverá a entrar.
Le tomé la mano y se la guie hasta la base. Marina cerró los dedos como si reconociera un objeto antiguo. Subió la palma despacio, midiendo el grosor, y bajó hasta los testículos. Los pesó con cuidado, como si verificara una cantidad.
—Los tienes llenos —dijo, mirándome con los ojos brillantes.
—Te lo dije.
—Papi, espera. Yo… no estoy protegida. Diego y yo estamos intentándolo.
La frase me dejó suspendido un segundo. Me la había imaginado de mil maneras durante el camino al hotel, pero no preñada de mí. La idea, lejos de detenerme, me hizo todavía más bruto.
—¿Estás en días fértiles?
—No lo sé exacto. Hace poco más de una semana que me bajó.
—Pues ya está. No es tu ventana.
Lo dije sin tener ninguna seguridad. Y por la cara de Marina, ella tampoco la tenía. Aun así no se bajó. Siguió apretando mi polla entre los dedos, mirando hacia los espejos laterales, donde se veía a sí misma sentada sobre un tipo el doble de grande que ella, con la blusa abierta y la falda subida hasta la cadera.
—Esta imagen es… —murmuró sin terminar la frase.
—Móntalo, Marina. Como aquella vez.
Le sujeté las caderas con las dos manos y la levanté unos centímetros. Ella misma se acomodó sobre la punta, frotándose primero sin meterla, mojando el glande con sus propios fluidos. Cuando por fin se dejó caer, paró a medio camino. Apretaba la mandíbula como si le quemara.
—Me rompes, papi.
—Respira. Estás muy estrecha.
—Diego no es así de gordo.
Bajé la cabeza para chuparle un pezón mientras esperaba. Sentí cómo sus paredes cedían poco a poco. Tiré despacio de ella hacia abajo y, sin previo aviso, la empujé del todo. Marina chilló contra mi cuello. Mis muslos chocaron con sus nalgas. Estaba dentro hasta la base.
Se quedó así, sin moverse, abrazada a mis hombros, respirando agitada. Le acaricié la espalda y la besé en la sien.
—Ya está. Lo peor pasó.
Asintió, todavía sin abrir los ojos. Pasaron unos segundos largos hasta que noté cómo su pelvis empezaba a girar. Primero pequeños círculos. Después un movimiento más amplio, deliberado, como si recordara las instrucciones de aquel verano en la finca. Yo no me moví. Quería que fuera ella la que decidiera el ritmo.
Marina abrió los ojos y miró hacia los espejos.
—Estoy montándote, papi —dijo en voz baja, casi para sí.
—Eso es. El caballo es tuyo.
Empezó a subir y bajar despacio. Cada vez que bajaba se sentaba del todo, y soltaba un quejido pequeño. Yo le pasaba las manos por los pechos, por la curva de la cintura, por las nalgas, y la dejaba marcar el ritmo. Vi en los espejos cómo se le marcaban los músculos del muslo, cómo se le erizaban los pezones, cómo el pelo se le pegaba a la nuca por el sudor. Llevaba años imaginando esta escena y la realidad la estaba enterrando.
Tardó poco en correrse. Se aceleró sola, agarrada a mis hombros, y cuando el orgasmo le llegó, se sentó del todo sobre mí y se apretó con todo el cuerpo. Sentí cómo su vagina me estrangulaba la polla por dentro. Estuvo así un minuto entero, temblando, sin soltarme. Después se desplomó contra mi pecho.
—Joder, papi —jadeó cuando recuperó la voz—. No me había corrido así en años.
—Lo sé. Te conozco.
***
La acosté boca arriba en la cama, le abrí las piernas y le di unos lametazos cortos en la entrepierna. Marina dio un respingo, demasiado sensible todavía. Me incorporé y me coloqué entre sus muslos. Esta vez entré sin resistencia. La penetré despacio al principio, dejando que ella sintiera todo el recorrido, y poco a poco aceleré. Le sujeté las muñecas contra el colchón, por encima de la cabeza, y me apoyé con todo el peso. Marina arqueó la espalda.
—Vas a romperme —dijo, pero sin retirar la cara.
—Quiero verte correrte otra vez.
Le bombeé con fuerza durante un buen rato. Cada empujón le sacudía los pechos, y los espejos del cabecero me devolvían su cara contorsionada, los labios húmedos, los ojos cerrados. Cuando la sentí venirse por segunda vez, ya no la solté. Aguanté las contracciones y la seguí clavando.
Pero los dos sabíamos hacia dónde iba la cosa. Me retiré antes de descargar, le di la vuelta y la puse a cuatro patas en el centro de la cama. Marina obedeció sin discutir. Le abrí las nalgas con los pulgares y volví a meterla del todo. Esta vez le tomé las caderas con las dos manos y empecé a embestir a ritmo de animal.
—Papi —jadeó después de unos minutos—. Sal. Sácala antes de correrte.
No contesté. Llevaba demasiado tiempo aguantando para hacerle caso. Apreté la mandíbula, aceleré los últimos golpes y dejé que el orgasmo me alcanzara con la polla enterrada hasta el fondo. Solté la primera descarga contra su cuello uterino, larga y caliente. Después la segunda. Después una tercera que me dejó tiritando.
Marina notó el calor. La sentí ponerse rígida bajo mis manos.
—Lo estás haciendo —murmuró—. Dios mío, lo estás haciendo dentro.
Me quedé clavado un rato más, sintiendo cómo los últimos espasmos vaciaban lo acumulado. Después salí despacio. Vi cómo un hilo blanco le caía por la cara interna del muslo, brillando bajo la lámpara de la mesita.
Marina se dejó caer de lado, todavía recuperando el aire. Me tumbé a su espalda y la abracé. No habló durante un par de minutos. Después, sin girarse, dijo:
—Si me has dejado embarazada…
—Pensábamos que estabas en días seguros.
—Pensabas tú. Yo dije que no estaba protegida.
—Lo sé.
—Diego va a saber que el hijo no es suyo, papi. Llevamos meses sin que nada cuaje.
Me quedé callado. La besé en el hombro y le pasé la palma por el vientre.
—Diego no va a saber nada que no le quieras contar tú.
Marina cerró los ojos. Le tembló la barbilla un poco. Le acaricié el pelo hasta que se durmió media hora, y cuando se despertó se metió en el baño, se duchó largo y volvió a salir vestida como había llegado. Recogí del armario los regalos de su madre y se los puse en una bolsa.
Antes de salir, se paró en la puerta.
—¿Cuándo te vas?
—Pasado mañana por la tarde.
Marina se mordió el labio, miró al suelo y volvió a levantar la cara.
—Igual mañana puedo escaparme un rato.
—Te espero a la misma hora.
Me dio un beso rápido en la comisura y se marchó. Cerré la puerta y me apoyé contra ella, escuchando cómo el ascensor bajaba con ella dentro. Volví a la cama deshecha, miré las sábanas manchadas y me di cuenta de que no me importaba nada lo que decidiera contarle a Diego. Esa era su pelea, no la mía. Lo único que tenía claro, mientras me dejaba caer otra vez sobre el colchón, es que al día siguiente iba a estar esperando a que llamaran al timbre.