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Relatos Ardientes

Crucé el pasillo desnuda hasta el cuarto de mi padre

Habíamos terminado por quedarnos los dos solos, y ninguno se atrevía a decirlo en voz alta. Mi madre se había marchado un invierno antes, sin escándalo y sin demasiadas explicaciones, y mi hermano vivía en Tarragona desde hacía años. Mi padre y yo seguimos cada uno por su lado, fingiendo que nada cambiaba, sosteniendo en nuestros espacios una rutina diseñada para que el silencio no se notara.

Él venía a verme dos tardes por semana. Lo hacía por voluntad propia, y cuando se demoraba demasiado yo inventaba un grifo que goteaba o una repisa que no aguantaba el peso de los libros, cualquier excusa para que apareciera con la caja de herramientas y se sentara después a tomar un café en mi cocina. Cada sábado me invitaba a cenar en un restaurante del centro, y yo le devolvía la visita el domingo siguiente con algún plato elaborado que comíamos en mi piso, junto a la ventana que daba al parque.

Sabíamos los dos que aquel equilibrio no podía sostenerse mucho tiempo. No era razonable, ni cómodo, ni económico, y empezaba a resultar absurdo en una ciudad donde los alquileres se habían vuelto cuchillos.

La idea de vivir bajo el mismo techo se abrió paso despacio, sin que ninguno la nombrara. La nombramos por primera vez una noche en el restaurante de la rambla, frente al mar negro. Entre el segundo plato y el postre, él dijo —Podrías quedarte en el cuarto del fondo— y yo asentí como si llevara meses esperando esa frase. Para cuando llegó el café ya estaba todo cerrado: me mudaría el fin de semana siguiente.

Confieso que la decisión, aunque me alegraba, no me dejó tranquila. A mis treinta y siete años había construido un modo de vivir solitario, sin demasiadas obligaciones ni testigos. Caminaba ligera de ropa por el piso, a veces desnuda, dejaba la puerta del baño abierta mientras me secaba el pelo, y un fin de semana entero podía pasar sin que nadie supiera si yo estaba viva o muerta. Nunca había compartido un techo con un hombre, y menos con uno que me conociera desde niña.

***

Ya instalados, comprendí que la cuestión no era solamente el espacio compartido. Era su presencia. Mi padre era un hombre de cincuenta y seis años, vigoroso, con la espalda ancha y una manera de moverse que ocupaba toda la habitación. No daba órdenes ni alzaba la voz, pero a su alrededor las cosas adoptaban un orden silencioso que nadie discutía. Yo lo acepté de buen grado, porque me hacía sentir resguardada, como si por primera vez en años alguien estuviera pendiente de que las puertas quedaran bien cerradas por la noche.

Y, sin embargo, las primeras noches no podía dormir.

Saberlo bajo el mismo techo, leyendo o respirando despacio en su cuarto al otro lado del pasillo, me producía una inquietud rara que no sabía nombrar. Llegué a pensar en preguntarle si a él le ocurría lo mismo, pero al amanecer no encontraba cómo formular la pregunta. Yo misma no tenía claro qué era lo que me pasaba.

Pensé que el tiempo arreglaría aquel pequeño insomnio. Casi lo había olvidado cuando llegó la noche en que me desperté agitada, con el corazón en la garganta y la piel cubierta de sudor. Me incorporé desorientada y descubrí que las sábanas habían caído al suelo, que el camisón se me había subido hasta el cuello y que estaba completamente desnuda. Mi sexo latía solo, con una vida que parecía no obedecerme.

Entre el sueño y la vigilia, me había despertado en plena excitación, una excitación más honda que cualquier cosa que recordara haberme provocado a mí misma en la ducha o en la cama, los domingos por la tarde.

No soy una mujer que se mienta. Encendí la lámpara, respiré hondo y acepté lo evidente: el motivo de aquel desbordamiento no estaba en ningún sueño impreciso, sino en él. En la imagen de mi padre durmiendo a unos metros, separado de mí por un pasillo y por todo lo que se supone que dos personas como nosotros tienen prohibido cruzar.

***

Los días siguientes su figura empezó a colarse en mi cabeza con una insistencia que me asustaba. Mientras esperaba el autobús, mientras revisaba expedientes en el despacho, mientras me cepillaba los dientes, aparecía él. Mi cuerpo respondía con un calor que ya no era solo recuerdo, sino anticipación.

Lo miraba distinto. Ya no veía al padre, sino los antebrazos cubiertos de un vello castaño, las venas marcadas en sus manos, los labios gruesos que se humedecía cuando leía el diario en silencio. Reparé en sus dedos largos, en cómo sostenía una copa, en el modo en que se pasaba la palma por la nuca cuando algo lo divertía. Y, sobre todo, esperaba descubrir si él me miraba alguna vez como yo lo miraba a él.

Una sola vez creí encontrar algo. Llevaba una blusa blanca que se me ajustaba demasiado, una blusa que yo misma había considerado provocadora frente al espejo antes de salir. Estábamos en la cocina, él rebanaba pan y, al levantar la vista, su mirada se detuvo sin disimulo en mis pechos, justo el tiempo suficiente para que yo me diera cuenta. Bajó los ojos enseguida, carraspeó, dijo algo sobre el queso. Pero yo había visto.

Me había visto.

A partir de ahí, la casa se transformó en un escenario. En la superficie, todo continuaba: cenas, conversaciones suaves, el televisor encendido a media tarde. Por debajo, mi vida interior ardía sin que nadie viniera a apagar el incendio. En el despacho me quedaba ensimismada delante de la pantalla, imaginando situaciones cada vez más concretas: él entrando al baño mientras yo me duchaba, él dejando caer la mano sobre mi muslo en mitad de una película, él diciendo en voz baja una frase que yo no me atrevía a inventar.

Esperaba que él tomara cualquier iniciativa, una palabra suya con la que justificar lo que me pasaba. Como esa iniciativa nunca llegaba, terminé por hundirme en una especie de remolino del que tampoco quería salir, aunque me condujera derecho al infierno.

***

El infierno vino a mí sin que yo lo buscara del todo. O quizá lo busqué, pero me convencí de lo contrario.

Fue el sábado siguiente. Habíamos ido al restaurante de la rambla, el mismo de siempre, el del mar negro detrás del cristal. Bebí más de la cuenta. Me dejé arrastrar por la mirada burlona de sus ojos color miel, por su voz baja, por sus labios entreabiertos cuando me contaba una anécdota que ya no recuerdo. Solo recordaba el sonido. Mientras él conducía de regreso, yo ya sabía con una claridad casi tranquila lo que iba a hacer esa noche, y ninguna de mis convicciones, ya casi gastadas, iba a detenerme.

No me acosté al llegar. Me encerré en mi cuarto, llené la bañera y me hundí en el agua tibia con sales. Me unté aceite perfumado por los hombros, por el vientre, por la cara interna de los muslos. Me miré largamente en el espejo del armario y me obligué a aceptar lo que veía.

No sé si soy una mujer hermosa. Lo importante esa noche es que me sentí hermosa: insolente, descarada, deseable, con un calor en el bajo vientre que me empujaba a moverme. No me atrevía a pronunciar la palabra, pero la palabra me ocupaba entera por dentro. Me sentía una puta. Y me gustaba.

Apagué la lámpara y salí al pasillo.

Cada paso descalzo sobre la madera fría me parecía romper algo bajo el pie. Crujían los fragmentos de mis frenos, de mis pudores, de las advertencias que llevaba años escuchando. Avanzaba despacio, con el cabello negro suelto sobre los hombros, sin nada encima, como si entrara en una procesión que yo misma había convocado. Me sentí más mujer en cada paso. Más hembra. Y más suya, antes incluso de tocarlo.

Llegué a su puerta y me detuve unos segundos. Quería que él alcanzara a verme entera antes de cualquier palabra. Empujé la puerta. La luz de la calle entraba sesgada por la persiana, y él estaba despierto, mirando al techo como quien llevaba horas haciéndolo. Giró la cabeza y me vio.

No dijo nada. Tampoco me dijo que me fuera.

Esperé a que su mirada me recorriera de arriba abajo, a que rehiciera mi contorno en la penumbra. Caminé hasta la cama y me deslicé bajo las sábanas. Estaba desnudo. Su piel ardía. Me envolvió un calor que no me soltó hasta el amanecer.

No me desmayé. No quería desmayarme.

Estuve despierta como nunca. Despierta cuando su mano áspera y cuidadosa abarcó uno de mis pechos y se quedó allí, midiéndome. Despierta cuando sus rodillas separaron mis muslos con una certeza que me sorprendió. Despierta cuando su peso bajó sobre el mío y me aplastó contra el colchón con la exactitud con la que yo lo había imaginado durante semanas.

Despierta cuando su otra mano se demoró entre mis piernas, leyéndome despacio, comprobando que estaba lista, que llevaba lista días enteros sin saberlo. Despierta cuando bajó la cabeza y su boca recorrió mi cuello, mi clavícula, el espacio entre los pechos, sin prisa, como si tuviera toda la noche para reconocerme.

Le pasé la mano por la espalda y lo apreté contra mí. Necesitaba notar su peso, confirmar que estaba ocurriendo, que el pasillo se había roto definitivamente y que ya no había modo de volver al otro lado.

—Quédate —murmuré, y no sé si lo dije por esa noche o por todas las que vendrían.

Él no respondió con palabras. Respondió empujando despacio, hundiéndose en mí hasta que dejé de respirar por un instante, y todo lo que me había prohibido pensar se rompió de una vez, en un temblor que aún hoy, cuando lo evoco, me recorre la espalda.

***

No volvimos a hablar de aquella noche durante el desayuno. No hizo falta. Él me sirvió el café como cualquier otro domingo, con la misma cucharada de azúcar de siempre, y yo lo miré por encima de la taza sabiendo que esa misma noche volvería a cruzar el pasillo.

El cuarto del fondo iba a seguir siendo mío sobre el papel. Pero ya nadie dormiría allí.

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Comentarios (6)

Lucas_cba

tremendo relato!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, gracias

MarceloRdz

Se me fue el tiempo leyendo esto. El morbo que genera la situacion es increible, muy bien contado sin ser burdo.

AndresBSAs

Por favor segui escribiendo, quede con ganas de mas. Se hizo cortisimo

Damian77

que morboso jajaja, pero no pude parar de leer ni un segundo

PoetaLector33

Lo que me gustó es cómo describís la psicología del personaje, esa mezcla de culpa y deseo. No es facil transmitir eso y acá se logra perfecto.

Vero_del_norte

increible... no me lo esperaba asi, me dejó sin palabras

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