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Relatos Ardientes

El intercambio que mi marido pactó con mis padres

Damián tardó tres copas en decirlo en voz alta. Quería un intercambio, pero no con desconocidos ni con amigos de la oficina. Quería que yo me acostara con mi padre y él con mi madre. Lo planteó como si me ofreciera un viaje a la costa, sin levantar la voz, mirándome por encima del borde de la copa.

La verdad es que la idea había salido de mí, en susurros, en noches en las que una se permite decir lo que no debería. Mi padre llevaba años mirándome como no mira un padre. Mi madre seguía siendo Carmen, esa mujer de cincuenta y pocos que entraba a cualquier sitio y obligaba a girarse a media sala. Damián había escuchado mis confesiones con paciencia, y un día decidió convertirlas en plan.

Hablamos con mis padres por separado. Aceptaron. Se acordó que mi padre vendría primero a nuestra casa, con Damián delante al menos al principio, porque yo no me veía capaz de mirarlo a los ojos a solas. Después, otra tarde, mi marido iría a la suya.

Lo que sigue es lo que cada uno contó al volver a su cama esa noche.

***

(Lo que él me contó después, al volver a su casa.)

Me cambié tres veces antes de salir. Camisa azul, después gris, después la blanca con los puños vueltos. Mi mujer me miraba apoyada en el marco del dormitorio, divertida y muerta de nervios a partes iguales.

—Te queda mejor la gris —dijo al final—. Y vuelve con detalles. Quiero saberlo todo.

Llegué al portal de mi hija con un nudo en la garganta y un calor incómodo más abajo. Llevaba toda la tarde imaginando escenas, descartándolas, imaginando otras peores. Cuando Mariela abrió la puerta, perdí el hilo de todas.

Llevaba una blusa beige abierta hasta el segundo botón y una falda negra que terminaba bastante por encima de la rodilla. La había visto vestida así mil veces, pero nunca con esa intención debajo. Me dio un abrazo de bienvenida, me miró un segundo a los ojos y se puso roja como una niña que ha hecho una travesura. Me derritió.

Damián salió del salón, me sirvió un whisky sin preguntar y nos sentó en el sofá grande. Hablamos de tonterías durante un rato largo. Del coche, del tiempo, del partido del domingo. Mariela se reía un poco más fuerte de lo necesario, yo asentía más de la cuenta. Damián, paciente, fue dejando caer el tema poco a poco hasta que en una pausa cualquiera la miró y le dijo:

—¿Quieres ir a cambiarte, cariño?

Volvió diez minutos después con un conjunto de encaje azul, ligas incluidas, y los pies descalzos. Me levanté sin darme cuenta. Le rocé la cintura para hacerla girar y verla entera. Le dije que estaba preciosa, una palabra que se quedó corta. Se pegó a mí, levantó la cara, y la besé. La besé sin pensar, despacio, como si llevara años ensayándolo.

Algo se rompió dentro de ella en ese beso. La niña vergonzosa desapareció y apareció otra Mariela que yo no conocía. Me empujó contra el sofá, me sentó, se acomodó entre los dos hombres con las piernas abiertas. Besó a Damián mientras yo le acariciaba el muslo desde la rodilla hasta el límite de la liga. Le bajé el sujetador. Me miró por encima del hombro.

—¿Te gustan, papi? —preguntó.

—Son preciosas, hija.

—Son tuyas. Tú ayudaste a hacerlas, así que tienes derecho a disfrutarlas.

Esa frase me cortó la respiración. Bajé la boca al pezón. Mi mano siguió bajando hasta encontrar un encaje empapado y, debajo, una piel completamente lisa y caliente. Mariela se arqueó. Damián, a su lado, le sostenía la nuca y la besaba con la calma de quien sabe que la noche es larga.

Al rato ella se levantó, se quitó las braguitas y se tumbó en el sofá, abierta. Me llamó con un gesto. Me arrodillé entre sus piernas y bajé despacio. La oí gemir, agarrarme del pelo, susurrar palabras que un padre no debería escuchar de su hija. En algún momento dejó de gemir tan alto y, cuando levanté la vista, vi que Damián le había puesto la suya en la boca. Mariela movía la cabeza y las caderas en dos ritmos distintos. Se corrió contra mi lengua sin avisar, mordiéndose el brazo para no gritar.

Nos pidió ir a la cama. En su dormitorio nos colocó a cada uno donde quería tenernos: Damián apoyado en el cabecero, ella entre sus piernas, yo encima de ella. Me llamó otra vez papi.

—Venga, papi, ¿a qué esperas? Desnúdate y entra de una vez. Te necesito dentro.

Esa palabra, en esa boca, en ese momento, me dejó sin defensas. Me desnudé como un adolescente, torpe, y me coloqué entre sus piernas. Ella me guio con las manos, abrió los labios con dos dedos.

—¿Estás segura, Mariela? Después de esto no hay vuelta atrás.

—Sí, papi. Llevas mucho tiempo deseándolo y yo también. Hazlo.

Entré despacio. Sentí cada pliegue, cada milímetro. Mariela soltó un gemido largo y abrió los ojos para mirarme mientras yo desaparecía dentro de ella. Damián le sostenía la cara desde arriba, en silencio. Empecé a moverme con calma, con cariño, mirándola a la cara, escuchando cómo respiraba más rápido. Su piel olía a algo que no era el perfume habitual, algo más espeso.

Tuvo un primer orgasmo casi enseguida. Me pidió cambiar de postura. La puse a cuatro patas, le agarré las caderas y la embestí más fuerte, como me pidió. Quería sentirse, dijo, la hembra de su hombre. Mientras yo entraba y salía, ella le hacía una felación a Damián con la boca llena de saliva y sonidos roncos.

No pude aguantar más. Le avisé que iba a correrme. Ella sacó a Damián de su boca y, con la voz quebrada, dijo:

—Sí, papá. Hazlo. Córrete dentro del coño de tu hija.

Y empezó a moverse contra mí buscando el final. Me acerqué a su nuca y le susurré que la iba a preñar. Entre esa palabra y el modo en que ella se apretó, terminé en su interior hasta quedarme seco. Se rió, se quedó quieta un instante y volvió a la boca de Damián para terminar lo que había empezado.

Estuvimos unas cuantas horas más. Damián nos dejó solos un rato y mi hija se subió encima de mí en silencio, sin preámbulo, con esa cara de niña buena que tiene. Más loba que su madre, me dije, y me dio vergüenza pensarlo. Cada vez que me corrí dentro me confesaba que pensar en estar embarazada de mí la encendía como nada. Volví a casa a las tantas, con el corazón desbocado y la convicción de que esto no era un capricho de una tarde.

***

(Mi tarde, contada por mí.)

La cena la tenía lista desde las seis. Damián había puesto la mesa con las copas buenas y dos velas blancas, como si fuera un aniversario. Yo me reía sola en la cocina, nerviosa, repasando lo que iba a decir y borrándolo cada cinco minutos.

Mi madre llegó puntual. Carmen entró con un vestido azul cruzado en el pecho, los labios pintados de un rojo discreto y esa sonrisa de cómplice que ponen las mujeres seguras cuando saben que las miran. Nos saludamos como siempre, beso en la mejilla, abrazo corto. Notó que me temblaba la mano cuando le serví la primera copa, pero no dijo nada.

Cenamos charlando. Damián, que sabe llevar bien estas cosas, hablaba del trabajo, de los planes del verano, de lo que sea con tal de aflojar el aire. Tres copas después, cuando vi que mi madre se reía con la espalda apoyada en el respaldo, le solté de golpe:

—Mamá, desde hace tiempo te pienso de un modo que no debería. Esta noche no me importa que lo sepas.

Ella levantó la vista. No apartó los ojos. Se puso un poco roja en el cuello, esa zona que delata. Damián aprovechó para inclinarse hacia ella:

—¿Te apetece pasar al salón, Carmen? Creo que entre los tres podemos hacerte feliz esta noche.

Mi madre dudó dos segundos exactos. Después se levantó, agarró su copa y caminó delante de nosotros. Yo me dejé caer en el sillón cercano para mirarlos. Damián se sentó en el sofá y le pidió que se sentara encima. Carmen obedeció, despacio, subiéndose la falda lo justo. Empezó a moverse sobre él con una lentitud que no había imaginado en mi madre.

Yo les iba contando en voz baja lo que estaba viendo, lo que me gustaba, cómo había soñado esa escena. Damián sacó su pene por encima de la ropa y mi madre, sin pedir permiso, se inclinó y le besó la punta como quien prueba un postre. Después se lo metió en la boca casi entero. Damián cerró los ojos y soltó un gemido ronco que la animó a apretar más fuerte.

Mi pulso galopaba. Me acerqué al sofá. Mi madre se incorporó y, mirándome, se quitó la blusa y dejó al aire un pecho mucho más firme de lo que la edad debería permitirle. Le acaricié la mandíbula y la besé. Fue raro el primer segundo y dejó de serlo al siguiente. Damián nos miraba apoyado en el respaldo, dejándonos espacio.

Cuando volvió a entrar en escena, lo hizo dándole la vuelta y colocándose entre sus piernas en el sofá. Carmen se corrió contra él casi enseguida, como si llevara meses guardándolo, las uñas clavadas en sus hombros, la boca contra mi cuello. Damián salió de ella muy despacio.

Yo me bajé del sofá y me puse en cuatro patas en la alfombra, frente a mi madre, para seguir besándola desde abajo mientras le acariciaba el clítoris y sentía allí la mezcla de los dos. Damián se colocó detrás de mí y me penetró. Yo no dejé de mirar a mi madre a los ojos en ningún momento. Sentí una cosa rarísima, una cosa que no tiene nombre, mitad ternura mitad excitación a punto de romperse.

Vi en la cara de Damián que estaba a punto. Le aparté las manos de mis caderas, le pedí que parara y le dije al oído que se corriera dentro de mi madre. Carmen abrió las piernas en el sofá sin decir nada. Damián entró hasta el fondo y, en cinco golpes, terminó dentro de ella. A mí me bastó con mis dedos para correrme al verlo.

Después me arrodillé entre sus piernas y la limpié con la boca, lentamente, hasta que Carmen tuvo su segundo orgasmo de la noche. Cuando levanté la cara, Damián ya se había recuperado y le había puesto su pene en la boca a mi madre. La sujetaba con las dos manos por la nuca y se movía con una autoridad que en la cama de nuestra casa no le había visto nunca.

Le dio la vuelta. Carmen entendió, se puso a cuatro apoyada en el reposabrazos, y Damián la embistió desde detrás, agarrándola fuerte. Mi madre gritaba como una mujer treinta años más joven. Tuvo un orgasmo larguísimo hasta que Damián se vació en ella por segunda vez aquella noche.

—Ahí va más, suegrita —dijo, riéndose entre el gemido.

Nos derrumbamos los tres en el sofá. Carmen, todavía con la respiración rota, me acarició la mejilla y me preguntó si me había gustado más estar con ella o con mi padre. Le contesté lo único honesto que tenía:

—Contigo siento algo más profundo, casi raro. Con papá hay otra cosa, más bruta. No quiero elegir.

Mi madre se rió, le dio un puñetazo flojo a Damián en el costado y dijo que estaba orgullosa de mí. Después, mientras se vestía, se acercó a mi oído y, con la calma de quien promete algo serio, me susurró que su casa estaría abierta cuando yo quisiera volver. Sonreí y le aseguré que volvería.

Esa noche entendí algo que llevaba meses intuyendo. El cariño puede tener muchísimas formas, y yo no tenía ninguna intención de seguir poniéndoles nombre.

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