Mi prima me llevó a su casa después de la fiesta
Hacía casi cinco años que no veía a Camila. La última imagen que tenía de ella era la de una adolescente flaca, con frenillos, que se reía de cualquier cosa. La mujer que entró aquella tarde al patio de mis tíos era otra cosa: tacos bajos, un vestido verde que le marcaba la cintura, el pelo recogido y dos hijos colgados de su cartera.
—Pero mirá quién apareció —dijo, dejando los regalos sobre la mesa larga—. ¿Vos no te acordás de tu prima preferida?
Le sonreí más por inercia que por ganas. Era el aniversario número cuarenta de mis tíos, y la familia entera se había metido en esa casa de barrio que olía a empanadas y a humo de parrilla. Yo no quería estar ahí. Hacía un mes que había dejado un departamento, una pareja y la mitad de mi vida cotidiana, y me había prometido aguantar el almuerzo sin que se me notara demasiado.
—Claro que me acuerdo —contesté—. Estás distinta.
—Tres partos y un divorcio —dijo, levantando una copa vacía—. Eso le hace eso a cualquiera.
Se rió como antes, con esa carcajada corta y nasal que me devolvió a los veranos en la quinta de la abuela. Camila siempre había sido la prima graciosa, la que se animaba a tirarse a la pileta con la ropa puesta y a contarle a la abuela los chismes que nadie quería contar. La que decía lo que se le cantaba sin filtros y sin pedir permiso.
—¿Y vos qué? —me preguntó después, mientras los grandes pedían el postre—. Veo que no subís nada con nadie. ¿No tenés a ninguna mujer dando vueltas?
La pregunta me agarró desprevenido. La hizo en voz baja, casi confidencial, como si supiera que el resto de la mesa no era el lugar para esa conversación.
—Es complicado —dije, sin agregar nada más.
Me miró un segundo de más. No me creés nada, pensé. Pero no insistió. Cambió de tema con la naturalidad de siempre, le robó un pedazo de torta a uno de sus hijos y se rió cuando el chico protestó.
***
A las once de la noche la fiesta se había desarmado a medias. Los tíos jubilados ya estaban en pijama, los más chicos dormían en los sillones y mi mamá empezó a juntar bandejas como si la casa fuera suya. Camila salió al frente con el bolso colgado del hombro.
—¿Alguien lleva a esta señora hasta su barrio? —preguntó al aire, con tono de broma.
—Yo —dije casi sin pensar—. Te queda de paso.
No me quedaba de paso. Vivía del otro lado del puente y tendría que cruzar la ciudad para volver a mi casa. Pero algo en su voz, o tal vez el cansancio de la noche, me hizo ofrecerme antes de razonar.
Subió al auto y bajó la ventanilla. El aire de la avenida traía olor a tierra mojada y a humo de las parrillas del barrio. Hablamos poco durante el viaje. De los hijos, del trabajo de ella en una clínica, de cómo había cambiado la zona. Cuando frenamos frente a su edificio, no abrió la puerta enseguida.
—¿Querés subir un rato? —dijo, mirando hacia adelante—. Los chicos están con el padre. La casa está vacía y todavía no tengo sueño.
Tendría que haber dicho que no. Sabía que tendría que haber dicho que no. Pero llevaba un mes durmiendo poco y mintiendo bien, y la idea de volver a un departamento que ya no sentía mío me pesó más que cualquier prudencia.
—Un rato.
***
El departamento era chico y ordenado, con esa mezcla de juguetes y velas aromáticas que tienen las casas de las madres separadas. Camila prendió una lámpara de pie y dejó el bolso en el sillón.
—¿Tomás algo?
—Lo que tengas.
Volvió de la cocina con una botella de fernet a medio empezar y una de coca. Sirvió dos vasos sin medir, como hacía siempre, y se sentó frente a mí en el sillón en L. Puso una serie en la tele que ninguno de los dos miró. La pantalla iluminaba la sala de un azul frío que me hacía acordar al pasillo del colegio.
—Bueno —dijo, después del segundo trago—. ¿Me vas a contar qué te pasa o vas a seguir poniendo cara de cordero degollado?
—No tengo cara de nada.
—Tenés una cara que la conozco desde que tenías diez años. Algo te tiene mal.
La miré. Es mi prima. Es mi prima Camila, pensé. Pero esa frase me sonó vacía, como una etiqueta puesta sobre una persona que no encajaba con la etiqueta. Tenía treinta y cinco años, una vida hecha y deshecha, dos hijos en otra casa esa noche y una manera de mirar que no era la de ninguna prima.
—Me dejaron —solté—. O dejé yo. No estoy seguro.
—¿Hace cuánto?
—Un mes y dos semanas.
—Y vos no se lo contaste a nadie.
—No.
Apoyó el vaso en la mesa y se acomodó más cerca, no encima de mí pero sí lo bastante cerca como para que sintiera el perfume y un dejo de fernet en su aliento. No dijo nada durante un rato largo. Después estiró la mano y me la apoyó en el antebrazo.
—Yo te conozco. Y sé que esto no es lo peor que te pasó. Pero no tenés que hacerte el fuerte conmigo.
Me quedé quieto. No me animé a moverme porque cualquier movimiento iba a empujarme en una dirección o en otra. La serie seguía hablando sola en la tele. Afuera ladró un perro. Adentro había un silencio que pesaba.
—Gracias —murmuré.
Se acercó un poco más y me abrazó. Fue un abrazo de prima, al principio. De los que se dan cuando alguien se entera de algo triste. Pero duró más de lo que dura un abrazo de prima. Sentí la nuca cálida bajo mi mano, el latido de su cuello contra mi pulgar, el respirar lento que se le iba acelerando sin pedir permiso. Cuando se me apoyó contra el pecho, las tetas se le aplastaron contra mí a través de la tela del vestido y de mi remera, y las sentí llenas, pesadas, más grandes de lo que un abrazo de prima permite registrar sin quemarse.
***
Cuando nos separamos lo justo, nos miramos demasiado cerca. Tenía los ojos brillantes, no por las lágrimas, por otra cosa.
—Esto está mal —dije.
—Ya lo sé.
—En serio, Camila.
—Ya lo sé. Pero no me quiero levantar de acá.
La besé yo. No sé si fue una decisión o si fue lo único que mi cuerpo sabía hacer en ese momento. Tenía los labios secos por el alcohol y se le abrieron despacio. El primer beso fue corto, casi una pregunta. El segundo fue una respuesta, con lengua, buscándome adentro de la boca como si tuviera hambre acumulada de años. Para el tercero ya tenía una mano apoyada en su cintura y la otra en su nuca, y ella había soltado mi remera para meter los dedos por dentro y clavarme las uñas cortas en la espalda baja.
—Sos mi prima —dije contra su boca, como si hablar lo cambiara.
—Sí.
—No deberíamos.
—No.
Y nos seguimos besando. Le bajé la mano por el escote y le apreté una teta por encima del vestido. Camila gimió corto en mi boca, un ruido ronco que le salió sin control, y me mordió el labio de abajo. Le sentí el pezón endurecido a través de la tela del corpiño y se lo apreté con dos dedos hasta que ella dobló la espalda.
—Puta, primo —murmuró—. No me hagas esto acá en el sillón.
Me llevó de la mano hasta el cuarto, con la lámpara del living todavía prendida y la tele murmurando para nadie. La pieza estaba a media luz, con una lamparita sobre la mesa de noche y una colcha tendida sin entusiasmo. Había una remera de uno de los hijos en el suelo y eso, por un segundo, me hizo dudar de todo. Camila la pateó debajo de la cama sin decir nada y se sacó el vestido por la cabeza.
***
No tenía el cuerpo de la chica que yo recordaba. Tenía el cuerpo de una mujer que había parido tres veces, con una cicatriz blanca cruzando el bajo vientre y unas tetas más grandes y más blandas que en las fotos viejas, con los pezones oscuros y anchos, marcados por los embarazos. Y, sin embargo, era el cuerpo más vivo que había visto en mucho tiempo. Las caderas anchas, las piernas firmes de tanto correr atrás de los chicos, los hombros pecosos por los veranos, la bombacha negra hundida entre las nalgas llenas.
—Mirame —dijo, cuando me quedé quieto.
La miré. La miré entera. Le miré las tetas caídas y perfectas, el vientre con la línea vertical y la cicatriz, el triángulo de la bombacha que ya tenía una mancha húmeda en el medio.
—No te pongas serio.
—No me estoy poniendo serio. Es que…
—Después pensamos. Ahora no.
Me sacó la remera y me empujó suave hasta que me senté en el borde de la cama. Me abrió el jean, me bajó el bóxer justo lo suficiente y me sacó la pija afuera. La tenía dura desde el sillón. Se la quedó mirando un segundo, como calculando algo, y después se rió bajito con la misma risa nasal de la mesa.
—Mirá vos —dijo—. Mi primito.
Se arrodilló entre mis piernas antes de que yo pudiera decir nada. Me tomó la verga con la mano derecha, me la apretó desde la base, y me pasó la lengua entera desde los huevos hasta la punta, despacio, sin cortar el contacto. Después abrió la boca y me la metió toda de golpe. Sentí la garganta caliente, sentí el paladar, sentí la lengua apretándose contra la base de la pija mientras ella tragaba y volvía a subir.
—Camila —dije, con la voz rota—. Camila, mierda.
Chupaba con los ojos cerrados, con las dos manos ahora, una en la base de la pija y la otra en mis huevos, moviéndome la piel del prepucio con la boca, dejando hilos de saliva que le caían por el mentón. La cabeza se le movía rápido, después lento, después rápido otra vez. Cuando levantó la cara para respirar, tenía los labios rojos, hinchados, brillantes.
—Hacía mil años que no chupaba una pija —dijo, con la mano todavía trabajándome—. Me olvidé lo que era.
—Vení acá.
—No, esperá.
Volvió a bajar la cabeza y me la chupó hasta el fondo tres veces seguidas, con arcada y todo, ahogándose apenas, la nariz clavada contra mi vientre. Le puse la mano en la nuca sin apretar, solo para sostenerle el pelo recogido que se le estaba desarmando. Cuando sentí que se me iba a escapar, la levanté yo.
—Parás o me corro en tu boca en dos segundos.
—Después —dijo, con una sonrisa torcida—. Después.
Se paró, se sacó la bombacha empapada dejándola caer en el suelo, y se me sentó encima abrazándome el cuello. La tenía chorreando. Le pasé dos dedos por el coño y me los sacó brillando, se los llevó a la boca sin dejar de mirarme y los chupó con la misma calma con la que había tomado el fernet.
—Puta madre —murmuré.
La besé en la boca, después en el cuello, después en el hombro, donde tenía un lunar grande que no recordaba. Le mordí el lóbulo de la oreja. Le agarré las dos tetas de una vez, las levanté, se las apreté hasta que se le escapó un quejido corto, y le chupé un pezón hasta que se le puso duro como una piedra en mi lengua. El otro se lo pellizqué con la mano libre. Camila arqueó la espalda y se me refregó el coño mojado contra la panza, dejándome un rastro caliente que me llegó hasta el ombligo.
Después la risa se cortó.
Me hundí en su cuello mientras le pasaba la mano abierta por el culo, todo el culo, desde la cintura hasta el pliegue, apretándolo con los dedos. Ella se levantó apenas sobre las rodillas, agarró mi pija con la mano y se la puso en la entrada del coño. Se quedó ahí un segundo, mirándome a los ojos, con la punta apenas metida.
—Decilo —dijo.
—¿Qué?
—Decilo. Decime qué somos.
—Primos.
—Primos.
Y se dejó caer entera. Se me clavó hasta el fondo de golpe, sin respirar, con un gemido largo y sucio que le salió desde adentro, y sentí cómo el coño se le cerraba alrededor de la verga como un puño caliente y mojado.
***
Lo hicimos despacio al principio, casi con miedo. Como si los dos esperáramos que el otro frenara y nos diera la excusa para parar. Pero ninguno frenó. Camila se movía arriba mío en círculos lentos, apoyada con las dos manos en mis hombros, la boca abierta, las tetas balanceándose contra mi cara. Yo se las agarraba, se las apretaba, se las chupaba una y otra vez. Le mordí un pezón hasta que me dijo que la más despacio y me clavó las uñas en la espalda.
—Así —susurraba—. Así, así, así.
Cuando estuve del todo adentro y ella se acostumbró, cuando el coño se le abrió del todo alrededor de la pija y empezó a mojarme los huevos, empujé de abajo hacia arriba con las caderas. Ella me pidió al oído algo que no llegué a entender bien pero que sonó a «no pares».
No paré.
Me moví adentro de ella mirándola a los ojos, y eso fue lo que más me quemó: que no cerrara los ojos, que me sostuviera la mirada como si quisiera asegurarse de que era yo. Ella sabía. Yo sabía. Y aun así no apartamos la cara. La embestí desde abajo con toda la pelvis, marcando un ritmo que la hacía saltar sobre mí, y cada vez que la pija le entraba hasta el fondo se le escapaba un gemido corto y agudo que no se parecía en nada a la risa nasal de la mesa.
—Más fuerte —pidió, después de un rato—. No me voy a romper. Cogeme fuerte, primo. Cogeme como si no fuera tu prima.
La di vuelta. La agarré de la cintura y la tiré boca abajo sobre la cama, y le levanté el culo tirándole de las caderas. Quedó con la cara contra la almohada, los brazos abiertos, la espalda arqueada, las nalgas separadas y el coño abierto brillando en la media luz de la lamparita. Le vi el agujero del culo, chiquito y prieto, y también las gotas que le caían del coño hasta la sábana.
Le escupí en la raya, le pasé el pulgar por el ojete apretándolo apenas, y me metí de nuevo en el coño de una sola vez. Ella gritó contra la almohada.
—Ahí —dijo, ahogada—. Ahí, ahí, no me sueltes.
Le tomé la cintura con las dos manos y me la llevé contra la pelvis con un movimiento que no fue tierno. Le entraba entera cada vez, la pija bajando y subiendo por el coño con un ruido húmedo, obsceno, que se mezclaba con la respiración cortada de ella y con el crujido de la cama contra la pared. La lamparita tembló sobre la mesa. Le agarré una teta desde atrás, se la apreté hasta que gimió más fuerte, y con la otra mano le tiré del pelo lo justo, sin lastimarla. La cabeza se le fue para atrás y ella levantó la cara y se rió con una risa rara, mitad placer mitad incredulidad.
—No puedo creer que esto esté pasando —dijo.
—Yo tampoco.
—No puedo creer que me estés cogiendo, primo. No lo puedo creer.
—Callate.
—Cogeme más fuerte y me callo.
La cogí más fuerte. Le apoyé una mano abierta entre los hombros y la hundí contra el colchón, y la embestí con todo el cuerpo, cada golpe de pelvis contra su culo sonando como una palmada. Ella empezó a temblarme adentro, el coño le empezó a apretar en oleadas, cada vez más rápido, cada vez más chico. Se llevó una mano abajo, entre las piernas, y se tocó el clítoris con dos dedos mientras yo la cogía. Los sentía moverse contra mis huevos cada vez que entraba.
—Me voy a correr —dijo, con la boca contra la almohada—. Me voy a correr, primo, me voy a correr.
—Corrête.
—No te salgas.
—No me salgo.
—No te salgas, no te salgas, no te salgas.
Y seguimos.
Cuando terminó, terminó al mismo tiempo que yo, lo cual era estadísticamente improbable y a la vez parecía la única manera posible de cerrar esa noche. Se corrió con un grito largo, ronco, tapado por la almohada, y el coño se le cerró tan fuerte alrededor de la pija que no pude aguantar dos segundos más. Me clavé hasta el fondo y me vine adentro con dos, tres, cuatro chorros que sentí salirme desde los huevos y descargarse contra el fondo de ella. Camila gimió cada vez que sintió el latido, apretándome desde adentro, sacándome todo. Me apretó las caderas con las piernas y dijo mi nombre dos veces seguidas, como si lo estuviera anotando en algún lugar para acordarse después.
Me quedé quieto encima de ella un rato largo, la pija todavía adentro, latiendo, ablandándose despacio. Cuando por fin salí, salió también un hilo blanco espeso que le cayó por el muslo hasta la sábana. Se dio vuelta boca arriba, con las piernas todavía abiertas, y se pasó dos dedos por el coño para recogerse un poco del semen. Se los chupó mirándome, sin sonreír.
—Puta madre —murmuró—. Puta madre, Camila.
—Puta madre —le contesté.
***
Nos quedamos un rato sin decir nada, atravesados sobre las sábanas, con las luces todavía prendidas. Ella tenía la nuca contra mi clavícula. Yo le pasaba el pulgar por el hombro pecoso, sin pensar, como se acaricia algo cuando uno no sabe qué decir. Tenía el vientre mojado, ella tenía los muslos pegajosos, y ninguno de los dos hacía el gesto de ir al baño a limpiarse.
—No le contemos a nadie nunca —dijo al fin.
—Obvio.
—En serio. Ni a tu mejor amigo. Ni borracho. Ni en terapia.
—Ni en terapia.
Se rió bajo. Después se quedó callada y supe que estaba pensando. Yo también pensaba. No estaba pensando que me arrepentía, no exactamente. Estaba pensando que mañana iba a ser miércoles, que mi tío iba a llamar para agradecerme por haber ido a la fiesta, que mi mamá iba a preguntar si llegué bien a casa. Estaba pensando que el mundo iba a seguir funcionando como si esto no hubiera pasado, y que nosotros íbamos a tener que actuar como si nada cada vez que nos cruzáramos en un cumpleaños o en un velorio.
—¿Y ahora? —pregunté, con la voz más baja de lo que quería.
—Ahora dormís un rato si querés —dijo ella, sin moverse—. Y a las seis te vas, antes de que vuelvan los chicos.
Asentí contra su pelo.
—¿Y después?
Suspiró.
—Después no sé. Cada vez que nos veamos en una mesa familiar, vamos a saber. Eso ya no nos lo saca nadie.
Cerré los ojos. Tenía razón. Había una clase de cosas que pasan una sola vez y se quedan adentro como una astilla, y yo acababa de meterme una. Y lo peor —o lo mejor, no sabía cuál de las dos— era que no estaba seguro de querer sacarla.
Afuera la ciudad seguía haciendo el ruido de siempre. Adentro, en esa pieza con olor a fernet y a perfume y a semen y a algo más que no sabía nombrar, mi prima respiraba contra mi cuello como si nada importara.
Y por un rato muy corto, no me importó.

