Esa madrugada en el sofá con mi hermano lo cambió todo
Habíamos salido los tres juntos, mi hermano Mateo, mi prima Carla y yo. Primero al cine, a ver una de esas comedias románticas que se olvidan a los diez minutos, y después a un bar del centro donde Mateo se cruzó con un grupo de chicas de la facultad y se quedó coqueteando en la barra. Carla y yo aprovechamos para buscar a su hermana mayor, que se suponía que estaba en otro local de la misma calle, pero cuando llegamos ya se había ido. Pedimos una copa más por inercia y, sin demasiadas ganas, decidimos volver cada una a su casa.
Llamé a Mateo desde la esquina y le dije que me iba. Él me contestó que también se aburría, que terminaba la cerveza y venía conmigo. Compartimos taxi en silencio. Yo miraba por la ventanilla las luces de la avenida y él tecleaba algo en el móvil, con una media sonrisa que no le había visto en toda la noche. Cuando entramos en casa, la luz del recibidor estaba apagada y el silencio era de esos que se notan en la piel.
—Parece que no hay nadie —dije.
—Mejor —murmuró él.
Cada uno se fue a su cuarto a quitarse la ropa de salir. Yo me puse una camiseta vieja y un pantalón corto de algodón, sin sujetador, porque pensaba meterme en la cama enseguida. Cuando bajé a la cocina a por agua, vi una nota pegada con un imán en la nevera. Era letra de mi madre. Decía que se habían tenido que ir corriendo a casa de mi tía, que no esperaban estar de vuelta hasta el día siguiente por la tarde, y que en la heladera había pasta para calentar.
—Mateo —grité hacia la escalera—, mamá y papá no vuelven hasta mañana.
Bajó descalzo, con un pantalón de chándal gris y una sudadera vieja con el cuello dado de sí. Leyó la nota por encima de mi hombro. Sentí su respiración en la nuca y un escalofrío bajó por mi espalda sin pedirme permiso.
—Pues nada —dijo, encogiéndose de hombros—, cenamos algo y vemos una peli.
Cenamos en el sofá, con los platos sobre la mesa baja, hablando de tonterías. La conversación era la de siempre, la de hermanos que se conocen demasiado, pero había algo distinto en la forma en la que él me miraba. O quizás en la forma en la que yo me dejaba mirar. Llevaba meses fingiendo que no me daba cuenta.
—¿Qué quieres ver, Lara? —preguntó, mando en mano.
—Lo que sea, me da igual.
Hizo zapping un buen rato. Pasó por noticias, por concursos, por una serie española que ninguno de los dos seguía. Al final se quedó en una película que parecía romántica, una pareja en una habitación de hotel, ella con un vestido suelto y él quitándose la corbata muy despacio. Mateo dejó el mando entre nosotros y se acomodó. Su muslo quedó pegado al mío.
Pasaron unos minutos. Las miradas en la pantalla se hicieron más largas, los besos más explícitos, y de pronto la cámara bajó por el cuerpo de la actriz sin ningún pudor. No era una película romántica. Era porno emitido a esas horas, cuando ya nadie controla qué pone la televisión. Sentí que se me secaba la garganta.
Mateo no cambió de canal. Yo tampoco le pedí que lo hiciera.
—No sabes cuánto te quiero, Lara —me dijo en voz muy baja, casi pegado a mi oreja.
—Yo también —contesté, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba.
Nos miramos. Me acarició la mejilla con el dorso de la mano, despacio, como si me estuviese pidiendo permiso sin palabras. Y entonces nos besamos. No fue un beso de hermanos, ni siquiera un beso tímido. Fue un beso largo, hambriento, con la lengua y con los dientes, de esos que dejan claro lo que viene después.
Cuando me separé, en la pantalla la pareja seguía haciendo lo suyo. Mateo apoyó la mano en mi muslo, la subió un par de centímetros y me miró fijo.
—¿Has visto lo que están haciendo? —preguntó.
—Claro que lo veo. ¿Y qué?
—Que estamos solos. Tú y yo. Toda la casa para nosotros.
—Mateo, ¿quieres que hagamos eso ahora mismo?
—No solo eso. Todo. Lo que tú quieras.
Tragué saliva. Lo habíamos hecho una vez, hacía meses, en este mismo sofá, una noche que tampoco habíamos planeado. Después no habíamos hablado del tema. Yo pensaba que iba a quedarse en una sola vez, en un accidente para guardar bajo llave. Pero ahí estaba otra vez, su mano en mi pierna, y yo sin moverla.
—De acuerdo —dije—. Hagámoslo.
***
Nos abrazamos como si llevásemos semanas esperando esto. Mateo me besó el cuello, bajó hasta la clavícula y me mordió suave en el hombro mientras me subía la camiseta. Yo le metí las manos por debajo de la sudadera y le acaricié la espalda. Estaba caliente. Su piel siempre estaba más caliente que la mía.
—Vamos al cuarto —murmuró contra mi cuello.
—No —contesté—. Aquí. No quiero perder tiempo.
Se incorporó un momento, se quitó la sudadera de un tirón y la tiró al suelo. Yo me quedé sentada, con la camiseta arrugada por encima del pecho, y dejé que me la sacara él. Lo hizo despacio, mirándome, como si fuese la primera vez que veía a una mujer desnuda.
—Cómo me gustás —susurró.
—Toda tuya, Mateo.
Me arrodillé sobre sus muslos, lo abracé y dejé que me besara los pechos. Me lamió un pezón y luego el otro, alternando, mordiendo de vez en cuando con una suavidad calculada. Yo me movía sobre él, sentía su erección crecer dentro del chándal, y cada roce me arrancaba un suspiro. Bajé la mano, le desaté el cordón del pantalón y se la cogí por encima de la ropa interior. Estaba ardiendo.
—Qué dura la tenés ya, hermanito —dije, casi sin querer.
—Por vos, Lara. Sigue, por favor.
Nos pusimos de pie. Le bajé el chándal y los calzoncillos a la vez, y Mateo quedó completamente desnudo en mitad del salón, iluminado solo por la luz azul del televisor y por la lámpara de pie que habíamos dejado encendida en el rincón. Su cuerpo era más bonito de lo que recordaba. Más fuerte, más definido, con esa línea de vello que bajaba desde el ombligo y terminaba donde yo quería volver a poner la boca.
Él se sentó en el sofá y tiró de mí. Bajó mis pantalones cortos y la ropa interior de un solo movimiento, y me dejó plantada delante de él, desnuda. Sentí vergüenza por un segundo, una vergüenza absurda, porque ya no había nada que esconder. Mateo me acarició las caderas, me apartó un poco para mirarme entera y sonrió.
—Estás empapada —dijo.
—Cállate y haz algo.
Me sentó en el sofá y se arrodilló en el suelo entre mis piernas. Me las abrió despacio y bajó la cabeza. Su lengua me recorrió de abajo arriba, sin prisa, y cuando llegó al clítoris se quedó ahí, jugando, dibujando círculos lentos. Apreté un cojín contra mi cara para no gritar demasiado, aunque sabía que no había nadie en toda la planta. Era un gesto antiguo, una costumbre de cuando temíamos que alguien escuchase.
—Así, Mateo, así —murmuré, agarrándole el pelo con la mano que me quedaba libre.
Lo hizo durante minutos eternos, alternando lengua y dedos, leyéndome el cuerpo como si llevase años memorizándolo. Cuando sentí que iba a venirme, le tiré del pelo para apartarlo. No quería terminar todavía. Quería más.
—Levantate —le pedí.
Se incorporó delante de mí y su erección quedó justo a la altura de mi cara. La cogí con las dos manos, lo miré desde abajo y le besé la punta. Él gimió como si llevase media hora aguantando. Le pasé la lengua por toda la longitud, despacio, sin dejar de mirarlo. Quería verlo perder el control.
—Trabajámela un poco, Lara, por favor.
—Pídelo mejor.
—Por favor, hermanita.
Le metí la polla entera en la boca, hasta el fondo. Mateo soltó un grito ahogado y se sujetó del respaldo del sofá. Empecé a moverme, a chuparlo con ritmo, ayudándome con la mano, mojándole todo con saliva. Cada vez que él intentaba hablar, yo aceleraba. Cada vez que se quedaba quieto, yo bajaba más. Sentí cómo se le tensaban las piernas y cómo empezaba a clavarme los dedos en el pelo.
—Lara, me corro —jadeó.
No lo aparté. Me quedé ahí, con él dentro de la boca, hasta que terminó con un espasmo largo y un gemido grave que se le escapó desde el pecho. Tragué casi todo. El resto se me escurrió por la comisura y me lo limpié con el pulgar, mirándolo a los ojos.
***
Se dejó caer en el sofá, agitado, y tiró de mí para sentarme encima. Nos besamos como si no acabásemos de hacer lo que acabábamos de hacer. Yo notaba el sabor en su boca y a él parecía gustarle. Mientras nos besábamos, sentí que su erección volvía despacio, todavía sensible. La cogí con la mano, la guié entre mis piernas y me senté encima sin avisar.
Los dos suspiramos a la vez.
—Mateo… —murmuré.
—Lara, despacio.
Lo hice despacio. Bajé centímetro a centímetro, hasta tenerlo entero dentro. Me dolió un poco, como siempre, pero era ese dolor que no se parece a ningún otro, ese dolor que no quieres que se vaya. Me apoyé en sus hombros y empecé a moverme, primero en círculos pequeños, después de arriba abajo, marcando el ritmo yo. Él me miraba desde abajo, con la boca entreabierta, agarrándome de la cintura como si tuviese miedo de que me cayese.
—Así, Mateo, así —jadeé—. No te muevas.
—Sos lo mejor que me ha pasado, Lara.
Aceleré. Me clavó los dedos en las nalgas y me empujó hacia abajo, marcando un golpe seco que me sacó un grito. Repetimos ese golpe varias veces, hasta que el orgasmo me partió por la mitad. Me arqueé hacia atrás, le clavé las uñas en el pecho y me quedé temblando encima de él, con la respiración rota.
—Otra vez —pidió.
Me levantó, casi sin esfuerzo, y me acostó boca arriba sobre el sofá. Se puso entre mis piernas y volvió a entrar de un empujón. Esta vez fue él quien marcó el ritmo, embistiéndome con una fuerza que no le conocía. Cada golpe era un golpe seco, profundo, que me sacudía entera. Yo le rodeé la cintura con las piernas y le pedí más, más, más.
—Date la vuelta —murmuró de pronto.
Me puse a cuatro patas sobre los cojines, agarrada al respaldo. Mateo se colocó detrás, me cogió de las caderas y volvió a entrar. Empezó a moverse otra vez, sin tregua, cogiéndome de los pechos por detrás, mordiéndome el cuello. Cuando sentí que estaba a punto de venirse, lo notó él también y, en lugar de seguir, salió despacio.
—Lara… ¿puedo?
Sabía a qué se refería. Lo habíamos hablado una sola vez, medio en broma, hacía meses. Asentí con la cara hundida en el cojín. Sentí cómo se ayudaba con saliva, cómo apoyaba la punta y cómo, muy despacio, empezaba a entrar por detrás. Me agarré con fuerza al sofá. Dolía. Dolía y a la vez no. Después de dos o tres empujones, el cuerpo se me abrió y un placer nuevo, distinto, me subió por toda la espalda.
—Mateo… —gemí—. No pares.
—¿Te gusta?
—Mucho, mucho.
Estuvo así un rato, embistiéndome con cuidado al principio, más fuerte después. Yo gritaba contra el cojín, sin pudor, sin miedo, sin pensar en nada que no fuese su cuerpo encima del mío. Cuando ya no pudo más, salió, me dio la vuelta, se masturbó dos veces sobre mí y se vino entre mis pechos, en mi cuello, en mi mejilla. Se dejó caer encima, sudado, riéndose bajito como un crío.
—Sos terrible —dijo.
—Mira quién habla.
***
Nos quedamos un rato así, sin movernos, con la película todavía sonando de fondo aunque ninguno de los dos la mirábamos. Le pasé la mano por el pelo. Él me besó la frente. Eran gestos antiguos, gestos de hermanos pequeños, que ahora significaban otra cosa.
—¿Te gustó? —preguntó al rato, casi tímido.
—Muchísimo. Ya sabés que me encanta hacerlo con vos.
—Hacía mucho que no estábamos solos.
—Demasiado.
Apagamos la tele, recogimos la ropa del suelo y subimos al cuarto sin encender la luz del pasillo. Dormimos en mi cama, abrazados, como cuando éramos chicos y había tormenta. Solo que ya no éramos chicos, y la tormenta la habíamos hecho nosotros.
Antes de dormirme, pensé que mañana nuestros padres volverían y todo seguiría como siempre. Que nos saludaríamos en el desayuno como dos hermanos cualquiera, que él iría a la facultad y yo a mi trabajo, que nadie sabría nunca lo que había pasado en ese sofá. Y pensé también que no sería la última vez. Que ya no había vuelta atrás. Que cada vez que mis padres volviesen a salir de viaje, yo iba a contar las horas hasta oír la puerta cerrarse.
Mateo me apretó contra él en sueños, como si me hubiese leído el pensamiento. Sonreí en la oscuridad y cerré los ojos.